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LAS MUJERES SON EL ÚNICO COLECTIVO HUMANO CON EL QUE JESÚS JAMÁS TUVO PROBLEMA ALGUNO

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Una de las cosas que más me han llamado la atención, en la lectura y estudio de los evangelios, es que en ellos se relatan los numerosos conflictos y enfrentamientos, que tuvo Jesús, con distintos grupos humanos y personas. Desde las más altas autoridades religiosas hasta los mismos discípulos que le acompañaban. Pero también en los evangelios, hay un dato que llama poderosamente la atención: las mujeres son el único colectivo humano con el que Jesús jamás tuvo ni un roce, ni una discusión, ni problema alguno. Incluso en el caso de aquella mujer cananea, que le suplicaba la curación de su hija enferma (Mc 7, 26 par), parece que Jesús le dio una mala respuesta (Mc 7, 28 par). Pero el cariño de aquella madre fue tan grande, que hasta le hizo decir a Jesús: “¡Mujer qué grande es tu fe!” (Mt 15, 28). Y la hija quedó curada.

Insisto: Jesús siempre estuvo de parte de las mujeres. Un buen grupo de ellas le acompañaba en sus viajes (Lc 8, 1-3). Y siempre se puso de parte de ellas, aunque se tratase de adúlteras (Jn 8, 1-11) o prostitutas (Lc 7, 36-50). Sus grandes amistades fueron mujeres (Lc 10, 38-42; Jn 11, 1-46). Por una mujer, Jesús se dejó perfumar con un perfume valioso (Jn 12, 1-8). Y las mujeres fueron quienes se mantuvieron fieles a Jesús en su pasión y muerte: en el camino del Calvario (Lc 23, 27-31) y después de la muerte (Mc 15, 40-41), ante la cruz.

Es más, Jesús llegó a anular la ley de Moisés (Dt 24, 1), precisamente cuando le concedía al marido el derecho a repudiar a su mujer (Mt 19, 3-9). Y, por lo demás, los relatos de la resurrección destacan a las mujeres de manera que ellas fueron los primeros testigos del Resucitado.

Cuando pensamos que Jesús le dijo a Pedro que era un “Satanás” (Mt 16, 23). Y se lo dijo poco después de asegurar que el mismo Pedro iba a ser la “roca” sobre la que Cristo pensaba edificar su Iglesia (Mt 16, 18). Pero Pedro no tuvo bastante con enfrentarse así a Jesús. Es que, además, en la Pasión, Pedro renegó tres veces que él conociera o fuera de los de Jesús. Y, al final, Judas lo traicionó y los demás huyeron, dejando solo a Jesús.

En la cena de despedida, Jesús les impuso a sus discípulos tres mandatos: 1º) Tenían que ir por la vida haciendo lo que él hizo aquella noche: lavar los pies a los demás. O sea, tenían que hacerse esclavos de todos, ya que eso era lo que hacían los esclavos: lavar los pies. 2ª) Tenían que partir y compartir el pan y el vino con los demás, ya que, en ese pan y en ese vino (en pan y el vino de la “eucaristía”), está realmente presente el mismo Jesús. 3º) En el evangelio de Juan, no se recuerda el mando eucarístico y, en su lugar, se nos dice que Jesús impuso el “mandato nuevo”: “que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34-35).

¿Por qué este tercer mandato es “nuevo”? Porque aquí ya no se recuerda ni el amor a Dios sobre todas las cosas. Porque en el “otro”, sea quien sea, ahí es donde “está Dios”. De forma que sólo el que ama al otro, ése es el que conoce a Dios (1 Jn 4, 7-21).

"¿Cómo es posible que la Iglesia haya organizado las cosas de manera que desobedece a lo que Jesús nos dijo y no mandó?"

Ahora bien, si todo esto es verdad (y es lo que nos dice nuestra Fe), ¿cómo es posible que la Iglesia haya organizado las cosas de manera que desobedece a lo que Jesús nos dijo y no mandó y, además, no sólo se queda tan tranquila esta Iglesia que tenemos, sino que además desobedece a Jesús con el convencimiento de que hace lo que tiene que hacer?

¿Cómo es posible que esto esté ocurriendo? Si hay tantos obispos que viven en palacios, se ponen vestimentas que nadie más se pone, tienen privilegios que nadie más tiene, se creen que tienen poderes que Dios les ha dado a ellos, y a nadie más que a ellos, ¿no es lógico e inevitable que en la Iglesia esté pasando lo que todos vemos que ocurre? Hay obispos que ocultan delitos, inmatriculan para sus diócesis propiedades de incalculable valor, premian al que les conviene, castigan al que les parece que debe ser castigado, cobran dinero por entrar en la “casa de Dios”. Y hacen tales cosas pensando que todo eso es la voluntad de Dios.

Si digo estas cosas, es por lo mucho que quiero a la Iglesia. Pero la Iglesia que quiero –y la que todos tendríamos que querer– es la Iglesia que vive lo más parecido posible a como vivió Jesús, el Señor, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios. Si no tomamos en serio el Evangelio, ¿de qué nos sirve ser muy “canónicos”, muy “piadosos” y muy “clericales”? ¿No es todo eso un enorme engaño, en lugar de ser el camino que nos trazó Jesús, el Señor?

Y termino haciendo una pregunta: ¿cómo es posible que las mujeres sigan en esta Iglesia, que las margina, las excluye, las anula en tantas cosas…? ¿Por qué siguen en una Iglesia que, anclada en siglos muy pasados, se niega y se resiste a que digan misa o que puedan ser esposas de sacerdotes? Si Jesús no prohibió nada de eso, ¿por qué lo prohibimos nosotros y encima nos quedamos con la conciencia del deber cumplido? ¿Qué es más importante: agradar a unos cuantos cardenales o servir al mundo entero?

 

José María Castillo

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