Buscador Avanzado

Autor

Tema

Libro de la biblia

* Cita biblica

Idioma

Fecha de Creación (Inicio - Fin)

-

¿POR QUÉ Y CÓMO SE PUEDE HABLAR DE DIOS EN TIEMPOS DEL COVID-19?

Written by
Rate this item
(12 votes)

DIA PRIMERO: ¿Por qué y cómo se puede hablar de Dios en tiempos del covid-19?

Hablo en esta Pascua de Abril-20 con el Obispo Secretario de la Conferencia Episcopal. Me recuerda algo obvio: en estos tiempos de crisis pandémica, tenemos que prestar un servicio testimonial, de fe y como creyentes, a nuestros ciudadanos españoles. No lo dudé y me puse, ordenador en mano, desde Roma donde resido en la actualidad, a escribir las siguientes meditaciones, apoyado en material que ya había trabajado antes en su mayor parte.

No podemos ocultar el mal ni el sufrimiento. Se afirma en el Nuevo Catecismo (CEC 309-314):

“Si Dios Creador del mundo ordenado y bueno tiene cuidado de todas sus criaturas por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus alianzas, con la encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, puede negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal... Ángeles y hombres pecaron y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico.

Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite respetando la libertad de su criatura y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien... Así con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por las criaturas... Del mayor mal moral que haya sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (Rm 5,20) sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en bien... Todo coopera al bien de los que aman a Dios... Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios cara a cara (I Cor 13,12) nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través del drama del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese “sabat” (Gen 2,2) definitivo en vista del cual creó el cielo y la tierra”.

Filosofía y coronavirus

Tras la lectura de esta cita, en nuestros días de pandemia del Covid-19, nacen algunas preguntas necesarias y lacerantes: ¿Es tan claro y sencillo hablar sobre el mal en el mundo?... ¿Queda dicho todo sobre el mal en este rico y sugerente número del nuevo Catecismo?... ¿No estamos en tiempos de post-verdad y se está imponiendo la fealdad y la maldad sobre la belleza y la bondad?1...

Secularmente se ha afirmado que el mal es un “problema ozeós”, un problema que nos ciega, es decir, algo que está ante nuestros ojos y nos quita la luz. El mal aparece como lo que no debería ser y, sin embargo, es. Con el término mal se indican, al menos, tres realidades:

1) El mal en cuanto vivido como sufrimiento por el hombre: dolores físicos, como enfermedades o accidentes...; las penas psicológicas, como angustias, fobias, ideas obsesivas, depresiones…; las tristezas espirituales o existenciales, y la imposibilidad de alcanzar nuestros ideales, la violencia por parte de los demás, la amenaza de muerte, etc….

2) Lo que, objetivamente, en la naturaleza evoluciona y, como desorden, es causa de dolor y sufrimiento; y, añadiendo, lo que nosotros dañamos a dicha naturaleza; y, como consecuencia, a veces, se revuelve contra nosotros, recordando el refrán tan repetido: “Dios perdona y olvida siempre; el hombre, algunas veces perdona, y casi nunca olvida; la naturaleza, ni perdona ni olvida”.

3) El mal moral de las personas, en forma de pecado y abuso de nuestra libertad y como destrucción de la creación en la que vivimos2.

Algo es evidente: el mal impide al hombre su realización y su felicidad y le plantea una triple inquietud o triple problema:

1) Como problema existencial: “¡Esto no debería ser así!”… “¡Tengo una queja ante Dios: me ha dado una cruz, que no merecía yo!”…

2) Como problema teórico: “¿Qué es el mal?... ¿De dónde viene?... ¿Para qué sirve?... ¿Cómo es compatible con un Dios bueno?”…

3) Como misterio: “¿Tendrán el mal y el sufrimiento la última palabra?... ¿Qué vías de sanación y de liberación pueden encontrarse?”...

