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LA TEOLOGÍA DE LA VIDA DE JESÚS, CUATRO PARÁBOLAS (J.P. MEIER)

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He aludido un par de veces a la disputa teológica que el Card. Müller y otros parecen haber iniciado contra al Papa Francisco y su “renovación eclesial” tachándole de aventurero y poco teólogo, a diferencia de Benedicto XVI que fue pensador de gran solidez (y de Juan Pablo II, que se dejó guiar por Ratzinger, para dedicarse él mismo a otras labores).

Vuelvo al tema con cierto rubor, retomando cosas que he venido diciendo en postales anteriores, pero quiero y debo hacerlo pues tengo la impresión de que el Card. Müller no habría aprobado la teología de Jesús. Le hubiera llamado narrador popular, no teólogo de raza, añadiendo: “Déjame Jesús, que voy a arreglar tu teología, para que pueda seguir existiendo esta iglesia, con este Vaticano”.

Jesús no fue teólogo de oficio, sino creyente “de raza”, creador de parábolas.

Así le presenta J. P. Meier, aunque en un volumen anterior de su gran obra (tomo IV: Ley y amor) le toma  quizá como demasiado versado en técnica de leyes. Es evidente que era un hombre de gran profundidad, que supo captar como nadie la experiencia vital de Israel, todo el AT, para condensarse y culminarlo en su movimiento de Reino. Pero, al mismo tiempo, como J. P. Meier dice en este volumen sobre las parábolas, Jesús fue un gran "narrador de parábolas”, como nadie quizá lo había sido. Es muy probable que contara muchas más, pero y las cuatro que J.P. Meier destaca como auténticas (no todas las que él dijo, sino las que podemos tomar críticamente como originales) le presentan como un inmenso creador literario, un poeta‒profetas que no sólo “enseñaba” en línea de teoría, sino que proclamaba (actualizaba, revivía y creaba) el misterio de Dios y de su obra desde la trama y proyecto central de su vida.

Las parábolas han sido el primer y más hondo lenguaje de la Iglesia primitiva,en su vertiente palestina (=judeo-cristiana). En este campo pasamos en muy pocos años (del 30 al 70 d.C.) de cuatro a más de cincuenta parábolas, en la línea de Jesús, desarrollando y reviviendo su experiencia y tarea. Éste es el tesoro (la mayor herencia) de la primer iglesia, vinculada por centro a la historia de Jesús, a diferencia de la iglesia helenista de tipo más paulino, que ha desarrollado más tarde otros lenguajes de tipo alegórico, dogmático... Éste ha sido el "milagro" literario y teológico de la Iglesia primitiva, que transmiten y recrean la más intensa palabra teológica de la Iglesia, que siguió siendo por decenios una iglesia de narraciones simbólicas abiertas a la conversión y compromiso de los creyentes mesiánicos.

Eso significa que debemos recuperar las parábolas, como lenguaje vivo de la Iglesia, en este siglo XXI. En general, la Iglesia posterior, desde el siglo II en adelante, ha creado otros lenguajes buenos (catequético, litúrgico, dogmático, teológico, moralizante...), pero ha olvidado las parábolas, las ha dejado atrás, como algo del pasado. Pero el “ciclo” de ese lenguaje más dogmático y jurídico (como el que quiere conservar el Card. Müller) está llegando a su fin. Pues bien, de un modonueo, sólo recuperando y recreando las parábolas de Jesús (y otras en su línea) podremos retomar la "marcha" y mensaje creador del evangelio.

 Eso significa que la mayoría de las parábolas de los evangelios (¡las más famosas!: Hijo pródigo y Buen Samaritano, Sembrador y Ovejas y cabras, las Diez novias…) han sido “inventados” por cristianos, en la línea de Jesús, pero eso que parece “pérdida” es quizá la mejor ganancia: Jesús fue un hombre que no sólo enseñó, sino que enseño a enseñar, contando parábolas, y así, en su línea, para precisar su mensaje y movimiento, la iglesia primitiva fue la cuna de una exuberancia de parábolas, creadas, recreadas y contadas por gentes cuyo nombre ignoramos. Pablo, que sabía otras cosas interesantes, era un poco negado para contar parábolas, otros le ganaban. Lo mismo pasa con Juan, que era un místico, pero que apenas cuenta parábolas.

