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POR QUÉ LAS RELIGIONES NO PUEDEN DESAPARECER

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E. M. Ciorán, filósofo ateo e ideólogo del pesimismo, lo sentenció con su habitual radicalidad:

"Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad del Absoluto, que sobrevivirá a la destrucción de los templos y a la desaparición de las religiones en la tierra".

Creo que todos estamos de acuerdo con la primera parte de su enunciado, pero pocos suscribiríamos la segunda. Ni las religiones ni sus templos pueden ni deben desaparecer.

La creación entera gime con dolores de parto por el descubrimiento del espíritu, en expresión de Pablo a los Romanos. Y nada ha sido tan patente –y notable a la vez- en la historia del hombre como la realidad del hecho religioso.

Baste recordar tantas páginas literarias sobre él escritas, dignas todas de ser declaradas Patrimonio de la Humanidad: Vedas, Tao, Libro de los Muertos, Código de Hamurabi, Avesta, Talmud, Evangelio, Corán... etc. Manuales de diseño de ética universal sobre cuyos patrones se han construido prácticamente todas las culturas.

Ese trascendental anhelo -necesidad del Absoluto de que nos habla Ciorán y común a todos los seres- es propiamente lo que, sensu lato, podríamos denominar religión. O dicho quizás con más propiedad, espiritualidad. Una aspiración que, según Averroes, se apodera del ser y le hace retornar a sus orígenes: de manera directa a través de la mística, o por la mediación del amado o la amada por la vía amorosa (el Eros ha estado siempre estrechamente ligado a lo sagrado).

La religión en cambio, sensu estricto, es la manifestación cultural de dicho anhelo. De donde se deduce que, a lo largo de los tiempos y a lo ancho de los espacios, el hombre ha expresado de siempre su espiritualidad en formas y conductas diferentes, acordes con los modelos y patrones explícitos o implícitos de cada época.

Es a través de ellos como toda sociedad regula el comportamiento de las personas que la conforman: costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser y comportarse, rituales y sistemas de creencias. No olvidemos la común etimología de culto, cultura y cultivo.

Todo lo cual viene a significar que ninguna religión es dueña de la espiritualidad. Proclamarlo es un flagrante escamoteo –rapiña, casi mejor- al resto de las religiones, al resto de la Humanidad.

Pero viene también a ratificar que el hecho religioso es consubstancial a la naturaleza humana aunque diferente, tanto en la experiencia interior del individuo como en su manifestación social.

De cuya consubstancialidad se deriva, igualmente, la imperante necesidad que todo hombre tiene de expresar públicamente su espiritualidad en signos, ritos y ceremonias: el arte prehistórico rupestre, mobiliario y megalítico, son una buena muestra. Como necesita hacerlo por la misma razón con los otros componentes que integran su esencia y su existencia de "animal politikon", en definición de Aristóteles: eventos políticos, deportivos, literarios, fiestas populares, etc.

Las religiones han sido y son de siempre, con sus luces y sus sombras, las grandes tradiciones de la sabiduría profundamente salvadora de nuestra especie.

Ninguna otra institución temporal –y todas lo son- ha tenido y tiene encomendada la misión trascendental de propiciar el desarrollo del hombre, de la sociedad y de la vida hasta alcanzar los estados y estadios superiores de su natural evolución.

Sólo la ignorancia o la animadversión pueden olvidar –o combatir incluso- tales evidencias.

Resumiendo:

que en las religiones puede y necesita la especie humana satisfacer sus anhelos de trascendencia,
que es plenamente natural y legítima la expresión de la espiritualidad en formas culturales diversas.

Pero no olvidamos que muchas religiones –particularmente las teístas- mantienen hoy al hombre en estados y estadios sacralizados que le aprisionan e impiden su desarrollo como persona; que el mayor riesgo para el crecimiento espiritual está en los fundamentalismos doctrinales: dogmas, sacramentos... etc.

Por lo que a nosotros nos afecta, "nuestro afán supremo estará destinado a crear una base espiritual para la mutua comprensión de todos los humanos", como rezaba el manifiesto dadaísta de 1919.

 

Vicente Martínez

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