Ante el mal y el sufrimiento, adoptamos diversas posturas: la resignación pasiva o el fatalismo, cuando simplemente “soportamos el mal”; la rebelión abierta, cuando, comprensiblemente, “gritamos y reivindicamos”; el individualismo egocéntrico, cuando tratamos de hacer realidad el “sálvese quien pueda o sólo los de mi grupo”; el desprecio estoico, personal o comunitario, cuando tratamos de disminuir sus causas, de evitar su impacto emocional en nosotros o de sublimarlo con ideologías; el sueño transhumanista/posthumanista, cuando nos remitimos con fe incondicional al poder tecnológico como herramienta para engrandecimiento del cuerpo, incluida la inmortalidad: “seremos eternos”; finalmente, la fe en un Dios Vivo, que da sentido al mal, y que es compañero de camino en nuestro propio sufrimiento: “Señor, en ti confiamos”.

Tras las pestes medievales, la guerra de los 30 años en Europa, y el terremoto de Lisboa (1755) apareció una nueva sensibilidad ante el mal. En la primera Ilustración y en el romanticismo los europeos se plantearon con fuerza preguntas como éstas: “Si Dios es omnipotente, ¿por qué no evita el mal?... Si Dios es amor, ¿por qué no evita el dolor de los que sufren, especialmente de los inocentes?”...

Después de las dos guerras mundiales, las preguntas se hicieron aún más inevitables: “¿Dónde está Dios que permite tanto horror?”… Incluso, ya en nuestros días, se venía hablando da la “tercera muerte de Dios”: la primera muerte, coincidiendo con la primera guerra mundial: “¿Dónde estaba Dios en la revolución bolchevique?”; la segunda, en conexión con la segunda gran guerra mundial; “¿Dónde estaba Dios en los campos de exterminio nazi?”; y, la tercera, desde el 11-9-01 y otras experiencias trágicas de genocidio en todo el Planeta y ahora refrescada con ocasión la gran pandemia del Covid-19: “¿Por qué Dios sigue ajeno a tanto dolor y muerte de inocentes?”…

El teólogo J. L. Ruiz de la Peña 3, recogió un florilegio de alegatos en contra de un Dios Bueno que permite el mal: “-No, padre, lo dejo. Tengo otra idea del amor. Y rechazaría hasta la muerte amar una creación en la que los niños son torturados” (A. Camus). “Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia…Dios no es omnipresente, ni puede estar en todas partes. A veces está ausente; ¿en otros mundos?; ¿en otras cosas?... Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en algún momento, logra ser Goya, pero generalmente es un desastre” (E. Sábato); “No digo que si ni que no; digo que, si Dios existe, me debe una explicación” (M. Alcántara).

Todos estos textos hacen referencia al viejo dilema de Epicuro: “O Dios quiere quitar el mal del mundo, pero no puede. O puede, pero no quiere quitarlo. O no puede ni quiere. O puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente. Si puede y no quiere, no nos ama. Si no quiere ni puede, no es el Dios bueno, y además es impotente. Si puede y quiere -y esto es lo único que como Dios le cuadra-, ¿de dónde viene entonces el mal real y por qué no lo elimina?”. Es decir, el mal representaría el alegato supremo contra Dios, la antiteodicea. En estos tiempos de pandemia y muertes, como “después de Auschwitz, la sensibilidad no puede menos de ver en toda afirmación de la positividad de la existencia una charlatanería, una injusticia para con las víctimas, y tiene que rebelarse contra la extracción de un sentido, por abstracto que sea, de aquel trágico destino” (Th. Adorno).

Recordamos cómo en el arte contemporáneo, especialmente el del siglo XX, en lugar del Cristo Pantocrator, rey y regio-triunfante, predominaron las imágenes de un Jesús abajado y humilde, llevando la cruz silencioso y doliente, y, sobre todo, al lado de los sufrientes y nuevos crucificados de hoy. Ante las atrocidades contemporáneas, van calando estas preguntas: “¿Por qué me quejo contra Dios cuando está claro que Él me quiere su colaborador para echar fuera el mal de este mundo?... ¿Por qué he tardado tanto en darme cuenta de que Dios es Padre Creador y significa dador de vida?”…

Los llamados teólogos y escritores de la muerte de Dios repitieron hasta la saciedad que había que vivir y actuar “como si Dios no existiera” porque no respondía a nuestras preguntas sobre el mal y el dolor; ahora comprobamos que esa postura nos ha llevado a sentirnos literalmente solos ante el mal. Como protesta, Rovira Belloso escribe: “no era de la imagen del Pantocrator de la que debíamos avergonzarnos. El Señor glorioso sabe lo que es el dolor del mundo. Porque El sufrió y está vivo… Había sido crucificado y ahora vive para siempre, y tiene las llaves de la muerte y de su reino (Apoc 1,18). Después de tanto tiempo, de tanta muerte y de tanta guerra, esta figura del crucificado se ha revelado como la palabra definitiva ante la realidad avasalladora del mal”4.

