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OTRA FORMA DE CELEBRAR LA MISA

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Nuestros templos se están quedando vacíos. Por supuesto que la pandemia ha hecho que mucha gente mayor no participe en la misa diaria ni en la dominical, pero en general la asistencia a la misa ha decaído mucho en estos últimos años. Son múltiples las causas del fenómeno (daría para escribir todo un libro), pero yo me quisiera fijar en una que considero de gran importancia: la misma forma de realizar la celebración del sacramento.

El último concilio decretó una reforma de la liturgia católica que fue muy aplaudida por todos. Podía haber sido más profunda, pero fue bastante significativa. No obstante, desde el primer momento, hubo una minoría de teólogos de renombre que, de manera solapada, criticaron y torpedearon la reforma aprobada en el aula conciliar, certificada e impulsada por Pablo VI y recibida con alegría por la inmensa mayoría del pueblo santo de Dios.

Después del concilio, nuestras misas cambiaron a mejor: mayor participación de los fieles, cantaba toda la asamblea, se priorizaba la escucha y la meditación de la palabra de Dios, las peticiones eran de verdad de los fieles, la comunión de pie y en la mano, etc. Todos los cantos eran en castellano, los ornamentos eran sencillos y dignos. Se intentaba llevar la vida a la misa y después, llevar la misa a la vida. Las traducciones de los textos litúrgicos se hicieron con sentido común: menos literalidad y más pedagogía pastoral. La sencillez y la fraternidad se sentían más presentes.

Al paso de los años, los enemigos de la reforma fueron ganando terreno. Hubo un teólogo llamado J. Ratzinger que se atrevió a decir: La reforma litúrgica de Pablo VI ha producido unos daños extremadamente graves pues rompe con la tradición. Me parece que la frase es falsa y peligrosa. Pero con ella comenzó lo que muchos llaman la reforma de la reforma para restaurar el rito antiguo. Y este rito antiguo se va abriendo camino, sobre todo ente las últimas generaciones de curas.

Son muchos los detalles, pequeños dirán algunos, pero sintomáticos. Detalles que poco a poco se han ido introduciendo en nuestras misas, que nos indican que estamos en un tiempo de restauración de la liturgia anterior al concilio. Veo los siguientes: se ha vuelto a celebrar la misa en latín (lengua muy venerable para la Iglesia, pero una lengua muerta que el pueblo no entiende). En algunas misas, se usan casullas de guitarra, ya trasnochadas. Como da reparo decir la misa de espaldas al pueblo, se pone un crucifijo en el altar que no mira al pueblo sino al cura, como cuando se celebraba de espaldas al pueblo. La elevación del pan y el vino consagrados se hace como antiguamente, elevando las especies al máximo por encima de la cabeza del celebrante para que el pueblo las adore. Se han vuelto a poner las comulgatorios para que la gente comulgue de rodillas (Se ignora que desde el siglo IV, el concilio de Nicea estableció la comunión de pie y en la mano).

Se siguen dando títulos al Padre Dios que son más de la filosofía griega que del NT. Se habla de un Dios ahistórico, mágico, tapa huecos y poco evangélico. Se ve a curas jóvenes con sotana, fajín, esclavina, bonete o solideo, presidiendo las procesiones. Algunos han ido revestidos con amplios ornamentos, hasta con solideo y bajo palio, bendiciendo a la gente por las calles. La imagen del santo patrón iba a la intemperie y el cura bajo palio. Parece mentira, pero es real.

En el culmen del ritualismo tenemos un documento del Vaticano en tiempos de Benedicto XVI, en el que se dice que el fiel que vea que el cura no lleva alzacuellos al revestirse para la misa, debe denunciarlo al obispo. Menos mal que nuestra gente es sensata y no se mete en esas nimiedades. Jesús ya lo criticó cuando dijo que lo fariseos cuelan el mosquito y se tragan el camello. A Dios gracias el documento emanado por la congregación para el Culto Divino tuvo poca resonancia.

Me alegra que el nuevo misal aprobado para Italia hace unos días no ha recogido la expresión “sangre derramada por muchos”, sino que la mantiene como salió el concilio “por todos”. Es sabido que en el lenguaje bíblico la expresión por muchos significa por todos. No podemos ser literalistas. Es un grave error. Ya lo dijo Juan Pablo II: El cuerpo y la sangre de Cristo se han entregado para la salvación de todo el hombre y de todos los hombres.

Como Iglesia que camina en el siglo XXI, hemos de dar los pasos necesarios para poner en acción el sugestivo y comprometido programa que nos propone el papa Francisco, cuando escribe: Cristo puede renovar nuestra vida y nuestra comunidad. Aunque atravesemos épocas oscuras y a pesar de nuestro pecado, Cristo puede romper los esquemas aburridos y sorprendernos con su creatividad. Hay que volver a las fuentes y recuperar la frescura del Evangelio del que brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras con renovado significado. (La alegría del Evangelio, 11). Propiciemos el cambio. No tengamos miedo. Es mucha la tarea, pero contamos con la fuerza del Espíritu.

 

José Sánchez Luque

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