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UN DON A LA IGLESIA, PERO DESDE LA OPCIONALIDAD

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El Papa Francisco, en el diálogo que mantuvo con los periodistas en el avión en su regreso a Roma proveniente de Panamá de la JMJ, se mostró con la actitud cercana de siempre. Habló de temas diversos, entre los que cabe destacar el que se refiere a la cuestión de los abusos a menores por parte de eclesiásticos, por la actualidad de dicho tema y por los casos que continúan saliendo por desgracia a la palestra casi a diario. 

No sé por qué, o quizás sí, pero, siempre que se habla de este tema, sale a relucir la cuestión de la conveniencia de eliminar la obligatoriedad del celibato por lo que a su relación con el sacerdocio se refiere. Cuando fue preguntado sobre ello, Francisco fue tajante “Personalmente, creo que el celibato es un don a la Iglesia. Además, yo no estoy de acuerdo que se permita el celibato opcional, no. {…} Es algo personal, no lo haré. Pero no me siento capaz de ponerme delante de Dios con esta decisión”. Citó aquella frase de Pablo VI “Prefiero dar la vida antes que cambiar la ley del celibato”. Una frase valiente, según Francisco, en un momento más difícil que este. No olvidemos que Pablo VI escribió precisamente una encíclica, Sacerdotalis celibatus, promulgada en junio de 1967, cuando, poco después de haber sido clausurado el Concilio Vaticano II, comenzaron a alzarse algunas voces poniendo en cuestión esta disciplina de la Iglesia como requisito obligatorio para poder desempeñar el ministerio sacerdotal.

Tiene razón Francisco cuando insiste en que la supresión del celibato sacerdotal como algo obligatorio no solucionaría el problema de los abusos a menores y en general de la pederastia dentro de la Iglesia. Comparto totalmente con él esta idea; razón por la cual la supresión del celibato como algo obligatorio no tiene por qué ir ligado, ni mucho menos, a la desaparición o disminución de esta lacra. Por suerte el celibato es mucho más o, al menos, tendría que serlo. Creo que estamos tropezando siempre en la misma piedra e intentando meter la cabeza por el mismo hueco, en el sentido de que el celibato es un carisma y, por lo mismo, es algo que viene otorgado desde “arriba”; lo que significa que le puede ser dado a cualquier persona independientemente de la función que pueda desempeñar en la sociedad o en una comunidad concreta.

En el caso que nos atañe estaríamos hablando del celibato asociado al desempeño de un ministerio dentro de la comunidad cristiana; concretamente el ministerio de presidirla. Esto nos lleva más adentro, concretamente al hecho que el ministerio le será conferido por el obispo a una persona que, a su vez, será enviada después a una comunidad para que la presida, entre otras cosas. Estamos en lo de siempre: por una parte, que la comunidad no tiene nada que decir respecto al candidato que estará al frente de ella; mientras, por otra, el varón que ha recibido el sacramento del Orden lo habrá recibido para siempre (por aquello de que imprime “carácter”) sin que él pueda poner límite al  tiempo de su dedicación ni la comunidad pueda tampoco decidir si ha llegado el momento de que sea otra persona (hablando del celibato no quiero entrar ahora en la cuestión de si “hombre” o “mujer”) quien la presida.

Somos muchos los que no nos cansaremos de repetir que la obligatoriedad del celibato en su relación con el ministerio sacerdotal es una ley impuesta por la Iglesia en un momento concreto de la historia. Por tanto, no intentemos buscar ningún tipo de mística en ello, porque sencillamente no la hay. En este sentido, Francisco ha decidido continuar, por las razones que fuere, en la misma línea de sus predecesores. Quiero pensar que lo hace desde el pleno convencimiento y que no se debe a presiones que pudieran existir de su entorno, especialmente de quienes arrecian más, tanto en este sentido como en muchos otros.

Pero me duele que esto sea así, porque da la impresión como si el celibato no tuviera entidad por si mismo, sino en tanto en cuanto va estrechamente unido al ministerio sacerdotal. Lo cual es una pena, pues vivir da manera celibataria por el Reino de los cielos es algo que pertenece precisamente a lo más genuino del Evangelio. Baste recordar el capítulo 19 del evangelista Mateo, concretamente los versículos 1-12, donde presenta a Jesús hablando del divorcio. Pues bien, es precisamente en los versículos 10-12, donde Jesús sentencia da manera tajante: “Le dijeron sus discípulos: Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse. Entonces él les dijo: No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado. Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba.

Vaya por delante que admiro a Francisco; lo cual no quita para que manifieste mi total desacuerdo en su empeño de continuar manteniendo el celibato como disciplina obligatoria en relación con el ministerio sacerdotal.

 

Juan Zapatero Ballesteros

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