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PARA EL CRISTIANO ES ESENCIAL DAR CULTO A DIOS CUIDANDO A SU PRÓJIMO, NO LAS DOCTRINAS Y RITOS

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La pandemia ha sido un terremoto que ha sacudido muchas conciencias y, aunque nada nos garantiza que no volvamos a la cómoda rutina anterior, deberíamos ser capaces en adelante de vivir el cristianismo con más autenticidad. El deseo de muchos es que la Iglesia sea más samaritana, que renuncie, por ejemplo, a pautar con sus fiestas religiosas, obligaciones y devociones la vida de la sociedad civil, que simplificando y purificando sus complejas estructuras pueda responder mejor a las necesidades del mundo actual. La Iglesia debe llegar a ser una asamblea fraterna donde la mujer tenga el reconocimiento y la posición que le corresponde, donde no existan dos clases de cristianos, los clérigos y los laicos, y donde ningún cristiano sea discriminado. Porque entre nosotros no debe ser así (cf. Mt 20, 26).

A lo largo de los siglos, un exceso de doctrina, de cánones, de devociones y ritos ha hecho que el cristianismo quede en manos de los clérigos especializados. Pero en este tiempo de pandemia el confinamiento nos ha mostrado aquello que no era esencial en la vida del cristiano: la mediación de los clérigos y el sometimiento de los fieles, la fría y aparatosa liturgia de los templos, tan lejos de lo que dice el evangelio de Juan en 4, 21-24. Porque no es esencial aquello de lo que se puede prescindir en circunstancias excepcionales.

Hay cosas, sin embargo, que son imprescindibles, como la salud, el pan, el trabajo y la solidaridad. Y para el cristiano es esencial dar culto a Dios cuidando a su prójimo, al igual que la oración y el arrepentimiento que concede el Espíritu de Dios también a los no cristianos y que lleva a la vida (cf. Hch 11, 18).

Después de abrir los ojos a lo que sucede a nuestro alrededor, –y para ello basta leer esa impactante crónica en RD sobre los “ataúdes de cartón para cuerpos desechables” de Irene López Alonso–, causa desazón ocuparse de temas menos relevantes. Pero hay que liberarse de lo que William Schweiker llama la “peligrosa lógica del camino de la vida y del camino de la muerte, de los salvados y de los condenados, que va de la Didajé al terrorismo fanático de nuestros días” (Theological Ethics and Global Dynamics). Horroriza pensar que la única respuesta que pueda tener algún cristiano ante la pandemia sea la doctrina de los novísimos y los ritos sacramentales. Los sacramentos no son ídolos.

La Iglesia de Cristo tiene que “ponerse la mascarilla” y atender al hombre que sufre. Sin hacer acepción de personas. Uno duda, por ejemplo, del cristianismo de aquellos que, ante la tragedia que supone para miles de familias el cierre de Nissan en Barcelona, solo se fijan en la lengua en que se hacen las protestas. Deberían recordar que el idioma del sufrimiento humano es único y común. Frente al coronavirus, por fortuna, ha habido más humanidad y nadie se ha empeñado en que una parte de la población siga siendo invisible. La comunidad cristiana, representada por tantos sanitarios, ha sabido atender al enfermo. Los trabajadores de los hospitales son los que ofrecen al enfermo los gestos reveladores de la cercanía de Dios, a veces, los últimos gestos y palabras, los últimos sacramentos. Su cuidado es oración por el que sufre (cf. St 5, 14-15). Tuvieran o no presente la enseñanza del Evangelio en Mateo 25, 36, o la parábola en Lucas 10, 29-37, esos trabajadores son bendecidos por Dios.

Todo esto no nos hace olvidar que el mal sigue existiendo. Lo hemos comprobado estos días en la actuación criminal que costó la vida al ciudadano estadounidense George Floyd y originó las subsiguientes explosiones de violencia que incendiaron muchas ciudades. Pero la solicitud solidaria ha prevalecido en estos tiempos del coronavirus y hemos de interpretar estos signos de nuestro tiempo como una llamada a cambiar nuestra forma de gestionar los asuntos temporales. “La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra” (GS 39). La muerte y el sufrimiento no agotan la verdad de la vida humana.

Tenemos, pues, que replantearnos nuestras prácticas religiosas. ¿Cómo celebrar la eucaristía si el pan no llega a todos y “el lujo pulula junto a la miseria”, hoy lo mismo que en tiempos del Vaticano II? ¿Y cómo alcanzar el perdón de Dios si seguimos recurriendo a la violencia para resolver nuestros problemas? Sin perdón mutuo el mundo no tiene futuro. Y es en los hospitales y en las casas de las familias confinadas donde unos a otros se han administrado el sacramento del perdón, donde se ha compartido el pan y se ha agradecido la vida a Dios. Son gestos esenciales en el cristianismo. Pero esta crisis nos ha mostrado que ya no podemos seguir celebrando los sacramentos de la confesión y de la comunión de la misma manera. ¿Tendrán los fieles que llevar las obleas desde sus casas, mostrarlas en sus manos extendidas en el momento de la consagración para comulgar luego a la vez que el sacerdote? Tal vez habrá que pensar en una celebración doméstica al estilo de los primeros cristianos. Una comida entre cristianos debería ser siempre una eucaristía.

Después de haber visto tanto sufrimiento y tanta muerte tenemos que tener “entrañas de misericordia”. No podemos seguir cargando “pesados fardos sobre las espaldas de la gente” (Mt 23, 4). La ineludible distancia social ha desdibujado, por ejemplo, el papel del clérigo confesor. Las necesidades rituales que hemos creado en las conciencias de los fieles nos obligan a usar ahora en los confesionarios las mascarillas, pero también convendría recordar estas palabras del Vaticano II: “sepan que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos” (LG 41). Y si están unidos a Cristo no precisan de la confesión ante el sacerdote, un gesto que hoy podría ser letal.

El don de Dios que es el arrepentimiento y el perdón no podemos hacerlo depender de un rito fijado por la jerarquía. La confesión de los pecados a un sacerdote podría ser algo opcional, simplemente una alternativa a la celebración comunitaria de la penitencia. Recurrir a la tecnología con ideas peregrinas, pensar, por ejemplo, en máquinas expendedoras de obleas en las iglesias o en confesiones y absoluciones a través de los móviles, algo que podría interpretarse como un espurio interés por seguir manteniendo los poderes sagrados del clero, no indicaría más que la profunda cosificación y deshumanización de la práctica religiosa. Evitemos que los fieles crean que los virus se vencen con chamanes, amuletos y estampitas. Ese tipo de religión debe quedar atrás.

"¿Cómo celebrar la eucaristía si el pan no llega a todos y “el lujo pulula junto a la miseria”, hoy lo mismo que en tiempos del Vaticano II?"

Nuestro mundo celebra que “la pauta de la espiritualidad” de la Iglesia sea la del buen samaritano del evangelio, como dijo del Vaticano II el papa Pablo VI en su discurso de clausura del concilio, y como defiende hoy el papa Francisco. Pero no hay que olvidar que el hombre moderno considera irrenunciable que se haya reconocido la justa autonomía de la ciencia y de la realidad temporal (cf. GS 36). Esta pandemia entonces debe servirnos para acertar tanto en la reforma de la Iglesia como en la organización de la convivencia civil.

Ciertamente seguirá habiendo religiosidad popular, pero con más conciencia de lo que es verdadero cristianismo. Y volveremos al ocio y a la cultura, intentaremos ser felices, pero ahora sabemos que sin solidaridad, sin investigación y trabajo serio no es posible una vida mejor para todos.

 

Julio Puente López

Religión Digital

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