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OTRA, Y DISTINTA, IGLESIA

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Intentar reseñar los grados y las proporciones inherentes a los adjetivos “otra” y “distinta”, referidos a la Iglesia es tarea harto difícil. Prácticamente imposible. Depende de datos y apreciaciones no solo objetivas, sino también subjetivas.

Pero el hecho es que, ni a los chinos, coreanos, norteamericanos, senegaleses, italianos o españoles, -por citar algunas de las nacionalidades-, creadores o difusores de la “Covid-19”, se les habría ocurrido pensar en la importancia que el “invento” habría de tener en el mundo y en sus habitantes e instituciones presentes y aún futuras. Como mi oficio (vocación-profesión) es relatar y comentar cuanto se refiere a la Iglesia, creo que no estarán de más estas imparciales consideraciones:

Para la Iglesia, necesitada de reformas-renovación por todos sus costados, el, o la “Covid-19” debería ser, y será, toda una gracia de Dios. Lo que no lograron conseguir el Vaticano II, algunas de las últimas encíclicas pontificias y las prédicas, oratorias, adoctrinamientos y ejemplos del papa Francisco, podrán muy bien, y efectivamente, lograr las noticias e informaciones “coronavíricas”. “Dios escribe derecho con renglones torcidos” es norma y modo de comportamiento “así en la tierra como en el cielo”.

En la Iglesia, por aportar algunos ejemplos de los más chocantes, pero comprensibles, no son ya los liturgos quienes ponen e imponen las normas y más la “soberanía” insobornable con la que lo hacían, ateniéndose a los preceptos rituales. Están siendo ya, y tal vez lo harán durante tiempos más largos, los funcionarios civiles, por su condición de tales, al servicio del pueblo, por su `pertenencia al ministerio, o ministerios, del respectivo Gobierno, del que forman parte, democráticamente elegido.

Todo, o casi todo referido a la participación en la santa misa, y aún al número de “asistentes u oyentes” y al ordenamiento en las mismas, hasta descender a la distancia física a observar entre unos y otros, es y será de la competencia de las ordenanzas municipales, o de la “autoridad competente” en sus variadas acepciones, con el “Nihil obstat”, y con, o sin la aprobación de la propia Conferencia Episcopal -CEE- , con la excepción de algún “vago” y extemporáneo obispo, “que de todo hay en la viña del Señor”…

Del ritual de la administración del sacramento de la Confesión hay que referir algo similar. Los confesonarios, tal y como son y siguen “reformándose”, con algún que otro aditamento, no resultan “legales” Sobre ellos pesan diversas normas sanantes para el cuerpo y -¿por qué no?- posiblemente también para el alma de los arrepentidos y contritos penitentes.

Los santos-santos a los que la Iglesia venerará de aquí en adelante, con carácter y dimensión popular- popular, serán “los de la casa de al lado”, los profesionales o aspirantes a serlo de la sanación al servicio de la vida, con el riesgo y hasta el punto de exponerse a perder la suya propia en el ejercicio de tal ministerio. La “bata blanca” de la mayoría de estos profesionales –ellos y ellas-, verdaderos santos y santas será el hábito talar y el distintivo que reemplazará a “los santos de toda la vida” y de todos los retablos por dorados que sean, destinatarios “oficiales” de letanías y oraciones.

De las beatificaciones y canonizaciones de esos nuevos pobladores canónicos del cielo, no serán responsables los miembros de las curias diocesanas y Romana. Lo será el pueblo-pueblo, sin inversión alguna de tiempo y dinero, en largos, inútiles e interesados procesos, con excepción de algunos misteriosos casos de la proclamación prevista y hasta preparada del “santo súbito”, o ¡ya¡… Sin tanta liturgia y sin Derecho Canónico alguno, son más santos la mayoría de los santos.

La Iglesia precisa con urgencia y corresponsabilidad de parte de los laicos, la actualización conciliar y “franciscana” de gran parte de sus normas, preceptos y leyes que algunos jerarcas mantuvieron y mantienen como las únicas merecedoras de ser consubstanciales a ella, con la exclusividad de “religiosas”, y sobrados excesos de hipocresías y rutinas, carentes de sentido y contenido evangélico, a la vez que evangelizador. Los ritos y las ceremonias no hacen Iglesia a la Iglesia, aunque así se nos haya enseñado, y hayamos sido adoctrinados. Es –será- el amor a Dios y al prójimo lo que justifica y justificará la existencia de la Iglesia, tal y como en algunas de sus mismas parcelas y con la bendición e iniciativa de sus propios pastores, se registran…

¿Bienvenidos los “coronavirus” con sus tétricas procesiones de enfermedades y muertes? Jamás. Pero no puede desaprovecharse esta ocasión para intentar reconstruir el edificio ético-moral y espiritual de la Iglesia y hacerla resurgir de algunas de sus miserias, reconocidas o por reconocer…

 

Antonio Aradillas

Religión Digital

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