Buscador Avanzado

Autor

Tema

Libro de la biblia

* Cita biblica

Idioma

Fecha de Creación (Inicio - Fin)

-

VIVIR LA PANDEMIA DESDE EL CORAZÓN DE LA TEOLOGÍA CRISTIANA

Written by
Rate this item
(9 votes)

Vamos a conversar con Xabier Pikaza, nacido en Orozko (Bizkaia), junto al caserío Arbaiza, origen de mis antepasados ‒¡qué casualidad! ‒, toda una vida entregada a la pregunta por el sentido de la vida y a interpretar la relación entre Dios y la humanidad bajo sus formas de expresión religiosas. Se doctoró en teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde impartió clases, y en filosofía en la Universidad de Santo Tomás de Roma. Hombre libre y comprometido con el pensamiento crítico. Ha escrito numerosos libros y ensayos sobre teología, filosofía e historia de las religiones. Porque Xabier no se cansa de hacernos inteligible la experiencia de Dios en la historia de la humanidad, y en nuestra historia singular, dentro de la que estamos llamados a vivir como creyentes en el Jesús Resucitado.

Es un hombre sabio y cercano que vive en un pequeño pueblo de Salamanca. Quien le conoce cuenta que Xabier trasmite esa vocación de los maestros por hacer que brote la experiencia de Dios en la realidad de hoy.

Hola Xabier, ¿Qué tal estás?

No puedo quejarme. Mabel y yo compartimos un cuarto de trabajo al final de San Morales, sobre un inmenso maizal transgénico, al que siguen terrenos ondulados y al fin, cuando está claro, el macizo de Gredos. Aquí se nota menos la pandemia.

1. Vivir tiempo de excepción

Queremos conversar contigo sobre este tiempo de pandemia, una experiencia colectiva que nos ha hecho colapsar y sobre la que queremos reflexionar en este número de Iglesia Viva bajo el título “Tiempo de pandemia, vivir en estado de excepción”. Este tiempo Covid ha irrumpido como una experiencia impensada y en cierto modo ha desbordado nuestro imaginario sobre lo que nos parecía posible pensar y vivir. Es lo más parecido a una plaga bíblica que genera un enorme sufrimiento. La cercanía de la muerte, de forma inopinada, nos ha atravesado y ha alterado el lugar desde donde aprehendemos el mundo. Nos ha obligado a girar sobre nosotros mismos y a hacernos preguntas que siempre están ahí, no son nuevas, pero que esta vez resulta inevitable responderlas. Estamos sometidos de forma sobrevenida a una gran incertidumbre que ha cambiado la percepción de nosotros mismos y, por lo tanto, nuestra relación con Dios y con el mundo.

Por eso quiero comenzar pidiéndote una reflexión que nos abra al tiempo presente, de tipo narrativo y subjetivo que atienda más a lo qué nos está pasando, que a las causas o razones. Xabier, ¿qué es lo que está aconteciendo? El estado de excepción ¿nos ha quitado un velo? Si es así, entonces ¿qué se nos desvela?

Como dices, es claro que un tipo de velo ha caído. Es tiempo de excepción. Eso en sí no es bueno, pero nos permite entender mejor que Jesús no tenía reglas, pues todos y cada uno eran para él excepciones, y precisamente con ellas quiso iniciar su “reino”, en contra de un tipo de Templo, Imperio y Dinero, que quería y quiere hacernos hombres‒regla, con leyes uniformes de sacralidad y economía dirigida. Pero la Covid 19 ha empezado a levantar el velo y hemos podido ver que somos excepciones, hombres y mujeres que viven, que aman, esperan y mueren, y eso nos permite quizá entender mejor las cosas.

Es curioso. Empiezas aludiendo a la religión como regla.

Lo dijo hace un siglo M. Weber, cuando estudió el proceso de racionalización de las religiones, para terminar diciendo que, culminando un camino iniciado por ellas, esta sociedad reglamentada nos ha encerrado en una “caja de hierro” de leyes y dinero. Un tipo de sacerdotes bíblicos habían metido a Dios en el “cuarto” o cubo de la recámara del templo, el Santo de los Santos, con un pesado velo que nadie podía traspasar, sólo el Sumo Sacerdote, una vez al año, por Kippur, con sangre de Chivo expiatorio, para presentarse ante Dios y recibir sus órdenes. Pero el evangelio dice que al morir Jesús el velo se rasgó (cf. Mt 27, 51), y Dios quedó libre, y los hombres también, sin leyes y con miedo, pero también con esperanza pues no hacían falta chivos expiatorios.

Coinciden muchas personas bien pensantes en subrayar que vivimos un cambio de época. Yo diría que estamos en un tiempo de interrupción de la historia, de ruptura de una línea del tiempo, un acontecimiento de naturaleza emocional que desborda nuestras certezas construidas como resultado de la experiencia histórica y que presenta, por eso, una dimensión de misterio, en cuanto que acontecimiento inesperado, no intencionado, que nos transciende ¿Cómo lo interpretas tú?

La Covid ha trazado una hendidura en el tiempo. No es una hendidura más para ajustar la máquina, de forma que todo siga igual.

