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YVES M. CONGAR, EL TEÓLOGO PERSEGUIDO Y REHABILITADO: TERCER EXILIO EN CAMBRIDGE Y REHABILITACIÓN (III)

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A finales del mes de octubre de 1955, el nuevo maestro general, M. Browne, le destina a Cambridge sin ofrecerle explicación alguna. Es una medida que recibe como una sanción directa del Santo Oficio. Posteriormente, el padre M. Browne le precisará que ha sido tomada exclusivamente por él, sin interferencia de ninguna autoridad superior.

Obligado a dejar Le Saulchoir y sus numerosas actividades por tercera vez en menos de dos años, se encamina a Cambridge donde llega el 6 febrero 1956.

La depresión

Y se encamina dando señales, a diferencia de los dos anteriores, de la depresión que se avecina. En conversación con el padre Provincial, antes de partir a su nuevo destino, le dice “que un hombre, ay, puede ser destruido, y que están a punto de destruirme así; porque, digo, un hombre no se reduce a la superficie de su piel; está hecho de sus actividades, de sus afectos, relaciones, compromisos, y también de su reputación. Todo esto, sin embargo, se está triturando en y por tercera vez y, además, sin que pueda adivinarse el fin. Porque el único fin posible es la muerte”.

Ya en Cambridge, constata la entrada en escena de la “oscuridad” y de la “nada”; “estoy reducido a nada; excepto mi alma, ya no tengo nada. Pero experimento muy intensamente en la dureza de este despojamiento, que se realiza mediante la reducción a nada. Se me ha prohibido todo, se me ha retirado todo”.

Es un sentimiento que se irá agudizando poco a poco: “alcanzado por la lluvia fuera de casa, esperando un claro bajo un árbol, me echo a llorar amargamente. Entonces, ¿es que voy a ser siempre un pobre tipo, completamente solo, acarreando sin fin el equipaje?; ¿estaré siempre sin nadie y sin nada, como un huérfano? ‘Dominus autem assumpsit me’: estas lágrimas ¿no las escuchará Dios?, ¿no se mostrará ya nunca como Padre? Sigo llorando mucho rato, tal vez una hora, y en muchas otras ocasiones después: como a finales de julio, sobre todo los días 25 y 26, ante la evidencia que entonces se me impuso de que había malogrado mi vida entregado a no sé qué maldición”.

Todavía con más contundencia y radicalidad: “soy un tipo acabado. Resulta atrozmente penoso ser así un muerto viviente, asistir a la propia muerte. (…). Soy como un alpinista que ha perdido el equilibrio y se agarra una y otra vez a lo que puede”.

Se trata, como se puede apreciar, de un “ritornello” (“se me ha reducido a nada”) que está muy lejos de la actitud rebelde que le asaltaba unos pocos meses antes: “¡Ah! ¡Cómo le pido a Dios todos los días, valiéndome de los salmos, que confunda a los mentirosos, Él que ama la verdad y odia la justicia!”.

Autocrítica y asociación con la cruz

La renuncia a lo que podría ser catalogado como una huida hacia adelante, no obsta para que se perciba como “un ángel luchador” dominado por un excesivo amor crítico y demasiado entregado a los compromisos; tanto que no ha tenido el tiempo suficiente para el esparcimiento, la poesía, el arte o para saborear la música y perder el tiempo con los demás: “’he trabajado’ demasiado, y he ‘vivido’ poco”.

Quizá, por ello, esta alma herida pide un poco de ternura y amor: “tengo una necesidad ontológica de amar y de ser amado”. Y, juntamente con ello, de disfrutar de la compañía de los “seres a los que amo y por los que soy amado; con los que tengo cosas en común; y comunión en aquello que se ama, de lo que se vive, aquello que se desea, que se realiza”.

Es una nostalgia visitada por la cruz. Y, curiosamente, es tal asociación la que le permite afrontar los nubarrones de la “nada” “en obediencia y pobreza radicales”. A estas alturas, tiene claro que su asociación con la cruz pasa por los rechazos y recelos que provoca su teología, siendo, a la vez, el precio que tiene que pagar por abrazar y servir única y exclusivamente a la verdad. Y también tiene claro que, a pesar de estar cargado de razones, no piensa apartarse de la Iglesia, crear una secta o provocar un cisma.

Sin embargo, no puede evitar preguntarse si todavía es posible servir a Dios y a la verdad incumpliendo “ciertas disposiciones canónicas del aparato tiránico de Roma”. Es una posibilidad que rechaza una vez más porque, a pesar de todo, sigue confiando en la fuerza de la verdad, el único pilar que le quedaría en el caso de que “se demostrara que realmente todo esto no tiene salida”.

La carta a su madre

El drama interior por el que está pasando tiene su expresión más impactante en la desgarradora carta que escribe a su madre el 10 de septiembre de 1956.

En ella, además, de llorar la descendencia intelectual y espiritual que no tendrá, sostiene que en el origen de todos sus males se encuentra el disgusto que provocan sus aportaciones teológicas a quienes absolutizan una eclesiología en la que “hay un Papa que lo piensa todo, que lo dice todo, y obedecerle es lo que le constituye a uno como católico”. Es una concepción de Iglesia en la que no queda más salida que repetir y orquestar totalmente los posicionamientos del papa, sus “’effata’ (es decir, oráculos), exclamando: ¡realmente es genial!”.

