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DETRÁS DE LAS APARIENCIAS

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

10 noviembre 2019

Lc 20, 27-38

Al yo le gusta la casuística. Le entretiene y le permite divagar, a la vez que fortalece su idea de que las cosas son como él –la mente– las percibe, lo cual alimenta también su creencia de que lleva el control.

Sin embargo, todas esas preguntas nunca podrán conducirnos más allá de la mente. Eso explica que nunca terminen y que fácilmente nos enreden en conceptos que, en definitiva, nos alejan de la genuina comprensión.

Esas preguntas tienen su lugar y muestran su valor en todo lo relacionado con el mundo de las formas u objetos, pero se revelan absolutamente inútiles cuando queremos transcender el estado mental.

Ante tal constatación, podemos encontrar una clave pedagógica de primera importancia, que consiste en traducir cualquier pregunta mental en esta otra: “¿qué soy yo?”. Esta es la primera pregunta, porque es la única para la que podemos tener una respuesta no-conceptual (que transciende la mente). Todas las demás respuestas son solo constructos mentales, “mapas” construidos por la mente.

Ante esa pregunta, la mente se acalla y es ahí, en el Silencio, donde puede nacer la genuina comprensión.

Mientras no transcendemos la mente, gracias a silenciarla, fácilmente nos perdemos en el mundo de las formas, aunque hagamos elucubraciones eruditas sobre cualquier asunto, pidiendo a la mente lo que no nos puede dar.

Por decirlo metafóricamente, nos ocurre como cuando nos situamos ante la pantalla del cine: nos perdemos en las imágenes que se mueven mientras ignoramos la pantalla que las sostiene.

Tal reacción es comprensible: las imágenes nos fascinan y, en cierto sentido, nos hipnotizan, atrapando toda nuestra atención. Ahí nos sentimos a gusto. Mientras que en el silencio –cuando las formas se silencian– fácilmente nos aburrimos y nos sentimos incómodos. Estamos tan acostumbrados al mundo de las formas que no sabemos qué hacer en la realidad de la no-forma, en Aquello que las sostiene, y que es lo único realmente real. Las formas son apariencias impermanentes; solo la no-forma permanece como “sustrato” último, atemporal y aespacial.

En el relato evangélico, los saduceos se acercan a Jesús pertrechados con preguntas inacabables y que, sin embargo, no conducen a ningún lugar, porque son solo elucubraciones mentales. Jesús los remite a la Vida, como realidad última que se expresa en todas las formas, transcendiéndolas.

¿Me pierdo en las formas manifiestas o me abro a “ver” más allá de ellas?

 

Enrique Martínez Lozano

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