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PRETENDER ENCONTRAR EN LA ANTROPOLOGÍA BÍBLICA TODAS LAS RESPUESTAS SOBRE LA SEXUALIDAD SERÍA BIBLIOLATRÍA

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Jesucristo, que sepamos, no dejó escrito alguno, y la religión cristiana no es una religión del libro como lo es la judía. No tener esto en cuenta causa graves malentendidos en nuestra Iglesia.

Cuando este año falleció el exegeta James D. G. Dunn consulté alguno de sus viejos escritos sobre la autoridad de la Escritura. Dunn hablaba en uno de ellos del peligro de “bibliolatry”. Así es. Algo falla si nos empeñamos en resolver todos nuestros problemas recurriendo a la Biblia.

La bibliolatría puede empezar cuando citamos 2 Tim 3, 16 para probar que toda la Escritura está divinamente inspirada. Y es que no está inspirada porque lo diga 2 Tim 3, 16. Se trata, más bien, de que siguiendo el Evangelio de Jesucristo anunciado por los profetas creemos que la Biblia contiene un mensaje de salvación de Dios para el hombre, y por eso pensamos que 2 Tim 3, 16 está en lo cierto al decir que está inspirada.

Y sería bibliolatría pretender encontrar en la antropología bíblica respuestas a todas las preguntas sobre la sexualidad. No es esa la pretensión de la Pontificia Comisión Bíblica en su estudio “Che cosa è l’uomo? Un itinerario di antropologia biblica” (2019). Este valioso estudio encargado por el papa Francisco, del que ya habló RD en su momento, defiende, por ejemplo, que la relación erótica homosexual no debe ser condenada. Es, sin duda alguna, un paso importante, aunque la aceptación de las relaciones íntimas homosexuales todavía no se contempla. Son siglos con una tradición difícil de cambiar, como sucedió con el problema de la esclavitud y como sucede todavía con el clericalismo y el machismo.

“¿Qué es el hombre?”, se pregunta también el Vaticano II (GS, 10 y 12). Y su respuesta nos habla de su sublime vocación y de su profunda miseria que hallan su explicación a la luz de la Revelación. Y es Cristo quien revelando el misterio del Padre y de su amor “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (GS, 22). Él es el hombre nuevo que identificándose con los excluidos de este mundo (cf. Mt 25, 40) nos ha mostrado como algo esencial atender a la dimensión social y solidaria del hombre.

Pero la Biblia no tiene respuestas para todas nuestras preguntas. No es un libro científico. Pensemos, por ejemplo, en los modernos problemas de la Bioética. En la medida en que la antropología bíblica depende de ciertos condicionamientos de tiempo y cultura no nos sirve como modelo. Eso sí, los estudiosos de la Biblia nos pueden decir, por ejemplo, si hay o no uniones homosexuales en la Biblia. Pero si no las encuentran no por eso serán menos legítimas. Tampoco encontramos transexuales en la Biblia, pero son hijos de Dios y tienen sus derechos.

La Iglesia debería imitar a Jesús cuando decía: “Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo” y rectificar posturas y enseñanzas anteriores, como hizo en el caso de Galileo, cuando un mejor conocimiento de los problemas así lo exija. La verdad es que lo ha hecho siempre a lo largo de su historia. Basta recordar que para los cristianos el día de descanso es el domingo, no el sábado, o que no admitimos la ley judía del Talión.

Este año se ha publicado un libro único y especial por muchas razones titulado “Homosexualidades y cristianismo en el s. XXI” (Javier de la Torre, editor, Dykinson, Madrid, 2020). Es un estudio interdisciplinar con un “enfoque cristiano ecuménico”, como señala el editor en el prólogo.

El libro nos presenta experiencias y testimonios, la enseñanza del magisterio, de la tradición y de la teología, el saber de las disciplinas seculares y de los especialistas de la Biblia. Estos últimos analizan los clásicos pasajes de la Escritura, como son Lv 18, 22 o Rm 1, 18-32, entre otros, para finalmente hacernos ver, como dice en esta obra X. Pikaza, que “en la Iglesia, los homosexuales podrán ser homosexuales, pero no para quedarse en ello, sino para vivir el camino de las bienaventuranzas o el canto de amor de 1 Cor 13”.

El profesor Pikaza tiene razón, pero a muchos homosexuales cristianos no les da tiempo a amar porque se tienen que pasar la vida tratando de entender por qué la Iglesia les da de lado o preguntándose dónde se ha metido el olvidado discípulo amado de Jesús.