Ésta puede y debe ser una verdadera mutación, para iniciar un tiempo de humanidad sin velos de opresión. San Pablo dice en 2Cor, 3 que Moisés y los judíos se pusieron un velo, no sólo ante boca y narices, como nosotros, sino ante los mismos ojos, porque tenían miedo de aceptar el fondo de su realidad, que era y sigue siendo la muerte, que nos lleva a asegurar lo que somos oprimiendo (matando) a los contrarios. Nuestra religión nació del miedo a la muerte. No aceptamos el riesgo de nuestra finitud, y así construimos sistemas socio‒religiosos para borrar la presencia de la muerte; pero la Covid nos sitúa nuevamente ante ella…

¿Piensas, según eso, que la Covid 19 despierta en nosotros un miedo religioso?

En un sentido sí. En un plano químico‒biológico, la Covid no tiene que ver nada con la religión. Pero en otro nos sitúa ante un hecho religioso. Las religiones nacen de la vivencia de la muerte, pero luego, al racionalizarse, sirven para controlar su miedo, expulsando al Dios originario de la vida, de tal forma que en un momento dado podamos vivir sin pensar en la muerte, metiendo a Dios y a la muerte en la cámara oscura, donde ocultamos y justificamos a las víctimas, como hacía el sacerdote judío, entrando cada año con la sangre borbotante del chivo expiatorio. Pero ha venido la Covid 19 y hemos tenido que sacar a Dios del cuarto oscuro, para que nos diga lo que somos, una frágil vida de miedos y amores, a flor de muerte. Esto nos pone ante una gran mutación.

Tú hablas de mutación. ¿Se podría hablar más bien de un tiempo de interrupción o sería mejor decir que habitamos el presente como una pesadilla que enseguida pasará y recuperaremos nuestra normalidad?

Muchos quieren verlo así, como en los días nefastos de las religiones, unos días que no se contaban, porque eran una interrupción en la línea del tiempo, como el Kippur judío, cuando el sacerdote entraba con sangre de chivo expiatorio en ese cuarto oscuro de Dios, tras el velo (cf. Lev 16), para exorcizar y expulsar en su presencia el mal acumulado, para decirnos que Dios nos perdonaba y que podíamos empezar limpios el año nuevo, como si nada hubiera pasado. Pero la carta a los Hebreos sabe que la entrada anual del Sacerdote en la cámara de Dios, con sangre expiatoria de muertos inocentes, para que todo siga igual, ha perdido su sentido. No podemos seguir llevando a Dios la sangre expiatoria.

Tenemos que abrir la puerta, romper el velo (una máscara de siglos), para mirar cara a cara a la muerte, y reconocernos (aceptarnos) como somos, en el borde de ella todos, sin vivir ya más de la sangre de otros. En ese sentido la Covid no es una simple interrupción, sino que ofrece la posibilidad de una mutación social y cultural, más allá de la simple evolución que ha dominado hasta ahora.

Veo que vuelves a la Biblia, con libros como Levítico y Hebreos, que, en general, ya nadie lee.

Son mis libros, y me ayudan a entender, y también 2 Sam, 24 donde se dice que el templo (¡la religión de Israel!) se fundó precisamente para conjurar la Gran Peste que avanzaba matándolo todo, como los cuatro caballos del Apocalipsis 6, 2‒8. Pero el ángel de la muerte, se paró en la era de trillar que Arauna, último rey jebuseo, tenía en el alto Jerusalén, prometiéndole a David que Dios cuidaría desde allí a los apestados.

Ese es un relato mítico. No sé si puede entenderse al pie de la letra.

Claro que es mítico, y por eso es verdadero. Según el mito hebreo, el Dios del templo habita en medio de la peste, como promesa de vida en el riesgo de la muerte. Lo malo es que hemos querido emparedarle en un Santo de los Santos, en vez de decir que está en nosotros. Lo malo es que seguimos buscando chivos expiatorios, como decía R. Girard (La Violencia y lo Sagrado). Y así seguimos buscando nuevos chivos…, en vez de volver a la experiencia de Jesús y de la carta a los Hebreos: Romper el velo, vivir sin echar la culpa a los demás, habitar al descampado fuerte de la vida, aceptando en amor (¡y en esperanza!) lo que somos, sin religiones que quieran protegernos con su velo, sin sumisión a un Capital divinizado… Y en ese contexto ha irrumpido la Covid.

Supongamos que es así. En esa línea bíblica que te sitúas: ¿qué puede aportar el cristianismo en este tiempo de interrupción o mutación como tú dices? ¿Podríamos hablar de este espacio de excepción como lugar teológico, un espacio/tiempo decisivo desde donde reconfiguramos nuestra experiencia de fe en el Jesús Crucificado y Resucitado, el Cristo que elige a los pobres?

Para Jesús, todo hombre o mujer era, y en ese tiempo de Covid aún más, una excepción. Por encima de todas las leyes y las religiones, lo que importa es la excepción, el hombre amenazado por la peste. Los judíos de Jerusalén construyeron un templo (una religión de ley) para que les librara de la peste, y de esa forma esclavizaron más a todos, como dice san Pablo… Pero la carta a los Hebreos contesta que no hace falta ese templo, ni esa religión, pues la misma vida de los hombres es el templo, para que así podamos existir en medio y por encima de la peste, con la ayuda de nuestro saber, de toda la ciencia, pero siempre al servicio de la humanidad. Según eso, la vacuna de la ciencia es importante en un tiempo de peste, pero se necesita una vacuna o fuerza superior de humanidad, y aquí se plantea de nuevo el tema de la verdadera religión.

