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LIBROS HISTÓRICOS (I). LA HISTORIA DEUTERONOMISTA

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La corriente deuteronomista fue una tendencia laica, político-religiosa, preocupada por la unidad de Israel (Reino Norte) y Judá (Reino Sur) mediante la fidelidad a la Alianza con su Dios Yahvé, centrada en el culto en el Templo de Jerusalén.

Se inició en los tiempos del rey Josías (639-608 a. C.) y culminó con la inauguración del Segundo Templo (515 a. C.) y la reforma de Esdras y Nehemías (480-440 a. C.) con la proclamación de la ley. Para este objetivo, la escuela deuteronomista recopiló, y adaptó a su propósito, la Historia del pueblo hebreo, colaboró en la redacción del Pentateuco (que narra la historia hasta el siglo XIII a. C.), y continuó esta historia en los libros de Josué, Jueces 1 y 2, Samuel 1 y 2, y Reyes (que narran hasta la caída de Jerusalén en el 587).

En los últimos siglos (IX – IV) los hebreos, tras un período de esplendor con David y Salomón (s. X), fueron sometidos por Asiria, Babilonia, y Persia, (que se mantuvo hasta la conquista de Alejandro Magno) aunque con distinta suerte en el Norte y en el Sur, a veces como reyezuelos dependientes y a veces deportados al exilio. La Biblia hebrea y la protestante incluyen estos libros históricos entre los libros proféticos; y en realidad son más proféticos que históricos, en el sentido de que interpretan los designios de Dios en la historia de Israel.

En el Deuteronomio hemos conocido la Historia, o las leyendas, de la creación, los Patriarcas, el éxodo y la travesía del desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. La elección de Dios y los milagros para proteger a su pueblo, para escapar de la esclavitud y atravesar el desierto, siempre fabulados, nos resultaban más o menos razonables; pero ahora la conquista de Canaán, una tierra fértil y habitada, constituye una verdadera invasión, que nos produce una inquietud ética.

¿Puede justificarse como una promesa de Dios? En realidad se trata de situaciones históricas que posteriormente se interpretaron como promesa divina, siguiendo el esquema promesa-infidelidad-castigo-perdón (Jueces 2,6-19); o peor aún quizás desde el principio se justificó esta invasión como mandato divino. Así han tratado de justificar actualmente los más ortodoxos la invasión de Palestina. Así justificamos nosotros la conquista de América.

Tenemos que aceptar la Historia como sucedió, y reparar en lo posible sus injusticias, pero no nos justifiquemos escudándonos en Dios. Leamos estos libros buscando a Dios a pesar de los hechos que narran, porque Dios no maneja la Historia; somos nosotros los que tenemos que interpretar el proyecto de Dios y realizar la Historia.

Estos libros de historia interesan a los estudiosos, pero todos deberíamos conocer un poco de nuestras raíces religiosas para interpretar mejor lo esencial y lo circunstancial en nuestra fe adulta. Podemos encontrar una selección práctica para conocer estos cuatro libros en el capítulo 13 de la Introducción al Antiguo Testamento, que José Luis Sicre titula “Leyendo la Historia”.

Josué

Escrito en el siglo VI a. C., narra la entrada en Palestina (siglo XIII a. C.) atravesando el Jordán con el Arca de la Alianza, y la conquista y el reparto de la tierra de un modo igualitario entre las tribus israelitas. Los historiadores actuales creen que esta invasión se realizó en un proceso que ya había comenzado y duró después bastantes años. En cuanto al brutal exterminio de las ciudades conquistadas y de todos sus habitantes se cree que era una práctica habitual en la región, quizás intensificada entre los hebreos para no contagiarse de las prácticas idolátricas y mantener su fidelidad al pacto de Alianza con su Dios: “Consagraron al exterminio todo lo que había dentro: hombres y mujeres, muchachos y ancianos, vacas, ovejas y burros, todo lo pasaron a cuchillo” (6,21).

 Para hacerse una idea, se puede leer los capítulos 1 y 2 con el encargo de Dios a Josué de “cruzar el Jordán, con todo este pueblo, hacia la tierra que yo doy a los israelitas...”; los preparativos y el pacto de los espías israelíes con la prostituta Rajab (a la que Mt 1,5 incluye en la genealogía de Jesús); el paso del Jordán “cuando los pies de los sacerdotes que llevan el arca de la alianza, del dueño de toda la tierra, pisen el Jordán la corriente del Jordán se cortará; el agua que viene de arriba se detendrá formando un embalse” (c. 3); la circuncisión en Guilgal (c. 5), el desplome de las murallas de Jericó (c. 6); la parada del sol (10,13); y el testamento de Josué (c. 23).

Jueces

Escrito en el siglo VI y V a. C. desde el destierro en Babilonia, es obra de varios autores. Narra el período desde la conquista hasta la institución de la monarquía. El título de “Jueces” corresponde a la manera de designar a los que ejercieron el caudillaje como “jefes carismáticos”.

