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UNA EXHORTACIÓN Y DOS ENCÍCLICAS

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Lo que está haciendo el Papa Francisco es la actualización del evangelio al siglo XXI, a nuestro momento actual. Aunque ha escrito solo tres encíclicas, si las juntamos con sus exhortaciones y su ejemplo -sobre todo su ejemplo- está marcando una línea de liderazgo de servicio y coherencia evangélica que no deja a nadie indiferente.

Entre todo el bagaje que el Papa acumula, quiero destacar la línea maestra que se dibuja con claridad en todo su pontificado. Me refiero a la tríada formada por Laudatio Si, Amoris Laetitia y esta última entrega llamada Tutti Fratelli. Los tres textos se refieren a una manera concreta de tratarnos como verdaderos hermanos, puestos los ojos en Jesús.

Con la encíclica Alabado seas (2015), Francisco puso el acento en nuestra responsabilidad con el hábitat del planeta defendiendo a la naturaleza desde una posición ecologista audaz pensando en las consecuencias de una ausencia generalizada del cuidado común. Y lo plantea desde una exigencia de responsabilidad personal y de gobierno denunciando el desarrollo irresponsable para revertir la degradación ambiental y el cambio climático que a tantos está matando, literalmente.

La exhortación La alegría del amor (2016) va más allá del amor en la familia; se trata de un mensaje nítido a obispos, presbíteros y laicos para que ejerzan el discernimiento otorgando mayor importancia a cada caso concreto, a la escucha compasiva evangélica, por encima de legalismos que atribuyen a la norma un carácter finalista en lugar de un medio desde el que seguir la estela de las parábolas emblemáticas del hijo pródigo y la del buen samaritano en cada caso concreto.

Y ahora, el Papa Francisco publica Hermanos todos (2020) su tercera encíclica inspirándose en Francisco de Asís mostrando una clara estela de profeta. Aquí apuesta claramente por la denuncia profética en temas ya tocados por él como esenciales en todo el tiempo que lleva de Papa. Si en la exhortación Amoris Laetitia se centra en la conciencia madura a la hora de juzgar hechos y no personas, limitando el papel de la Ley en beneficio de la misericordia, como hizo Jesús, ahora ejerce la denuncia profética con fuertes críticas contra las actitudes que degradan al ser humano y contra las economías y políticas injustas que impiden aflorar el amor fraternal-universal.

Francisco insiste en la necesidad de construir una civilización del amor que no excluya ni tampoco niegue a nadie su derecho a vivir dignamente y a realizarse como persona. Y desde ahí, reivindica una política económica que posibilite un reparto equitativo de los bienes de la Tierra entre toda la humanidad. Plantea que el evangelio es eso: una llamada a la fraternidad universal bien factible donde el bien común sea la base de toda política. Por eso mismo, critica al consumismo neoliberal y a los populismos, consciente de que la fraternidad es el eje de todo el evangelio.

En esta encíclica tan impactante, Francisco es muy claro en que no nos dejemos convencer de que existe solo un buen camino marcando distancias drásticas con el comunismo y el capitalismo. Lo expone desde el amor para iluminar otras posibilidades de organización y otros horizontes a los que tender desde el espíritu de Jesús. Incluso arremete contra los países epulones del mundo con algunos de los planteamientos de los Padres de la Iglesia, en el sentido de que si unos tienen tanto de sobra es porque han despojado a otros de lo que les pertenece. Cita a Gregorio Magno: “Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo”.

Inmigración, acogida ecuménica, el abandono de las personas mayores, la discriminación contra la mujer en dignidad y derechos, la esclavitud como parte de esta cultura del descarte, la necesaria reforma de la ONU, la condena a la guerra justa y a la pena de muerte, las prácticas ideológicas ajenas o contrarias a las culturas de los pueblos... La guerra, las armas nucleares y el terrorismo son sustitutos equivocados del diálogo y la solidaridad. Que el “sálvese quien pueda” se traducirá rápidamente en el “todos contra todos”, y eso será peor que una pandemia.

Ojalá que la institución eclesial siga a Francisco por este camino recorriendo el modelo de Cristo.

 

Gabriel Mª Otálora

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