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FRONTERAS REALES E IMAGINARIAS. HAITÍ, REPÚBLICA DOMINICANA Y PUERTO RICO

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“Somos conscientes que se está levantando otro gigantesco muro en el Tercer Mundo para esconder la realidad de las mayorías pobres. Se está construyendo un muro entre los ricos y los pobres para que la pobreza no moleste a los poderosos y los pobres se vean obligados a morir en el silencio de la historia… Se está construyendo un muro de desinformación para pervertir de manera disimulada la realidad del Tercer Mundo”.

Pablo Richard (teólogo chileno al comentar la caída del Muro de Berlín)

¿Existe alguna diferencia entre Haití, República Dominicana y Puerto Rico? Con esta pregunta como centro o primera idea, es inevitable no pensar a la misma vez en sus similitudes; es decir, en aquello que une a estos tres países, en aquello que une a estas dos islas que por un lado están geográficamente tan cerca pero también tan lejos.

La imagen que quizás ronda en nuestra cabeza de estos tres territorios puede recordarnos a la idea de las piedras que sobresalen de un río (o un cuerpo de agua) que en sí mismo forman una especie de camino o por lo menos un lugar para pasar a otro. Me gustaría que esa imagen de “pequeño” espacio que por momentos puede ser utilizado a modo de apoyo y siempre con el fin último de alcanzar o “colonizar” otro lugar más allá, más lejano, la tuviéramos en cuenta para descubrir y por qué no, hacer nuestra otra mirada.

Las políticas que se han llevado a cabo en Haití, República Dominicana y Puerto Rico han sido dispares. En este caso, resaltaría a Haití como primer territorio americano que luchó por su independencia y que alcanzó en 1804; cuarenta años más tarde República Dominicana se independizó y Puerto Rico en pleno siglo XXI continúa siendo territorio no independiente y vinculado a un status “libre asociado” de Estados Unidos. Del mismo modo y en este contexto político incido en los largos periodos de tiempo en el que tanto en Haití como en Dominicana se han dado procesos dictatoriales/autoritarios (1957-1986 los Duvalier Papá Doc y Baby Doc, en Dominicana los 31 años de Trujillo 1930-1961 y los 22 años, aunque no continuos de Balaguer). En tanto que en Puerto Rico -desde una democracia- y a diferencia de Haití y República Dominicana, se han vivido otros procesos, sobre todo enfocados en la represión política, en intentar diezmar los procesos de lucha a favor de la independencia de la isla (persecución, carpeteo, desapariciones, asesinatos, etc.).

Entiendo que este panorama (bastante resumido) se debe tener en cuenta para poder comprender las distintas líneas divergentes que se han ido trazando en el devenir del tiempo entre estos tres países.

Pensando en el título de mi intervención y extrayendo la idea que se ha venido tejiendo a lo largo de este ciclo “Notas al margen” opté por reflexionar en torno a un asunto que debiera preocuparnos y ocuparnos a todos aquellos a los que en mayor o menor medida nos importa lo que irrumpe de manera continua en nuestro día a día; me refiero al tema de las fronteras. En este sentido prestaré mayor interés a las fronteras imaginarias que sobrevuelan los espacios y están igual de presentes y tangentes que las fronteras “reales” o físicas, creadas igualmente por el ser humano.

Observando a Haití, República Dominicana y Puerto Rico sabemos que geográficamente los primeros dos comparten un mismo territorio, una misma isla que se divide en dos, ocupando República Dominicana más espacio físico que Haití. Esa línea divisoria de 376 km que va de norte a sur y que en unos escasos 5 km es ocupada por el río Dajabón, conforma la frontera física entre Haití y República Dominicana. Al entrar por uno de los cuatro puntos de esa línea fronteriza nos damos cuenta de la diferencia abismal que existe entre un espacio y otro. Es decir, aun sabiendo que Dominicana es un país empobrecido, lo que hay del otro lado es aún mucho más mísero. Este desajuste diferencial marcado por un simple paso provoca una mirada de asombro, de temblor y como no, de horror.