En ese sentido resulta esencial el trabajo de estos especialistas, aunque es verdad que al final, como dice la profesora de la Universidad de Comillas Olga Belmonte, “la posibilidad de un cristianismo sin homofobia depende de la actitud de los cristianos, no de lo que literalmente está escrito en la Biblia. Si fuera así, el machismo sería lo más acorde con el cristianismo”.

Los cristianos creemos que hay “semillas del Verbo” en todas las culturas y que todos los hombres pueden oír la voz de Dios, todos son “oyentes de su palabra”. Y el Espíritu Santo, que sigue actuando hoy en la Iglesia y en el mundo, se nos ha dado no sólo para interpretar correctamente la Escritura, sino también los acontecimientos, los “signos de los tiempos”, como es el caso de la actual pandemia, y juzgar por nosotros mismos qué es lo que hay que hacer (cf. Lc 12, 56-57), un pasaje muy citado por Ferdinand Ebner.

¿Hay alguien que piense que, conforme a Dt 21, 21 hay que dar muerte al hijo rebelde? “Todos sus conciudadanos le apedrearán hasta que muera” dice la Biblia. Pero la recta razón nos dicta hoy otra cosa. Lo mismo al hablar de la sexualidad. La fe viva que salva consiste en amar a Dios y al prójimo. “Haz eso y tendrás la vida” (Lc, 10, 28). Millones de personas lo hacen cada día, ayudando a sus prójimos, arriesgando a veces su vida, más allá de las diversas sexualidades de los hombres y de las mujeres, más allá de las teologías, de los libros sagrados y de los desfasados ritos litúrgicos.

Estoy lejos de esa fe viva si, en razón de que “macho y hembra los creó” Dios (Gn 1, 27), niego el derecho del diferente a tener una vida sexual. Las posturas más conservadoras insisten en apoyar en textos de la Escritura la doctrina que califica las conductas homosexuales de “depravaciones graves”, aunque la psicología y otras ciencias de nuestros días enseñen lo contrario. Lo hace nuestro Catecismo (n. 2357), apoyándose en la Declaración “Persona Humana”, 8 (año 1975). Y esa enseñanza, muy discutida hoy en la Iglesia a pesar de su larga tradición, propicia agresiones y la homofobia existente, lo queramos ver o no.

Resulta algo sarcástico hablar de respeto y compasión respecto a aquellos a quienes antes hemos calificado de “depravados”. “En Camerún - dice el sacerdote Noudjom Tchana - los homosexuales viven auténtico calvario… Los tratan como perros”. Lean su impactante testimonio escrito no desde el resentimiento, sino desde la ética de la bondad.

Para saber lo que nos quiere comunicar un texto el Vaticano II dice que el intérprete debe atender a los géneros literarios, al tiempo y a la cultura de los textos, al contenido y unidad de toda la Escritura, y anima a exegetas y teólogos a investigar, pues la Iglesia “procura comprender cada vez más profundamente la Escritura” (Cf. Dei Verbum, 12 y 23). Y en 1993 la Pontificia Comisión Bíblica nos previno contra el fundamentalismo que acostumbra a hacer lecturas “literalistas”. Habrá entonces que revisar un día el Catecismo.

“No cometerás adulterio” es según la Biblia el sexto mandamiento. Así que el Catecismo no debería imitar al judío Filón de Alejandría que al hablar del sexto mandamiento introdujo el tema de Lv 18, 22. Lo recuerda en el libro antes citado el profesor de ética Juan Sánchez Núñez. La diversidad sexual y familiar es estudiada por las ciencias antropológicas y la moralidad de las conductas sexuales debe ser examinada por la ética.

La profesora Ana Berástegui, Doctora en Psicología por la Universidad de Comillas, muestra bien en el libro que, aunque no se pongan de acuerdo las distintas disciplinas en lo que es la homosexualidad, hay “un cierto consenso, al menos desde la psicología, la psiquiatría y en general las ciencias sanitarias y sociales, con respecto a lo que no es”.

“1. La homosexualidad no es una enfermedad mental, ni un trastorno psicopatológico. 2. La homosexualidad no es una desviación en el proceso normal de desarrollo sexual o un signo de inmadurez. 3. La homosexualidad no es un factor de riesgo para la salud mental”.

Esta investigadora termina su trabajo, remitiendo a Beckstead, con esta reflexión. “Desde la psicología, tanto las aproximaciones que empujan a renunciar a la dimensión religiosa para desarrollar la propia sexualidad como las que empujan a renunciar a la sexualidad para abrazar la dimensión religiosa deben ser sustituidas por aproximaciones más integradas que permitan encontrar caminos de desarrollo pleno como persona”.

