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MUCHOS SE HAN EMPEÑADO A LO LARGO DE DÉCADAS EN METER CON EMBUDO LA LEY DEL CELIBATO EN EL CLERO

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Muchos se han empeñado a lo largo de décadas en meter con embudo la ley del celibato en el clero. ¿Solución? Llamar a los candidatos desde niños a formarse en seminarios conciliares. Entre los diez y los doce años ingresaban: en los tiempos de pobreza general, eran los más listos del pueblo. Eso, sí, la formación religiosa y moral en estos cenobios era esmerada; el ambiente muy sano; nadie hablaba de impureza, ni de chicas… A lo sumo surgía una amistad particular: es decir, a falta de chicas, en la adolescencia ocurrían pequeños enamoramientos entre parejas de alumnos, pero había que dominarlos. Ni siquiera he conocido en aquel ambiente casos del pecado homosexual. (Sospecho tan solo de uno). El padre espiritual ayudaba a superar aquel tipo de amistad, y se acabó. En vacaciones, a guardar la vista y esquivar el trato con chicas.

Guardar la pureza equivalía a no masturbarse. Si el seminarista no había dominado del todo este vicio para los dieciocho años, había de abandonar la carrera. Existía una garantía moral de que ninguno que se acercaba a recibir las órdenes sagradas llevaba colgando el vicio solitario. Muchísimo menos había fornicado. Si, por lo que fuere, un alumno, una vez ingresado en el seminario, había cometido una fornicación o un pecado con persona del mismo sexo, el confesor le orientaba a dejar la carrera. Quienes cantaban misa eran puros como los ángeles. ¿Todo solucionado? No. Los conflictos vendrían después.

Un peligro, las niñas o los niños adolescentes, incluso también los impúberes. De aquí la abundancia de curas pederastas que se van descubriendo después de cincuenta años. Pero esto merece un estudio aparte, porque los defensores del celibato, dicen que no, que mi afirmación es mentira. Pero nunca probarán que sea mentira.

Una ascética que se imponía era la de configuración con Cristo; mirar a Jesús virgen, oración y mortificación… pero la experiencia nos dice que así no se pudo solucionar el problema del celibato. También el seglar, el casado, todo el mundo está llamado a configurarse con Cristo. Y menos aún se puede exigir el celibato a los sacerdotes porque Cristo fue virgen.

Esta idea que hemos oído con mucha frecuencia es de lo más descabellado. ¡Y así pensaban gran parte de nuestros formadores! ¡Oh aquellos seminarios conciliares! Con ese mismo criterio se podía exigir el celibato a todos los cristianos, porque Cristo fue virgen. Jesús tenía que ser virgen, a la fuerza, porque es Hijo de Dios y no podía tener descendencia carnal. Eso es evidente. Pero en virtud de que Jesús fue virgen intentar imponer el celibato a los sacerdotes, es algo monstruoso.

Todos estamos llamados a la perfección de la caridad. No hay nadie más que nadie. Por eso decimos: es idéntica la conexión entre sacerdocio y celibato que entre matrimonio y sacerdocio = caridad. El Señor mandó enseñar lo que Él dijo: Amor fraterno, llevar la cruz de cada día... Y esto no puede ser vocación de unos pocos. No invirtamos los valores y demos tanta importancia a lo que Jesús no dio. La verdadera y total consagración a Dios no es por razón del celibato, ni siquiera por el sacerdocio, sino por el Bautismo.

Una vez le oí a una señora emplear el argumento de Cristo virgen como motivo importante para mantener el celibato clerical. ¡Caso curioso, ella era casada! Con delicadeza y mansedumbre le propuse la reflexión anterior. No supo qué contestar. A fin de cuentas aquella señora pensaba como gran parte de nuestros superiores del seminario.

El celibato no tiene por qué unirse al sacerdocio. Son carismas distintos. De ninguna manera nos oponemos al celibato libremente aceptado y libremente practicado, de tal manera que en cualquier momento pueda el sujeto cambiar de estado. Nadie se puede oponer, porque Jesús lo sugirió. Nos lo dice con claridad. "Porque hay eunucos... que a sí mismos se han hecho tales por amor al Reino de los Cielos. El que pueda entender que entienda" (Mt. 19,11).

El problema del hombre solo (sin compañía) no vale ni para defender ni para rechazar el celibato; pero sí en casos concretos la soledad que produce tristeza insuperable puede ser causa de dejar el mundo de la soltería. Y es que no existe problema de soledad si se da total comunión con alguien. Y cuando esa comunión se da con Dios, por el carisma celibatario, queda superada la tendencia natural. De lo contrario, el matrimonio es lo más racional y cristiano. Ante la soledad afectiva, llegar al final del viaje celibatario, o echar marcha atrás. No sucedáneos estériles de ciertas amistades humanas. En los seminarios conciliares parecía que ignoraban todo esto.

En una palabra: el plan de la encíclica “Sacra virginitas” de Pío XII, tan meditada y sostenida en los años 50 del siglo XX, ayudaba a aquellos a quienes Dios les había concedido el don de la virginidad. Lograrlo después a base de puños, sin una experiencia del mundo, del dominio afectivo, del don pleno de sí a Dios y al amor universal, es imposible.

Me aseguran que hoy llegan al sacerdocio sujetos que todavía mantienen el vicio de la masturbación. Pues estamos en las mismas. Sigue el grave problema de no poder ser el sacerdote célibe, pero no virgen. En fin: “Mejor es casarse que abrasarse” (1 Cor. 7, 9) A fin de cuentas también hoy siguen los seminarios conciliares. ¡Lástima que al papa Francisco no le hayan dejado zanjar de una vez el problema del celibato clerical!

 

José María Lorenzo Amelibia

Religión Digital

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