Sin embargo, ese limbo o ese espacio liminal (y utilizo este término de limbo porque hace referencia en la teología católica al mundo entre los vivos y los muertos) que en el terreno que en este caso me atañe, esa dualidad entre lo vivo y lo muerto, resulta de gran interés en estas líneas que planteo. Es la relación de no lugar que existe entre lo liminal y el limbo; un espacio de paso. Espacio para alcanzar otra cosa, nunca para quedarse. Es un estar sabiendo o teniendo presente que más tarde no se estará.

Entonces desde este estado –podríamos llamarlo intermitente– en el que de algún modo la vida o las vidas quedan detenidas, en pausa, es en el que enlazo o conecto la vida y la muerte. Quizás un morir viviendo. Ni lo uno ni lo otro: ni es total la vida, ni es total la muerte. Lo que puede apreciarse y sustraerse de este estado es una búsqueda continua de vivir, una marcha que no cesa jamás.

En esos puntos físicos de encuentro –también de desencuentro–, se producen fracturas, quiebras, roturas. Esa línea regida desde el comercio y en cualquier caso desde el intercambio, ya sea de mercancía de objetos, de alimentos, de personas, se da por el hecho mismo de su significante. Me refiero en este sentido a la necesidad, que prima frente a todo lo demás. El continuo trueque o intercambio que se lleva a cabo no se da desde un terreno de igualdad, sino que es desde un ámbito desigual.

Así también las vidas sufren una especie de cosificación y al igual que los objetos, la comida, la gasolina, etc., pueden ser vendidas y por lo tanto compradas, adquiridas; tienen un precio. Los fuertes brazos de los hombres haitianos, el cuerpo sexuado de la mujer o los pequeños órganos de los niños, adquieren un valor que no necesariamente tiene por qué ser monetario, puede ser el alimento de un día, de una semana, de un mes o del tiempo que dure la zafra. Puede ser la entrada (por la puerta de atrás) hacia la “tierra prometida”. En el peor de los casos puede que lo acordado ni siquiera se respete.

Llegados a este punto quisiera hacer mención del término Aporofobia acuñado hace algunos años (1995) por Adela Cortina, que tiene como significado: odio, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el sin recursos, el desamparado. El significado de Aporofobia me sugiere dos bifurcaciones o caminos: por un lado, la que se da de ricos hacia pobres y por otro lado la que se da de pobres hacia pobres. Probablemente la primera es de alguna manera “aceptada” por la sociedad o de algún modo entendida/comprendida porque quizás es la que sea visible. Pero la segunda, es decir de pobres a pobres: odio, repugnancia u hostilidad ante el pobre por otro pobre, esa quizás sea la menos visibilizada y no por ello la que se produzca en menor medida.

Con este planteamiento podríamos entrar a otros debates, como por ejemplo que en este caso no se da un odio al pobre desde el pobre, sino que más bien lo que se produce es el resultado del instinto de supervivencia que todo ser humano lleva inserto en su ADN. No obstante, en lo que en estos momentos me ocupa no entraré en esta última idea/sugerencia porque considero que lo que prima frente a una u otra opción de actitud es el odio/desprecio al otro. El choque que se da entre los haitianos y los dominicanos y siempre desde los dominicanos contra los haitianos, es llamativo o por lo menos sorprendente para unos ojos que son incapaces de imaginar tal escenario, quizás porque desde fuera o para un “occidental” Haití y República Dominicana son equiparables; sin embargo, en la realidad no lo son. Haití no es igual que Dominicana.

Y el Otro para el dominicano es el haitiano. Esa otredad está ahí palpitante, presente, convirtiendo en real lo imaginado. Esa frontera física que separa un territorio de otro puede ser también movida, puede ponerse o quitarse cual si fuera una prenda, puede ser tomada y dejada cuando se desee. Adquiriendo con ello otra forma en donde el espacio se metamorfosea y ya no es concreto, sino que en cierta manera sobrevuela cual si se tratase de un aroma que impregna la Vida o la No Vida de las gentes.

