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PEDRO CASALDÁLIGA: AMIGO DE DIOS Y DEFENSOR DEL PUEBLO (I)

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Tras varios años conviviendo pacíficamente con el hermano Parkinson, como él llamaba a esa enfermedad, falleció el 8 de agosto a los 92 años en la ciudad de Bataties, del Estado de Saô Paulo, Dom Pedro Casaldáliga, el obispo sin duda más carismático y profético del episcopado brasileño y el símbolo más luminoso del cristianismo liberador de América Latina. Es sin duda la personalidad española más internacional que durante más de medio siglo se convirtió en el defensor de los “condenados de la tierra” y en la voz de la gente cuya voz no suele ser escuchada. Fue propuesto merecidamente en varias ocasiones para el Premio Nobel de la Paz por otro premio Nobel, el intelectual y activista argentino Adolfo Pérez Esquivel.

Si hubiere que dar una breve definición de su persona la resumiría en estos dos títulos: amigo del Dios de los Pobres, Padre y Madre, y defensor de los pueblos oprimidos. Fue la amistad con el  Dios de los pobres la que le llevó a la defensa de las personas empobrecidas y los pueblos oprimidos.  

Pedro Casaldáliga i Pla nació el 16 de febrero en Balsareny, a orillas del río Llobregat (Barcelona) en 1928 en una lechería en el seno de una familia campesina. Ingresó  muy joven en la Congregación Claretiana y fue ordenado sacerdote en 1952 en el Congreso Eucarístico de Barcelona. Estos datos de aquel joven católico fervoroso en nada presagiaban lo que iba a ser décadas después: la voz de los pobres en Brasil y el continente latinoamericano, que se oía en todo el mundo.

Dentro de la Congregación ejerció diferentes tareas como las de formador de seminaristas, en quienes inculcó la conciencia social que él tenía por su trabajo en los submundos de Sabadell y Barcelona, y director de la centenaria revista cordimariana El Iris de Paz, que, junto con un equipo formado entre otros por Fernando Sebastián, Rufino Velasco, Maximino Cerezo y Teófilo Cabestreros, a los que llamaba “compañeros del alma”, cambió por Iris. Revista de Testimonio y Esperanza, y transformó en una publicación abierta a los nuevos climas cultuales y en espacio de diálogo interdisciplinar de grandes figuras del mundo de la filosofía, la teología, la poesía, el arte, etc. Compaginó siempre su trabajo pastoral, educativo y cultural con el trabajo social al servicio de las personas y los grupos más desfavorecidos de las ciudades donde vivió.

Desde pequeño tuvo claras dos vocaciones: ser poeta y sacerdote. Conforme fue madurando en la vida religiosa descubrió la tercera vocación: ser misionero. Fue en el Capítulo General de 1967 de la Congregación Claretiana celebrado en Roma cuando tomó la decisión irrevocable de dedicarse al trabajo misionero. Casaldáliga participó en aquel Capítulo como delegado de la provincia de Aragón y jugó un papel fundamental en la apertura de los Claretianos a la reforma puesta en marcha por el Concilio Vaticano II. Las tres pudo realizarlas plenamente, pero no por los caminos tradicionales, sino llevando a cabo una verdadera transformación en las tres vocaciones.

En 1968 se embarcó con su compañero Manuel Luzón hacia Brasil en un “viaje sin retorno” y dando “un salto en el vacío del otro mundo”, e iniciaron juntos su misión liberadora a la escucha del pueblo en Sâo Félix do Araguaia, al noroeste del Mato Grosso, dentro de la Amazonîa llamada “legal”, con una extensión de 150.000 kilómetros cuadrados. Era “una tierra sin ley, sin ninguna infraestructura organizativa, sin ninguna organización laboral, ninguna fiscalización, El Derecho era el des más fuerte o del más bruto… Nacer. Morir, matar, esos sí, eran los derechos básicos, los verbos conjugados con una asombrosa naturalidad”, según la descripción del propio Casaldáliga en El credo que ha dado sentido a mi vida. ¡Yo creo en la justicia y en la esperanza! (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1977, 2ª ed., p. 34).

Tres años después fue nombrado obispo por el papa Pablo VI, quien siempre lo defendió de la amenazas de expulsión del país durante la dictadura, con la conocida afirmación: “Quien toca a Pedro, toca a Pablo”. Muy distinto fue el trato recibido por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger, quienes no cesaron de amonestarle y de someterlo a diferentes procesos de ortodoxia, que, dada la personalidad profética de Dom Pedro y contando con el reconocimiento del episcopado liberador brasileño y el apoyo del arzobispo Helder Cámara y de los cardenales Paulo Evarios Arns y Aloisius Lorscheider, no terminaron en condena.