2. Dios y ciencia, criaturas y creadores

A eso quería llegar. Hablemos sobre nuestra confianza en Dios y en la ciencia. Hablemos de nuestra condición de criaturas y de sujetos creadores a la vez. En el relato de La Creación (Génesis, 1) nos reconocemos criaturas a imagen y semejanza de Dios, agradecidas por la bondad de todo lo creado, atribuyendo un valor sagrado a la Tierra y al resto de las criaturas que la habitan. El texto nos interpela, a su vez, como personas libres. “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” es el mandato bíblico. Este relato, por su carácter original, ha inspirado muchísimas interpretaciones a lo largo de la historia, pero hay una que ha sido central en el pulso de la Modernidad, la que nos anima a dominar el mundo y a recrearlo.

La ciencia ha significado a la vez emancipación de las catástrofes naturales, de las enfermedades y de la oscuridad de la ignorancia y también expolio cuando se convierte en tecno-economía. El progreso nos ha henchido de poder, o, por lo menos, de la sensación de tener un gran poder sobre el entorno.

¿Crees que la experiencia de la muerte ante un riesgo biológico desconocido, no controlado por nuestro sistema, ha cambiado nuestra forma de entender la relación con la Tierra, con los recursos y la forma de habitarla?

El ser humano es el único viviente que ha descubierto y sabe que muere, y a pesar de ello persiste, se ha esforzado por vivir, sospechando de algún modo que la muerte es un servicio a la vida, en forma de presencia distinta, de pervivencia o resurrección, como dirán los cristianos. Pues bien, nuestro sistema racional, al modo del continuo cartesiano, ha querido opacar la muerte y vivir olvidando su amenaza, como si ella no contara ante la inmortalidad de la empresa constructora, del capital y del mercado. De esa forma, este sistema no sólo niega la “excepción” suprema de la muerte, en sentido humano (no puramente biológico), sino el sentido de la misma vida, que consiste en ser creando vida y compartiendo lo que somos (¡no simples cosas!), para así legarlo a los que son en/con nosotros y legarlo a los que vendrán después, para vivir en ellos. Morir así no es maldición, la maldición es vivir sin dar vida, sin resucitar como Jesús en aquellos que nos siguen.

Ciertamente en estos días asistimos a la carrera por la vacuna. Hay una gran confianza depositada en la ciencia, que aparece como la gran salvación que nos va a librar del sufrimiento producido por la Covid. Son muchos los investigadores que han lo mejor de sí mismos en el conocimiento del virus y en la curación de la Covid. Podría decirse que vivimos un ambiente cultural en el que se ha desplazado la confianza que se depositó en el poder de Dios hacia el poder de la ciencia de cara a paliar el sufrimiento colectivo producido por esta “peste” del s.XXI.

La cuestión que quiero preguntarte es ¿cómo relacionarnos en este contexto con Dios? ¿Dónde está Dios en este tiempo?

Dios no cabe en las coordenadas cartesianas, ni en una interpretación moralista de la razón práctica kantiana, perdona esta apelación a la filosofía… Y, sin embargo, tras haberlo dicho todo en el plano de la ciencia, queda en silencio lo más importante, como añadía L. Wittgenstein, pero no para callar sin más, sino para hablar de otra manera, de un modo poético, simbólico, religioso, en el sentido radical de la palabra, como los antiguos que plantaban una piedra sagrada en la llanura o montaña de los muertos, indicando así que están, que son, que somos en ellos. Esto no es hablar de Dios por ley o ciencia (por ella no hay Dios, como decía Pablo, añadiendo que la “buena” ley mató a Jesús), sino hablar de la vida, de ser unos en otros y con otros, superando así o, quizá mejor, resignificando la muerte.

3. ¿Por qué no hablar de Dios?

Ya veo que hablas de Dios de un modo elusivo… Pero eres teólogo, y me gustaría que hablaras de Dios, y que lo hicieras desde nuestro contexto cristiano, en este tiempo de excepción que se abre por el coronavirus.

Eso quisiera… Quizá podría empezar retomando lo que vengo insinuando, que Dios es la “excepción de la excepción”, la interrupción máxima, que nos permite vislumbrar (¡no demostrar, ni imponer!) la gran Presencia. Los animales no vislumbran esta interrupción, los humanos sí, por eso son distintos. Perdona que retome un ejemplo de mi niñez. He oído “lecciones” sobre Dios en universidades, he leído libros de expertos, he enseñado por años Teodicea y Trinidad en la Universidad Pontificia de Salamanca, pero la lección mayor la recibí en el duelo por mi abuelo F. Antón. Yo tendría ocho años, y estaba en el caserío. Mi abuela y mis tías prepararon la cena de honor y despedida, para los vecinos del valle y la ladera. Me mandaron a dormir al cuarto de al lado, pero no perdí palabra. No hablaron de Dios, sino de la vida de mi abuelo, en guerra y paz, en derrota y esperanza; las cosas que él hizo, el hombre que él era, como si estuviera allí con ellos… Y sentí que estaba, que resucitaba y vivía en la vida del valle, en su familia, en mí mismo, su nieto. Supe y sé que merecía la pena haber vivido, y permanecer en la palabra de compañeros y amigos, familiares y descendientes… Pasados los años he pensado que la “resurrección de Jesús” empezó de esa manera, en la conversación de Magdalena y sus amigos, tras la muerte de su amigo.