Así pues y partiendo desde este recorrido físico que comprobamos puede adquirir otra forma no tangible, enlazo a República Dominicana con la isla de Puerto Rico. Puerto Rico no comparte espacio o territorio con ningún otro país, carece de fronteras, no hay una línea, un río, una montaña que divida la isla. En este sentido, a modo de fronteras podríamos decir que el mar y el cielo cumplen esa labor de separación o división con otro/otros territorios. Si bien es cierto que Puerto Rico vive una especie de “suerte” en donde queda suspendida la historia o donde para algunos el azar ha sido una jugarreta del destino, para los puertorriqueños/isleños esa jugarreta ha sido y es lo que diferencia a sus gentes de los haitianos y de los dominicanos. El hecho de pertenecer a Estados Unidos, de tener un status que nos vincula a la primera potencia mundial, de ser ciudadanos estadounidenses (aunque de segunda categoría), marca la diferencia dentro de estos tres espacios caribeños. La tierra prometida para los haitianos es República Dominicana, para los dominicanos la tierra que emana leche y miel es Puerto Rico, y para los puertorriqueños ésta es Estados Unidos. La paradoja o una de las paradojas, es que los haitianos son rechazados por los dominicanos, los dominicanos a su vez son rechazados por los puertorriqueños y los puertorriqueños de igual manera por los norteamericanos.

Las piedras que sobresalen en el río y que al principio mencionaba como una idea o posible sugerencia de camino, queda retratada o dibujada por la constante de movimiento circular de estos tres territorios. El libro La isla que se repite el Caribe y la perspectiva posmoderna, obra de Antonio Benítez Rojo, desarrolla la idea de la plantación como: “una máquina caribeña, extraordinaria máquina que todavía existe y se repite sin cesar” (pg.27). La idea de la plantación como ese gran lugar en el que producir y reproducir en sí mismo un sistema, viene acompañada o yo así lo relaciono, hago esta lectura, con la idea de la producción o la reproducción de un modelo de seres humanos. Es decir, el resultado de esa máquina caribeña parió, alumbró todo un patrón o prototipo de individuos que van imitando acciones y repitiéndose sin parar una y otra y otra vez. Es como una especie de gran familia que, aunque esparcida por diversos espacios, coinciden y comparten un mismo objetivo o autoengaño: intentar salir de esa máquina para entrar en otra y así sucesivamente.

Ese continuo ciclo, casi rítmico, quizás bailable por la característica de lo repetitivo y por aquello que es del Caribe, invita a repensar esos espacios en sí mismos. Cuando el haitiano ha puesto en marcha sus pies y no lo acompaña nada más que el deseo de una esperanza de vida distinta y siempre mejor, o cuando el dominicano sube a una yola cruzando el Canal de la Mona, o cuando el puertorriqueño y salvando las distancias, decide marchar y subir a un avión con el deseo de encontrarse con otra vida más confortable, la máquina continúa funcionando.

Las gentes que se repiten, y me permito modificar el título de la obra de Benítez Rojo, va más allá que una copia humana reproducida. Lo que provoca o la raíz que produce y alimenta ese modelo perverso injusto y cruel, existe porque lo ignoramos. Esas fronteras invisibles, imaginarias, comparten el mismo grado de existencia que las otras (físicas y visibles). Desde esta óptica comparto una cita de Adela Cortina que dice: “La pobreza involuntaria, sin embargo, no pertenece a la identidad de una persona, ni es una cuestión de opción. Quienes la padecen pueden resignarse a ella y acabar agradeciendo cualquier pequeñísima mejora de su situación y eligiendo dentro de su marco de posibilidades como si no hubiera otro. Es lo que se ha llamado “las pequeñas dádivas” y las “preferencias adaptativas”, una situación que es preciso denunciar críticamente porque supone mantener en la miseria resignada a quienes ni siquiera tienen conciencia de ella, cuando la pobreza económica involuntaria es un mal que se padece por causas naturales o sociales, y que a la altura del siglo XXI puede eliminarse” (pg.43).

Por lo tanto, la pobreza, que en este caso es involuntaria y no elegida, hace que quienes la padecen “vivan” o mejor dicho malvivan buscando cambiar esa maldición que ha venido pegada a ellos como si se tratase de una segunda piel. Y aquí tengo que decir que son doblemente malditos: primero por ser negros y segundo por ser pobres. A lo que podría añadir un tercer aspecto: ser mujer.

