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Libro de la biblia

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SI CADA CUAL ES COMO SE VISTE O LE REVISTEN, LA IGLESIA NO GOZA DE BUENA SALUD

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Me explicaré: “¡hola!” es una interjección invariable que sirve para expresar un estado de ánimo, para llamar la atención, “que se emplea como saludo o para indicar extrañeza”. En nuestro caso, además, y sobre todo, “¡Hola!” es una publicación emeritísima española de inaplazable lectura semanal, cuyas páginas, con mención particular para la portada, están reservadas para reseñas, reportajes, noticias e informaciones de singular relieve social. Salir, haber salido y frecuentar las páginas de “¡Hola!”, es aspiración y reconocimiento de declaración de “persona importante”, lo mismo en masculino que en femenino.

Esto quiere decir que “¡Hola!” es nada menos que estilo de vida. Es aspiración para muchos y muchas. Imprime carácter. Confiere fama y rentabilidad social, política, a veces profesional y en alguna que otra ocasión, hasta “religiosa”.

Y lo es, entre otras cosas extra sacramentales, porque el color propio de los ornamentos “sagrados” les brinda a sus portadores la santa y exuberante posibilidad de lucir sobre todo el rojo, en su rica variedad de versiones y tonalidades granates, morados, amarillos… Este color –el rojo– jerárquico por excelencia en el “Alto Clero”, le aporta lucimiento a los asiduos lectores de “¡Hola!”, al resaltar en los mismos “dignidades”, prestigios y poder que, en definitiva, es lo que importa.

Refiero y proclamo una vez más que la liturgia, por excelencia adoctrinadora de la fe del pueblo, demanda reformas profundas y urgentes. Revestidos escandalosamente de rojo, por “sagrados” que considere la liturgia tales y tan enriquecidos ornamentos, está de más evangelizar, predicar y adoctrinar. Los colores “sagrados” no educan y menos a quienes en relación con la fe permanecen en la infancia del “Jesusito de mi vida”, sin más relación religiosa que la proporcionada por el rito y las ceremonias.

Cardenales de la Iglesia

Edulcorar tal aseveración con explicaciones como la de que, por ejemplo, “el color rojo de la birreta cardenalicia simboliza la voluntad de sus usuarios del derramamiento de sangre, con fidelidad al evangelio, en unidad con el obispo de Roma”, es una tontada de proporciones inefables, además de una ofensa a la cultura, a la inteligencia y al culto, y una falta de respeto, sin descartar el mal gusto de la broma, que en multitud de ocasiones excita a la hilaridad o a la terneza, como desafío al sentido común.

De las sugerencias suscritas es obligado deducir que, si cada cual es como viste, reviste o lo revisten, como se es o se quisiera ser, la religión, en nuestro caso, la Iglesia, no goza de buena salud. Está enferma. Precisa escuchar, atender y entender las palabras de Jesús “levántate y échate a andar” por los caminos de las realidades humanas y divinas y déjate de una vez de ritos, de vanidades, de “importancias” y de intentar ser y comportarse de modo distinto al del resto de los mortales…

Están de más los colores y los colorines, con carácter y piísimas interpretaciones infantiloides, enaltecedoras de lo que comporta y conlleva la condición jerárquica, que no es otra que la de la disponibilidad al servicio a los otros. Para misión-ministerio tan alto, sobran colorines y misteriosos objetos sobre los que anidar. A toda publicación o página que defina de alguna manera la temática religiosa, la desacralizan los llamativos colores jerárquicos, que por definición habrán de aposentarse en “¡Hola!”. Tal publicación jamás será calificada ni como aproximadamente “religiosa” y menos, cristiana, aun cuando los báculos, las mitras y los anillos lo aparenten en algunas ocasiones…

La Iglesia, al estilo de “¡Hola!” tan desdichadamente presente y operativa en la teología y en la pastoral jerárquica, carece de presente y de futuro, pese a las promesas de perpetuidad que lo avalen…

De feliz –infeliz– ocurrencia hubieran calificado algunos, la dedicación de páginas especiales de “¡Hola!”, con ocasión del 75 aniversario del primer número de su publicación, a las supernoticias del conocido como “obispo Rockefeller”, Mons. Michel Bransfield, –ahora “ex” de Wheeling- Charleston–, a quien les han sido contabilizados, “realizados en nombre de la Iglesia”, 150 vuelos en jets privados, con sus correspondientes limusinas y, por si algo faltara, “con acoso sexual a jóvenes sacerdotes y seminaristas”.

 

Antonio Aradillas

Religión Digital

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