En esa línea, como he dicho, la mayoría de las parábolas de los evangelios sinópticos fueran formuladas por cristianos imaginativos y valientes, entre el 30 y 70 d.C. Pero después, la iglesia posterior en su conjunto ha dejado de contar parábolas, perdiendo así su más honda creatividad, y ha escrito sobre cosas mucho menos importantes: Ha formulado una teología muy seria, ha creado una jerarquía muy vistosa, ha organizado el derecho canónico… pero de parábolas casi nada. Esa es la desgracia: La primera iglesia, cuya memoria recogen Marcos, Mateo y Lucas inventó muy pronto has casi 50 parábolas, que nos siguen sosteniendo hasta el día de hoy… Después prácticamente ninguna.

Personalmente, no le puedo echar la culpa al Card. Müller y al conjunto a la iglesia, pues tendría que echarme también a mí la culpa. Como he dicho en alguna otra postal de ese blog, me he dedicado a cosas de teología, treinta años en la Universidad del Episcopado Español y luego más por libre… He escrito quizá hasta casi 50 libros de gorda teología, pero parábolas ninguna… Siento un poco de vergüenza de ello y, cuando me preguntan digo: “Soy un obrero de la teología abstracta, no profeta ni poeta de parábolas…” Pero creo que esa es una respuesta un poco “falsa”, pues la teología de Jesús es proclamación vida, en camino de reino, no teoría medio muerta. Nietzsche   se atrevió a decir en algún lugar que “Dios murió porque le habrían matado los teólogos”. Eso no es quizá del todo cierto, pero tiene parte de verdad.

 

Las cuatro parábolas originales de Jesús según J. P. Meier

Pudo haber dicho y dijo sin duda también otras, pero estas cuatro son muy significativas. Ellas nos sitúan ante la historia‒historia de Jesús, forman parte de su vida, dan “vida” a su movimiento de Reino:

  1. Grano de mostaza(Mc 4:30-32/Mt 13:31-32/Lc 13:18-19/Tomás 20). Parece claro que le acusaron diciendo: ¿Cómo puedes afirmar que viene el Reino? ¿Qué signos ofreces, qué obras realizas…? Jesús no tenía ejércitos para poner en marcha el Reino, ni una legión de escribas sabios o de administradores eficientes de su obra. Nada, un pequeño grupo de discípulos… Ciertamente, él hablaba, era bueno… Pero su predicación y actividad sanadora era muy chica…

Pues bien, es aquí, en este contexto donde Jesús presentó su Reino como “grano de mostaza”, como “palabra de siembra” (la parábola de la siembra de Mc 4 par. desarrolla este motivo, pero en un contexto que parece posterior…). Ésta es la paradoja de su vida y mensaje, de su palabra y obra: Jesús creó y dijo que el Reino de Dios es una palabra sembrada, como la más pequeña de las semillas… No necesita un templo grande como el de Jerusalén, ni legiones como las de Roma. Pero tiene y es lo más grandes: la Palabra creadora de Dios (cf.Gen 1) en forma de semilla.

  1. Invitación personal, la Cena de Dios (Mt 22,2-14 || Lc 14,16-24//Tomás 64). El Reino de Dios no es sólo semilla/principio, sino también llamada final, invitación de Dios que nos convoca al banquete de su vida. Esta parábola recoge la invitación de Jesús al Reino, entendido como Cena (banquete final, bodas) y el rechazo de los invitados oficiales. Dios no exige, Dios no impone por la fuerza, sino que habla a los hombres por dentro y les llama.

            Esta parábola nos sitúa ante el destino de la vida, que es el Destino de Jesús, que ha proclamado su mensaje como gran “oyente de la Palabra”, como aquel que ha escuchado la invitación de Dios, y quiere compartirla con otros, para que también respondan, crean y caminen. Ésta es la parábola del “don originario”, de la meta de paz, el gran “Shalom”, al que Dios nos llama. No nos lleva a la fuerza, no se impone como “diablo que posee” a los hombres y mujeres, sino que nos invita y llama, para que vayamos (si queremos), de manera que el Reino sea nuestro, escogido por nosotros (siendo de Dios).