La relación de asimetría que antes apuntaba es la base de esta situación, y en diferentes grados o escalas (entiéndase de menor a mayor, desde el dominicano menos pobre pero pobre al fin con el haitiano, y desde el puertorriqueño con el dominicano, etc.) posee en sí misma el centro en donde se articula todo lo demás. Esa cadena de fábrica por aquello de continuar utilizando la metáfora de la máquina- va destruyendo y a su vez construyendo modelos en donde los límites quedan básicamente difuminados, si no eliminados. Es posible que ese oxímoron destrucción/construcción, que posee una naturaleza dual, sea la fórmula perfecta de continuidad.

Y esto si ha funcionado por tantos años ¿por qué ahora iba a dejar de funcionar? Hoy sigue existiendo. Hoy en día hay brazos esperando (de esperanza) ser utilizados, mujeres que precisan alimentar y alimentarse y niños que son el sobrante o excedente de un mundo que escupe desechos humanos y que no tienen nombre porque no existen y nadie echará en falta.

Además, y desde otro ámbito, aunque guarda una estrecha relación con lo anteriormente planteado, me gustaría traer a colación un texto que llegó a mis manos hace algunos años atrás en la asignatura de Geografía Humana y que en su momento me sorprendió y no gratamente. Se trata del libro Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen publicado en el año 2005 por el autor estadounidense y profesor de geografía en la Universidad de California Jared M. Diamond. El autor menciona ocho factores que han contribuido a lo largo de la historia al colapso de sociedades pasadas. Enumero algunos:

  1. la deforestación y la destrucción del hábitat
  2. la caza excesiva
  3. la introducción de especies que suelen ser invasoras
  4. el crecimiento poblacional humano

Y a los primeros ocho factores añade otros cuatro, a saber:

  1. los cambios climáticos
  2. la acumulación de sustancias químicas
  3. la escasez de energía
  4. el uso humano de toda la capacidad fotosintética de la Tierra.

Ni entre los primeros ocho factores ni en los cuatro posteriormente añadidos hace mención o sugiere el problema de desigualdad en el mundo. En el caso de Haití que es uno de los ejemplos que desarrolla en su obra, analiza el daño de la tierra por la deforestación y erosión del terreno como la causa de la mayoría, por no decir de todos los males de los haitianos. Lectura que me resulta bastante “light” sino maniquea, al reducir la realidad sólo a un problema del medio ambiente. Salta a la vista que la raíz de los problemas de las sociedades empobrecidas tiene que entenderse desde una base histórica, económica y política. Si no se analizan estos tres factores en conjunto el resultado sería superficial e incompleto.

Y ya para concluir estas líneas de reflexión, señalar la conjugación que se produce y se da entre Haití, República Dominicana y Puerto Rico, donde la simbología es y posee un propio lenguaje que en ocasiones se convierte en cuerpo por el que desfilan un sinnúmero de mensajes, algunas veces de forma implícita y otras de manera explícita. Ello me invita a pensar ese espacio -que también es mío y formo parte de él- (aunque ya no lo habite) en un universo conocido, pero a la misma vez  desconocido como causa y efecto de ese movimiento constante; esa máquina de cuerpos que se mueven sin parar, sin cesar, es en sí misma la todavía gran desconocida. Esos cuerpos que danzan día tras día, literal y metafóricamente, permean los horizontes poniendo en entredicho la capacidad del “poder”, asumiendo un desafío como única opción de vida. Cristalizar las fronteras imaginarias permite a su vez el reconocimiento para eliminarlas.

“¿Cuánto tiempo tendremos los haitianos que abandonar nuestro país en contra de nuestro deseo? Vamos a la República Dominicana con sus barracones para cortadores de caña y su esclavitud apenas disimulada; a los Estados Unidos con sus campos de internamiento de Krome y Guantánamo para nuestros balseros, a quienes también se les obliga a retornar para ser masacrados; vamos a las Bahamas con sus persecuciones periódicas; a Guyana con sus barrios de chabolas reservadas a los “Haichiens”; a Canadá donde el frío congela las lágrimas y a nuestros niños y a nuestros taxistas se les reprocha cada día su color. Extranjeros, ¿No queréis que vivamos en vuestro país? Por lo menos dejadnos vivir pacíficamente en el nuestro.

Dejadnos elegir lo que queremos. (Paul Anvers, Rizières de sang)

(Fuente: María del Rosario Gómez Serrano. Comité Óscar Romero Madrid).

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