Los teólogos soléis decir que Dios lo puede todo. Tu abuelo murió de mayor y bien acogido en el recuerdo de su familia y su valle. Pero la Covid 19 es distinta. Muchos mueren solos, sin despedida ni recuerdo. Muchos creyentes se preguntan ¿por qué no manda Dios que pare la pandemia?

¿Y por qué dejó que Jesús muriera…? Sí, veo la diferencia. Jesús,

mi abuelo, los de la Covid… Me gustaría que las cosas no hubieran sido como fueron en los días duros de la gran pandemia de marzo, cuando murió a solas, encerrado en un cuarto oscuro de residencia, sin que pudiéramos saludarle y decirle “aquí estamos”, mi amigo del alma, el Prof. Antonio Vázquez, maestro de psicólogos de Salamanca, sin que hubiera después despedidas, recuerdos celebrados ante el pan y el vino de la casa, como en el caserío de mi abuelo... Murió así, y Dios sin parar la pandemia… ¿Es que no puede? En un sentido químico‒biológico no puede, no es una supra‒vacuna. Pero está, y ha estado, porque él es la Vida” (Hai, dicen los judíos) en el camino de la muerte. En Él vivimos, nos movemos y somos, sigue diciendo Pablo en Hch 17, 28. No está fuera para recomponer algunas cosas mal compuestas, ni para tapar agujeros que hemos podido abrir, como quieren muchos. Está dentro, asumiendo y compartiendo el riesgo y camino de una vida que se entrega y recrea por la muerte: Somos quienes somos porque morimos, resucitando en los demás, siendo así germen, semilla de vida, y eso debemos decirlo sobre todo en la pandemia.

Dejemos que pueda ser así, pero ¿qué sentido tiene morir con sufrimiento, morir de Covid 19?

No sé responderte en un modelo de ciencia cartesiana, aunque el mismo Descartes tuvo que apelar al fin a un Dios tapagujeros para justificar su conocimiento del mundo… No puedo apelar así a Dios, pero estoy convencido de que hay un sufrimiento que es parte de la vida, de la maduración, la gratuidad, la esperanza… Un sufrimiento para la nueva humanidad que es resurrección. Pero nosotros hemos tendido a convertirlo en dolor para la muerte, es decir, para la violencia, aprovechando la sangre de los chivos expiatorios para justificarnos ante el Dios del cuarto vacío, como en el simbolismo del templo de Jerusalén. En vez de aprender sufriendo en amor a favor de la vida de todos, como dice Hebreos 2, 14‒18, hacemos sufrir a los de inocentes, pobres, niños, como dijo F. Dostoievski en Hermanos Karamazov.

Vuelves al “chivo expiatorio”. Parece que el tema te obsesiona. Posiblemente. Dostoievski, el filósofo le dijo a su hermano monje que no podía perdonar a Dios por el Sufrimiento de los Niños… y el monje le respondió: “Yo tampoco podría, pero está Cristo…”.

Esa no es una respuesta cartesiana, sino un testimonio vital: El monje apela a Jesús, en un mundo donde el filósofo no tiene razones. Tampoco las tiene el monje, pero apela por la vida, superando así un pecado que tendemos a decir que es culpa de Dios.

4. Covid 19. Pecado y castigo. Una experiencia problemática

Apelas al “pecado”. Este lenguaje resulta insoportable para muchos. Gran parte de nuestros contemporáneos piensan que los jerarcas religiosos viven del pecado y del infierno para tener sometida a la gente, pero a muchos no les importa ya ese pecado, ni ese tipo de infierno ¿No te parece mejor renunciar a ese lenguaje?

En un sentido sí. Von Campenhausen, historiador del cristianismo primitivo, demostró que un tipo de jerarquía nació precisamente cuando algunos se arrogaron el poder exclusivo de perdonar, dominando así a todos con el miedo del infierno, del que sólo ellos podían liberarles... Pero el tema es aún más hondo. Parece que Covid 19 nos ha puesto ante un tipo de “pecado original”, evocado simbólicamente por Génesis 2‒6 y por san Pablo (Romanos 1‒5), como si fuera necesario encontrar culpables.

Ya lo veo. Es como si todo pudiera resolverse sabiendo quién tiene la culpa.

No lo digo yo, lo dicen muchos, desde políticos a gente de la calle… No quiero seguir en esa línea. Pero quiero seguir en esa línea, ya que debo añadir que, siendo una expresión de nuestra naturaleza biológica, físico–química, la Covid 19 está relacionada también con la forma de vida del conjunto o, quizá mejor, de algunos hombres y mujeres. Ciertamente, hay Covid porque hay virus en el despliegue de la naturaleza, pero también porque el conjunto de la humanidad no ha dedicado todo su cuidado a la salud de los demás, al equilibrio ecológico, y eso puede llamarse pecado.

