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EN UN INSTANTE VI QUE LA VIDA SE ME PODÍA IR, QUE TODO SE DERRUMBABA

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El vicario de la Vicaría VIII de Madrid, Ángel Camino (Santander, 1949) enfermó de coronavirus y vivió "la experiencia más fuerte" de su vida. Hasta llegó a pensar que "todo se podía ir y se derrumbaba" y pidió la unción de enfermos. Pero, en todo este intenso proceso de dolor, siempre sintió que "no estaba solo" que con él "estaba Dios". De ahí que viviese su estancia en el hospital como "un abandonarse en manos de Dios" y en las de sus cuidadoras y cuidadores. Ya en la casa de su comunidad agustina, al padre Camino le "gustaría que mi vida sea un himno de acción de gracias a Dios, porque me ha dejado con vida. Gratitud al cielo y, gratitud a tantos y tantos hermanos que se han interesado por mí".

¿Qué sintió al saberse víctima del coronavirus?

Yo pocas veces había estado enfermo en la vida con una patología importante. Había pasado algunas situaciones delicadas de salud, pero nunca que pusieran en riesgo mi vida. En esta ocasión, sí. Llevábamos varios días con el “estado de alarma”, yo gozaba de salud y pensaba que la infección podría recaer en otros, no en mí. Cuando de forma imprevista y súbita compruebo durante cuatro días seguidos una fiebre muy alta, y se me dispara inmediatamente el “dispositivo interior”. La médico lo sabe, y esperamos el tiempo oportuno. Y, llega “la hora de la verdad”, soy ingresado de urgencias en el Hospital Ramón y Cajal. La atención es más que rápida, “lo siguiente”: pruebas, placas, análisis, médicos y más sanitarios, hasta que oigo la sentencia dicha en voz alta entre todos los presentes: “es corona, con neumonía bilateral”. Jesús también un día oyó “su sentencia”. Me sentía uno con Él.

No quiero presumir de nada, soy un pobre hombre; pero en ese instante en lugar de derrumbarme, siento en mí la fe del creyente que confía totalmente en Dios Amor y, me vuelco en Él y le digo: “Dios es Amor. Por Ti; me pongo en tus manos; ¡cuántas veces te he dicho me pongo a tu absoluta disposición! Y la mirada estaba fija en Uno: Jesús Crucificado que había dado la vida por mí, por toda la Humanidad”. No podía agarrarme a un crucifijo de metal. Era mucho más fuerte la mirada de Él que cualquier imagen del Crucificado que pudiera sostener con mis manos. Es una experiencia espiritual. Hay que vivirlo para contarlo.

Esto que escribo no es una reflexión; es la experiencia de un pobre creyente, agustino y sacerdote. En un instante he visto con mis propios ojos que la vida se me podía ir; que todo se derrumbaba. Pero yo no estaba solo. Conmigo estaba Dios. Ha sido una experiencia absolutamente personal: nada más que Él y yo; diría sólo Él que me ha acompañado desde el primer momento. En cuanto han pasado las primeras horas he pedido el sacramento de la Unción. Inmediatamente mi buen amigo Francisco, Capellán del Hospital, me la administró por vez primera en mi vida. Un momento sencillo, silencioso, emocionante con sabor a sagrado.

Aquí comienza otro capítulo que podré desarrollar a lo largo de las siguientes preguntas: esa relación íntima y personal con Dios fue acompañada de toda una gran familia: la Iglesia. Iglesia-Iglesia: Iglesia madre, hermana, Iglesia comunión hasta extremos que jamás podré olvidar.

¿Cómo vivió los veinte días en el Ramón y Cajal?

Los doce primeros días soy consciente de que fueron muy graves. Uno no se da cuenta que la vida se te va por falta de oxígeno en la sangre. Estuve permanentemente enganchado a la máscara de oxígeno con el respirador. Siempre colgado de un hilo pues los sanitarios debían decirte la saturación en sangre. Como os podéis imaginar los primeros días era muy baja. La medicación en vena era muy fuerte.

