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ME CONFIESO: DE VIRUS Y VALORES

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Durante bastante tiempo de confinamiento he recibido información más que abundante y opiniones de todo tipo sobre la COVID-19 en sus diversas vertientes. Desde el primer momento me llamó mucho la atención una serie de escritos en los que se presentaba al susodicho virus casi como el gran salvador y garante moral de la sociedad en el futuro. Me viene a la memoria de manera especial un escrito en que, sirviéndose del género epistolar y de fábula, la COVID -19 se dirigía a la sociedad recordándola que no había venido para hacer daño, sino para enseñarla como debería vivir a partir de ahora para que el planeta, la vida comunitaria a todos los niveles y la vida personal comenzasen a tener un enfoque muy diferente al que habían tenido hasta ahora, alcanzando de esa manera el verdadero sentido. Debo puntualizar que, ya desde el primer momento, me pareció que el escrito en cuestión venía cargado de una moralina bien estante y demasiado burguesa, pues intuía que iba dirigido casi de manera exclusiva, por no decir totalmente, a los países, pueblos, sociedades y grupos “de bien” del planeta. El resto de la población planetaria ya podía continuar como lo había venido haciendo hasta ahora. ¡Total!

Pues bien; llegado a este punto, quiero decir de manera muy clara y matizarlo con la máxima rotundidad que a mí ni este virus ni ningún otro me han enseñado ni creo que me enseñarán nunca cómo debo vivir para conseguir que mi vida, a nivel personal y en relación con el universo y con la de las demás personas, comenzando por las más desfavorecidas, tenga el sentido que aporta la felicidad verdadera. Siempre en cuanto de mí dependa, claro está. Es evidente que nada podré hacer si factores externos a mi vida se cruzan en mi camino sin yo quererlo y me lo impiden. Y todo ello por una razón tan fundamental, como la que me lleva a pensar que “Si de verdad necesitamos virus para ser más humanos, solidarios y ecológicos, habrá que ir llegando a la conclusión de que nuestra mente y nuestro corazón padecen una enfermedad incurable”. Sí, así de simple, pero, también, así de claro. Y para que esto no quede por mi parte en el plano de la generalización, voy a sacar a la palestra algunas parcelas concretas de la vida.

En primer lugar, a mí ningún virus me ha enseñado hasta ahora que no solamente no debo abusar de la naturaleza ni del cosmos en general, sino que la debo respetar y cuidar con el mayor esmero y cuidado posible. Quiero decir de manera previa que, por mi formación cristiana, hace tiempo que aprendí esta lección “Creced, multiplicaos y cuidad la tierra” (Gen 1,28). A medida que fui creciendo, fui asumiendo, cada vez con más fuerza, que la Naturaleza no es mi enemiga, sino todo lo contrario, mi madre y mejor aliada de cara a protegerme y ayudarme a crecer en harmonía con todas las personas que habitan el planeta y con el universo entero. Más aún, aunque solamente fuera desde una visión egoísta y utilitarista, llegué un día, hace ya mucho tiempo, a la conclusión de que todo me iba a ir mejor si era capaz de cuidarla y tratarla con mimo. Por si alguien piensa que esto solamente debe estar al alcance de unos pocos, incluyéndome a mí, yo le respondería diciendo que es un tema, como la gran mayoría, supongo, que personalmente he ido entendiendo y aplicando poco a poco a mi vida; no precisamente por estar dotado de una sagacidad especial y superior a la de otras personas, sino porque, al menos de vez en cuando, me he sentido “tocado” y he procurado hacer caso de las enseñanzas y las advertencias de biólogos, estudiosos del medio ambiente, ecologistas, expertos en ética ambiental, etc. Ahora bien, si todas estas personas, y muchísimas más de las cuales he aprendido tanto en esta cuestión, son los virus que necesita nuestra sociedad de cara a tomar conciencia respecto al cuidado y al respeto de nuestro planeta, pues, ¿qué queréis que os diga?, ¡bienvenidos sean; solo faltaba!  

En segundo lugar, me entristece leer tanta literatura abonada también al tema en cuestión, pero relacionada, en este caso, con uno/a mismo/a y con las demás personas. Una vez más, quiero decir que ha sido en el Evangelio y también a través de los escritos de místicos/as de todas las religiones y de muchos pensadores y humanistas donde he descubierto la importancia y la necesidad del silencio personal, la reflexión, la interiorización, etc., como caminos necesarios e imprescindibles para ahondar en la crítica y, a la postre, en la capacidad de decidir con un cierto grado de libertad. Quede claro que, cuando digo esto, no me estoy refiriendo ni mucho menos a una cuestión confesional ni nada que se lo parezca. Hablo del intelecto, sin más, que, en principio, debería distinguir a toda persona. Todo ello me ha llevado a la conclusión de que una sociedad que se nutre en su inmensa mayoría de los sentidos y muy poco, nada en muchísimos casos, del pensamiento en todas sus vertientes, es una sociedad sujeta a la manipulación por doquier.

Me da la impresión de que el “Conócete a ti mismo” que aparecía inscrita en el pronaos del templo de Apolo en Delfos y que Platón difundió en sus diálogos continúa siendo la asignatura pendiente de nuestro tiempo; o, lo que sería peor, la hemos cerrado la puerta a cal y canto porque nos resulta demasiado molesta y/o peligrosa.

Por último, ¿qué decir respecto a los demás? Pues que mucho mejor que lo que pueda hacer cualquier virus ya dijeron los clásicos qué es lo que convenía que hiciéramos las personas a nivel mutuo. Por citar alguno de ellos, recordar las palabras de Publio Terencio Africano “Homo sum, humani nihil a me alieno puto” (“Soy un hombre, nada humano me es ajeno”). El problema radica, entre otras cosas, en qué la sociedad en general ha ido creciendo en la visión frontal, por lo que a las relaciones humanas respecta. Es decir, no para de inculcarnos, implícitamente casi siempre, ¡solo faltaba!, que los demás son nuestros enemigos que evitar en vez de nuestros hermanos a quienes amar.

De nuevo, y para acabar, no puedo dejar de decir, en mi caso, que no tolero de ninguna de las maneras que venga ahora un virus a enseñarme, como si fuera la gran novedad, algo que hace ya mucho que aprendí también en el Evangelio; de manera clara y contundente en el capítulo 25 del evangelista Mateo.

Sin embargo, no puedo dejar de admitir que seguramente a muchísimas personas sí que las ayudará a hacer un cambio importante en sus vidas. ¡Pues muy bien! Pero me produce pena, porque, con todos mis respetos y sin pretender juzgar a nadie, si hasta ahora ha sido así, creo que tengo todo el derecho a preguntarme hasta cuándo durará semejante cambio. Y, por ende, la necesidad que tendrá de que vayan apareciendo virus de vez en cuando.

 

Juan Zapatero Ballesteros   

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