Hay, sin duda, un pecado especial de ciertos grupos de poder, pero puede hablarse también de un pecado de la humanidad, que en vez de optar por una vida al servicio de la Vida ha optado por una economía y política de muerte, condenando a los más pobres. Éste es el pecado imperdonable: Utilizar y matar, de forma directa o indirecta, a los pequeños, impidiéndoles que vivan (cf. Mc 3,22-30 y Mt 12,22-32). No tiene perdón, pues si no cambiamos moriremos todos, un tipo de suicidio cósmico‒biológico. En ese sentido, este virus Covid, siendo una “malformación” químico‒ biológica, está relacionado con un tipo de pecado humano.

Pero las iglesias toman el pecado como algo individual que va en contra de Dios.

Y hacen bien en un sentido, pero como sabe Mt 25, 31‒46, el mandamiento principal es “no matar” y el pecado es impedir que los hambrientos coman, que los exilados tengan casa y los enfermos asistencia, mandando a la cárcel a los sobrantes. En esa línea va el pecado de Covid. Jesús llamó bienaventurados a los que sufren, pero añadiendo “ay de vosotros los que gozáis” imponiendo sufrimiento a los demás (Lc 6, 21‒26). Éste es el “ay” mayor de Dios, el “ay” que Jesús dirige a los que medran con el sufrimiento de los otros.

Éste es el pecado desatado, la peste que David vio avanzando sobre Jerusalén y el Apocalipsis sobre el mundo entero. Evidentemente ese pecado tiene raíces y componentes químico‒biológicos, como todo en la vida, pero, al mismo tiempo, de un modo especial, es un “virus” humano, vinculado a la forma de ser que estamos promoviendo, con nuestro deseo de tener, de poder, de disfrutar, a costa de los demás, destruyendo la casa común de la vida. David levantó un altar para conjurar ese pecado; Jesús, en cambio, salió a la calle para acompañar a los enloquecidos, leprosos y excluidos.

Sí, pero en vez de hacer como Jesús, parece que cierta iglesia quiere seguir alzando altares como David, construyendo templos.

Puede ser, tú sabes mejor eso, pues eres historiadora. Yo sólo me refiero a lo que dicen día a día periódicos y radios, incluso de la Iglesia Católica, con un tipo de TV, buscando sin cesar culpables, condenando a unos u otros, desde una perspectiva política y económica, desde un nacionalismo que quiere imponerse sobre otros, echando siempre la culpa a los demás. Seguimos en la ley del “talión” (ojo por ojo, diente por diente…) que Jesús superó en el Sermón de la Montaña, sin que el conjunto de la sociedad, incluida la Iglesia, no quiera enterarse.

¿Qué les dirías a los que echan la culpa a Dios partiendo de tu Biblia?

Déjame pensar…Prefiero hacerte un esquema, para así aclararme, resumiéndolo en tres afirmaciones: La Covid 19 no es castigo de Dios por el pecado de los hombres, sino una parte del riesgo de la vida. “Dios” (pónlo entre comillas) ha querido que la vida humana surja del proceso químico‒biológico de una naturaleza amenazada (¡y enriquecida!) por formaciones de tipo vírico, bacteriano etc. La naturaleza es generosa pero se defiende en una línea que parece de talión. El Dios cristiano puede siempre perdonar, la naturaleza no puede, y responde con talión (ojo por ojo…). En ese sentido, algunos piensan que la Covid 19 es un talión biológico, una “venganza cósmica”.

Pero los cristianos se atreven a decir que Dios es más que naturaleza. No va en contra de ella, pero la transciende en una línea de gratuidad y libertad. Ciertamente, en un sentido, la naturaleza “no perdona” (en general), pero Dios perdona siempre, abriendo un camino de vida sobre la misma Covid 19. Éste es su exceso y excepción de la que he venido hablando.

Supón que admito lo que dices. Entonces, ¿cómo actúa Dios por encima de la naturaleza?

Actúa “sobre”, no en contra, y lo hace de dos formas. (a) Como siembra y promesa de Vida en esta tierra amenazada por la Covid 19 y el talión de la naturaleza, como sabe la parábola del Sembrador, de Mc 4, 3‒9. (b) Actúa ¡al mismo tiempo! por los hombres a quienes pide que sean semilla de gratuidad, dirigiendo (encauzando, curando…) los riesgos de la naturaleza, en vez de aumentarlos, como sucede en la actualidad.

5. Covid-19. Venganza de la vida, oportunidad de gracia

Dices que la naturaleza puede “vengarse”, mientras Dios perdona siempre. La humanidad en conjunto busca la vacuna.

Ciertamente, asistimos a una gran carrera de vacunas por prestigio nacional y por dinero. Muchos han puesto su confianza en ella, diciendo que será omni-salvadora, por no decir omni-potente. Algunos creen aún en el Dios sanador de Jerusalén o de Epidauro en Grecia, pero se aferran de un modo especial a la Vacuna… La mayoría de los católicos han dejado de rezar a los Santos de la peste (Roque, Sebastián), y sólo confían en Santa Vacuna. Piensan que la Covid 19 es un “agujero negro” del talión de la Naturaleza, pero que la Santa Vacuna de la Ciencia logrará taparlo...