Todo lo he vivido con mucha paz. He preguntado poco, muy poco; prácticamente nada. Si era un niño en brazos de mi Padre, Dios Amor, también lo quería demostrar en manos de los médicos y de quienes me atendían: “lo que Vds. Digan; a su disposición, me parece bien”. Abandonarme en Dios también significó en aquellos días abandonarme en quienes por vez primera tenían que asearme: vivirlo con humildad y colaborar en todo era mi ejercicio. Abandonarme en Dios significó no encerrarme en mí mismo sino en estar pendiente de los otros dos compañeros de habitación; al principio poco pude hacer, pero en cuanto pude me interesé por ellos, por su familia; vivía los pequeños detalles: preguntar si apagamos la luz, si deseaban que llamase a la enfermera, recordar la botella de agua al compañero recién llegado. Los primeros días, pues, fueron muy intensos: día a día sin saber cómo iba a ser el siguiente; si podía avanzar o retroceder. Pero siempre acompañado por Él.

Los últimos días tuvieron otro color. La actitud siempre la misma. Pero esta vez se vestía con otros tonos; llega el médico y me dice: “le quitamos la máscara grande de oxígeno y le ponemos la máscara ordinaria. Pasos que estamos dando”. Lógicamente, fue una alegría muy grande que no me dejó indiferente, dando siempre gracias a Dios y a los médicos. A los tres días, otro paso: le quitamos la máscara, le ponemos “las gafas” (gomas directamente a la nariz) y se levanta de la cama. Otra nueva alegría y una nueva acción de gracias. En ese momento comprobé todo lo que había adelgazado. Eso no era nada… Pero también la Providencia se encargó de recordarme: “Ángel, todo pasa; también la salud, la vida”.

Me puse en sus manos nuevamente. Los tres últimos días coincidieron con un nuevo compañero: Andrés, de profesión carnicero. He podido saber al detalle cómo es el proceso de la venta de carne, desde que la vaca o el cordero está en el campo, hasta que pasa por el matadero y se distribuye, llega a las tiendas, se deshuesa y se vende. Son pequeñas cosas pero hacer algo por la humanidad en aquel momento fue interesarme por toda la vida de Andrés que, con inmensa alegría a cada momento me contaba un episodio distinto. Y la reciprocidad no se dejó esperar. Percibió que yo pertenecía a la Iglesia. Y es él mismo quien empieza a preguntar. No le hablo más allá de lo que pregunta. Respeta profundamente, se interesa y me dice: “dígame dónde está su Iglesia porque me gustaría mucho ir a verle”. Por supuesto que le di la dirección.

Así pasaron los veinte días. La víspera llegó el médico y me anunció la noticia más esperada: “Ángel, mañana se va a casa”. El sábado 18 de abril el doctor me entrega el boletín de alta con todas las recomendaciones que me explicó con detalle, y me dice: “ya puede vestirse”. Me despido de mi buen amigo Andrés, deseándole lo mejor; llega el sanitario, me viene a buscar con la silla de ruedas, abro la puerta y la emoción no pudo ser mayor: todo el equipo de la planta, médicos, enfermeros, auxiliares, personal de limpieza, haciéndome pasillo con aplausos intensos. Como podéis imaginaros en esos momentos la voz se quiebra y sólo hablan los gestos con la mano en el corazón llamando a la Gratitud.

¿En el algún momento sintió que se iba a la casa del Padre?

Al principio ni se me pasó por la mente. Sólo estaba pendiente de la fiebre. Y, ¿qué será esto?, me preguntaba. Ni siquiera hacía referencia al coronavirus. Me recomendaron el aislamiento en casa. Y así lo pasé durante unos días, con una atención permanente por parte de los hermanos de mi Comunidad Agustina. Al ver que la fiebre no bajaba, ingreso en el Hospital Ramón y Cajal. Según voy en el coche el recogimiento es muy intenso. Yo mismo me preguntaba, ¿y si es coronavirus? A las pocas horas me lo confirman en los términos que he comentado antes. Ahí sí que sentí que podía ir a la casa del Padre. Fue como el momento de la “sentencia” de la que yo hablo siguiendo los Misterios del Rosario; sí que sentí que la vida se me podía ir. Es como quedarte “desnudo” delante de Dios y decirle: “aquí estoy, aquí me tienes”. De hecho, no lo dudé. No era un juego de niños. Me podía presentar delante de Dios cuando Él quisiera y no dudé en estar preparado para el encuentro pidiendo el sacramento de la Unción.

