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LA EXCLUSIÓN ES EL PROBLEMA

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Jon Sobrino escribió El principio misericordia, lo que ha venido a ser un clásico de la teología aplicada al terreno concreto, con la mente puesta en lo que experimentó en El Salvador, pero perfectamente extrapolable al resto del Planeta. Lo mismo ocurre con los evangelios, circunscritos a una realidad histórica concreta con vocación universal. Ahora aparece otro libro en la misma clave, El principio compasión, escrito por el presbítero y teólogo José Ramón Pascual, a todas luces muy recomendable.

El autor se centra en la compasión samaritana dejando claro dos cosas muy importantes: que la compasión revela a Dios y que, por tanto, no puede desligarse de la realidad histórica en la que tantas cruces humanas deben desclavarse también desde lo humano liberando a las víctimas en lo posible su condición de tales. Y no porque ostenten una superioridad moral, ya que su prioridad evangélica es ética, derivada de su necesidad: dolor, injusticia, en todas sus manifestaciones.

Jesús pidió en repetidas ocasiones a sus seguidores un esfuerzo transformador desde una actitud concreta, entonces y ahora. Todos estamos incluidos en el amor apasionado de Dios siendo libres para excluir en su nombre o para salvar samaritanamente.

Jesús no hace del sufrimiento y la penitencia su centro ni el de los demás; el suyo es un dolor solidario y atento al sufrimiento de los otros sin dejar de confiar en el Padre. No espera pasivamente, sino que ora y sale al encuentro de todos sin distinción ni calculando los inconvenientes. Y cuando le escuchan, utiliza comparaciones con ejemplos deliberadamente rompedores, que lo fueron entonces y siguen siéndolo ahora, chocantes con las creencias arraigadas de quiénes son los buenos y los malos, los puros e impuros, los santos y pecadores. Esta actitud suya se repite a lo largo de su vida hasta convertirse en el mensaje transversal del Nuevo Testamento. Hoy y aquí, su actitud sería la misma aunque adaptada al contexto social de este tiempo, pero el mensaje hoy resultaría igual de chocante y rompedor a como lo fue entonces.

No pocos miembros significativos de aquella comunidad teocrática judía se negaron a tolerar el mensaje de amor y la llamada liberadora de Jesús. Solo hay que leer el pasaje 23 de Mateo para ver la durísima polémica que mantuvo con las autoridades religiosas judías y la descalificación radical que Jesús mostró hacia sus conductas, lo mismo que siglos antes lo hicieron muchos profetas. O qué no decir de la llamada imperativa al amor a nuestros enemigos, que ofrece pocas interpretaciones.

Pero de tanto leer y escuchar el evangelio con la mirada contemporánea, sus ejemplos y personajes acaban por quedarse atrapados en la sociología de aquél momento, alejados de nosotros.

Esta semana tenemos una buena piedra de toque: el día del Orgullo LGBT para avanzar en la igual de sus colectivos. Su origen se remonta a los disturbios que ocurrieron el 28 de junio de 1969 en Nueva York, fecha que ha quedado para la reivindicación de la liberación homosexual ante tanta discriminación, humillación y desigualdad social. Volvamos al siglo I en la Palestina de Jesús: leprosos, mujeres, extranjeros, samaritanos, romanos invasores, infieles de toda forma y condición religiosamente excomulgados en origen. Si no por sus malas acciones, por las de sus antecesores.

No soy gay, pero tengo personas cercanas que sí lo son. Excelentes personas. Para una parte de la Iglesia, son pecadores o degenerados; o las dos cosas. Para el Jesús de Nazaret que conocemos, el Cristo, son personas a amar y aprender de sus experiencias, sin juzgar, prioritarias por su condición de marginados (los que lo sean). Homosexuales fieles por amor a sus parejas, heterosexuales que engañan y humillan a las suyas ¿Dónde está la verdad? En el amor, ciertamente, no en la condición de cada cual. Tampoco en cualquier norma inmisericorde.

Como afirma en su libro José Ramón Pascual, el sufrimiento de los excluidos es lugar teológico. La moral no deriva de la razón, sino del Otro y su realidad dolorida y excluida que exige justicia restaurativa ante toda desigualdad y pretensión de dominio y explotación.

Lo dicho, la exclusión es el problema. Y la práctica evangélica, nuestra obligación.

 

Gabriel Mª Otálora

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