¿Alguien podría decir que rechazas la vacuna?

Ella es muy importante en un sentido, y así espero ansioso que llegue pronto para amigos y familiares enfermos, e incluso para mí, que estoy en mala edad. Pero quiero que sea para todos, al servicio de la gratuidad humana, no del interés económico‒social de algunos, y quiero que vaya vinculada con un cambio de actitud y de conducta de todos, en especial de los llamados “poderosos”. En este contexto suelo evocar un dicho de Jesús sobre los malos exorcistas, que parecen curar sin hacerlo, de forma que los demonios expulsados (vacunados) van por ahí, recorriendo el desierto, hasta que “piensan”, y se alían con otros siete demonios peores y vuelven y ocupan la casa del antes enfermo e infectan más enfermedades (cf. Mt 12, 43‒45; Lc 11, 26‒28).

He pensado más de una vez en ese texto extraño…Pero ése es un lenguaje simbólico, y hay que contextualizarlo, dotarle de un significado histórico.

Es un texto extraño, pero retrata lo que puede hacer un tipo de religión y de vacuna, como decía expresamente Jesús en Mt 23,15 (recorréis tierra y mares para convertir paganos y los hacéis peores que antes) y como ha repetido Michel Foucault en algunas páginas memorables sobre médicos, enfermos y locos. Jesús sabía de qué hablaba. No rechazaba las vacunas (los exorcismos de entonces, siglo I d.C.), pero sabía que hay vacunas (exorcismos) que parecen curar, y en algún sentido curan, pero lo hacen para seguir creando enfermedades y peores. Muchos quieren y piden vacunas, pero no para curar a todos sino para fortalecer a los privilegiados del sistema, de manera que la post‒vacuna será peor que la Covid antigua.

¿Cómo se compagina eso que dices con el sistema sanitario actual? ¿No querrás condenarlo en conjunto?

¡De ninguna manera! Este sistema, especialmente si es público, al servicio de todos, es uno de los grandes logros de la  modernidad. Pero en su fondo, dirigiendo los hilos del “aparato”, puede haber una máquina egoísta que se aprovecha de la Covid 19 para ganar mucho dinero y someter más a los hombres. No me opongo en modo alguno a la vacuna, pero quiero que ella sea no sólo químico-biológica, sino humana, en el sentido radical de la palabra. Que con ella se descubra y diga lo que está al fondo del sistema sanitario, en línea económico-social, para así vincular las buenas vacunas de tipo químico-biológico, y la más honda de la terapia y justicia de la vida, en la línea de lo que quiso Jesús y han querido otros hombres generosos.

Alguno puede pensar que estás cayendo en manos de un Dios mítico, que actúa por fuera de la ciencia.

No quisiera dar esa impresión. El Dios de Jesús actúa por la vida de los hombres y la ciencia ha formado y forma hoy parte importante de la vida. En esa línea, este Covid 19 puede ser una ocasión para estudiar y conocer mejor la raíz y la finalidad de la medicina, con la ayuda de todos los saberes y quereres de la ciencia, sin caer en la trampa de aquellas instituciones que aprovechan el dolor de los demás para imponerse ganar dinero. La vacuna principal es la aceptación del sentido de la vida, la opción gratuita por el bien de todos, empezando por los más pobres, el descubrimiento de la vida como regalo, al servicio de la resurrección, es decir, de la Vida de todos. Sí, esa experiencia y esa opción, una vacuna simplemente química, bajo el dictado del capital, podría acabar destruyendo aún más la vida de los hombres en el mundo. (cf. Mt 6, 24).

Lo que quiero es una curación integral, en la línea de Jesús, que aceptando en su plano a los médicos, quería liberar de un modo gratuito (por humanidad) a los más pobres, caminando con ellos en acogida y compasión, en gozo compartido, en esperanza de Reino. En ese sentido, la ciencia médica es hoy absolutamente necesaria, pero al servicio de la vida concreta de todos, no sólo en los países ricos, sino en el mundo entero, en comunión personal, en justicia, en solidaridad.

El Dios de Jesucristo no está fuera, como ser extra mundano, que a unos cura, a otros destruye, sin que sepamos cómo. Él es el impulso de fondo de la Vida, así, con mayúscula, también en el sufrimiento, no por masoquismo, sino por solidaridad, para sufrir con los que sufren, morir con los que mueren, abriendo en y con ellos un camino de bienaventuranza, es decir, de gozo fuerte, de placer intenso, como en “parto” para el nuevo nacimiento. A ese Dios oramos con la misma vida, es decir, siendo amor generoso a los demás. No se trata de pedir de un modo mágico, esperando que él arregle las cosas desde fuera, sino ser en Dios, que él sea en nosotros, en Espíritu y Verdad, como dijo Jesús a la samaritana en Jn 4, 23.

¿Tú crees que saldremos más humanos de esta experiencia, como afirmaba el papa Francisco? ¿Se han modificado nuestros vínculos sociales, la forma de percepción del “otro”?