El sacramento te pone delante de Dios, con la mirada fija en la Casa del Padre porque tienes la vida en un hilo. Pero puedo decir que no por miedo. Jamás sentí miedo. Como creyente sentí el Amor de Dios, el Amor lo primero, la mirada de Jesús. Miedo con la gracia de Dios no tuve. Mucho Amor por parte de Dios, ciertamente me lo hizo sentir.

¿Ha sido la situación más límite que ha experimentado en su vida?

Sin lugar a dudas sí. Todos hemos tenido momentos fuertes en la vida. Para mí son inolvidables el fallecimiento de mi hermana Maruxa en accidente de tráfico; el de mi madre a causa de un cáncer de páncreas y con tiempo para acompañarla, el de mi padre que lentamente fue yéndose. He tenido momentos fuertes cuando me tuve que someter a una operación de agujero macular. Es decir, ¿a quién no le ha visitado la presencia de la cruz bajo mil disfraces? Pero ciertamente, como esta vez con motivo del coronavirus, no. Ha sido la experiencia más fuerte. Se produce de la noche a la mañana; sin pensarlo, sin programarlo o preverlo. En un instante te presentas con un pie en esta vida y el otro en el abismo de la Otra, del Amor de Dios, que te está esperando con los brazos abiertos, pero que tú sientes que es el fin de carrera en esta vida.

¿Agradecido a los sanitarios?

A mí me gustaría ser lo más equilibrado posible y no regalar elogios sin fundamento alguno. Sería un insensato si lo hiciera así. Yo doy las GRACIAS de corazón, y con el fundamento más sólido que pueda expresar. Aquí no se trata de palabras. Aquí hablan los hechos. Y a los hechos me remito. Al segundo de llegar a Urgencias del Ramón y Cajal, me introducen directamente en el box. Alrededor de mí solo veo sanitarios, cada uno realizando una función; estaba como adormilado pero lo recordaré siempre.

Empleándose a fondo; comunican sin titubeos que es una situación grave. Allí permanezco dos días bajo una vigilancia constante. A los dos días subo a planta. Allí no era un número; era Ángel. Todos me llamaban por el nombre. El equipo médico hacía todo su trabajo. Nunca me pareció oportuno preguntar. Sólo le decía estoy en sus manos; lo que Vds. hagan, bien hecho está. Yo bien sabía que antes estaba en las manos de Dios. Pero en esos momentos había que subrayar la mano del médico. Durante todo el día enfermeras, enfermeros y auxiliares pasándose por la habitación comprobando si necesitábamos algo. Primero estábamos nosotros. La delicadeza en todo ha sido exquisita, prudente, profesional, cercana, humana, animosa, valiente. ¿Qué más puedo decir?

Todo esto no me lo invento. Comunico lo que he visto, el trato que he recibido, la acogida que he tenido. Sólo puedo decir que he entrado en el Ramón y Cajal “yéndome” y que he salido “encontrándome” con la vida. Cierto que ha habido una Mano todopoderosa que ha estado permanentemente presente, pero no menos cierto es que la mano de hombres y mujeres han sido mediaciones seguras para recuperar la salud y la vida. En breve les llegará una carta de gratitud a todo el Equipo de Neumología como al Sr. Director del Hospital Ramón y Cajal. Mi gratitud no tiene límites y será por siempre.

Tengo la fortuna de ser Vicario Episcopal de un territorio donde hay 11 Hospitales. Uno de ellos es el Ramón y Cajal. Antes iba porque lo demandaba mi servicio. Ahora seguiré yendo; pero con una diferencia: la sensación de que voy “a casa”, al lugar donde me devolvieron la vida. Por tanto, solo puedo decir: “Gracias, hombres y mujeres del Hospital Ramón y Cajal”.

