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LA FRESCURA DEL AMOR DE DIOS

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Llama la atención que la mística Juliana de Norwich, en pleno siglo XIV, afirmase que "El pecado es necesario, pero todo acabará bien". Lo dijo varias veces, y leído así, puede parecer algo nacido de una conciencia deformada en la fe. Pero lo que Juliana experimentó y nos legó es que el pecado debe ser visto como parte del proceso de aprendizaje de la vida, no solo como la malicia que necesita perdón, ya que el pecado realizado por los seres humanos es debido a que somos más ignorantes que malos. Lo esencial de su revelación es que es que Dios es fundamentalmente amor y sanación que nos vela con amor paterno y materno (por expresarlo con categorías humanas) mientras que el pecado nos despierta a la realidad como contraste brutal con el Amor como el significado del universo.

Esta mujer fue audaz cuando aplicaba la teoría de que, para aprender, debemos fallar. Nuestra imperfección nos impide evitar al pecado; caemos, pero lo importante es la disposición a  levantarnos y a mejorar. El dolor causado al pecar es un recordatorio del dolor de la pasión injustísima de Cristo. Así, esta mujer mística le da la vuelta al pecado mismo, sin quitarle un ápice de lo que significa de ausencia de Dios, pero señalando que Dios logra darle una utilidad, y es que volvamos a Él: Juliana creía que el pecado, además de inherente a la condición limitada humana nos purga al tiempo que nos lleva al conocimiento de uno mismo. Esto facilita, a su vez, nuestra aceptación del papel necesario de Dios en la vida como seres imperfectos que somos, pero nacidos para el Amor.

Ya que pecamos, que sea lo menos posible; pero cuando nuestra imperfección nos lleve a caer en la tentación, que la experiencia de nuestro vacío por la falta de amor (eso es el pecado en sus distintas intensidades) sirva para buscar lo que realmente nos hace libres y dichosos.

Juliana cree que todas las cosas creadas por Dios son intrínsecamente buenas, y el pecado o el mal no es una "cosa", ni un ser, sino la consecuencia de nuestra pequeñez. No es una creación de Dios. Y la vida es el camino de aprendizaje para dejarnos trabajar por el amor divino incluso desde el fracaso del pecado. En este sentido, me viene al recuerdo una de las ideas mejores que he leído sobre el verdadero aprendizaje, atribuida a Confucio: Escucho… y olvido. Veo… y recuerdo. Hago… y comprendo. Aplicado a Juliana, el pecado tiene el papel de despertarnos a la realidad de que el amor es el significado del universo: peco y siento, casi físicamente, el daño que causo y me causo; y necesito convertirme, cambiar a mejor.

Su tiempo fue una época de turbulencias, cuando las calamidades llegaron en forma de hambrunaguerras y la peste bubónica que provocaron una crisis a todos los niveles hasta cuestionar el papel de la Iglesia y el rol de los monarcas. Sin embargo, su experiencia mística le hizo vivir esperanzada, hablando del amor a Dios en términos de alegría y de compasión más que de la ley y el deber formal. La experiencia teologal que dejó escrita es única en tres aspectos: su visión de Cristo desde la donación y la ternura de madre, el pecado como oportunidad y su experiencia de que en Dios no cabe la ira. Tenemos mucho que aprender de esta casi desconocida gran mujer y de su mística audaz y práctica. Es importante para reflexionar a fondo en clave oracional, sobre nuestra actitud al evangelizar y sobre el valor cristiano del perdón.

Juliana no eligió encerrarse en sí misma degustando sensibilidades teologales. Vivió en una celda anexa a la iglesia de San Julián (de ahí su nombre de Juliana), pero convertida en centro de escucha y consejo para miles de personas que iban en busca de luz porque ella fue una radical de la esperanza en el amor de Dios. Venerada por católicos y protestantes, ¿por qué sigue siendo para nosotros una gran desconocida?

 

Gabriel Mª Otalora

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