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EL VINO BUENO DE LA PRESENCIA

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Domingo II del Tiempo Ordinario

Jn 2, 1-11

Nos hallamos ante un relato completamente simbólico –algún exegeta ha llegado a afirmar que, antes que relato, fue sencillamente una parábola–, en el que cada elemento encierra todo un mensaje cargado de contenido.

La boda, las tinajas de agua, el vino, la figura de la madre, las propias expresiones utilizadas…, todo ello está hablando de la novedad que, según el autor del evangelio, aporta Jesús: el paso de una religión ritual (el agua de la purificación) y vacía (“no les queda vino”) a la plenitud de una vida desbordante de gozo (el vino bueno que sorprende al mayordomo).

Habitualmente, en nuestra existencia parecen alternarse el “agua” y el “vino”, la rutina y la novedad, el “ir tirando” y una sensación viva de plenitud. Es bueno ser conscientes de que la causa de hallarnos en una u otra de esas vivencias no depende de lo que ocurre, sino del “lugar” desde el que nos estamos viviendo.

Cuando vivimos en la mente no observada –la mente que cavila, elucubra, rumia–, nos vemos sometidos a sus vaivenes, terminamos creyendo lo que pensamos y en la práctica funcionamos como marionetas que son movidas por hilos que (momentáneamente) han escapado a nuestro control.

En esos casos, la mente pensante parece ocupar todo el terreno y nosotros terminamos perdidos, en la confusión y, antes o después, en el sufrimiento. Lo cual es fácil de comprender en cuanto tenemos en cuenta que todo el sufrimiento es producido por la mente, por la lectura que ella hace de todo lo que sucede.

Las circunstancias son como son: agradables o desagradables, sencillas o difíciles, placenteras o dolorosas…, y sentimos el impacto que producen en nuestra sensibilidad. Pero el sufrimiento nace en el momento mismo en que nuestra mente añade una interpretación, dramatizando, magnificando o construyendo cualquier “historia” en torno a lo que simplemente sucede. Al hacer esto, venimos a ser esclavos de nuestra mente que se convierte para nosotros en una jaula que puede llegar a asfixiarnos.

Sin embargo, podemos también observar la mente con todas sus idas y venidas, pensamientos que aparecen y desaparecen, sin identificarnos con ella. Al hacer así, salimos de la jaula, mantenemos la distancia, dejamos de creernos las historias que la mente pudiera elaborar y nos anclamos en la atención (la consciencia Testigo) que observa.

Hemos trascendido el estado mental para acceder al estado de presencia, el “lugar” de la plenitud, donde reconocemos que no somos el “yo” al que le suceden cosas, sino la misma y única Vida que ha tomado forma temporal en este “yo”. La Presencia consciente que somos disuelve todas las “historias” que la mente podía contarnos y, de ese modo, nos libera de rumiaciones interminables y de sufrimiento inútil. Solo hay Presencia…, el “vino bueno” de la alegría.

¿Vivo en la rutina de la mente o en el gozo de la Presencia?

 

Enrique Martínez Lozano

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