Tuvo el privilegio de poder comulgar a diario. ¿La comunión estaba al alcance de cualquier persona que la pidiese?

Sí: todo un privilegio que la Iglesia en España y concretamente en Madrid tiene a través de sus Capellanes. Todos los días al amanecer entraba el Capellán, debidamente protegido, con Jesús Eucaristía. El momento de la Comunión era un espacio verdaderamente solemne y sencillo a la vez. Nos hemos preparado con las oraciones, leyendo breves textos evangélicos, orando juntos y en silencio a la vez. En algunos momentos en los que la prudencia aconsejaba prolongar el tiempo, hemos podido seguir hablando. Notaba que no sólo me traían a Jesús Eucaristía sino que también ellos mismos se daban. Cada uno lo ha hecho según lo indicaban las circunstancias pero todos con una misma actitud: la de servir y estar lo más cercano posible. Gracias de corazón, queridos Capellanes.

Me preguntáis también: “¿La comunión estaba al alcance de cualquier persona que la pidiese?”. Hacía muy pocas semanas que había estado reunido con los Capellanes del Hospital. Cada uno me comentaba cómo desarrollaban el trabajo. Magí, Capellán Coordinador, me hablaba del amplio y dilatado campo de trabajo pastoral y espiritual que desarrollaban. Entre ellos destacaba como una prioridad el de llevar la Comunión a cuantos enfermos del Hospital lo solicitaran. Cualquier enfermo ingresado que desee recibir la Comunión, no tiene más que comunicarlo a la enfermera o persona que le atienda en la planta. Inmediatamente éstos lo comunican a los Capellanes. Puntualmente cada mañana llevarán la Comunión al enfermo que lo ha solicitado.

Exactamente igual si desean recibir el sacramento de la Unción de los enfermos. Están preparados al momento para poder asistirles cuando lo soliciten. Y no sólo la administración de los sacramentos, sino que también les acompañan con el diálogo personal, escuchando confesiones, animando tanto al enfermo como a la familia. Al mismo tiempo, los Capellanes celebran dos Misas diarias y tres el domingo en el Hospital, abiertas al culto público para cuantos lo deseen. Por tanto, se trata de un servicio muy Pastoral, silencioso, Mariano pero de gran consuelo espiritual y humano para cuantos lo solicitan.

Capítulo aparte es el gran trabajo que realizan con el personal de la Casa. Hoy día la pastoral del “tú a tú” es una de las más eficaces. Esto es lo que hacen nuestros Capellanes las 24 horas del día en el Hospital. Es la pastoral del “estar”, del “saber estar” aprovechando cada momento y atendiendo a todas las personas sin distinción alguna. Gracias de corazón, queridos Capellanes de Hospital.

¿Comprende ahora mejor el universo de los enfermos y sus necesidades sanitarias y espirituales?

Las personas que me conocen, y máxime, los sacerdotes y capellanes de la Vicaría VIII, saben perfectamente de la prioridad que he dado, desde el minuto uno de mi servicio pastoral, a todo el campo de la Pastoral Sanitaria. Ha sido primordial. Una de mis mayores satisfacciones que se la paso al Espíritu Santo, es que pocas semanas antes de mi ingreso, pude reunir a todos los capellanes de los once hospitales presentes en la Vicaría. Fue un día inolvidable. Para haber gravado todo lo que compartió cada Capellán. Fueron más de tres horas. Yo apenas hablé; la palabra la tuvieron ellos. Lógicamente, tomé nota de cuantas sugerencias ofrecieron. Ojalá el año que viene podamos repetirlo.

