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LIMPIAR Y PONER FLORES, QUE LO HAGAN LOS SEÑORES

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En la calle, pero pegadas a la verja de la Catedral de la Almudena, esta mañana decenas de mujeres y también muchos hombres han descrito con cánticos de protesta la situación de “profunda discriminación” que viven dentro de la Iglesia: “Limpiar y poner flores, que lo hagan los señores”. Y es que no se puede negar que la imagen más común, la de una parroquia aleatoria, es aquella en la que ellos predican las homilías, consagran el pan y votan en los concilios, mientras ellas son las que friegan las baldosas del templo, las que preparan las flores, las que atienden a los niños y padres de la catequesis, sin voz para la toma de decisiones.

Reunidas bajo la convocatoria “Revuelta de mujeres en la Iglesia” (cuyo lema “Hasta que la igualdad se haga costumbre” se ha expandido estos últimos días por las redes sociales de las múltiples asociaciones, comunidades de base, parroquias y colectivos eclesiásticos en los que las mujeres participan activamente), a las 12 de la mañana han comenzado un evento de reivindicación exuberante pero pacífica y muy organizada, en el que han dado a conocer sus propuestas de cambios en la Iglesia.

“Estamos cansadas de las incoherencias y autoritarismos que vivimos a diario”, han expresado en su manifiesto, escrito a decenas de manos y leído por decenas de representantes. Con vitalidad y altavoces, han exigido el “acceso al diaconado y al presbiterado femenino”, y el fin de las “múltiples formas de invisibilización” que sufren las mujeres de Iglesia.

Homenaje a las olvidadas de la Historia

Además de palabras de protesta y reivindicación de derechos, la revuelta de mujeres ha establecido dos momentos del acto dedicados a hacer memoria y homenaje a las olvidadas de la Historia de la Iglesia. Levantando pancartas, han recordado en el micrófono la trascendencia de mujeres bíblicas como María de Nazaret o María Magdalena. Quien, cuando conoció a Jesús, “descubrió que la vida que llevaba no la hacía feliz, y empezó de cero”.

Mujeres de principio y de principios, que han existido desde la Antigüedad (Diaconisa Febe, Tecla) pero han sido infravaloradas. Mujeres medievales (Hildegarda de Bingen), encarceladas o acusadas de herejía por denunciar la corrupción de la jerarquía eclesiástica (la beguina Margarita Porete, que terminó en la hoguera). Mujeres racializadas como Josefina Bakhita, que fue vendida como esclava cinco veces. Que recuerda que “Dios también es mujer y negra” y que, como dice el manifiesto del movimiento, “este sistema expolia la tierra, fomenta la feminización de la pobreza y favorece la explotación laboral y sexual de las mujeres”.

 “Nos reunimos fuera porque fuera nos dejan por ser mujeres”

El siguiente momento de homenaje fue el llamado “Gesto de silencio”: un minuto de pausa en el que las mujeres en revuelta se pusieron el pañuelo en la boca y reflexionaron sobre todas aquellas a las que la desigualdad llenó de frío y de frustración. Sin embargo, algo bailaba en ese silencio, liberándolo de su carácter categórico: danza, expresión corporal, manos entrelazadas… acompañaron también este momento de recogimiento en medio de la alegría compulsiva de la revuelta.

“Nos reunimos fuera de la Iglesia porque fueran nos dejan por ser mujeres”, volvieron a clamar las protagonistas, muchas de ellas miembros de colectivos como María 2.0 o el movimiento internacional Voices of faith. “El cura, esta mañana, me ha dicho que no viniera”, le cuenta una asistente a su compañera. Esa es la realidad que afrontan la mayoría de ellas: una Iglesia que nos las comprende, pero que las exige compromiso; sacerdotes que no sienten la más ligera curiosidad por acercarse a la catedral de Madrid a conocer cómo se sienten las laicas de sus equipos pastorales. En cambio, ellas no pierden la esperanza en que se abran puertas al diálogo.

“Espero que se sienten a hablar con nosotras”

“La Iglesia gana mucho si nos escucha”, afirma María García, que con 22 años es catequista en una iglesia de Vallecas. Implicada hasta el fondo en la red de mujeres que ha organizado el acto, confiesa aprender a diario de las veteranas: “Muchas en el grupo son teólogas, juristas, psicólogas…”. Dato que recuerda a una de las denuncias del manifiesto de la revuelta: “la desproporción de teólogas preparadas y los puestos que ocupan como docentes en las facultades”.

Sobre el escenario, María ha leído el fragmento que rechaza una “moral sexual” sustentada en las prohibiciones y censuras, así como “el lenguaje patriarcal y sexista de las homilías, textos litúrgicos y documentos”. La joven diagnostica el desconocimiento acerca de figuras relevantes del feminismo en la Iglesia (“los propios creyentes no las conocemos”), pero confía precisamente en eso, en la educación, como principio para construir una cultura de igualdad y corresponsabilidad dentro y fuera de la Iglesia. “El mensaje de Jesús es un mensaje de igualdad. Yo no me estoy inventando nada en catequesis: Jesús ya era feminista, y se lo transmito a mis chavales”, cuenta. Apunta al futuro (“Seguiremos convocando la revuelta cada año, hasta que la igualdad se realice”) y pide que esos varones que toman las decisiones sepan responder a corto plazo: “Espero que se sienten a hablar con nosotras, para que haya cambios sustanciales en la estructura de la Iglesia”.

¿Qué costumbres debe perder la Institución?

Atendiendo a las canciones y al manifiesto de la revuelta, quedan explicitadas las respuestas a esta pregunta que están ofreciendo las mujeres del movimiento. La Iglesia, lo primero, debería dejar de culpar a la mujer por su cuerpo, de la censura de la indumentaria o el comportamiento social a las polémicas en torno al aborto. Debería dejar de defender el peligroso estereotipo de mujer virgen, madre, humilde, tranquila, entregada… “Soy lesbiana, ¿y qué?”, “soy divorciada, ¿y qué?”, han gritado en La Almudena. Porque no quieren seguir siendo le mujer vergonzosa, doliente y vulnerable que la tradición eclesiástica ha predicado.

La Iglesia debe, también, dejar de considerar “adoctrinamiento de género” a la educación afectivo-sexual, que previene las diferentes formas de violencia contra la mujer. De la misma manera, la Iglesia debe asumir la mutualidad en los cuidados (“¿Qué sería de la Iglesia si dejáramos de hacer todos estos trabajos?”, reza el manifiesto) y empezar a reconocer y normalizar “la diversidad de familias, identidades y orientación sexual” que existe en la sociedad y entre la feligresía de una parroquia.

Una hora y media después del comienzo del evento, la esquina de la catedral huele a perfume y sigue llena. Las mujeres entonan rimas firmes: “Con voz, con voz, así nos quiere Dios”, “Marta y María también se sumarían”. Tienen claro que una Iglesia clericalizada y masculinizada nunca las ha representado. Que no quieren más condescendencia, sino oportunidades reales. Nunca más sirvientas, apartadas, escrutadas, inferiores. Simplemente iguales. “Iglesia, despierta: cristianas en revuelta”.

 

Lucía López Alonso

Religión Digital

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