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TENEMOS UN BANQUETE PENDIENTE

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Mt 22, 1-14

11 de octubre de 2020

El Evangelio de hoy nos sugiere una profunda reflexión sobre la imagen cristiana de Dios, un Dios que pretende atraer al género humano a un banquete inclusivo y no a un juicio excluyente. El Reinado de Dios es un banquete, utilizando el mismo lenguaje metafórico de esta parábola. Es un mensaje que no conviene olvidar en un mundo y en una cultura que ha cuestionado a la religión como una alienación de las personas en oposición a su felicidad. Y es, precisamente la felicidad y plenitud, la meta de lo esencial del cristianismo, superando el mal, el sinsentido y la muerte.

Jesús narra esta parábola en un contexto incierto, polémico y lleno de tensión con el judaísmo institucional. La atmósfera que envuelve al texto son los últimos días de su vida, ya en Jerusalén; un momento en el que está horneándose un doble juicio, político y religioso, por sus discursos, acciones y provocaciones a las autoridades rabinas. Quizá, a través de esta alegoría, pretende expresar su certeza de que el proyecto de Dios se va a realizar a pesar de las contradicciones humanas.

Se podrían extraer tres sugerencias para abordar esta parábola que, por cierto, ya existía con otros matices en el Talmud palestino. Tres invitaciones para poner de manifiesto que el Reinado de Dios supera nuestra visión sesgada del Dios de Jesús.

Por un lado, los invitados al banquete no quieren acudir y se van a sus quehaceres y haciendas, incluso se sienten molestos por la invitación. Una vez más aparece la alarma de vivir la fe en una posición de confort, de búsqueda de seguridades y certezas, de instalación en lo de siempre y de reactividad y resistencia ante lo nuevo. No parece que Jesús esté en sintonía con una visión tan acomodada de la adhesión a su proyecto. Ofrece la posibilidad de la plenitud humana, todo está preparado en el interior de la persona para conectar con la Fuente y vivir desde lo esencial que va más allá de lo que podamos controlar y dominar.

En segundo lugar, la parábola narra que, ante la negativa de los invitados, el banquete se abre a todos los que están fuera, en los caminos y encrucijadas, buenos y malos. La mirada divina no se detiene en un reducto excepcional de su creación; supera toda dualidad y revela una mirada a la esencia humana, a lo que realmente es y no lo que hace. No somos invitados por lo que hacemos sino por lo que somos en profundidad, por lo que nos hace ser en permanente conexión con nuestro origen. Sin duda, una nueva transgresión de la ley judía porque el pueblo elegido ahora es la humanidad sin excepciones.

Y, por último, el polémico traje de bodas para entrar en el banquete que no se trata de una purificación penitencial que sólo me afecta a mí; es el traje sino de la vinculación a la nueva visión de la plenitud que incluye a todos. No se trata de soltar la culpa por “los pecados cometidos” sino trascender las categorías humanas y mirar a todo el género humano desde la fuente de su ser, en su centro existencial. No es una salvación-plenitud individual sino colectiva, de toda la humanidad, aunque incluye una transformación personal que mueve a mirar a los semejantes desde la dignidad y valor que poseen.

Esta parábola comienza preguntándose a qué se puede comparar el Reinado de Dios. Quizá pueda quedar abierta a muchas interpretaciones, pero lo que sí parece expresar con claridad es que somos llamados a participar de la vida divina sin condiciones, donde tenemos pendiente una comida que no es tristeza, ranciedad, martirio, sino un festín que se expande y atrae a tod@s hacia la unidad con Dios.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

 

Rosario Ramos

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