            Al invitarnos de esta forma, Jesús cree en el futuro de Dios para los hombres (es decir, para nosotros) y de esa forma nos llama, si queremos, abriendo ante nosotros un futuro que no es el de Roma, ni el de las Ideas Eternas de Grecia… ni ningun otro producto de nuestra imaginación, sino nuestra propia vida (nuestra vida en Dios, el Sembrador).

  1. Los talentos, un tesoro de Reino (Mt 25:14-30/Lk 19:12-27/ cf. Tomás 41). Esta parábola se conserva no sólo en el Q (si es que existió), sino en el fondo especial de Mateo y Lucas (que acabamos de citar: M y L). Esta parábola evoca la gracia de Dios, que nos ha dado su “talento” (talento de Reino) pero también su exigencia, es decir, la tarea de escuchar esa llamada, de aceptar ese “talento”, respondiendo así con nuestra propia vida.

            Ésta es la parábola de la responsabilidad: El Reino no es cosa de Dios sólo, sino expresión y resultado de nuestra entrega personal… Es la parábola de la vida de Jesús, que ha de poner su palabra y su obra al servicio del Reino… Es la parábola de cada uno de los hombres y mujeres que se descubren portadores del gran tesoro (tema de fondo de la parábola de la margarita preciosa y del tesoro oculto…). El Reino de Dios depende de lo que nosotros respondamos, de manera que podemos hacer que fracase y fracasemos nosotros.El talento del Reino no es de otros (sacerdotes o reyes, soldados o escribas…), sino de cada uno de los hombres y mujeres que escuchan la palabra, acogen el tesoro y responden (deben responder) con su propia vida. 

4, Viñadores homicidas (Mc 12:1-11/Mt 21:33-44/Lc 20:9-18/Tom 65). En el origen está la versión de Mc 12, 1-8, que no ofrece ninguna “respuesta” de los oyentes, sino que se limita a ofrecer la versión que ofrece Jesús: Dios le ha enviado como “hijo”, portador del Talento del Reino y pueden ajusticiarle, como dice el texto, parabólicamente: El hijo es asesinado, su cuerpo queda deshonrado y los asesinos en posesión de la viña.

Ésta es, sin duda, una parábola que recoge la historia de la vida y palabra de Jesús, pues resulta prácticamente imposible haya sido compuesta después de la “experiencia” pascual de la Iglesia (que habría contado las cosas de otra forma, aludiendo de algún modo a la resurrección). Con esta parábola termina la vida de Jesús, a quien pueden asesinar los que se creen dueños de la viña (soldados imperiales, sacerdotes del templo). ¿Qué pasará en caso de que lo hagan? ¿Dónde estará Dios en ese caso, cómo responderá?

Conclusión. Sin duda, Jesús pudo dicho (y dijo sin duda)  otras parábolas..., pero estas cuatro son, según J. P. Meier, las que responden con seguridad a la historia de la vida y mensaje de Jesús.

ANTE LA DISPUTA DE MÜLLER. EL REINO EN PARÁBOLAS

  1. Meier reduce a cuatro las parábolas originales de Jesús. Tengo un gran respeto por su visión, pero pienso que ella puede matizarse. Pues bien, en contra de eso, al Card. Müller le gustaría que Jesús no hubiera hablado en parábola...O quizá mejor, Müller piensa en el fondo que ese Jesús que habla en parábolas es un Jesús menor, algo en la línea del Papa Francisco, un hombre que no es teólogo de raza ni jurista de iglesia.

   Por eso, en el fondo, Müller y otros como él citan de hecho las parábolas de Jesús, pero como algo poco serio que él pensaba y decía... Lo serio de la Iglesia viene después, con la creación de unos ministerios y de un magisterios infalibles... Sin duda, Jesús, queda atrás, no se le puede tocar, pero con él no puede hacerse de verdad verdadera teología, ni crear iglesia.

