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APRENDIZAJES VITALES DESDE LA INTEMPERIE Y LA FRAGILIDAD

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Este tiempo, que tiene ya su reseña y datación desde las historias personales y colectivas para referirnos a los efectos de la pandemia de COVID-19, plantea preguntas recurrentes: ¿qué has aprendido de esta experiencia?, ¿cómo te has organizado?, ¿cuándo volveremos a la normalidad conocida?, ¿qué cambios haremos en nuestras vidas cuando todo esto pase?, ¿cuánto has perdido a causa de este parón social sin precedentes?, ¿cómo llevas la ausencia de encuentros y de quedadas?, ...

Seguro que tú también te has hecho estas preguntas (y otras cuantas más) y han sido motivo de conversación en la mesa, en el WhatsApp, en las videollamadas, en los silencios de cada día. ¡Qué importante saber tomar nota de las vivencias y de intuir los caminos a recorrer que nos posibilitarán esos aprendizajes vitales!

De forma ingenua pensábamos en los inicios, que vendría y se iría como una resaca ventolera dejando a su paso huellas fácilmente borrables. Y nos encontramos tras más de dos meses en Europa que este tsunami ha venido para formar parte de nuestro ecosistema social y desplanificarnos nuestros movimientos y programaciones.

Estamos viviendo una anomalía, y no es porque se nos haya confinado en el recinto de nuestras casas. Lo anómalo es que nos hayamos enclaustrado para protegernos de los demás y para proteger a los demás de nosotros mismos. Nos decimos que nos hemos encerrado o aislado porque yo soy una amenaza para ti, y tú lo eres para mí. Aunque también lo podemos releer con otros ojos... mi modo de ayudarte es que me aparte de ti; tu modo de ayudarme es que no te acerques a mí. Ciertamente este tiempo es una asombrosa paradoja: separados de todos y unidos a todos.

Estas semanas las recordaremos desde el profundo deseo de conectar y de querer saber cómo está el otro, de hacernos presentes de formas muy diversas y recordar cosas fundamentales y vivencias compartidas, de crear complicidad con gestos, de repensar el tiempo al servicio del cuidado más que de la producción, de cuidar la salud y las diferentes expresiones de vida, de reconocer la riqueza profesional que hay a nuestro alrededor y de poner en valor los servicios de atención primaria (agentes sanitarios, dependientes, reponedoras, transportistas, ...), de aprender y educar vivencias significativas desde el compromiso transformador de las comunidades educativas (profesorado, personal de administración y servicios), de creer en el ser humano y en el Dios-Misterio que nos acompaña y alienta...

Algo tiene que cambiar después de este tiempo, desde la esperanza, la ilusión, la ingenuidad genuina; sé que existe el contra-pensamiento de que nada va a cambiar porque tendemos a resistirnos y volver a nuestras rutinas e inercias desde la desesperanza, el pesimismo y una cierta toxicidad de diálogos. Hemos dedicado también tiempo a quién echar las culpas, responsabilizarle de la desinformación y de la gestión entorpecida. Pero este tipo de diálogos no nos permiten crear un nuevo movimiento vital para el reencuentro y el cuidado de los unos a los otros.

Esta pandemia nos obliga a todos a reflexionar qué importa realmente: vida o bienes materiales; el individualismo de cada uno por sí mismo sin cuidar del otro o la solidaridad de uno con el otro; si podemos seguir usando sin pensar los bienes y servicios naturales para vivir más cómodos o si debemos empeñarnos con más éxito en el cuidado responsable de la naturaleza, la vitalidad de la madre tierra.

Tenemos ante nosotros una singular oportunidad para la conversión personal y colectiva: podemos cambiar nuestra manera de relacionarnos (no desde la indiferencia, sino desde el encuentro personal y visible), de interpretar los acontecimientos y los encuentros sin tanto sesgo partidista y reduccionista (cada uno desde su baldosa y desde su espejo); necesitamos hacer también una relectura creyente de este tiempo, de las nuevas liturgias, de las nuevas miradas hacia los grandes temas de la existencia, de la fe, del encuentro, de la comunidad y grupo de vida; podemos también repensar hábitos, prioridades, la relación con las personas, el tiempo que dedicamos a ocuparnos...

