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OTRA CUMBRE DEL CLIMA

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Todo indica que lo único que puede quebrar el proceso de destrucción de nuestro hábitat, es un cambio generalizado de costumbres que instaure una sociedad mucho más austera regida por un modelo económico muy diferente al que tenemos. Pero claro, esto nunca se va a plantear en una cumbre del clima porque es un plato demasiado fuerte para este tipo de evento. Por esa razón seguirán proponiendo soluciones técnicas para atajar lo que en realidad es un problema de índole netamente política o sociológica.

Acabará la cumbre y nuevamente nos propondrán más recursos para la ciencia, más molinillos, más coches eléctricos, más placas solares, y en definitiva, más tecnología, más negocio, más economía... es decir, más de lo que nos ha abocado al desastre... Más huída hacia adelante como pollos sin cabeza. Luego brindarán con champán por el éxito de la cumbre delante de las cámaras, y nos dejarán a todos con la sensación de que nos estamos esforzando en poner los medios para detener el problema. Acallarán su conciencia y nuestra conciencia, y todos contentos.

Y así, cumbre tras cumbre, se irá consumando la tragedia, pues la única solución pasa por dinamitar nuestra forma de vivir, y esto lógicamente da mucho vértigo. Pero la realidad es que solo tenemos dos caminos entre los que elegir: una austeridad controlada desde ahora, o una austeridad caótica a la vuelta de unos años. Y si alguien afirma que hay una tercera vía tecnológica, si dice que podemos seguir derrochando y destruyendo porque la ciencia acabará encontrando la salida de este laberinto, o se está engañando o nos está engañando. Resulta temerario vivir permanentemente confiados en que aparezcan nuevos logros científicos que nos saquen de los atolladeros en que nos han metido otros “logros” anteriores, y de hecho, esta actitud está produciendo una situación incontrolable y cada vez más difícil de superar.

Hemos hablado de vértigo, pues es evidente que si dejamos de derrochar se enfría notablemente la economía y aumenta notablemente el paro. Pero es lo que hay. Hemos inflado de tal modo la burbuja que ahora no la podemos desinflar sin que nos explote en las narices. Quizás se pudiese paliar el efecto apostando por otro modelo económico más doméstico y mucho más intensivo en mano de obra, pero en cualquier caso, la situación es de tal gravedad, que si alguien piensa que vamos a salir indemnes de ella, es que no se está enterando de nada.

En buena lógica, no podemos esperar que sean los líderes mundiales los que vayan a promover este camino, pues bastante tienen con conservar la poltrona sin meterse en números de caballería que disparen su impopularidad. Han convertido el bienestar en un ídolo y ninguno de ellos va a tener el valor de derribarlo. Pero los ídolos exigen sacrificios, y en este caso el sacrificado es el hábitat del que depende nuestra supervivencia.

La alternativa sería que la promoviésemos nosotros; el pueblo llano. Que arrepentidos de la vileza que estamos cometiendo con nuestros descendientes decidiésemos bajar nuestro tren de vida; cada uno el suyo. Pero nosotros tampoco estamos por la labor. Hacemos permanente profesión de ecologismo, nos indignamos con la pasividad de los dirigentes, pero no estamos dispuesto a modificar un ápice nuestros hábitos para darle alguna oportunidad a este mundo.

No, nada mueve al optimismo; ni al más mínimo optimismo. Por una parte, la promesa de redención con la que se presentó la ciencia se ha convertido en la mayor amenaza de la historia. Por otra, cuando más precisa la humanidad de una ética que conjure la catástrofe que se avecina, menor carga moral existe en la conciencia ciudadana.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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