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¡CÓMO ESTÁ EL CLERO!

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Cualquier colectivo, o persona, “está” y “es”, tal y como lo refieran los medios de comunicación que, hoy por hoy, y por la gracia de Dios, son múltiples y suficientemente fiables, como significan, suponen y amparan los procedimientos y las interpretaciones judiciales, de las que no debiera haber razones válidas para dudar o poner en cuestión.

Y por lo que respecta a una buena e importante parte de la Iglesia, que es su jerarquía, como colectivo, resulta dramático constatar la frecuente definición interjectiva y “piadosa” que se emplea y se reduce a la exclamación de “¡Cómo está el clero!”.. Sí, “¡hay que ver cómo está el clero!”.

El clero y el superclero están mal. Rematadamente mal. Así lo confiesan los medios de comunicación social –hasta los más “piadosos”–, haciéndose eco fiel de las noticias documentadas con toda clase de argumentos y de testimonios, refrendados la mayoría de ellos por los mismos obispos, el papa, y además, y sobre todo, por las víctimas.

Es posible que tal situación eclesiástica no sea propia y específica de los tiempos actuales, sino que en todas, o en la mayoría de las épocas y ambientes, también se registraran. Tan solo que ahora se saben “con pelos y señales”, dado que sus noticias no están tan embridadas y reprimidas, como en los por muchos añorados tiempos inquisitoriales “et ultra”, todavía vigentes. Pero el hecho es que, por lo que sea, el clero está mal. El lamento de propios y extraños es unánime. Doloroso y desconsolador.

Por supuesto que mi reflexión no intenta hurgar en las heridas, agravándolas y, de paso, agraviando a sus responsables, por acción u omisión. Pretendo fundamentalmente que se proclame una vez más la verdad, que se dejen de lado excusas y pretextos, todos ellos ofensivos, que se tome conciencia de cuanto pasa o deje de pasar y que cuanto antes se reparen los daños físicos y morales que se les han causado, y se les causan, a las víctimas y a sus familiares. Lo de la compensación del nombre y de la misión de la Iglesia y de sus fieles servidores, también es parte de cualquier actitud y actividad penitencial.

Los obispos, parte importante del problema en su totalidad, están mal. Diríase que son sus protagonistas. Sus nombres, apellidos y circunstancias aparecen y desaparecen, por acción u omisión, por activa o por pasiva, y con denodada frecuencia, en la descripción de la escenografía. Superados en parte los tiempos “gloriosos” en los que a los ojos de la disciplina eclesiástica y de la civil-penal, su figura resultaba ser “santa” e intangible por lo de “Sumos Sacerdotes”, hoy son desacralizados, juzgados y enchiquerados, compartiendo las celdas de las instituciones penitenciarias –cárceles– con colegas, cuyo historial delictivo es similar al suyo.

Obispos

Hay obispos, quienes desde de sus respectivos nombramientos y privilegios “humanos o divinos”, fueron y creen ser dueños y señores palaciegos, que precisan urgente reforma, refundación y refundición, sin excluir a cardenales, curiales o no. (“El Nuncio de SS. en Francia, es interrogado por segunda vez, por la policía por agresiones sexuales”)

Similares, o idénticos, procedimientos disciplinares canónicos y aún teológicos, demanda el clero –diocesano o regular-, ya desde el íntimo concepto de su vocación sacerdotal, de la formación recibida en seminarios y noviciados, de los privilegios en uso, estatal o para- estatal, y de la consideración exageradamente “religiosa” que les conceden la eclesiología, los cánones, la pastoral tradicional, sobre todo rural, y las prescripciones litúrgicas, sobre todo en disfavor y menos- precio de laicos y laicas.

Con el sacrosanto y limpio propósito de evitar y evitarse en la Iglesia, y fuera de ella, noticias ciertamente escandalosas, hoy tan “pederastamente” frecuentes, el celibato opcional es ya, y pronto lo será aún más, artículo de reformadora necesidad en la disciplina canónica.

Tal y como están ya hoy las cosas, y se registran las noticias relativas a abusos y abusadores, el tema de los colegios llamados “religiosos”, con la inclusión de los “religiosísimos” por su condición de “obras de Dios”, reclama atención frontal, con los anatemas y las exclaustraciones debidas.

Abusos sexuales en la Iglesia

Abusadores y abusos, por muchas y densas nubes de incienso que los rodeen, hieden. (“Uno de cada diez sacerdotes chilenos están involucrados en investigaciones sobre abusos a menores…”)

El clero está tan mal, -“¡Cómo está el clero¡”- que, si algo faltara, el mismísimo papa emérito, Benedicto XVI, ha decidido firmar nada menos que 18 folios discrepando de la doctrina oficial de la Iglesia refrendada en el Concilio Vaticano II, encarnada hoy salvadoramente en la persona del papa Francisco.

Como hoy todo se sabe, pronto se nos desvelará si el ex papa se limitó a firmar el documento “preparado” por el grupete de amigos curiales, en momentos de fervores “antifranciscanos”, contando, o sin contar, con el tremendo eco que tal noticia habría de producir en la Iglesia y fuera de ella. A esta –a la Iglesia–, le sobran documentos y más si estos son anti- conciliares y pre-tridentinos.

Los “cismas” ni tienen, ni tendrán buena prensa. Si uno, por papa que sea, se ha jubilado, que se jubile de verdad, con todas sus consecuencias y no solo “a medias”, cercenando radicalmente toda posibilidad de ser manipulado por otros, cardenales, movimientos, grupos o grupitos. (“El ex obispo de Roma sueña pesadillas y añora la moral pre-conciliar, y precisamente por eso el “desecuestrador” del Vaticano II es uno de los títulos pontificios que más honrarán al papa Francisco”)

La Iglesia, por pecadora que sea, no se merece el clero que tiene y la rige, en la pluralidad de grados y estamentos y, en desconsoladora proporción, a costa del laicado…

 

Antonio Aradillas

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