¡Está en mi mano adoptar otra actitud transformadora, cercana y comprometida! ¡Está en mi mano dar un paso adelante!

Esta crisis del coronavirus es muy desigual en las regiones, en los barrios, en los hogares y en los relatos. ¡Así lo reflejan las crónicas compartidas de quienes están a "pie de calle" desde la cercanía y el deseo de acompañar! Esta pandemia está golpeando con especial intensidad a los colectivos sociales en situación económica más precaria. Muchos de ellos se han quedado sin ingresos y soportan las duras condiciones del confinamiento en espacios minúsculos que tienen que compartir en condiciones penosas. En esta fase de la epidemia, el mayor riesgo de contagio se produce en el espacio intrafamiliar. Las precarias condiciones en las que viven muchos extranjeros hacen que se hallen mucho más expuestos. Especialmente penosa es la situación de los que se encuentran en situación irregular, pues además de vulnerables son también menos visibles para los radares de la ayuda social. Muchos no se atreven a salir a la calle para comprar comida o pedir ayuda si están enfermos por miedo a ser descubiertos. Estos relatos pasan desapercibidos, por lo que no los estamos teniendo en cuenta en este necesario proceso de reaprender.

Lo social adquiere una nueva significación en este tiempo para preguntarnos de quién estamos hablando, si sabemos lo que está pasando en esas cuatro paredes, si disponen de lo más necesario para no romperse ni agudizar su situación aún más. Las necesidades básicas de alimentación, de salud, de relación (no olvidemos la presencia afectiva), de educación (se ha incrementado la brecha digital entre nuestros menores y adultos, evidenciando los recursos personales), de vivienda (que a veces no es sino una habitación alquilada y compartida en severas condiciones económicas y lucrativas) exponen las vidas de los más pequeños de nuestra sociedad. De ellos no se habla, siguen siendo los descartados, los últimos a los que referirnos en nuestros nuevos planes.

El riesgo del distanciamiento social al que estamos llamados es que provoque también otros distanciamientos interiores. Atrincherarnos en el miedo, nos aleja de los otros. Tenemos la obligación (no podemos renunciar a ello) de preguntar y conocer propuestas sencillas de acompañamiento, de generosidad y de servicio en diferentes iniciativas solidarias para crear red de proximidad y projimidad, de cuidado de los más vulnerables y aislados. El dolor de las familias no sabe de clases sociales; no podemos ser ajenos ni espectadores accidentales a las noticias. ¡Qué bien sabe de esto las diferentes presenciales sociales que actúan en-red! No han cerrado las persianas ni los teléfonos de atención. Día a día buscan la manera de hacernos partícipes de esas otras historias (no menores, sino sencillamente desconocidas y muy a la intemperie y fragilidad), de ejercer la cuidadanía tejiendo redes de gestos y encuentros. #vivelosocial

La cercanía puede tomar muchas formas, no es sólo física. Es interés, mensaje solidario, es palabra de esperanza, es diálogo y escucha, es oración, es empatía, es regalarnos complicidad... Juntos podemos volver a encontrarnos y brindar y celebrar la vida. Estamos llamados a vivir una plena vida, sin exclusiones, sin intereses, sin clases. De nuevo nos podremos mirar a los ojos y abrazar la vida con el corazón.

En la más terrorífica pandemia, estar juntos, sabernos juntos, y mirar juntos al mañana con esa certeza, es la más profunda experiencia y la única y más irreversible esperanza de la huella de Dios-todo-relación-y-todo-cuidadoso en nuestro camino. Él (en ti, en mí, en cada uno) nos acompaña.

Feliz tiempo de aprendizaje, de cuidado y de vivirnos en red.

 

Íñigo García Blanco, Hermano Marista

ECLESALIA

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