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EN TODAS LAS RELIGIONES LA EXPERIENCIA MÍSTICA TIENE POR OBJETO SUPERAR EL EGOCENTRISMO

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Sin superar el narcisismo primario, que se expresa en el egocentrismo, no existe una experiencia mística en general ni una experiencia cristiana en particular.

En todas las religiones, la experiencia mística tiene por objeto superar el "egocentrismo", como ha subrayado el filósofo Ernst Tugendhat (Egozentrizität und Mystik, 2003). La concepción previa y el relato de la experiencia mística son por lo demás tan diferentes que se puede decir con el filósofo judío de la religión Gershom Scholem que básicamente no hay experiencia mística en la historia de las religiones "como un fenómeno o una visión que exista en sí misma independientemente de lo demás". Más bien hay "experiencia mística de algo, de una cierta forma religiosa: la experiencia mística del cristianismo, del islam, del judaísmo”, etc.

Esto tiene que ver con el hecho de que la experiencia mística siempre es una "experiencia interpretada" sobre el trasfondo de la propia lógica religiosa, de la propia fe, en un acontecimiento dialéctico, como decía Edward Schillebeeckx: "La experiencia influye en la interpretación y la evoca, pero la interpretación también influye en la experiencia [...] Experimentamos interpretando sin poder separar claramente el momento de la experiencia y el momento de la interpretación".

“Sino como quieres tú“

Cuando Jesús, durante la oración en Getsemaní, pidió a su "padre" que pasara de él el amargo cáliz de su muerte en la cruz, añadió la fórmula básica de la mística cristiana: "Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú" (Mt 26:39). Por lo tanto, "hágase tu voluntad" es la petición central del "Padre Nuestro", la oración enseñada por Jesús.

Lo mismo dijo su madre al arcángel Gabriel, cuando éste le anunció la concepción de Jesús por obra y gracia de Dios: "hágase en mí según tu palabra". (Lc 1:38). La mística cristiana trata de la unidad amorosa del hombre con Dios, que, como en un matrimonio por amor, brota del libre consentimiento de la voluntad humana, porque el amor de Dios lo tenemos siempre como expresión de la gratuidad y universalidad de su gracia.

Siempre que rezamos conscientemente "Hágase tu voluntad" por puro amor a Dios y como expresión de nuestro libre consentimiento, y no por una entrega fatalista en sus manos, tiene lugar la unión mística en las condiciones de la vida cotidiana. No es una casualidad que Martín Lutero y Teresa de Ávila comentaran con detalle el "Padre Nuestro", y que Juan de la Cruz lo recomiende como la única oración realmente necesaria de un cristiano, porque en ella "se incluyen todas nuestras necesidades espirituales y temporales".

Un maestro místico con gran formación teológica como el Maestro Eckhart († 1328) lo ha entendido muy bien cuando concentra sus Discursos sobre el discernimiento o instrucciones espirituales especialmente en el "Hágase tu voluntad". El abandono de la propia voluntad es el prerrequisito para ser "conformado a la voluntad de Dios". La mejor oración para él, por lo tanto, es "Señor, no me des nada más que lo que tú quieras"; y esto es porque al hacerlo uno "se deshace de su propio yo". Para el Maestro Eckhart y para los grandes místicos cristianos, la renuncia o la superación del "egocentrismo", el "desprenderse de todas las cosas de este mundo", el "no estar atado a nada", la "serenidad" o la "santa indiferencia" son el símbolo por excelencia de una buena voluntad.

Para los místicos cristianos, esto no significa retirarse del mundo al solipsismo espiritual, sino todo lo contrario: la conformación con la voluntad de Dios superando el egocentrismo es la condición para el compromiso con el mundo, propio de un cristiano: para trabajar en la conformación del mundo con la voluntad divina, luchando por los valores mesiánicos del Reino de Dios, por la justicia y la equidad, por la libertad y la verdad, por la solidaridad y la paz, por unas condiciones de vida humanas para todos más allá de las barreras de raza y clase, nación y religión, por la protección de los más débiles, por la ternura con los que han sido marcados por el destino, por la preservación de la creación, y también por la difusión del mensaje del Dios bondadoso y misericordioso, amigo del hombre.

Y esto vale también, cuando uno vive por vocación la vida contemplativa, tratando en amistad con Dios (ésa es la grandiosa fórmula teresiana de la oración) “por el mundo”, por la salvación “de todos”.

Conocimiento de sí mismo y conocimiento de Dios

La forma de superar el egocentrismo en la mística cristiana es la unión del conocimiento de nosotros mismos con el conocimiento de Dios. Este proceso de purificación es más doloroso que cualquier psicoanálisis. A Dios no podemos engañarle, no podemos ocultarle nada, porque Él nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos (Sal 139), y ningún rincón de nuestro "yo" le permanece oculto. Por lo tanto, este proceso va acompañado de "lágrimas" de arrepentimiento. Además, el lema del psicoanálisis es sacar a flote lo sumergido y reprimido en el subconsciente ("donde estaba ello, tengo que estar yo"), mientras que la mística cristiana trata de reconocer el propio yo "ante Dios" y "su voluntad".

El fundamento o virtud básica para ello es la humildad. Esta es indispensable para responder ante Dios a la pregunta: "¿Quién soy?". Como dijo la Santa andariega: "mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes”. La humildad es entonces un símbolo para nuestra necesidad de salvación, para nuestra dependencia del amor y la gracia de Dios, pero también para el reconocimiento de nuestra dignidad y de nuestra vocación al trato de amistad con Dios: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad" (Sal 8:5-6).

Cuando Teresa define la humildad como "andar en verdad", se refiere a la verdad de nuestra existencia humana "ante Dios". En otro lugar lo ha expresado de esta manera: la verdadera humildad es "conocer lo que él [Dios] puede y lo que yo puedo", es decir, tomar conciencia de la diferencia entre el Creador y la criatura. Para Teresa, la humildad es el “fundamento” del Castillo interior, y la falta de humildad el mayor problema en el camino espiritual de la conformación con Cristo. Para Teresa no hay "cosa que más nos importe que la humildad". La humildad es lo contrario de la hibris de los ángeles caídos, lo opuesto a la duradera tentación del hombre de querer ser "como Dios", lo opuesto a una comprensión prometeica (o pelagiana) de la naturaleza humana que sobrevalora sus capacidades, independientemente de nuestra "ruindad", por decirlo en el lenguaje teresiano.

La fuente mística

El místico cristiano, que ha practicado la virtud de la humildad en el proceso de autoconocimiento ante Dios y ha superado su propio egocentrismo, no ve en la fuente (en la creación) su propio reflejo como un "narcisista" espiritual (¡Ay del narcisismo espiritual en el clero y la vida religiosa, que tanto fustiga el Papa Francisco!), sino más bien el rostro y las huellas de Dios, que le animan a seguir trabajando en la conformación del mundo con su Reino, y que refuerzan su anhelo por la "visión" final de Dios, en el otro mundo, de un Dios encarnado, siempre dispuesto a nuestro encuentro, con el que ya se sabe inseparablemente unido en éste (Rom 8:35-39). Por eso, Juan de la Cruz, el poeta del anhelo ardiente, nos regaló estos versos tan diferentes de la fuente de Narciso:

“¡Oh cristalina fuente,

si en esos tus semblantes plateados,

formases de repente

los ojos deseados,

que tengo en mis entrañas dibujados!”

 

Mariano Delgado, Decano de Teología de Friburgo

Religión Digital

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