  Pues bien, en contra de eso, pienso que las parábolas (tal como la ve J. P. Meier o tal como las feo lo mismo, de manera más generosa... forman el centro de la teología de Jesús y de la vida de la Iglesia. Me ocupe extensamente del tema en Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2012), pero sin atreverme a dar una respuesta más concreta a problema de fondo. Tampoco lo haré, pero debe afirmar que los temas centrales siguen pendientes.

Jesús no fue el inventor de las parábolas, pues ellas se han contado, de un modo u otro, en muchas pueblos, que las han utilizado para expresar el poder creador del pensamiento, capaz de situarse de un modo paradójico ante la realidad originaria (en muchos casos ante Dios) y así se han cultivado en casi todas las culturas, que suelen vincularlas con enigmas y cuentos, paradojas y adivinanzas, apólogos y alegorías, que se repiten y renuevan según las circunstancias. Tienen algo de juego y misterio, de curiosidad y eclosión imaginativa, y han sido especialmente cultivadas en el mundo oriental y en la Biblia, donde se afirma que Salomón, rey sabio, fue autor de tres mil proverbios y de cien poemas (1 Rey 4, 32; Prov 1, 1; 10, 1; Eclo 1, 1; 12, 9).

Significativamente, las mejores parábolas y enigmas de la Biblia no son obra de reyes y sabios oficiales, sino de personas que están fuera de las estructuras del poder, y que así pueden pensar más libremente, mostrando la otra cara de la realidad, por encima (en contra) de las redes del sistema dominante. Entre sus autores se cuenta Natán (2 Sam 12, 1-4), la mujer sabia de Técoa (2 Sam 14, 2-7) o Jotán, con su apólogo sobre el rey de los árboles (cf. Jc 9, 8-15). En el judaísmo del siglo I d. C. había otros narradores de parábolas, pero no conocemos a nadie que, entonces o después, haya podido compararse a Jesús, que no era letrado de escuela o corte, sino mensajero de un Reino (Palabra) cuyo impacto él ha descrito y cuya exigencia ha desvelado, en plazas y campos, para introducir a los hombres y mujeres en la dinámica del Reino, para que entiendan, piensen y actúan de un modo creador, desde la dinámica del Reino.

Jesús conocía el mensaje central de la Escritura y lo ha recogido en sus parábolas, pero no se ha limitado a repetir su argumento como otros rabinos (como si la verdad ya fuera conocida), sino que ha proclamado e instaurado su Reino (palabra de Dios) de un modo directo, iluminando a sus oyentes, para que lo entiendan y respondan, de un modo personal, desde los campesinos y prescindibles de Galilea. Sus parábolas son una invitación a pensar y a comprometerse, en línea de Reino, superando el dictado de lo dicho en libros y lo impuesto por ideologías oficiales (religiosas, económicas). De esa forma invitan a pensar a los que se hallan fuera de las redes del pensamiento oficial, marcando la sabiduría de la nueva creación, de manera que puedan entenderlas todos,  comprendiendo así la dinámica del Reino. 

            Resulta imposible trazar una lista completa y precisa, separando otras palabras, comparaciones y alegorías añadidas, reformadas y recreadas en la Iglesia posterior, porque han sido textos vivos, entretejidos en la trama de Jesús y de la Iglesia. Quizá la manera más “neutral” de dividirlas sea partiendo de las fuentes donde se recogen y transmiten como hará la tabla que sigue en la que aparecen símiles, comparaciones, incluso alegorías, tal como han sido recordados y recreados por la Iglesia:

Material común de Marcos y fuente Q

Mc y el Q (con textos en Mt y Lc) son los documentos más antiguos de la “historia” de Jesús y el material que ellos comparten (y que ahora presentamos) ofrece más garantías de autenticidad. En ese contexto parecen significativas las comparaciones de la lucha de Jesús contra Satán y la parábola del grano de mostaza, que marca el crecimiento del Reino. A su lado citamos las imágenes de la lámpara y la sal:

            Mc 3, 23-25 y Q 11, 17: reino y casa divididos se destruyen

            Mc 3, 27; Q 11, 21-22: hombre fuerte que asalta la casa

            Mc 4, 30-32; Q 13, 18-19: grano de mostaza

           Mc 4, 21; Q 11, 33: lámpara que viene y alumbra

            Mc 9, 50; Q 14, 35-35: imagen de la sal que sala o se vuelve insípida

Material exclusivo de la fuente Q (en Mt y Lc):