Toda esta introducción ¿por qué? Para expresar que en mi ADN el mundo del enfermo ha estado presente desde que nací: mi madre enfermera, mi padre visitador médico, mi hermano médico psiquiatra, mis tíos y primos importantes cardiólogos, mi sobrina psicóloga. Esto únicamente por lo que toca a la familia. Mi larga lista de amigos-amigos médicos es interminable, y no son palabras. Es decir, que gracias a Dios, he tenido una plataforma natural y vivencial donde la realidad del enfermo ha ido penetrando en mi vida como el aire en los pulmones. Los enfermos han estado siempre presentes en mi vida. Cuando me piden contar el relato de mi vocación, hay un momento que no puedo obviar: mucho antes de plantearme la llamada -tendría unos diez años- mi gran ilusión y la de mis amigos era esperar a que llegara el jueves por la tarde para ir a visitar a los niños enfermos del Hospital de Santa Clotilde en Santander. El mundo de los enfermos ha estado siempre presente en mi vida. Ha sido algo no improvisado. Al contrario: algo muy cultivado, priorizado, buscado y sobre todo muy rezado.

En la pregunta me dices “ahora ¿comprende mejor el universo de los enfermos y sus necesidades sanitarias y espirituales?” Mi respuesta es, y cae por su peso, y con toda humildad decir: ”siempre lo he comprendido”, pero no cabe duda, que esta experiencia mía vivida personalmente, y que me ha podido llevar a la Otra Vida, será magnífica, irrepetible y única para entender mucho mejor a quienes se encuentren en situaciones similares a las mías.

Si ya antes quería a los enfermos, ahora más, mucho más. Ahora puedo hablar de “mis compañeros”. Antes no tenía este título. Me faltaba. Ahora, no. Ahora he sido enfermo y he vivido en primera persona lo que es la salud, la vida y la cercanía de la muerte. No cabe duda que toda esta experiencia va a reforzar mi opción importante, clave y decisiva por los enfermos y por toda la realidad relacionada con ellos: la familia, los médicos, el personal sanitario. Lógicamente he comprobado más de cerca las necesidades sanitarias y espirituales. Si yo estoy feliz de cómo me han tratado en el Hospital, haré todo lo posible para que así sean tratados todos aquellos en los que yo pueda influir, tanto desde el punto de vista médico, como espiritual. Me será mucho más cómodo profundizar en el comportamiento espiritual por la tan buena y cercana relación con los Capellanes. En algunos momentos podré hablar “en nombre de mis compañeros los enfermos”, y buscar el mejor trato para ellos. Y en cambio, cuando vaya a visitar a los enfermos, me resultará más fácil ponerme en el lugar de ellos porque he pasado por la misma situación.

¿La Iglesia tendría que reforzar su presencia en los hospitales?

Habrá que estudiar caso por caso. Gracias a Dios, en la Diócesis de Madrid, a través de la Delegación de la Salud, que trabaja admirablemente bien, sin hacer ruido pero de un modo eficaz, puedo decir que todos los Hospitales están bien asistidos con la presencia de los Capellanes. Reconozco que no en todos los lugares es igual. La vocación de Capellán de Hospital es muy dura y sacrificada. Hay que estar “ahí” para saberlo; hay que escuchar a los Capellanes. A veces son incomprendidos y poco valorados. Por tanto, nuestra parte, la de toda la Iglesia será, por un lado, animar mucho “a los que están”, valorar todo su trabajo y transmitirles todo nuestro apoyo. Pero al mismo tiempo, habrá que fomentar las nuevas vocaciones con esta sensibilidad a servir en los Hospitales. Reforzar la presencia va a significar también ofrecer todo tipo de nuevas herramientas que les puedan ayudar a crecer en el servicio pastoral. Dotarles de todo tipo de recursos para facilitarles la labor.

Me consta que tanto en la Conferencia Episcopal Española como en la Archidiócesis de Madrid la realidad de los Capellanes de Hospital está muy presente y se va a seguir trabajando en una línea de potenciar la vocación, facilitarla, apoyarla. Ahora estamos hablando de los Capellanes de Hospital pero, no podemos desligarlo en absoluto de toda la Pastoral de la Salud, que abarca otro universo muy amplio.

¿Después de esta experiencia tan vital se siente mejor persona?

¡Qué más quisiera yo! Eso lo sabrá el Eterno Padre, los hermanos con los que convivo y el pueblo al que sirvo. De entrada, y con inmensa sencillez puedo expresar que me siento “humilde”. Humilde delante de Dios y humilde delante de la vida. La vida no es mía. La vida está en manos de Dios. Y por tanto, me siento “deudor” de Dios. Si nunca me ha gustado ir por la vida presumiendo de nada, ahora mucho menos. He comprobado cómo en un segundo se te puede ir todo; se derrumba todo. ¿Qué te queda? Él. La poca o mucha relación con Dios que haya podido construir con Él.

