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¿QUIÉN SALVA A JESÚS?

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Durante mucho tiempo los cristianos hemos estado preocupados por nuestra salvación. Lutero vivió angustiado hasta que en su experiencia de la Torre sintió que somos salvados por la fe. Actualmente se apela más a la misericordia del Padre del hijo pródigo, incluso se descarta toda preocupación porque “ya estamos salvados” y podemos descubrirlo en nuestro yo profundo.

Hoy han caído en mis manos dos artículos que me han hecho cambiar el planteamiento, y lo que ahora me pregunto no es ¿cómo nos salvamos? sino ¿quién salva el Proyecto impulsado por Jesús?

La primera llamada de atención la ha provocado una Carta del teólogo González Faus a toda la juventud del 15-M, y su primer consejo es “No salvaréis la tierra si no conseguís cambiar el sistema económico” y “no hay que ser pacientes hasta que todos sean ricos, sino impacientes para que se acaben pronto los ricos. Porque el planeta tierra ya solo tiene remedio (si es que aún lo tiene) en una civilización de la sobriedad compartida”.

La segunda llamada de atención ha sido una síntesis del libro de R H Tawney “La sociedad acquisitiva” (1920 y 2016) que publica García Andoin en el último número de “iglesia viva” (nº 276). La economía debe estar subordinada a la sociedad, la plusvalía debe beneficiar menos a los accionistas y bastante más a los trabajadores y administradores, hay que impedir la propiedad separada del trabajo, de modo que el  capital no empleará trabajo sino que el trabajo empleará al capital. 

En 1925 Fernando de los Ríos en “El sentido Humanista del Socialismo” retomó la propuesta de Tawney en la que constata la “deshumanización y descristianización del derecho”, que deja el campo libre de obstáculos a la formación del capitalismo industrial y sus bases jurídicas basadas en el interés egoísta.

Ante esta descristianización me pregunto ¿Quién salva ahora al Movimiento de Jesús de quedar diluido en la inundación de la mentalidad capitalista?

En su tiempo, la mujer cananea salvó a Jesús de quedar enredado en el nacionalismo judío. También salvó su mensaje la generosidad de la viuda que entregó sus últimos céntimos al Templo (que paradójicamente maldijo  Jesús en la imagen de la higuera). Abrió puertas a su mensaje la samaritana con su ingenua creencia centrada en el monte Garizim. Mantuvo su mensaje Pedro a pesar de sus vacilaciones y su cobardía. Salvaron su recuerdo, de forma más o menos adaptada, los evangelistas y otros escritores cristianos.

Ahora salva el mensaje de Jesús la gente sencilla que abre sus puertas a los vecinos deshauciados y al anciano solitario. Lo salvan los misioneros y misioneras, clérigos o seglares, que abren escuelas y hospitales en pueblos empobrecidos, incluso en situaciones peligrosas.

A pesar de estos ejemplos, mucho más abundantes de lo que solemos conocer, el conjunto de cristianos hemos aceptado en la práctica las ideas capitalistas. Damos más importancia al capital que al trabajo, a la propiedad privada que a las necesidades humanas. Aunque lo consideramos injusto, aceptamos el capitalismo como el único sistema viable, y renunciamos a la utopía de Jesús sobre una igualdad y fraternidad universal. Como afirmaba el mismo Tawney en el capítulo 11 de su obra: en conclusión “una sola cosa es necesaria... una conversión intelectual”.

A corto plazo será muy difícil cambiar un sistema que ha corrompido a países cristianos y a gobiernos socialistas pero, sin una conversión intelectual (metenoia en el griego de los evangelios), será imposible cambiarlo a largo plazo. Es todo el pueblo cristiano -pueblo sencillo, teólogos e intelectuales- los que podemos salvar el Proyecto de Jesús si creemos de corazón (via sentientis) que “nadie puede servir a dos señores, pues o bien odia a uno y ama al otro, o apreciará a uno y aborrecerá al otro. No podéis servir a Dios y al dinero” (M 6,24).

Plasmaré estas reflexiones con la imagen de la perla preciosa en la que simbolizó Jesús su ideal del Reinado de Dios. Actualmente este Reinado (gobernanza) de Dios está siendo suplantado por otra perla, revestida de nácar por el sistema capitalista, para ocultar la semilla de fraternidad, que Jesús había dejado en nuestra conciencia.

 

Gonzalo Haya

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