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ENRAIZAD@S EN EL DIOS DE LA VIDA

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Lc 20, 27-38

10 de noviembre de 2019

El evangelio de este domingo nos propone una nueva reflexión, realizada por Jesús, sobre la nueva imagen de Dios y la esencia del ser humano en referencia a su dimensión trascendente. Comienza el texto aludiendo a un momento anterior en el que ha colocado en su lugar natural la dimensión humana, social, económica, política y religiosa. En este momento, la toma de postura de Jesús va a venir por un encuentro tenso con los saduceos. Es importante recordar que ya está cerca la detención de Jesús y el juicio político y religioso al que fue sometido.

Los saduceos pertenecían a la aristocracia sacerdotal de donde provenía el sumo sacerdote. Constituían una de las tres grandes corrientes del pensamiento judío. Su teología era conservadora y sólo aceptaban la Torá escrita rechazando la ley transmitida oralmente. Negaban la resurrección y, esta afirmación, les enfrenta al Maestro. Tuvieron un papel muy relevante en la condena a muerte de Jesús. De hecho, los dos versículos siguientes a este texto, que no recoge la liturgia de hoy, son esenciales para comprender este enfrentamiento: esos dos versículos hablan de que algunos maestros de la ley dijeron a Jesús que tenía razón y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas. Como se puede observar, Jesús usa el argumento de la ley escrita dada a Moisés haciendo referencia a un Dios de vivos y no de muertos. Utilizar este argumento, aunque interpretado por parte de Jesús, le da autoridad y le hace creíble, aparentemente, ante algunos maestros de la ley.

Lo que se pone en cuestión, en este texto, no es sólo la resurrección sino la imagen de Dios desde las nuevas claves de su mensaje. Es verdad que hace referencia al momento de la revelación a Moisés ante la zarza que no se consume. Esta referencia encaja bien para definir que Dios se revela como el SER, como le responde Yahvé a Moisés en el texto del Éxodo. Lo que caracteriza en esencia al Dios de Jesús es la VIDA y un Dios que ES, un Dios presente y vivo, no es una idea que se transmitió en un momento histórico, ni una esperanza futura que conquistaremos a través de nuestras obras, premios y esfuerzos egocéntricos. Dios es trascendente, pero Dios está. Y es una experiencia posible pero transpersonal y transcultural. Vamos hacia un estado que supera las categorías humanas. La pregunta sobre el matrimonio que realizan los saduceos pone de manifiesto esta intuición según la respuesta de Jesús. Este colectivo, que representa a la institución judía, va siendo desestabilizado por Jesús con su discurso. Ellos, preocupados por la pertenencia de la mujer viuda que va pasando de mano en mano hasta ver de quién es propiedad. Jesús, preocupado por recuperar la dignidad esencial del ser humano que explicita claramente que es: “ser hijos e hijas de Dios”. En el ámbito de la fe, como bien dice san Pablo en la carta a los Gálatas, hemos sido revestidos de esa dignidad y ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, TODOS SOMOS UNO, una encarnación del Dios de la Vida; ya no hay roles, ni privilegios, ni ningún constructo humano porque quedará desvanecido ante ese Dios presente que NOS HACE SER desde nuestra raíz divina.

Vivir desde esta convicción y desde esta experiencia tiene unas consecuencias éticas de mucha envergadura en nuestra vida, en nuestra visión del ser humano, de las relaciones humanas, en nuestra fe, en nuestra aportación a la historia y al mundo real de hoy. Vivir desde esta nueva consciencia de SER y de VIVIR podría ser el motor que dé a luz una nueva humanidad.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

 

Rosario Ramos

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