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IGLESIA EN ENTREDICHO

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De entre las acepciones académicas más frecuentadas en el uso del término “política”, sobresalen ortodoxamente, además de “cortesía, y buen modo de comportarse”, la de “actividad del ciudadano cuando interviene en asuntos públicos con su opinión, con sus votos o de cualquier otro modo”, y la de “arte o traza con la que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado”. El “servicio –“estar a disposición de otros”– es inherente al concepto de la acción política.

Y es precisamente ahí donde Iglesia y Estado, desde sus correlativas competencias, coincidirán para lograr la plena justificación de ambas entidades. La reflexión sobre el tema sobrepasa toda clase de limitaciones y de autocríticas.

Hoy por hoy, y fiándonos de los estatutos fundacionales –“Constituciones”, de unos, y de los evangelios– guías de la Iglesia, es justo reconocer que las disonancias ni son muchas ni graves. Estado e Iglesia persiguen fines similares, al menos en teoría y al margen de abusos y de corrupciones, aprestándose ambos, por definición, a servir al pueblo.

Aún más, en casos concretos y de mayor relieve y espectacularidad, a los Estados los define la capacidad de servicio igual o mayor que a la misma Iglesia. Hago referencia concreta a la situación tan discriminatoria que padece la mujer en la Iglesia en relación con el hombre-varón. En raras –rarísimas– “Constituciones”, estatales se registra, acepta y defiende la situación de servidumbre al hombre, que se mantiene en la Iglesia, con alevosía y el agravante de aportar argumentos hoy tan cuestionados , carentes de valor religioso y hasta cívico y humano.

Y es que, sentirse y comportarse como únicos y oficiales representantes de Dios, por el hecho de ser y de pertenecer a la jerarquía eclesiástica, deforma la visión de los problemas y, por tanto, de las soluciones posibles. Se vive en la periferia de la realidad, sobre ella, sin posibilidad alguna de autocrítica, pese a invocaciones espurias penitenciales, sin propósito de enmienda y con el listado de anatemas siempre cercano para su aplicación inmediata y además ”en el nombre de Dios”.

En la Iglesia “oficial” apenas si cuentan, forman e informan los santos evangelios. Canonistas y teólogos son los intérpretes de la definición y ulterior desarrollo de la Iglesia y de sus actividades, destacando entre las mismas, y por encima de todo, cuanto huele a incienso y se expresa con ceremonias litúrgicas y rituales, a las que se les confiere mayor importancia “religiosa” que a los comportamientos…

Estas, las ceremonias y los ritos, avalan, pesan, reclaman y justifican hasta guerras y “cruzadas”, sin que a los colectivos y a las personas se les respeten como tales, y como obras –hijos– de Dios. El aluvión de citas “franciscanas” pontificias a favor de esta verdadera opción religiosa, no parece bastar todavía, ni ser suficientemente adoctrinador.

No parece poseer entidad adecuada el hecho de que en el panorama que se vive en la Iglesia actual, con sus capítulos de pederastia, abusos y abusadores, las corrupciones sacerdotales, episcopales, monásticas, curiales “et ultra”, hayan ejercido, y ejerzan, tan nefasta influencia el incienso, las hipocresías, los privilegios humanos y “divinos” –“¡palabras de Dios!”– y las invocaciones de su santo nombre, reducidas a fórmulas rutinarias y blasfemas…

En las esferas y aledaños de la interpretación académica del término “política” referente a “habilidad , astucia y tretas”, los doctorados o máster en diplomacia y en medios para lograr puestos en la “carrera eclesiástica”, saltan a la vista en frecuentes y tristes ocasiones, hasta llegar a hacer intervenir ”personalmente” en la “operación” al mismo Espíritu Santo. Tal es el caso en la selección de los obispos, manadero de no pocos males que aquejan a la institución, por prescindir de cuanto se perciba el sabor a “democracia”.

Con el esquema vigente hoy en la Iglesia, y a pesar de los soberanos esfuerzos del papa Francisco, su futuro –el de la Iglesia–, está en entredicho. Y, quede constancia de que, de Apocalipsis y senescencias, nada de nada. Por ejemplo, a una misa solemne, atesorada de báculos, mitras, oros e incienso, palabrerías, gestos y genuflexiones, al menos, le sobra el sacrosanto nombre de “misa”.

 

Antonio Aradillas

Religión digital

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