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EL DIÁLOGO ES EL VERDADERO ESPÍRITU DEL VATICANO II

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Nuestro siglo XXI es una época de desigualdades e injusticia, de violencia y enfrentamientos socio-económicos, clasistas, machistas, ideológicos y religiosos; así ha sido siempre en la historia de la humanidad. Pero es, al mismo tiempo, un momento privilegiado de búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres, entre pueblos y razas, búsqueda de una paz social con una justicia equitativa en la distribución de la riqueza, de solidaridad, de compromiso con la naturaleza y, particularmente, de la búsqueda de un encuentro no solo tolerante, sino enriquecedor, entre las diferentes culturas y religiones que enriquecen la humanidad. Es, quizás como en ningún otro momento de la historia, una búsqueda de la unidad en la diferencia y de la armonía en la diversidad, como titulé uno de mis libros (La búsqueda de la armonía en la diversidad. El diálogo ecuménico e interreligioso desde el Concilio Vaticano II, Editorial Verbo Divino, 2014).

A pesar de la pervivencia minoritaria de fundamentalismos asesinos de diverso signo, nuestro tiempo ha comprendido que frente a los enfrentamientos y violencias entre culturas y religiones solo hay un antídoto: el diálogo intercultural e interreligioso. Es lo que pensamos muchos millones en todo el mundo en todas las religiones. No somos unos pocos, somos multitud, aunque unas minorías intolerantes vociferen más que nosotros y conduzcan a sus secuaces a una violencia fratricida.

El Concilio del diálogo y el invierno eclesial

Este diálogo es el verdadero espíritu del Concilio Vaticano II, que Pablo VI definió como el concilio del diálogo. Frente a los “profetas de calamidades”, Juan XXIII pidió insistentemente que el Concilio fuera un auténtico Pentecostés renovador de una Iglesia abierta al mundo; la apertura al Espíritu que revivificaría una Iglesia decadente.

“Hay personas que no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando... Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades... En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas… La Iglesia estima como un deber suyo el trabajar para que se realice el gran misterio la unidad con que invocó Jesús al Padre celestial… Parece como refulgir con un triple rayo de luz benéfica y celestial la unidad de los cristianos… y la unidad en la estima y respeto para quienes siguen religiones no cristianas” (Discurso de apertura del Concilio Vaticano II).

Aunque este espíritu de Juan XXIII fue el que triunfó en el Concilio, con la continuidad de Pablo VI y de la mano de teólogos renovadores, la minoría conciliar intolerante que fue “derrotada” por el Vaticano II, poco a poco fue enarbolando la que consideraban “genuina interpretación” y conducción del Concilio.

Y fuimos pasando en poco tiempo de la primavera conciliar al invierno postconciliar, sin pasar por un verdadero verano... Llegó la “restauración eclesial” (G.C. Zizola), la involución y “noche oscura eclesial” (J.I. González Faus) con la llegada de Juan Pablo II. Es conocida la denuncia de Karl Rahner –ya en 1973- de la “invernada de la fe”: “Podemos preguntarnos si a la primavera conciliar ecuménica ha seguido el verano que sazona sus frutos… ¿No se inclina demasiada gente de peso en la Iglesia a un conservadurismo restauracionista?” (La fe en tiempos de invierno).

A pesar de las alabanzas que recibió, el largo pontificado de Juan Pablo II inició una praxis involucionista nefasta, continuada por Benedicto XVI, que quiso echar atrás algunos de los logros conciliares más importantes, con la excusa de los reales o presuntos “excesos” que se habrían cometido en el post-concilio. Pareció un plan orquestado desde la jerarquía eclesiástica para frenar los avances conciliares. Al final, las luchas de poder entre los obispos de las Iglesias locales y la curia romana conservadora frenaron y casi anularon la revolución del Vaticano II.

De la primavera de Juan XXIII a la primavera de Francisco

Juan XXIII deseaba reformas profundas, pero no logró realizar su sueño profético de que la Iglesia fuera realmente –o al menos apostara claramente– la Iglesia de los pobres y una Iglesia de acogida; particularmente en su entorno más inmediato, el Vaticano.

Francisco llega a decir: “El proselitismo es una gran estupidez. No tiene sentido, lo que hay que hacer es conocerse y escucharse”

Tras él, en el diálogo interreligioso es necesario destacar el valor de la primera encíclica de Pablo VI, la Ecclesiam Suam (1964); una encíclica que no sólo habla de la importancia del diálogo, sino que llega a decir que éste forma parte esencial de la Iglesia: Dios salva mediante el diálogo y el encuentro con la humanidad. No podemos tampoco olvidar su excelente exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), que manifiesta la necesidad de una Iglesia abierta a la interculturalidad y la interreligiosidad.