La narración es variada y amena, aunque insiste siempre en el mismo esquema narrativo y en la misma enseñanza: el pueblo peca siguiendo a otros dioses, Dios lo castiga con el ataque de los pueblos vecinos, se arrepienten, y Dios los salva suscitando un juez guerrero. Observamos que todos los jueces presentan importantes debilidades, y esto de este modo se hace patente que es Dios el que salva al pueblo.

El libro distingue entre Jueces mayores y Jueces menores; entre los primeros destaca la profetisa y jueza Débora: “Dios entregará a Sisa en manos de una mujer” y efectivamente lo mató Yael mientras dormía clavándole una cuña que le atravesó el cráneo (c. 4 y 5). También destacan otras mujeres aunque en situaciones más lamentables como el sacrificio de la hija de Jefté (c.11), la entrega de la concubina del levita (c.19), y el rapto de las danzarinas de Siló (c.21).

Más extraña nos resulta la leyenda de Sansón; un juez caprichoso y prepotente al que “invadió el espíritu del Señor” para vencer (masacrar) en diversos episodios a los filisteos, aunque finalmente es apresado por los engaños de su mujer Dalila, y muere junto con tres mil filisteos y sus jefes al derribar las columnas del edificio: Entonces Sansón invocó al Señor exclamando: Mi Dios y Señor, acuérdate de mí; dame fuerzas, aunque sólo sea esta vez, oh Dios, para que de un solo golpe me vengue de los filisteos que me sacaron los ojos” (c. 13-16).

1 y 2 Samuel

Escritos en el siglo VI a. C. en el exilio, narra el nacimiento de Samuel y el canto de Ana, precedente del Magníficat, que Lucas atribuye a la madre de Jesús, (1 Samuel 1-3); la institución de la monarquía: “A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al señor. El señor le respondió: Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti sino a mí; no me quieren por rey… pero adviérteles bien claro, explícales los derechos del rey...” (8,6-22).

El relato se extiende sobre el reinado de Saúl, su rechazo por parte de Samuel por mandato divino, la unción de David como rey, las luchas de Saúl con David, y la muerte de Saúl.

El libro 2 de Samuel trata el reinado de David (1.070 a 970 a.C.) Este fue un período clave para el pueblo hebreo, simbolizado en la conquista de Jerusalén y el reinado de David, idealizado como anticipo del futuro rey mesiánico, hasta el punto de que el Mesías será identificado por el pueblo como Hijo de David. A pesar del indiscutible prestigio de David, su figura se vio ensombrecida por graves delitos, el adulterio y la mezquina traición a su propio lugarteniente, de la que le acusa el profeta Natán con la parábola del rico que toma para su banquete la única oveja de un pobre campesino (2 Sam 11-12). Ya desde el inicio de la monarquía, se temió que constituyera una fuente de abuso y una traición al exclusivo dominio de Dios sobre el pueblo.

1 y 2 Reyes

Escritos en el 587 a la caída de Jerusalén, son continuación de los libros de Samuel (desde el 970) y narran el reinado de Salomón (1 Re 3-11) con la construcción del Templo de Jerusalén y su oración en la inauguración: “Ahora, pues, Señor, Dios de Israel, mantén en favor de tu siervo, mi padre David, la promesa que le hiciste… a condición de que tus hijos sepan comportarse...También el extranjero, que no pertenece a tu pueblo… cuando venga a rezar en este templo, escúchalo tú desde el cielo, donde moras...” (1 Re 8,22-53).

A partir del capítulo 12 cuenta la separación del Reino Norte y su historia hasta la caída de Samaria (721 a. C. 2 Re 17) y paralelamente la del Sur hasta la caída de Jerusalén (587 a. C. 2 Re 25). Considera como reyes buenos a los que mantienen como único el Templo de Jerusalén, y como reyes malos a los que aceptan otro centro del culto (entre ellos todos los reyes del Reino Norte).

La narración va intercalando las actuaciones de los profetas, principalmente Elías (1 Re 17 – 2 Re 1) y Eliseo (2 Reyes 2 – 13). Finalmente trata de la reforma religiosa de Ezequías (2 Re 18 – 20), la idolatría de Manasés, que colocó una imagen de Astarté en el templo de Jersusalén (2 Re 21), la breve reforma de Josías con el hallazgo de “El libro de la Ley” (base probable del Deuteronomio) (2 Re 22-23), la infidelidad de Joaquín y de Jeconías, la caída de Jerusalén y el destierro a Babilonia (2 Re 24 – 25).

Vídeos de las Conferencias en la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA)

José Luis Sicre: Libros históricos. Interesantísimo resumen y contextualización de los libros de Josué, Jueces, Samuel, Reyes, Crónicas, Esdras, Nehemías y Macabeos.  

Bibliografía

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento”. Ed verbo divino 2016. Tema III La Historia Deuteronomista, p. 165-226.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Libros históricos p. 77-83.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 09 y 10. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es

Biblia Traducción Interconfesional. Introducción a cada uno de los cinco libros. Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, Verbo Divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008.

Luis Alonso Schökel: Introducción a cada uno de los cinco libros, en Nueva Biblia Española. Ed. Cristiandad 1990

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