Este desahogo se hace todavía más contundente: “para mí, es una evidencia que Roma sólo ha buscado siempre, y busca ahora una sola cosa: la afirmación de su autoridad. El resto le interesa únicamente como materia para el ejercicio de esta autoridad. Con pocas excepciones, ligadas a hombres de santidad e iniciativa, toda la historia de Roma es una reivindicación asumida de su autoridad, y la destrucción de todo lo que no acepta otra cosa que no sea la sumisión”.

Dejando al margen el contencioso que le ha llevado a Cambridge, le confiesa un poco más adelante, que se encuentra sólo, “atrozmente solo (…). Aquí no hay barreras ni alambradas, puedo salir cuando me plazca. Pero el destino es el vacío, para no encontrar a nadie. Ninguna persona a quien hablar, ninguna persona a quien amar y por la que ser amado, con la que comunicarse sobre cualquier tema, con la que intercambiar lo que fuere; nadie a quien dar algo”.

Y seguidamente le descubre que en este exilio ha visto “cómo crecía en mí una necesidad ontológica (como la sed después de un camino o de un trabajo agotador) de amar y de ser amado”. Es una necesidad que se evidencia con más claridad cuando recuerda los momentos “de haber sido algo feliz: se trata de lugares donde yo no estaba solo, donde intercambiaba algo con alguien… (…). Entre estos momentos están los que pasé con mis amigos y con mis hermanos. Tengo amigos muy chic, tengo muchos de ésos. Han estado impresionantes conmigo; me han apoyado mucho y me han hecho mucho bien. Me refiero a todos vosotros, a mis sobrinos, a la familia, a ti”.

También le muestra a su madre la hondura de la herida y de la depresión que le atenaza: “me suele pasar incluso que me pongo a llorar sin parar cuando estoy solo. Me digo que debo no sólo aceptar mejor y más, con más humildad y en una comunión más alegre con la voluntad de Dios, sino que también debo, sobrellevando mi mal, asumir mejor mi parte de la Cruz de los demás y del dolor del mundo”.

Es una situación que soporta, una vez más, asociado a la cruz de Cristo: “También, cada mañana, sobre todo en la celebración de la misa, tomo mi cruz del día, de una nueva jornada de aniquilación y exilio, no sólo como ‘una tarea actual’, sino como mi participación o comunión en la cruz de todos aquellos a los que amo y en el dolor del mundo. Con este espíritu pienso en ti y contigo. En este espíritu me uno a tu vida y a tu coraje y, así lo espero, un poco, a la fecundidad de tu dolor”.

Una vez reconocido el sustento insustituible del amor de su madre, vuelve a recordar algo que ha aparecido a lo largo de los exilios anteriores: es cierto que soy una persona necesitada de amor y cariño, pero, sobre todo, soy un mendicante de justicia. He recibido de mis superiores (provincial y general) muchos detalles de bondad, “pero nada más; y, en cualquier caso, nunca justicia”.

Y, al final, la sorpresa

Dos meses después de haber escrito esta carta a su madre (12 de noviembre de 1956) recibe otra del maestro general en la que le autoriza a trasladarse “a uno de nuestros conventos de Francia”.

Irá a Estrasburgo y no a París porque todavía sigue bajo sospecha.

Es recibido con los brazos abiertos no sólo por sus hermanos dominicos, sino también por el obispo de la diócesis, monseñor Weber, que conserva un triste recuerdo de la represión antimodernista.

Allí permanecerá más de once años, hasta su vuelta a Le Saulchoir a principios de 1968

El 20 de julio de 1960 lee en “La Croix”, con enorme sorpresa, que ha sido nombrado consultor de la Comisión Teológica preparatoria del concilio, cuya convocatoria había anunciado Juan XXIII año y medio antes. Este nombramiento, interpretado como una rehabilitación, no le llevará a olvidar las dudas, la consternación y el pesimismo que se apoderaron de él a lo largo de los “tres exilios” ni la dolorida identificación con la cruz de Cristo que le acompañó, particularmente en Cambridge y la enorme fuerza de voluntad que tuvo que activar.

El hasta ahora proscrito, participará en el concilio como experto (1962-1965), desempeñando un papel particularmente importante en las Constituciones, “Lumen Gentium”, sobre la Iglesia, y “Dei Verbum”, sobre la divina revelación y la tradición.

También intervendrá en la comisión del clero para la redacción de la “Presbiterorum ordinis”, sobre los sacerdotes y en la secretaría para la libertad religiosa y para el decreto sobre el ecumenismo.

Intervendrá, igualmente, en el tema de las misiones y en la redacción del decreto “Ad Gentes” y en el entonces llamado “esquema trece”, que llegará a ser la famosa Constitución pastoral “Gaudium et Spes”, sobre la Iglesia en el mundo actual.

Durante estos años tendrá tiempo para redactar su “Diario del concilio”, un texto que, juntamente con el “Journal de la guerre (1914-1918)” y el “Diario de un teólogo (1944-1956)” son las tres referencias capitales para comprender lo más íntimo de su vida y obra.

B. Häring cuenta que, tras la rehabilitación pública de Y. - M. Congar por el papa Pablo VI, le confesó, siempre sonriente, que a partir de entonces los dominicos le habían proporcionado una habitación normal en el convento, sacándole de la más miserable que había ocupado hasta el momento.

En 1994, un año antes de su muerte, es nombrado cardenal por Juan Pablo II.

 

Jesús Martínez Gordo

Religión Digital

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