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SÍNODO DE (PARA) AMAZONIA: UN DECÁLOGO CRISTIANO

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He presentado el tema en RD diversas veces desde el 18.11.2010 hasta el 23.6.2019, en relación con A. Labaka (mártir de Amazonia) y con un amigo pasionista, 40 años de misionero Amazonia, sin "bautizar" para una iglesia de “poder externo”, aprendiendo más bien con los “sabios” del gran río (dejándose bautizar por ellos).

Él me decía que una iglesia que viene a la Amazonia con rituales, vestidos, poderes y pecados de imposición colonial, con 20 siglos de cristianismo dominador, no tiene derecho a bautizar e imponerse en Amazonia. Me decía ya entonces (hacia el 1998) que el problema no era convertir a la Amazonia, sino a Roma…

Roma no puede imponer una ley a la Amazonia, sino sólo ofrecer el evangelio encarnado de Jesús... Por el contrario, Amazonia puede y debe ofrecer sus nuevas aguas de cultura originaria a Roma.

Labaka, capuchino y obispo en Amazonia, natural de Beizama, murió mártir de su intento, asesinado (directa o indirectamente) por las multinacionales del progreso petrolero que mata a las personas.

Mi amigo pasionista de Ezkio, murió sin ver cumplido su deseo de evangelio. Él me decía: “Matarán a la Amazonia, y morirá con ella el ser humano, el último amanecer del Evangelio”. Con los últimos ríos limpios de Amazonia, cuando se talen sus últimos bosques para el Capital se suicidará la humanidad, quedará sólo un dinero de muerte.

Mi amigo de Ezkio era pesimista, pero las cosas pueden estar cambiando, con el Papa Francisco y con el Sínodo, si cambia el paradigma anti-ecológico actual, y si la Iglesia vuelve a su principio del Sermón de la Montaña, desde este “nuevo Jordán” de la Amazonia, el corazón del continente sudamericano, con tierras y gentes repartidas entre diversos estados coloniales, de Brasil a Perú, de Ecuador a Bolivia etc.

En esa línea, las noticias que vienen del Sínodo son consoladoras (sin dejar de ser inquietantes, por el rechazo que causan en algunos lugares); en esa línea, ellas pueden marcar el principio de una nueva visión del catolicismo (es decir, de la universalidad real de la iglesia), pero pueden marcar también el triunfo (al menos temporal) de la Iglesia del poder, aliada con el imperialismo ontológico griego, con el feudalismo germano, con el capitalismo ilustrado, desde un clericalismo que se cree "mesías de Dios".

Sea como fuere, este Sínodo plantea por primera vez en más de 10 siglos, desde la llamada “reforma gregoriana” unos temas en los que se juega no sólo la vida de la Iglesia, sino el camino de la nueva humanidad:

Un decálogo del sínodo para la Amazonia

Se trata de volver al Jesús de Galilea, que viene del río Jordán, sin templos como el de Jerusalén, sin estructuras sacerdotales, sin diferencia jerárquica de hombres y mujeres, el Jesús de la vida, de la sanación de los enfermos y excluidos, del reino.

Se trata de superar al Jesús de la ontología helenista, que ha terminado siendo un Jesús de la gran racionalidad impositiva, de la verdad que se demuestra y se prueba con argumentos de “gente superior”, en contra de los bárbaros (como serían los amazónicos...). Se trata de volver al Jesús de Gal 3, 28, donde no hay judíos ni griego, libre ni esclavo, ni hombre y mujer, sino humanidad abierta a la admiración y a la búsqueda de amor en libertad.

Se trata de superar al Jesús romano del imperio religioso, que se empieza estableciendo primero en fraternidad, pero que después se impone con poder. Se trata de superar al Jesús jerárquico (contrario a Flp 2, 6‒11), al Jesús feudal que enseña e impone desde arriba, en una iglesia que termina colonizando a los pueblos en vez de abrir con y para ellos espacios de libertad fraterna.

