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POST-PANDEMIA Y UNA “IGLESIA SINODAL”

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“Aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán” (Lucas 16:31). Aunque venga una pandemia planetaria, no se convencerán, todo quedará “como era en un principio, ahora y siempre….” ¿Cuál será el comportamiento de los habitantes del planeta tierra cuando pase esta pandemia del coronavirus, el covid-19 (coronavirus disease-2019)? ¿Qué papel harán los bautizados y las bautizadas de la Iglesia Católica después de esta pandemia, incluidos los bautizados varones que, por ser varones, tienen un poder jerarquizado?

Esta pandemia del coronavirus es algo que, posiblemente, no se veía desde el comienzo de la vida en el planeta tierra hace 3.500 millones de años. No por el número de personas afectadas, hay números mayores. Sino por la rapidez y facilidad del contagio cercano del virus y también por la rapidez de su contagio a nivel planetario. El cálculo científico del contagio cercano es que un enfermo contagia de 8 a 10 personas, sin distinción ninguna. Un jefe de Estado poderoso que se burló del virus y no se cuidó, se contagió y estuvo al borde de la muerte. Las personas mayores se contagian fácilmente, lo que alegró a algunos políticos que expresaron su esperanza de así evitar gastos a la economía. Mas ahora buena parte son de los 24 a los 40 años de edad. Se ha dado el caso del bebé de 8 meses que también se contagió. Algunos grupos étnicos son más afectados, pero no por su etnia, sino por su pobreza que los lleva a no tener atención médica previa y a vivir en vecindarios aglomerados que facilitan el contagio.

La rapidez del contagio a nivel del planeta tierra nunca antes fue tan veloz. Antes de Colón no se conocía la extensión del planeta tierra y las distancias se recorrían a caballo. Después de Colón se navegaba en despaciosos barcos. Ahora se vuela a gran velocidad y a cualquier lugar. El virus viaja dentro de las personas de continente en continente en unas pocas horas.

El número de personas contagiadas es impresionante. Pero este no es el mayor número de muertos. Estos nos impresionan por la información continua que los medios de comunicación nos dan y que va en aumento hora a hora. Pero hay otros números mayores y más terribles de muertes que los del coronavirus. Según datos de Unicef, del Banco Mundial y de la Organización Mundial de la Salud en un año, el 2017, murieron 6.300.000 niños y niñas por enfermedades curables, pero que fueron mortales debido a su pobreza. Hubo muchos días cuando murieron 20.000 niños y niñas cada día de hambre. Esa muerte es terrible, peor que la causada por el virus. Es una muy dolorosa agonía que se prolonga por meses y en sus últimos días es desastrosa. ¿Pasada la pandemia del covid-19, superaremos igualmente esta peor pandemia de la muerte por hambre de millones de niños y niñas?

Frente a un enemigo mundial, se unieron jefes de gobiernos que eran opuestos entre sí, y lo vencieron. Frente al nazismo en la II guerra mundial se unieron personalidades muy diferentes y con ideologías muy opuestas, Churchill, Stalin, Roosevelt, y vencieron a Hitler. Ante este enemigo mundial del covid-19 no estamos viendo alguna unión a nivel mundial de jefes de gobierno. Peor aún, dentro de algunos países poderosos se dan antagonismos escandalosos. Lo que puede detener, aunque no eliminar el covid-19 es una vacuna. Hay científicos muy capacitados trabajando en encontrarla, pero cada grupo por su lado. Muchos jefes de Estado están haciendo lo mejor que pueden, pero muchas veces en competencia difícil para conseguir elementos médicos necesarios. Todos los países, aún los más pobres, han gastado muchísimo en armamento. Todos los países, aún los más ricos, tienen su sistema de salud en insuficiente nivel. El mercado domina todo. La persona no cuenta. Es el sistema imperante.

Un virus tan pequeño que nadie ve, es microscópico, ha trastocado todo lo establecido. No hay una sola persona, de los 7.500 millones que habitamos el planeta tierra, que no esté bajo su influencia. No hay potencia que no caiga ridículamente ante este diminuto virus. Se mete en un poderoso acorazado, cuyo costo de construcción y mantenimiento equivale a buena parte del presupuesto anual de cualquier país pequeño, y contagia al capitán, enferma a la tripulación y causa un escándalo administrativo que desestabiliza la Fuerza Naval más poderosa del planeta.