El Q (citado según Lc) recoge en su material propio parábolas y comparaciones que destacan la urgencia del tiempo y la urgencia Reino. Históricamente la más importante parece la parábola de los invitados al banquete del Reino (14, 16-24):

14,16-24: invitados al banquete del Reino

6, 47-49: casa firme, casa movediza

            7, 31-32: niños que juegan en la plaza y no les hacen caso

            11, 11-13: hijos que piden comida al padre

            11, 24-26: espíritu inmundo (expulsado) que vuelve a la casa

           11, 34-36: el ojo, lámpara del cuerpo

            12, 39-40: ladrón en la noche

            12, 42-46: dos tipos de criados, fieles e infieles

            12, 54-56: interpretar los signos de los tiempos

            12, 57-59: reconciliarse en el camino hacia el juez

            13, 20-21: levadura en la masa, fermento de Reino

            13, 24: puerta estrecha, camino de Reino

            13, 25-27: puerta cerrada para aquellos que no cumplen la palabra de Jesús

            15, 3-7: oveja perdida; perdón y alegría del Reino

            19, 12-16: minas o talentos confiados a los siervos

Material propio de Marcos (con paralelos en Mt y Lc)

            Marcos ofrece varias parábolas (en especial las dos primeras: la siembra y los renteros homicidas) que son fundamentales para entender la vida y obra de Jesús. Las dos siguientes expresan el sentido y despliegue (crisis) del reino. Todas ellas tienen paralelos en Mt y Lc. Sólo la última (4, 26-29) es exclusiva de Marcos; Mt y Lc no se han “atrevido” a introducirla, quizá porque parece entender el Reino como algo que acontece mecánicamente, sin intervención humana:

            4, 2-9. 13-20: siembra y cosecha, con interpretación alegórica

            12, 1-12: renteros homicidas

            13,28-29: higuera que marca el paso de los tiempos

            13, 34-36: siervos que vigilan en la noche

            14, 26-29: semilla que germina y crece sin saber cómo (sin paralelo en Mt y Lc)

Mateo, material propio

Incluye varias parábolas, de carácter más moralista, relacionado con la división de los hombres (y de los seguidores de Jesús) en buenos y malos (formando una iglesia mixta), y con la temática del juicio. Parte de ellas han sido creadas por la comunidad de Mateo, pero en el fondo transmiten un recuerdo del mensaje de Jesús, adaptado a las nuevas circunstancias de la historia (y la conciencia) de la Iglesia:

            5, 15: ciudad elevada sobre un monte

            13, 24-30. 36-43: trigo y cizaña, con alegorización minuciosa

            13, 44-46: tesoro escondido, perla preciosa

            13, 47-50: red barredera, separación de peces

            13, 52: escriba que emplea doctrinas antiguas y nuevas

            18, 23-35: siervo perdonado, que no perdona a su consiervo

            20, 1-16: trabajadores de la viña, contratados a diversas horas

            21-28-31: hijo que dice “sí” y no va, e hijo que dice “no” y que va

            22, 11-14: invitados sin traje de fiesta (añadido a 20, 1-10)

            25, 1-13: vírgenes necias y prudentes, el juicio del aceite

            25, 31-46: juicio final, ovejas y cabras, el juicio de las “obras” mesiánicas

Lucas, material propio

Incluye también un rico material parabólico, con más fidelidad histórica y menos sentido moralista que Mateo. Algunas de sus parábolas (buen samaritano, hijo pródigo) son básicas para entender el evangelio y pueden situarse en el contexto del mensaje de Jesús y de su disputa con otros grupos judíos del tiempo:

             7, 41-43: dos deudores a los que se perdonan deudas desiguales

            10, 29-37: buen samaritano, quién es el prójimo

            11, 5-8: amigo importuno que viene en la noche pidiendo

            12, 16-21: rico necio que muere en la noche y se pierde a sí mismo

            12, 35-38: criados vigilantes, la vida ante la luz de Dios

            12, 47-48: castigo del criado que no es fiel

            13, 6-7: higuera estéril a la que el amo manda cuidad

            14, 7-11: buscando los primeros asientos en el banquete

            14, 28-32: hombre que quiere construir una torre, rey que quiere hacer una guerra