Habrá de todo. Algunos saldrán (¿saldremos?) peor, si utilizamos esta “peste” (y la posible vacuna) para aprovecharnos de los otros. Otros podrán (¡podremos!) salir mejorados, si encontramos en la “peste” un medio, un lugar, para encontrarnos y reconciliarnos, desde la debilidad, sin dejarnos dominar por un sistema de salud que se puede utilizar para esclavizar a los menos capaces en línea de poder. Todos tendremos que aprender a vivir en la “excepción”, de la que comenzaba hablando esta entrevista.

6. Diálogo entre Job y Dios. ¿Qué sentido tiene el sufrimiento?

Hace poco, como reflexión al hilo del funeral que se celebró en Madrid por la víctimas de la pandemia, hacías resonar el grito de Job cuando estaba ya en la tumba muriendo por un tipo de virus que se podía comparar al Covid 19, con un lamento “Tierra no cubras mi sangre, que no encuentre descanso mi grito (16,18)”

Nos introducías así en el diálogo que establece Job, víctima que sufre y protesta, con Dios, omnipotente; y nos lo propones como un relato adecuado en tiempos de pandemia y de miedo.

¿Me podrías explicar esto?

La historia de Job no es evangelio, pero puede ayudarnos a caminar en línea de evangelio. Job nos enseña que Dios está en el sufriente, el “apestado”, y nos muestra que la primera respuesta es la solidaridad… Como he puesto de relieve en “Lectura de Job” (San Pablo, Madrid 2020), el pecado de los “amigos”, defensores del sistema, no es haberle criticado, sino haber empezado desligándose de él, sin solidarizarse con su dolor. Job nos dice que no podemos echar tierra sobre los caídos por el virus, como si nada hubiera pasado, ni podemos hacerles funerales para descargar nuestra conciencia y olvidarles después! La presencia de los muertos de peste “sin enterrar” (sin haber recibido justicia) tiene que ser para nosotros un aguijón de vida.

¿Cómo hacer entonces el duelo de los que han muerto y están muriendo?

Un tipo de duelo es necesario, como he dicho al hablar del  “funeral” casero de mi abuelo… Pero ese duelo no puede ser una catarsis externa, como un somnífero para olvidar después, sino una forma de entrar en el misterio de la muerte como esencia de la vida, con agradecimiento y respeto, recreando el recuerdo de los difuntos, con esperanza (=experiencia superior) de resurrección.

En esa línea, en el libro de Job, cuando los lectores u oyentes esperan la lección más alta de la sabiduría teológica, Dios se limita a recordarle los enigmas de la naturaleza, el fragor de la tormenta necesaria para el campo, el enigma de los animales más extraños, desde el onagro al halcón y del avestruz al cocodrilo. En toda vida (¡toda respetable!) late el enigma y misterio del Dios que se revela en el respeto y cuidado de todos, empezando por los más amenazados.

Siguiendo el sentido del relato de Job como víctima sufriente que clama justicia a Dios las personas no creyentes y justas nos preguntarían a quienes seguimos al Dios de Jesús, ¿Necesitáis la experiencia del sufrimiento para ser mejores personas y para emancipar a la humanidad del mal? ¿Qué le responderías tú?

No me gusta mucho esa palabra “necesitar”. Yo necesito un desayuno a la mañana, una cama en la noche… A Dios no le necesito de esa forma, podría vivir sin él. Pero me ha venido, por la historia de mis antepasados, por el testimonio de Jesús, por muchos amigos, y ésa ha sido para mí la mayor de las sorpresas… Utilizando una palabra que ha salido aquí, desde el principio, Dios ha sido y es para mí la gran “excepción”, una parada sorprendente que me ha permitido buscar fondo y altura y anchura…, siempre en y con los otros.

Pero te he preguntado en especial por el sentido del sufrimiento en el cristianismo.

Gracias por insistir. Tampoco me gusta la frase “ser mejores personas”. No creo que se pueda andar diciendo por ahí que “soy mejor porque creo o soy cristiano”, o que nosotros somos los mejores por ser cristianos. Ese lenguaje me parece moralmente infantil. Los cristianos no necesitamos el sufrimiento para ser mejores o para que lo sean otros, pero tenemos que ser solidarios con los que sufren, si es que creemos en Jesús. Le preguntaron: “Por qué está ciego aquel mendigo de Jerusalén, quién tiene la culpa”. El respondió: “Ahora no es tiempo para hablar de culpas, sino para ver lo que podemos hacer por él, cómo podemos acompañarle” (Jn 10).

Reyes Mate nos recordaba en el número 277 de esta revista que la historia consiste en responder a la pregunta por el sufrimiento y por la muerte causados por la libertad humana, haciendo así una crítica a la deriva gnóstica del cristianismo. ¿Cómo lo ves tú? ¿De dónde nace el sufrimiento?

Buda se atrevió a decir que el sufrimiento nace del deseo de los hombres, de forma que debemos superar todo deseo para vencer de esa manera el sufrimiento. Jesús no respondió ni eso (aunque Pablo parece acercarse a la visión de Buda en Rom 7, 7; 13, 9). El sufrimiento no está aquí para nada, no tiene ninguna finalidad, sino que forma parte de la inmensa aventura de la vida, y así debemos compartir el dolor con los que sufren.