Vaticano y homosexualidad

Creo que el pensador austriaco F. Ebner tenía razón al afirmar en el Epílogo a sus artículos en la revista Brenner que hay “muchas cosas del judaísmo” que han encontrado un lugar en el cristianismo. “Sehr viel Jüdisches”, escribe nuestro autor; nada que ver con los “moltissimi ebrei” “que han encontrado un puesto en el cristianismo” de la traducción italiana de Nunzio Bombaci, buena en su conjunto, que quizá ha querido “suavizar” la expresión original. “Hay salmos de David que a un cristiano no le servirían de oración”, explica Ebner.

El mismo Jesús insinuó de algún modo que quien cree en él no necesita más revelación, pues ya ha encontrado la vida verdadera. “Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; son ellas las que dan testimonio en mi favor y no queréis acudir a mí para encontrar esa vida” (Jn 5, 39-40, en la traducción de Juan Mateos y L. Alonso Schökel).

Nos convendría seguir repensando algunos conceptos de nuestra teología fundamental: revelación, inspiración, autoridad de la Escritura…Porque, aunque es verdad que se ha hecho una gran labor en este sentido antes y después de la aprobación en el concilio Vaticano II de la Dei Verbum, de Benoit a Rahner y a Torres Queiruga, no es menos cierto que seguimos siendo excesivos y exagerados en la explicación que damos de nuestra propia fe, como si la Iglesia tuviera el monopolio del Espíritu Santo. Nuestras Escrituras, decimos, son “sagradas”, han sido escritas “bajo la inspiración del Espíritu Santo”, enseñan “sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra” (DV, 11). Pero también la Dei Verbum dice que los hagiógrafos son “verdaderos autores” que lógicamente tienen el lenguaje y el modo de pensar de su tiempo (cf. DV, 12). Y hay que atender a esa verdad consignada “para nuestra salvación”.

En las últimas elecciones en Polonia ha tenido un papel importante una visión conservadora de la vida que encuentra un gran apoyo en lecturas fundamentalistas de la Escritura en los temas de la diversidad sexual. Lo ha señalado Mario Vargas Llosa en “La plaga del arcoíris” (El País, 19 de julio de 2020). Su artículo se hace eco de un escrito de la periodista Anne Applebaum, casada con un polaco. Esta periodista revela cómo ha sido la campaña contra los homosexuales la que ha permitido al presidente Duda ganar un segundo mandato, aunque por muy pocos votos. Su adversario Trzaskowski, alcalde de Varsovia, había prometido apoyar a los hombres y a las mujeres homosexuales.

“Los LGTB no son el pueblo - declaró Andrzej Duda - ; son una ideología más destructiva que el comunismo”. Quieren destruir la familia. No tienen corazón polaco. Obedecen a impulsos foráneos, alemanes y judíos. Estos son los tintes homófobos, xenófobos y antisemitas que Duda exhibió en su campaña. Vargas Llosa sigue comentando el artículo de Applebaum para señalar que la jerarquía de la Iglesia católica polaca, al parecer también muy conservadora, cree, como lo hacía Juan Pablo II, que los homosexuales constituyen “la plaga del arcoíris”.

Las agresiones al colectivo LGTB en Polonia han sido denunciadas por la prensa internacional. Algo parecido sucede en Rusia, con Putin apoyado por la iglesia ortodoxa. Lo vimos también en Francia en 2014 con la “Manif pour tous”. Y ocurre en muchas sociedades de otros continentes.

Sigue habiendo en muchos países una doctrina sobre la sexualidad que fomenta el odio y la violencia. Se instrumentaliza una interpretación integrista de las Escrituras para conseguir el poder y a veces las iglesias miran para otro lado. Ayer el fanatismo religioso emprendía cruzadas o mandaba a la hoguera a Jan Hus y a Miguel Servet y hoy señala y golpea al diferente. Usar la violencia para imponer nuestra verdad, en nombre de Dios, del bien o de la justicia, ha sido siempre la gran tentación. En dictaduras de derechas y de izquierdas. Sigue existiendo en ciertos ambientes que se dicen cristianos una historia criminal. El papa Francisco quiere acabar con la venia a los mafiosos. Es también contrario a los lobbies clericales hipócritas, financieros o de otro color.

Acostumbrados a las grandes palabras como sacralidad, verdad, autoridad, infalibilidad, nos olvidamos de otras como honestidad, diálogo, fraternidad y humanidad. De estos últimos valores el libro “Homosexualidades y Cristianismo en el s. XXI” es un digno testimonio. Los que han participado en esta obra son también Iglesia. Han dado un significativo paso adelante para que un día la comunidad cristiana sea más fiel al Evangelio.

 

Julio Puente López

Religión Digital

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