Se trata de superar una locura progresista del poder que crea bombas atómicas, pero destruye la tierra, el humus o sustrato de la vida. La Amazonia es signo de una sostenibilidad humana, en equilibrio con la naturaleza, el aire, el río, los animales… No se trata de que todos nos hagamos Amazonia en el sentido externo, sino de que aprendamos de la Amazonia, renunciando a un tipo de progreso que lleva al infierno de la muerte ecológica, de la destrucción del sistema de vida de la tierra. En ese sentido, la Amazonia tiene más verdad que la filosofía del logos‒poder de Grecia y que el derecho del imperio jerárquico de Roma.

Se trata de aceptar la vida con su debilidad, con su fragilidad… pero en manos de la Gran Vida, del Dios que es Viviente, en línea de comunión con la tierra, de comunicación en amor de unos con otros. No se trata de volver a las pequeñas tribus, muchas veces en guerra, sino a la comunicación fraterna, amorosa, de los hombres y mujeres, en comunión de vida, con la tierra/divina de la que nacemos, con la Tierra que nos abre a la Resurrección, que es la fraternidad de todos los vivientes en el Dios en que vivimos, nos movemos y existimos.

Se trata de superar el celibato de poder de los clérigos, vinculado a la jerarquía estamental de unos hombres y mujeres que se creen/sienten superiores por renunciar a un tipo de sexo. Ese celibato del poder es una perversión de celibato por el reino que Jesús admite en Mt 29, celibato que vinculas a los hombres y mujeres que lo aceptan con los disminuidos del mundo con un tipo de eunucos. Ese celibato impuesto como signo de poder para ciertos jerarcas eclesiales ha sido una de las desgracias eclesiales, que debe superarse en toda la iglesia, empezando por la Amazonia.

Se trata de superar un tipo unidad/uniformidad de la iglesia, en línea de poder romano‒feudal, vinculada hasta ahora a la cultura/poder dominante, en línea de colonización religiosa. En el espejo de Amazonia la Iglesia descubre los valores, pero también los grandes riesgos de una misión colonizadora, en la línea de la extensión de los imperios coloniales (de Portugal y España, de Holanda, Inglaterra, Francia, USA etc..). Una iglesia colonizadora no es cristiana. Colonizar la Amazonia… significaría destruir uno de los últimos restos de humanidad autónoma, apelando para ello a un progreso que es anticristiano.

Se trata de aceptar la constitución de iglesias autónomas y distintas, que pueden y a mi juicio “deberían” mantenerse en unidad católica, con Roma y con el resto de las iglesias… Pues bien, en esa línea, la que más debe cambiar es Roma, con su estructura de poder religioso, que quiere tenerlo todo atado y bien atado a su poder (pero no al evangelio, que no ata, sino que libera a pueblos y personas).

Desde ese fondo, según eso, el centro de la Iglesia no está en Roma con su “curia” (que es la casa del kyrios, que no es aquí Jesús, sino un tipo de papa‒emperador), pues no hay otro centro que Cristo y los pobres. Según eso, es más centro de la Iglesia la Amazonia que Roma, pues el centro está en la periferia… Una vez dicho eso, desde la Amazonia (desde los pobres y vencidos) podremos buscar una Iglesia en Unidad, donde Roma (la antigua o una nueva), pueda ser signo de primacía del amor, como decía Ignacio de Antioquía en su carta a los Romanos, el más alto documento de eso que podría llamar el “primado del amor”, que es el propio de Roma (un primado que ratifica la primacía de los pobres y humillados de la tierra, no para seguirles hundiendo en su humillación, sino para ascender con ellos, desde ellos, al encuentro de amor universal, del Dios de Jesús, que se revela así Todo en Todos (Rom 15, 28)

10º En ese sentido hay que decir good bye Roma o, de manera más castiza y más eclesial, arrive derci Roma, un adiós que no es para negar y romper, sino para que a Roma le vaya bien (¡cambiando mucho, pero no para que todo siga igual, como decía el M. de Lampedusa, en el Gatopardo), sino para todos podamos encontrar con ella vínculos nuevos de unidad en la diversidad (para vernos así de nuevo, arrivederci), dentro de un mundo que se encuentra entrelazado, donde el agua y el aire, la salud y la libertad son fundamentales para el ser cristiano, en esperanza de resurrección. Arrivederci, nos vemos, nos miramos, nos amamos… desde la Amazonia.

 

Xabier Pikaza

Religión Digital

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