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LA POSESIÓN DE ARMAS ATÓMICAS ES INMORAL

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“Todavía hoy se sigue escuchando fuerte el grito de los que ya no están”. Con esas palabras demoledoras, Francisco planteó desde el inicio de su discurso de este domingo en Hiroshima el rechazo absoluto a las armas nucleares y la importancia de recordar lo sucedido en el trágico agosto de 1945 como garantía de un futuro fraterno.

Su rechazo al armamentismo nuclear es un constante. Pero hoy subió la apuesta: ya había dicho el mes pasado que el uso de energía atómica para la guerra es "inmoral". Hoy, en la única frase que agregó al discurso escrito, fue más allá, directo a los nueve países con bombas atómicas: "La posesión de armas atómicas es inmoral".

Como es su estilo, Jorge Bergoglio empezó su discurso en Hiroshima poniendo en el centro a las miles de víctimas del ataque atómico del 6 de agosto de agosto de 1945, cuando "Litlle Boy" cayó del cielo: “

Todos quedaron unidos por un mismo destino, en una hora tremenda que marcó para siempre, no sólo la historia de este país sino el rostro de la humanidad”

Frente a él, entre las 1.300 personas, se encontraban 20 sobrevivientes del bombardeo del 6 de agosto de 1945 en Hiroshima, los denominados “hibakusha”. Una de ellas, Yoshiko Kajimoto, recordó a la precisión el instante en el que, aquel día, "en el momento en que una luz azul entró por la ventana, pensé que era una bomba", al tiempo que lamentó cómo aún 74 años después sigue luchando contra el cáncer y la leucemia.

Murieron 80.000 personas al instante

"Nadie en este mundo puede imaginarse semejante imagen de infierno", evocó. De marco, el reloj que aún marca las 8.15, la hora en la que la por primera vez caía una bomba atómica en la tierra, y que inmediatamente mató a 80.000 personas.

Fue así que, luego del discurso de unas pocas horas antes en Nagasaki, centrado en la convocatoria a los líderes para que de una vez frenen el armamentismo, Bergoglio centró sus palabras en Hiroshima tanto en el rechazo a las armas atómicas como en la importancia de preservar en la memoria mundial ese episodio doloroso.

“Hago memoria aquí de todas las víctimas y me inclino ante la fuerza y la dignidad de aquellos que, habiendo sobrevivido a esos primeros momentos, han soportado en sus cuerpos durante muchos años los sufrimientos más agudos y, en sus mentes, los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo su energía vital”, planteó en esa dirección.

El Parque Conmemorativo de la Paz, de más de 122.000 metros cuadrados, está dedicado al legado de Hiroshima como la primera ciudad en sufrir un ataque nuclear y a la memoria de todas las víctimas de la bomba. El parque se terminó de completar en 1954 y su diseño corrió a cargo de Tange Kenzo, el famoso arquitecto japonés que también fue responsable de la sede de la Fuji TV en Odaiba o de los edificios del Gobierno Metropolitano de Tokio, entre otros.

“He venido a este lugar lleno de memoria y de futuro trayendo el grito de los pobres, que son siempre las víctimas más indefensas del odio y de los conflictos. Quisiera humildemente ser la voz de aquellos cuya voz no es escuchada, y que miran con inquietud y angustia las crecientes tensiones que atraviesan nuestro tiempo, las inaceptables desigualdades e injusticias que amenazan la convivencia humana, la grave incapacidad de cuidar nuestra casa común, el recurso continuo y espasmódico de las armas, como si estas pudieran garantizar un futuro de paz”, reclamó.

El escenario, fue inmejorable: el denominado Cenotafio Memorial de la Paz de la Ciudad de Hiroshima, erigido “para conmemorar la reconstrucción de Hiroshima como ciudad de la paz tras convertirse en la primera ciudad del mundo destruida por el poder de una bomba atómica”.

Se trata de una escultura que homenajea a las antiguas construcciones que había en la zona antes de la caída de la bomba, y bajo ella una cámara de piedra en la que se guarda la lista de nombres de las casi 300 mil personas de todo el mundo que han sido víctimas de las bombas atómicas, tanto dentro como fuera de Japón. Su famoso epitafio dice así: “Descansad en paz, ya que no permitiremos que esto vuelva a ocurrir”.

Seremos juzgados por esto

Así, el pontífice reiteró uno de los ejes de su discurso: “que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común”.

“El uso de la energía atómica con fines de guerra es inmoral. Seremos juzgados por esto. Las nuevas generaciones se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra”, reclamó.

“¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?”

“La construcción de la paz en la verdad y en la justicia significa reconocer que son muchas y muy grandes las diferencias entre los hombres en ciencia, virtud, inteligencia y bienes materiales, lo cual jamás puede justificar el propósito de imponer a los demás los propios intereses particulares”, planteó luego.

“Por el contrario, todo esto constituye una fuente de mayor responsabilidad y respeto. Asimismo, las comunidades políticas, que legítimamente pueden diferir entre sí en términos de cultura o desarrollo económico, están llamadas a comprometerse a trabajar por el progreso común, por el bien de todos”, convocó.

“¿Cómo podemos proponer la paz si frecuentamos la intimidación bélica nuclear como recurso legítimo para la resolución de los conflictos? Que este abismo de dolor evoque los límites que jamás se pueden atravesar. La verdadera paz sólo puede ser una paz desarmada”, se preguntó.

Recordar, caminar juntos, proteger

El mensaje del Papa, sus gestos, sus llamados estuvieron centrados en “recordar, caminar juntos, proteger”.

“Estos son tres imperativos morales que, precisamente aquí en Hiroshima, adquieren un significado aún más fuerte y universal, y tienen la capacidad de abrir un auténtico camino de paz”, propuso.

“Por lo tanto, no podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno; recuerdo expansivo capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, especialmente de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones; memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!”, convocó, en un grito cargado de simbolismo: El “Nunca más”, fue la expresión con la que cerraron su alegato quienes enjuiciaron a los militares de la última dictadura argentina.

Su grito final resumió el que sin dudas ya es de los días más emblemáticos de su pontificado: “¡Nunca más la guerra, nunca más el rugido de las armas, nunca más tanto sufrimiento!”.

 

Hernán Reyes Alcaide, enviado especial a Tokio

Religión Digital

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