            15, 8-10: dracma perdida, una mujer que busca su tesoro

            15, 11-32: hijo pródigo, amor de Padre, juicio del hermano mayor

            16, 1-8: administrador astuto a quien el amo despide

            16, 19-31: rico Epulón, Lázaro el mendigo

            17, 7-10: criado que viene del trabajo, amo que cena

            18, 2-8: viuda que importuna al juez injusto

            18, 10-14: publicano y fariseo, dos formas de oración

Juan, elaboración alegórica

De un modo normal, las parábolas (narraciones paradójicas con un elemento figurado) han tendido a convertirse en alegorías (pequeños tratados teológicos, donde cada elemento es figurado). Esa tendencia aparece ya en Marcos (cf. 4, 13-20) y aún más en Mateo (cf. 13, 36-43), pero sólo culmina en Juan, donde las parábolas se convierten en largas comparaciones que expresan la teología de su comunidad:

2, 1-12: parábola y alegoría de las bodas de Caná

4, 1-42: parábola, alegoría y enseñanza de la mujer de Samaria

8, 12-20: alegoría de la luz (yo soy la luz del mundo)

9, 1-41: milagro del ciego de nacimiento, convertido en alegoría

10, 1-21: parábola y alegoría del buen pastor

11, 1-44: resurrección de Lázaro, convertida en alegoría

15, 1-16: alegoría de la viña, sentido cristológico y eclesial.

Reino, un camino en parábolas

Otro modo de ver. Las parábolas rompen la lógica normal de la vida y nos sitúan ante la paradoja del Reino, que Jesús ha ido encontrando y expresando en su itinerario. No todas y cada una las ha “inventado” (=proclamado) él mismo, pero todas en conjunto expresan y trazan su mensaje, de forma que, en sentido estricto, constituyen su “cuaderno de bitácora”, una carta de navegación de Jesús y sus discípulos, una Biblia de Reino, que rompe las seguridades oficiales de la sociedad establecida. Las parábolas no trazan una historia sagrada, como la del Pentateuco, ni fijan unas leyes, como los rabinos, ni unos dogmas de un credo, como cierta Iglesia posterior. ¿Qué hacen entonces? Van abriendo y expresando el camino paradójico del Reino de Dios, que sólo se comprende en la medida en que se va recorriendo, con Jesús.

No evocan la esencia general de Dios, por encima (o más allá) del tiempo, sino su venida, la forma en que actúa y se introduce en la historia. No hablan de algo que ya “es”, sino del Dios que viene, mostrando lo que eso implica en el campo conflictivo de la vida de los hombres. No son sentencia hecha, enseñanza general, sino Palabra que “se hace” (=es) en la medida en que está viniendo, de manera que su sentido depende de la respuesta de esos hombres, que viven (se despliegan, descubren su tarea) desde el Reino. No son textos tejidos (escritos, fijados en un libro), sino que se tejen en la medida en que se dicen, acogen y cumplen,  comparaciones para entender y estímulos para actuar, de manera que sólo dicen su mensaje en cuanto se dicen y cumplen.

Son de Jesús, pero él no las retiene como suyas, sino que las ofrece a sus oyentes, para que se puedan sentir interpelados, invitados por ellas, para repetirlas y así recrearlas…. No tratan de Dios en sí, ni tampoco de los hombres, sino del acontecimiento de la venida de Dios, de su Reino. No son alegoría (verdad general sobre la realidad), enseñanza simbólica cifrada, aunque después se hayan podido alegorizar (como ha hecho el evangelio de Juan), sino palabra que expresa y pone en marcha el don y tarea (compromiso) del Reino, de manera que son verdaderas en la medida en que “crean verdad”. De esa forma evocan el sentido de Jesús, y desvelan su identidad y destino como portador del Reino de Dios, trazando los rasgos básicos de su biografía profética, rompiendo el orden normal de la vida, y descubriendo una experiencia más alta de ruptura, provocando un gesto de sorpresa  y paradoja:

‒ Lo más normal. Jesús ha contado parábolas con protagonistas y temas ordinarios: Una mujer que amasa el pan con levadura (Mt 13) o busca la moneda perdida (Lc 15), un comerciante experto en perlas finas (Mt 13), un agricultor acomodado que contrata jornaleros (Mt 20), un viñador y sus renteros (Mc 12)… Pero después ellas nos muestran la gran paradoja de la vida, que no se agota en aquello que somos y sabemos.