Pero Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron papas restauradores; con ellos volvieron las censuras al diálogo con el mundo moderno, las condenas de obras de teología y de los mismos teólogos, típicas de otros pontificados pero que habían cesado con Juan XXIII. Juan Pablo II cambió la palabra pluralismo por la de pluriformidad; aunque tuvo algunos signos positivos en el diálogo interreligioso: la Jornada de Oración por la Paz en Asís (1986). Partes de algunos documentos relevantes como las encíclicas Redemptor hominis y Redemptoris misio; o más tarde Ut unum sint, sobre el ecumenismo. Otros documentos importantes de su pontificado fueron: La Iglesia y las otras religiones: diálogo y misión, que publicó en 1984 el Secretariado para los no cristianos, y Diálogo y anuncio: reflexión y orientaciones sobre diálogo interreligioso y proclamación del Evangelio de Jesucristo, publicado en 1991 por el Consejo para el Diálogo Interreligioso y la Congregación para la Evangelización de los pueblos.

Pero, en su pontificado, Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó la Declaración Dominus Iesus (2000), que generó una dura reacción en la comunidad cristiana internacional, pues iba en la dirección contraria del rumbo ecuménico de la Iglesia, marcado por el Vaticano II; llegaba a hablar allí de la “falsa tolerancia religiosa” y de que “la Iglesia de Cristo subsiste únicamente en la Iglesia Católica”, las diversas confesiones protestantes “no pueden ser consideradas verdaderas iglesias”.

Frente a Ratzinger, el cardenal Franz König manifestó una dura crítica en Iglesia, ¿a dónde vas?, apostando por un relanzamiento del Concilio en aspectos esenciales como la libertad religiosa, el ecumenismo y el encuentro con las religiones del mundo. Ya había escrito en otro artículo: “En el umbral del tercer milenio, este es el tema decisivo para el destino de la Iglesia” (“En defensa del P. Dupuis”, The Tablet, 16/01/99).

Afortunadamente, retomando el espíritu del buen papa Juan, Francisco podría convertirse en el pontífice más comprometido de la historia con el diálogo interreligioso. Recién elegido papa, en su encuentro con representantes de las Iglesias y los líderes religiosos (19/03/2013), manifestó su compromiso con el diálogo ecuménico e interreligioso; reafirmó la firme voluntad de proseguir en el camino del diálogo ecuménico y dijo que esta sería una de las prioridades de su pontificado. Respecto de la unión de los cristianos, dijo: “Éste será nuestro mejor servicio a la causa de la unidad entre los cristianos, un servicio de esperanza para un mundo marcado por divisiones, contrastes y rivalidades”. En su discurso inaugural, dijo también que quería “presidir en la caridad”, algo que han pedido siempre los mejores ecumenistas: el Papa no debe presidir la Iglesia como un monarca absoluto, sino presidir en el amor. Y en la entrevista con el P. Spadaro, dijo algo significativo: “Para las relaciones ecuménicas es importante no solo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros…Tenemos que caminar unidos en las diferencias”.

Con respecto a las demás religiones, dijo en su citado encuentro con los líderes religiosos: “La Iglesia católica es consciente de la importancia que tiene la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas”. Incluso hizo mención a las personas que no pertenecen a ninguna religión: “Nos sentimos cercanos también a todos esos hombres y mujeres que, aun no reconociendo que pertenecen a alguna tradición religiosa, se sienten, sin embargo, en la búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza, la verdad de Dios; y que son nuestros preciosos aliados en el compromiso en favor de la defensa de la dignidad del hombre… y en la salvaguardia atenta de la Creación”.

Luego, habló en varias ocasiones de la necesidad de una “libertad religiosa real” en nuestras sociedades y de una “cultura de encuentro” entre las distintas religiones y culturas, “para dar a la humanidad los valores que necesita”; empezando por colaborar en la solución de los problemas más urgentes: el hambre y la necesidad de desarrollarse como personas -dijo en alguna entrevista en su viaje a Brasil en julio de 2013-; y hacerlo cada uno desde las propias creencias particulares. En la entrevista que le hizo Eugenio Scalfari, fundador de La Republica y publicada en este diario (01/10/013), Francisco hizo afirmaciones sorprendentes en boca de un Papa: “Yo creo en Dios, pero no en un Dios católico. No existe un Dios católico; existe Dios, mi Padre”. Por eso, llega a decir: “El proselitismo es una gran estupidez. No tiene sentido, lo que hay que hacer es conocerse y escucharse”.

En el tema ecuménico e interreligioso Francisco ha sido más consecuente con este programa que en otros temas ad intra de la Iglesia, en los que se ha visto muy limitado por las presiones de la Curia y la consignas de su predecesores (celibato opcional, sacerdocio femenino, organización de la Iglesia…). A pesar de recibir continuas críticas, incluso de altas jerarquías eclesiásticas. Ojalá el tiempo le permita aún seguir en ese camino.

 

Victorino Pérez Prieto

Religión Digital

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