Me siento llamado a que mi vida pueda ser un canto de amor a Dios. He recordado en estos días rezando el Oficio el salmo 88 que me gustaría fuera como mi emblema: “El amor de Dios cantaré eternamente” (Salmo 88,1). Sí: me gustaría que mi vida sea un himno de acción de gracias a Dios porque me ha dejado con vida. Gratitud al cielo y, gratitud a tantos y tantos hermanos que se han interesado por mí. Sólo este hecho me lleva a no defraudarles a ser de verdad mejor persona y a no vivir a medias.

Cuando hablamos de Iglesia doméstica de Iglesia Comunión a la gente sencilla, que no tiene estudios, no me gustaría enseñarles un libro de teología con este argumento; me gustará enseñarles con toda humildad los casi seiscientos (600) mensajes de WhatsApp y correos que he recibido en estos días. Algo que me conmueve. Es sentir a la Iglesia “casa”, “familia”, “hogar”. He sentido a todos: desde mi Obispo y Pastor Don Carlos Osoro que diariamente me ha estado llamando mañana y tarde, mi superior General de la Orden de San Agustín; sentir a mi Comunidad de San Manuel y San Benito como una familia que te trae la comida, te lava la ropa, que está pendiente de los medicamentos, las mil pequeñas cosas.

¿Cómo todo esto no va a hacerme sentir mejor persona? Es imposible. Humanamente hablando, no puedo defraudar a tantos hermanos y amigos. Bastaría pensar en las personas que me han escrito: desde todos los estamentos de mi Provincia y Orden Agustiniana, la Diócesis de Madrid, toda la Vicaría VIII con sus sacerdotes, Vida Consagrada y Laicos, Grupos Agustinianos, Grupos de Movimientos de la Iglesia, familiares, amigos, hasta las personas más humildes. He recibido dos WhatsApp de la esposa de un interno de la Cárcel de Soto del Real con sus tres hijas extremadamente pobres y que les estamos ayudando, otra interna ahora en libertad: ¡qué expresiones de gratitud! ¿Cómo no me voy a sentir mejor persona? Es una promesa que la traduzco en compromiso?

¿Cómo no me voy a sentir mejor persona delante de mi hermano y familia que no se han separado literalmente de mí en la distancia? ¡La familia ampliada con tantos y tantos primos! Es como renovar mi condición de hermano, cuñado, tío, primo… Ciertamente la experiencia de la enfermedad me lleva al compromiso de ser mejor persona.

Hay todavía una última razón. En estos días no dejo de pensar, hacer memoria y sobre todo rezar y celebrar la Eucaristía por todos los fallecidos a causa del coronavirus. Les llevo conmigo. Por ellos: yo tengo que ser mejor persona. Ellos se han ido. Dios me ha dejado y es como si me dijera: “toma tú el testigo y sal”. Tengo presente en mis oraciones a todos los enfermos. Pido por ellos para que también ellos se recuperen y puedan incorporarse a este campo de batalla que es nuestra humanidad, y seguir ofreciendo lo mejor de ellos mismos.

Quisiera ser mejor persona por fidelidad al Papa Francisco. He sentido su presencia como él nunca llegará a saber. Me ha acompañado con sus homilías diarias. Uno de mis días más delicados en el Hospital coincidió con el Domingo de Ramos, 5 de Abril. Como pude conseguí oír la homilía del Papa con sus dos palabras: “El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono”. Y es el mismo Papa Francisco quien me invitaba a mantener la mirada fija en el Crucificado. Por él, por el Crucificado quiero ser mejor persona. Por amor a Dios Amor y a nadie más. Por amor a la humanidad, es decir, a cada persona que me encuentre en el camino a través de mi Orden de San Agustín y de mi madre la Iglesia.

 

José Manuel Vidal

Religión Digital

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