– Sus parábolas no son relatos ejemplares, en los que todo sucede  como debía ser, sino llamadas de atención, ante la hora del Reino, con personajes reales de la vida, pero casi siempre ambiguos: Administradores injustos (Mt 18; Lc 16), reyes crueles (Mt 22) o esposos desconsiderados (Mt 25), levitas y sacerdotes egoístas (Lc 14)... Así nos introduce en la vida real de los hombres y mujeres, para descubrir al fondo de ellos la urgencia y llamada del Reino.

- Varias parábolas marcan el comienzo y sentido del Reino, la tarea de Jesús, en línea de siembra y decisión creyente (cf Mc 4, 3-9 par): Como una mujer que amasa el pan levadura (Mt 13, 33); como un hombre que encuentra un tesoro en el campo y da todo por comprarlo (Mt 13, 43); como un comercianteenperlas finas, que encuentra una preciosa y vende su hacienda para comprarla (Mt 13, 45); como grano de mostaza (Mc 4, 31) que se siembra y crece, hasta hacerse árbol grande…

Pero Jesús no se ha limitado a contar parábolas, sino que ha entendido y recorrido su camino en Galilea (y después en Jerusalén) como parábola del Reino. Son parábola y signo de Reino sus Doce, representantes de Israel, y lo mismo sus milagros (las diversas curaciones que va realizando en Galilea), y su forma de crear comunión entre aquellos que le siguen. Su manera de hablar y comportarse, de comer con los expulsados e invitar a todos  al Reino es una parábola, lo mismo que su vida entera: Ha salido a buscar a la oveja perdida (Lc 16, 4-6), compara a Dios con el padre del hijo pródigo (Lc 15, 11-32), se presenta a sí mismo como buen samaritano (Lc 10, 29-37).

Las parábolas no han sido un ejercicio de simple bondad, pues se sitúan (nos sitúan) en el centro del conflicto que el mensaje de Jesús ha suscitado sobre el reino. Sus personajes no son sencillos y simples campesinos incultos, sin malicia, sino todo lo contrario: Tipos aviesos, como el administrador que engaña al amo (Lc 16, 1-12), hombres llenos de ambición y calculadores, como el que quiere elevarse una torre o el rey que planea hacer una guerra (Lc 14, 28-32)…        De modo consecuente, algunas nos ponen ante un campo mezclado de trigo y cizaña (o viceversa), ricos que banquetean, mientras Lázaro muere hambriento ante su puerta, viñadores asesinos y administradores dispuestos a engañar al amo... El mensaje de Jesús no brota de un idilio de paz, sino en un campo dividido, con vírgenes (muchachas) necias y sabias, un mundo de reyezuelos que prestan y exigen (Mt 25, 13-24), mientras en la plaza hay muchos jornaleros esperando sin trabajo hasta la caída de la tarde (Mt 20, 1-15).

− Jesús sembrador (Mc 4, 3-9 par.). Le preguntan “quién eres, qué haces” y responde: «Salió el sembrador a sembrar y parte de la semilla cayó en el camino, otra parte en pedregal o entre matorrales…». Así expone la acción del Reino y se presenta a sí mismo, desde esa perspectiva, como agente de su siembra. Sabemos que al principio creó Dios el mundo entero, cielo y tierra (Gen 1). Pues bien, Jesús añade que esa creación se expresa y despliega, culmina, en la siembra del Reino. No ha venido a proclamar el juicio o fin del mundo (como Juan), sino a crearlo de nuevo, con su vida y palabra, pues la creación culmina en el Reino.