Todo ello, con una paradoja añadida de la que he sido testigo: en los llamados pueblos del tercer mundo: en la cruz y en la miseria más absoluta, nace la vida, la resurrección, y la solidaridad. Los más pobres no echan a Dios en cara nada, ni se revuelven ante Él; ante la adversidad preguntan a Dios, y se preguntan entre ellos, más bien cómo poder ayudar y aliviar el dolor de los hermanos sufrientes. Porque del sufrimiento y de la muerte nacen el gozo de la caridad solidaria y de la celebración de la vida.

Nos volvemos a preguntar: “¿Por qué y cómo se puede hablar de Dios en tiempos de pandemia del covi-19?”... – Dejando a Dios ser Dios, tal y como es, revelado en Jesucristo; y ayudando a aliviar el dolor y a sanar a los hermanos, hijos del Padre, Carne del mismo Jesucristo, y Templos del Espíritu. ¡Cuántos testimonios de heroísmo y de santidad caritativa se están contemplando estos días de confinamiento y de epidemia! Ellos hablan más que las palabras.

B. Pascal, el filósofo, esculpió en una frase: “Jesús, hombre y Dios, estás condenado a la agonía hasta el final de los tiempos”. Jesucristo lleva en sí mismo todo lo humano. Él es la expresión y esperanza perdurables para toda ceguera y violencia, para todo sin-sentido aparente y absurdo, para todo sufrimiento y dolor, para todo desgarramiento y desesperanza. Lo irracional, lo desnaturalizado, lo inmisericorde o lo injusto, ya no tienen, desde entonces, la última palabra. Lo plasmó real y verdaderamente el místico: “La cruz de Dios ha querido ser el dolor de cada uno; para que el dolor de cada uno sea la cruz de Dios”.

Y con proféticas palabras de un escritor de nuestros días exclamamos: “Corremos el peligro de considerar la pasión de Señor como cerrada o circunscrita al “padeció en Tiempos de Poncio Pilato... Pero hay que gritarlo: No podemos olvidar su otra pasión, la de hoy, sufrida en los miembros dolientes de su cuerpo, que somos todos nosotros”.

En el horizonte del dolor y del sufrimiento, de la enfermedad y de la muerte, aparece el Señor Resucitado, dando Sentido, Luz y Esperanza. ¡Él vence todo mal! ¡Con Él todo vuelve a recobrar nuevo sentido!!Hasta el más dramático mal que nos hayan infligido!...

En un muro de un campo de concentración alemán, alguien grabó estas palabras: “Señor, acuérdate no sólo de los hombres y mujeres de buena voluntad, sino también de los de mala voluntad. No te acuerdes sólo del sufrimiento que nos han infligido. Acuérdate de los frutos que hemos dado gracias a nuestro sufrimiento. Y, cuando ellos, nuestros verdugos, sean juzgados que todos estos frutos de nuestro sufrimiento sean, su recompensa y su perdón”.

 

Raúl Berzosa, obispo

Religión Digital

 

1 Cf. R. BERZOSA, Nuevos signos de los tiempos. Retos y posibilidades para la misión, Fonte-Monte Carmelo 2018.

2 Cf. R. BERZOSA, Cibercultura y ecología. Evangelizar en un cambio de época, Monte Carmelo, Burgos 2016.

3 J.L. RUIZ DE LA PEÑA, Teología de la creación, Sal Terrae, 6 ª edic, Santander 1988,159-162.

4 Cf. J.M. ROVIRA BELLOSO, Tratado de Dios uno y Trino, Secretariado Trinitario, Salamanca 1993, 364-369.

Read 1376 times
Login to post comments