Un desafío se plantea inexorablemente, y éste en dos momentos. Primero, ahora mismo, ya, ¿cuál debe ser el comportamiento de los habitantes de la tierra, gobiernos y población, para vencer este enemigo planetario común? Hay actitudes positivas, pero faltaría su estructuración. Segundo, superada la pandemia, en el futuro de la humanidad, ¿cuál debe ser el comportamiento de gobiernos y población en ese futuro? Es un desafío real, inevitable, decisivo, de muerte o de vida. Nosotros podemos regresar a caminar en nuestra cómoda autodestrucción, sin que una pandemia mortal nos logre convencer, “ni aunque resucite uno de entre los muertos, nos convence”. El futuro no nos impide autodestruirnos, ya por otro virus peor, ya por la explosión en cadena de miles de bombas atómicas por un error de inteligencia artificial, ya porque alcanzamos el culmen del calentamiento climático.

En ambos momentos ¿cuál debe ser el comportamiento de los bautizados y las bautizadas de la Iglesia Católica, Pueblo de Dios? Jesús nos ha hecho en el bautismo sus socios en su programa de humanidad, el reino de su Padre. Es la mayor contribución que él ha aportado a la humanidad, en la expresión de Francisco. Nos ha hecho “su sal y su fermento”. Es mucho el bien que muchas personas bautizadas están haciendo. El Papa Francisco es un ejemplo mundial, en sus actitudes y en sus pronunciamientos. Hay valiosos ejemplos del resto del pueblo bautizado.

La presencia y la influencia del pueblo de bautizados, COMO UN TODO A NIVEL PLANETARIO, con sus millones de miembros, es la ausencia que se nota y hace falta urgentemente. No existe en toda la tierra otro cuerpo de semejantes dimensiones. Su influencia sería decisiva siempre, más ahora. Pero están diseminados, de espaldas unos a otros, cada sal en su salero, cada fermento en su frasquito. Lo peor es que llevan muchos siglos así de mal acostumbrados. Tal anormalidad parece normal. Muchos no imaginan su real magnitud a nivel planetario. Si la pandemia ha llegado ahora a toda la tierra, hace mucho que la Iglesia ha cubierto todo el planeta con sus millones de bautizados. Teórica y sacramentalmente están unidos. Consciente y visiblemente sólo en las estadísticas se leen los números.

Una “Iglesia sinodal” es en la que todos sus miembros caminan juntos. De ahí su nombre, del griego, sin: con, y odos: camino, hacer el camino con todos y todas, todos juntos. La pandemia del covid-19 está obligando a la humanidad a nivel planetario a hacer el camino con todos. Y cuando son millones de hombres y mujeres que -voluntariamente -y por amor -caminan juntos- a nivel planetario- es un milagro, un milagro que se ve y quienes lo ven, admiten que es señal de que son seguidores de Jesús de Nazaret. Esto es ser Iglesia. Francisco proféticamente, antes de la pandemia, venía repitiendo muchas veces que la Iglesia Sinodal es la Iglesia del siglo XXI. La pandemia le ha dado la razón. La pandemia obliga a la Iglesia a ser lo que debe ser, lo que siempre ha debido haber sido, una “Iglesia Sinodal”. Pero no es Iglesia Sinodal por la pandemia. Lo es por su misma esencia como Iglesia. Si no es Iglesia Sinodal, no servirá en post-pandemia, será inferior a esta dolorosa realidad, y la historia la pisará como a la sal podrida. Seguirá con sus anacrónicos uniformes de clericalismo desprestigiado y señalada como madrasta odiosa que no fue capaz de cuidar a quienes tanto padecieron.

La reconstrucción sinodal es un cambio muy exigente de cada uno y de todas y todos los millones de sus miembros, desde la base hasta lo universal y en cada uno de los niveles intermedios. Esta es la tarea permanente de la Iglesia, es su vida y es su misión. La presente pandemia está exigiendo dolorosamente su urgencia. Sí se puede. Algunos hemos vivido un proceso de Iglesia Sinodal en una escala grande, experiencia eclesial que sería interesante compartir.

El papel que mejor harán los bautizados y las bautizadas de la Iglesia Católica después de esta pandemia, comenzando desde ahora, ojalá sea la construcción de una “Iglesia Sinodal”, en su sentido auténtico del caminar consciente con cada uno de sus millones de miembros en la dimensión planetaria. Este es el marco dentro del cual caben todas las características de Iglesia que se van explicitando con la guía de Francisco, ese regalo del Padre a la humanidad en momentos tan delicados, características que más y más muchos están ayudando a construir.

 

Edgard R. Beltrán

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