− Come y bebe. Como niños en la plaza… (Q 7, 31-32; Mt 11, 16-17). Posiblemente le acusan, porque su vida y mensaje no responde a lo esperado. Jesús responde contando esta parábola de niños que juegan: «Hemos tocado la flauta y no había bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis bailado. Pues vino Juan Bautista que no comía, ni bebía, y decís: Tiene un demonio. Ha venido el hijo hombre que come y bebe y decís: es un comilón un borracho, amigo de publicanos y pecadores…». Así en parábola aparece  Jesús, como enviado de la Sabiduría, igual que Juan Bautista (cf. Lc 7, 35).

− Viñadores homicidas (Mc 12, 1-11 par). Ésta es la parábola “histórica” más clara de Jesús, la que mejor define su misión y su sentido. Marcos (y con él Mt y Lc) la sitúa al final de su trayecto, indicando así la hondura y sentido de su enfrentamiento con las autoridades de Jerusalén (viñadores). Jesús la proclama antes de que las cosas sucedan (que le maten), para presentarse así como enviado (=Hijo) del Dueño de la Viña, para indicar a los sacerdotes el riesgo en el que caen si le matan.

 Conclusión: Lógica de Jesús, lógica del Reino. De nuevo ante el Card. Müller

Jesús interpreta su vida y mensaje como parábola del Reino, implicándose en ella y compartiendo así la dinámica del Dios creador que quiere que le ayuden y acompañen los llamados, volviéndose agentes del Reino. Por eso, las parábolas no pueden entenderse desde fuera, en abstracto, sino sólo cuando los oyentes penetran en ellas y las cumplen, pues el anuncio del Reino que Jesús proclama sólo es Palabra (sólo tiene sentido) allí donde se dice y se acoge, se comparte y se realiza. La ciencia demuestra, la ley organiza, las parábolas, en cambio, despliegan en este preciso momento, un camino concreto de Reino que compromete a los oyentes que las aceptan (o rechazan). Por eso, ellas no han sido terminadas por Jesús de un modo unívoco, ni pueden entenderse en actitud pasiva, sino que suscitan un espacio de comunicación para que los oyentes las asuman y se vuelvan agentes de la Palabra, esto es, del Reino.

Algunos le tomaron como ingenuo, poeta fracasado. Pero otros tuvieron miedo y le mataron, porque habían entendido lo que ellas implicaban (y no quisieron aceptarlas, sino defenderse de ellas, matando a quien las proclamaba). Las parábolas hacen a sus oyentes responsables, capaces de entender e implicarse en la tarea del Reino, superando un orden establecido que se impone sobre todos. Por medio de ellas, Jesús ha querido que sus oyentes (compañeros) piensen y decidan por sí mismos, superando una verdad establecida desde fuera. Así, les ha ofrecido una herramienta formidable, la mayor de todas las riquezas, la Palabra) que permite entender el sentido del Reino y comprometerse en su llegada.

Las parábolas ofrecen la mayor riqueza (Palabra de Reino), para que los hombres puedan entender y actuar en libertad, desde la voz de Dios (del Reino). Por eso, muchos sabios del mundo o de la Iglesia, amenazados por ellas, han tendido a domesticarlas, convirtiéndolas en simple alegoría, enseñanza objetiva, que dice aquello que siempre existía, al servicio del orden establecido. En contra de eso, las parábolas no fundan un sistema escolar o legal, ni ratifican el poder superior de unos expertos, sino que se dirigen de manera directa a cada uno de los hombres (oyentes), en el mismo espacio de opresión de los artesanos y oprimidos de Galilea.

Y con esto puedo volver al tema original propuesto de algún modo por el Card. Müller y su grupo que parecen acusar al Papa Francisco de poco teólogo y menos “cuidadoso” del orden jurídico y jerárquico de la Iglesia.  El tema no es fácil de resolver… pero tengo la impresión de que Müller y su grupo lamentan en el fondo el hecho de que Jesús habló en parábolas. Tendría que haber sido más dogmático, más jurídico, más de Iglesia en el sentido “tradicional moderno” de este término.

Pienso, según eso, que podemos seguir apoyando al Papa Francisco, para ir incluso más allá que su propuesta. De ello seguiré hablando en otros momentos.

 

Xabier Pikaza

Religión Digital

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