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NOÉ Y OTRAS LUDOPATÍAS

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Como sucedió en tiempos de Noé, sucederá también en los días en que venga el Hijo del hombre…” (Lc 17,26).

La noticia se había corrido como pólvora: “Noé tiene alzheimer”. “- No, es demencia senil” decían otros. “-Nosotros ya le veíamos raro hace tiempo”, añadieron los más enterados. Fuera lo que fuera, las señales eran alarmantes: una cosa es que, de siempre, le hubiera gustado el bricolaje, pero lo de ahora era otra cosa: había talado árboles hasta dejar un claro en medio del bosque, serraba madera haciendo listones y había comenzado a montar un armazón inmenso y extraño. “- Construyo un arca”, contestó secamente a los curiosos. “-Me lo ha mandado el Señor y tengo que calafatearla para que pueda flotar”. “-¿Cómo que flotar? Pero Noé, hombre, que se te ha ido la olla, que estamos a más de mil kilómetros del mar… ¿Es que piensas ir empujándola hasta la orilla?”. “-Va a haber un diluvio y punto. Lo ha dicho el Señor. No hay más preguntas”. Y ya no volvió a abrir la boca. “-Pobrecillo, qué pena da”, dijeron los más compasivos. Los más cínicos se acercaban de vez en cuando por allí para burlarse: “¿-Y para cuándo dices que llegan las lluvias?”; “- A mí resérvame un buen camarote, el de mi suegra puede estar cerca de las pocilgas”; “-¿Qué suplemento hay que pagar para llevar más de una pareja de gatos?”. Y Noé callado, impertérrito, construyendo el arca, como le había dicho el Señor.

Los discípulos conocían la historia de Noé y seguramente también el midrash en el que, al comentar el Génesis, los sabios alababan la obediencia de Noé que se arriesgó a creer que la palabra del Señor se cumpliría, a pesar de las burlas de sus vecinos. Y quizá pensaron más de una vez, cuando arreciaban las críticas en torno a ellos, que se estaba repitiendo lo de Noé y que iban a tener que acostumbrarse a que aquel Reino del que hablaba su Maestro tuviera algo de un-arca-tierra-adentro.

Les cuestionaban los demás y se cuestionaban ellos mismos: ¿no era rarísimo dedicarse a tantas las causas perdidas, desvelarse por personas o grupos no cualificados ni rentables, carentes de influencia y de significación social o religiosa, desprovistos de influencia? ¿Qué garantía de futuro podía tener tanta atención a enfermos, mujeres, niños, publicanos, extranjeros? ¿No era un disparate juntarse con recaudadores de impuestos y prescindir de un escriba, del prestigio intachable de un fariseo, del poder de un saduceo o de la rectitud y el ascetismo de un esenio? En tiempos tan duros como los que estaban viviendo ¿no era una locura optar por “comportamientos débiles” de no apagar mechas vacilante ni quebrar cañas cascadas?

Tenían que construir “un arca-tierra-adentro” con la misma terca obediencia de Noé. Tenían que aguantar burlas por estar dejando atrás comportamientos seguros y familiares y avanzar por un camino desconocido e incierto sin más garantía que la palabra dada por Jesús.

También en nuestras pequeñas vidas en las que querríamos tener todo previsto y acomodado pueden entrar, como un torbellino de Adviento, el riesgo, la alarma y el sobresalto que provoca el juego. El mismo juego que Jesús se atrevió a jugar antes que nosotros.

 

Dolores Aleixandre

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