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HECHOS 3, 12-19 / JUAN 2, 1-4

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HECHOS 3, 12-19

Pedro, al ver esto, se dirigió al pueblo:

"Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis fijamente, como si por nuestro poder hubiéramos hecho caminar a éste?

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando éste estaba resuelto a ponerle en libertad.

Vosotros rechazasteis al Santo y al Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.

Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería.

Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados."

Este texto va a continuación de una milagrosa curación hecha por Pedro a la puerta del Templo. Ante la admiración del pueblo, Pedro interpreta el sentido de este SIGNO. Es el mismo sentido de los signos de Jesús. La presencia de la acción salvadora de Dios, que se muestra en la salud, en la Palabra, en la presencia de la fuerza del bien.

La misma fuerza de Dios que resucita a Jesús es la que devuelve la salud a este hombre. Es la tesis fundamental. Inmediatamente se saca la conclusión: vosotros rechazasteis a Jesús por ignorancia: tenéis una nueva oportunidad, arrepentíos y aceptad la Palabra, convertíos.

JUAN 2, 1-4

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él.

Presenta dos temas básicos:

· Jesús muestra a Dios como perdón

· conocer a Dios es una cuestión de obras, no de palabras.

Existe el peligro de sacar de estos textos conclusiones poco correctas, como si Jesús se ofreciera al Padre para que éste deponga su ira a la vista del sacrificio sangriento de Jesús, peor aún, como si a Jesús lo matara la voluntad de su Padre.

A Jesús lo matan los pecados de muchos, la soberbia de los escribas, la "razón de estado" de los sacerdotes, la componenda política de Pilatos, la indiferencia de la gente, la cobardía de sus discípulos.

A Jesús lo mata su valentía, su decisión de cumplir su misión hasta el final, su verdad.

En su muerte aprendemos que el pecado mata: a nosotros también nos mata la soberbia, la envidia, el afán exclusivo de poseer y disfrutar... tantas cosas que destrozan nuestra vida y la de los demás. Eso es lo que mata, no la voluntad del Padre, que quiere y procura la vida plena de todos sus hijos.

Por otra parte, el autor de la carta está preocupado por las tendencias demasiado carismáticas, demasiado especulativas, de su comunidad, y se esfuerza por poner el amor en su sitio: el amor de Jesús fueron sus obras, su entrega hasta la muerte. Y amar como Jesús es amar al prójimo y servirle.

El contexto de toda la carta lo expresa muy bien: "El que dice que ama a Dios, pero no ayuda a su hermano, es un mentiroso".

José Enrique Galarreta, S.J.

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