Ya el ceremonial atípico de la ordenación del joven obispo catalán de 43 años en una diócesis pobre de Brasil presagiaba el cambio de modelo episcopal que Casaldáliga iba a llevar a cabo. Nada de insignias episcopales tradicionales que le alejaran del pueblo y le convirtieran en un monseñor ante quien había que acercarse genuflexo y besarle el añillo de oro o bañado en oro. Sus insignias episcopales no fueron una mitra, que con sentido del humor -y no sin cierto grado de verdad- era calificada de “apagavelas de la inteligencia”, sino un sombrero de paja sertanejo entregado por un líder campesino, ni un báculo barroco de perlas preciosas, utilizado por los obispos para golpear a las ovejas, más que para pastorear, sino un remo-borduna hecho de ‘pau-brasil’ por un indígena de la comunidad tapirapé, que le ofreció el jefe de la tribu. El anillo fue un regalo-sorpresa de los amigos de España del que muy pronto se desprendió y devolvió “como un homenaje filial a mi madre”. La invitación-recordatorio de la ordenación episcopal tenía este texto:

“Tu mitra será un sombrero de paja sertajeno, el sol y el claro de la luna; la lluvia y el sereno, la mirada de los pobres con quienes caminas y la mirada gloriosa de Cristo, el Señor. Tu báculo será la verdad del Evangelio y la confianza de tu pueblo en ti. Tu anillo será la fidelidad a la Nueva Alianza del Dios Libertador y la fidelidad al pueblo de esta tierra. No tendrás otro escudo que la fuerza de la Esperanza y la Libertad de los hijos de Dios, ni usarás otros guantes que el servicio del amor”.

Esos símbolos y el texto de la invitación iban a revolucionar su ministerio episcopal y a influir en el cambio producido en el episcopado latinoamericano en las décadas siguientes hasta la involución impuesta por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger. A la revolución en los símbolos acompañó otra en el mensaje que quería transmitir a la comunidad cristiana campesina con quien iba a convivir y a cuyo servicio iba a estar incondicionalmente cuatro décadas. El día de su ordenación episcopal hizo pública una Carta Pastoral en la que marcaba el futuro de su trabajo ético-profético evangélico: la denuncia de las injusticias estructurales del sistema capitalista en la zona y el anuncio de una sociedad justa, solidaria y sin discriminaciones.

Ya el propio título daba una idea certera de quiénes iban a ser sus enemigos, que lo perseguirían a muerte y terminarían con el asesinato de algunos de sus colaboradores: Una Iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginalización. La Carta no quedó en el anonimato ni en un boletín eclesiástico para lectura de piadosos clérigos, sino que tuvo gran publicidad, aun cuando el director nacional de la Policía Federal el general Canepa, había prohibido su difusión, y llegó a las altas esferas de la  dictadura militar y a los terratenientes y latifundistas, que trataban a las personas trabajadoras como animales y los mantenían en un régimen de esclavitud.

Como reacción frente a las amenazas de los políticos de la dictadura y los latifundistas y a las críticas de algunos medios de comunicación, el documento contó con el apoyo de la presidencia de la Conferencia Episcopal Brasileña, muchos obispos, numerosas comunidades cristianas e intelectuales de todo el mundo.  

Lo más importante a destacar de Pedro Casaldáliga en esta primera aproximación es su ejemplaridad de vida austera en una casa humilde como la de sus conciudadanos empobrecidos de Sâo Félix. Nada que ver con los palacios y casas suntuosas en las que viven no pocos de sus hermanos en el episcopado, rodeados de lujo y atendidos por una servidumbre cual señores feudales. Describía muy certeramente su estilo de vida en este poema, titulado Pobreza evangélica:

“No tener nada.

No llevar nada.

No poder nada.

No pedir nada.

Y, de pasada,

no matar nada;

no callar nada.

Solamente el Evangelio, como una faca afilada.

Y el llanto y la risa en la mirada.

Y la mano extendida y apretada.

Y la vida, a caballo dada.

Y este sol y estos ríos

Y esta tierra comprada

para testigos de la Revolución ya estallada.

¡Y ‘mais nada’!”

En el siguiente artículo trataré de Las causas de Dom Pedro Casaldáliga

 

Juan José Tamayo

 

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid. Autor de Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2020, 2ª ed.), donde analiza la “Teopoética de la Liberación de Pedro Casaldáliga: poesía encarnada en la revolución”, pp. 198-202)

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