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¡HAGAN JUEGO, SEÑORES!

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No castigaré hoy al lector arrastrándolo al tedioso partido de las elecciones generales en España, partido de cuarta división y sin ilusión. ¡Ojalá que, al menos, el juego sea limpio! Vamos a algo más trascendente para nuestro propósito.

La del sentido del humor y la de la risa son capacidades esenciales para el buen desarrollo de una vida humana lograda y digna.  Lo mismo puede decirse de la dimensión lúdica de esa vida. Consciente o inconscientemente, es muchísimo el tiempo que, a lo largo de nuestra vida, dedicamos a jugar. También lo hacen los demás animales. Nos asombraría pararnos a reflexionar sobre la cantidad de juegos y de formas de jugar con que nos divertimos los humanos. Seguramente dedicamos tanto o más tiempo a lo lúdico que al sueño y al trabajo.

Afortunadamente, hemos ido robándole tiempo a un trabajo esclavo que requería trabajar de sol a sol para llevar un plato de comida a la mesa familiar. La mayor parte de ese tiempo “libre” o nos aburrimos o lo dedicamos a la diversión o al vicio. No me cabe la menor duda de que achicar el tiempo de trabajo y aumentar el del ocio ha sido uno de los grandes avances de la civilización en cuanto a la dignificación de la vida humana se refiere.

Tiempo de ocio

“Desde niños nos hemos sentido atraídos por el juego de forma irresistible”, dice el maestro Chávarri, fallecido hace muy poco en Pamplona. Y continúa: “En él hemos encontrado el desarrollo de numerosas manifestaciones vitales implicadas en la diversión, en el entretenimiento, en el esparcimiento; en la competición, en la lucha y en la relajación; en el espectáculo, en la apuesta, en la victoria, en la derrota y en el empate”.

El juego, entendiendo por tal las actividades que nos procuran diversión, está sometido, como ocurre con el resto de la actividad humana, a los vaivenes de la pugna incesante, producto de nuestra misma libertad, entre valores y contravalores. De cómo transcurra esa contienda, de que en lo lúdico haya más y mejores valores, dependerá que una parte importante de nuestra vida sea libre o esclava, excelente o mediocre.

Valores lúdicos

Competir en un juego honestamente por una victoria o, al menos, por un empate, o incluso porque la inevitable y presumible derrota no sea abultada, conscientes de que saber perder requiere dignidad, es una actividad que ennoblece al ser humano. El poderoso motor de la vida humana, sometido a tantas revoluciones por el hecho de tener que trabajar para vivir dignamente, necesita, por un lado, entrenamiento para sacarle el mejor partido a los propios conocimientos y habilidades y, por otro, que el trabajo sea divertido en lo posible. Solo así dispondremos de un buen tubo de escape para dar salida tanto a las tensiones musculares como a la sobrecarga emocional.

El juego es tan característico de la vida humana que incluso podemos considerarla a ella misma como lucha permanente, con victorias y derrotas, entre lo bueno y lo mejor, lo mediocre y lo bueno y lo peor y lo menos malo, en todas y cada una de las dimensiones vitales.

Son muchos los valores que alimentan la dimensión lúdica de la vida y que es preciso fomentar y mejorar, pero no son menos los correspondientes contravalores que es preciso eliminar o, cuando menos, contrarrestar achicando su alcance. Por un lado, los juegos desarrollan muchas de las habilidades humanas tanto para idear y fabricar los elementos necesarios para muchos juegos y establecer sus reglamentos, como para manejarlos con destreza. Por otro, el desarrollo mismo de los juegos requiere que se pueda poner en ellos todo el empeño, sin miedos ni presiones, y que se lleven a efecto sin trampas ni engaños, a excepción, claro está, de los de envite, cuya especificidad es la habilidad para engañar al oponente. Además, está la gran virtud de formar equipo al exigirnos unir fuerzas en muchas competiciones. Como en cualquier otra dimensión de la vida, también en la lúdica se requiere que los juegos no estén amañados ni sean fraudulentos.

Los cristianos, acostumbrados en otros tiempos a ser la estrella festiva del acontecer comunitario, no deberíamos lamentar ni tener celos de las competiciones deportivas actuales, convertidas en espectáculos de masas. Es obvio que, mientras los templos se quedan vacíos, salvo que el culto lo presida una de las grandes estrellas del cristianismo, como ocurre con las misas celebradas por el papa en espacios abiertos, los campos de tenis, de baloncesto y de fútbol se llenan con frecuencia hasta la bandera y en las taquillas se cuelgue el cartel de “no hay billetes”. ¡Fecundo campo de evangelización si los cristianos fomentamos los valores lúdicos!

Las gentes de nuestro tiempo ya no necesitan ir a las iglesias a ganarse el cielo o a “embaír” lujosamente la mañana de los domingos, como ocurría en España no hace mucho, pero sí a los estadios para soltar amarras, descargar nervios, olvidar preocupaciones y armarse de ilusiones y de motivos para afianzar la autoestima y entablar conversaciones vibrantes. Por ello, me sospecho que hay partidos de fútbol que son más eucaristía que las misas celebradas en algunas iglesias.

Catolicidad del fútbol

Insisto en que, dada la enorme cantidad de tiempo libre de que hoy disponemos al habernos sacudido de encima el yugo del trabajo de sol a sol de otros tiempos, como si de un castigo divino se tratara, los cristianos tenemos que ser los primeros en realzar los valores lúdicos que las competiciones deportivas fomentan. Se trata de valores con gran influencia en las demás dimensiones de la vida.

El fútbol, por ejemplo, es un lenguaje de carácter universal en torno a cuyo contenido todo el mundo se entiende sin dificultad. Pude comprobarlo hace unos años en los aledaños de Amman con unos niños que jugaban al fútbol en la calle, algunos de los cuales vestían una camiseta del Barcelona. Aunque no entendían mi balbuciente inglés, mi mujer y yo les hicimos saber que vivíamos en la tierra donde había nacido Luis Enrique.

Bastó ese detalle para que nos dedicaran sus mejores sonrisas, se sintieran ufanos de nuestra presencia allí y se comportaran como nuestros amigos.  El fútbol genera intensas relaciones sociales y llena de diversión un tiempo de comunicación social que, de quedar vacío, podría servir para aficiones o vicios peligrosos.

Sin embargo, es de lamentar que, por mor del dinero que mueven y por el fanatismo cultural que arrastran, lo partidos de fútbol se conviertan muchas veces en factor de trampas y de enfrentamientos violentos, cuando lo normal es que solo lo fueran de entretenimiento deportivo. En este contexto, cabe subrayar, además, que la victoria, el empate y la derrota recolocan nuestra vida entera, construida toda ella sobre esos mismos cimientos. ¡Vivir es de suyo un magnífico deporte! ¡Ojalá que los políticos españoles jueguen hoy un partido limpio que logre ilusionarnos!

 

Ramón Hernández Martín

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