Ciertamente, el sufrimiento puede ser “educativo”, haciendo que algunos maduren, como parecen decir las bienaventuranzas de Mt 5, 1‒11. En ese sentido, en la línea de Lc 6, 21‒24, el sufrimiento puede conducirnos a la solidaridad. He escrito algún trabajo sobre la diferencia entre las bienaventuranzas de Mateo y Lucas, pero no  estoy seguro de acertar. No tengo respuestas teóricas, que acaban siendo ideológicas, quiero la respuesta de la vida.

Pero lectores de Iglesia Viva quieren quizá saber más. ¿Qué les podrías decir?

En uno de sus pasajes más hondos, san Pablo se arriesga a decir que los sufrimientos de este tiempo son “dolores de parto”, signo de una humanidad gestante que nace a la vida para crecer en dolor y solidaridad con los que sufren (Rom 8). Pero quizá es mejor no hacer demasiados argumentos, dejando viva la esperanza y quedando con la desnuda palabra de Mt 25,31-46: “Estuve enfermo y me visitasteis”.

Lo único claro en el Nuevo Testamento es que dolor y enfermedad son espacio y tiempo para el encuentro con los demás, desde Cristo, el mesías sufriente de la historia, a quien los Cantos del Siervo del segundo Isaías presentan como un “apestado”. Ante esa afirmación cesan las palabras, queda la llamada a la acción solidaria, del Jesús que dice: “Venid a mí, porque estuve enfermo y me visitasteis…”. En vez de esa palabra “venid”, muchos artistas y teólogos (desde Miguel Ángel en la Capilla Sixtina) han apelado a la contraria, de tipo parenético, no dogmático: “Apartaos de mí malditos, al fuego eterno”. Pero sobre esto habría que tener otra conversación, creo que por hoy ha sido ya mucho.

7. Los templos vacíos y las Iglesia de las Catacumbas

Una última reflexión. Nos acaba de dejar Pedro Casaldáliga con quién tenías amistad y quién colaboró en un libro tuyo titulado El Pacto de las Catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia (2015), en el que se evoca aquel pacto alumbrado en el contexto del Concilio Vaticano II. No es casualidad que entre los muchos recuerdos que guardas sobre él sea precisamente éste uno de los aspectos que quieras mostrar, en plena experiencia de la pandemia que ha provocado el vaciamiento de los templos y una fuerte crisis de la sacramentalidad en la comunidad católica. También la Iglesia debe responder desde su carisma de comunión a una situación sobrevenida en la que estamos obligados a evitar las concentraciones y los encuentros sociales.

¿No crees que es una gran oportunidad para recuperar el contenido original del sacerdocio y empoderar sacramentalmente a las comunidades, a las familias y a los pequeños grupos de referencia en la fe? Hace tiempo que la Iglesia tiene que pasar su aggiornamento hacia la horizontalidad. Posiblemente la imagen de las catacumbas sugiera hacia donde caminar. Me gustaría saber tu opinión sobre todo ello.

 Es buen final el tema de las catacumbas. Hay una sociedad triunfante, que aparece incluso en los medios de comunicación de la Iglesia, que quiere que todo esto de la Covid pase sin mover un dedo (cf. imagen de Lc 11,46), para que ella (la Iglesia) sea sociedad perfecta (¡de los que pueden triunfar!), imponiendo de nuevo un tipo de magisterio superior sobre pobres y excluidos, los que viven en Covid constante. Pero una iglesia así tiene que pasar, es una reliquia quizá grande y gloriosa, pero reliquia.

Por otra parte, como tú dices, es tiempo de recuperar el sacerdocio de todos, el empoderamiento sacramental a las comunidades… Y aquí surge la gran pregunta y tarea: Cómo crear iglesias verdaderas de creyentes… En esa línea, la Covid debería llevarnos a las catacumbas de la historia, para compartir la vida en medio del riesgo de la muerte. Es lo que quería y nos decía Pere Casaldáliga, cuyo recuerdo y presencia pascual nos hace hoy mejores.

Todo es presencia y gracia, todo es pascua, nos decía. Todo ha de ser camino de resurrección, desde las catacumbas en que estamos. Pero hemos hablado ya mucho, quizá no podemos comenzar con un nuevo argumento.

Xabier, ¿qué te gustaría añadir sobre este presente, sufriente, que nos abre a algo nuevo, todavía difícil de nombrar?

Me gustaría, pero quizá por hoy ha sido suficiente. Gracias a ti, por invitarme (incitarme) a pensar, por escucharme. Gracias a “Iglesia Viva” y a sus lectores, que han sido para mí una referencia y compañía desde el año 1966, cuando salió el primer número, encabezado por trabajo memorable titulado “La hora de la aceptación”, de J. I. Tellechea (1928‒2008), amigo y colega de la U. Pontificia (Salamanca), que pasó casi año y medio confinado, sin doblegarse ni un momento, en la UVI del hospital de Donostia, donde íbamos a verle tras un cristal protector, como cuenta en su libro “Los tapices de la memoria” (Salamanca 2003).

Gracias por compartir con nosotros tus reflexiones e intuiciones

 

Mercedes Arbaiza. Historiadora. UPV/EHU

Iglesia Viva

Read 1172 times
Login to post comments