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ENCUENTRO CON XISCO

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(el 20/10/2018 alrededor de las 13:15)

Estaba candando mi bicicleta en un aparca-bicicletas de una calle céntrica de la ciudad. En ese momento reparé que había un hombre joven con gafas de pie comiendo una magdalena en frente de mí. Me ofreció un trozo de magdalena de forma simpática y amable. Decliné su invitación con una sonrisa argumentando que sólo tenía una magdalena y se iba a quedar sin almuerzo. Al insistir con gracia en lo rica que estaba, decidí aceptar su invitación. Tras comentar lo realmente delicioso de su sabor y decirme que la había comprado justo en la panadería que tenía a mi espalda, iniciamos una conversación llena de acogida humana.

Utilizó algunos diminutivos en navarrico. Le pregunté si era de Navarra. Me respondió que no, procedía de Lleida y había venido a trabajar a Astigarraga. Hablamos de bicicletas. Él acaba de aparcar la suya en el mismo aparca-bicis. Que candados eran los mejores para tratar de evitar robos. Había vivido en Francia y allí se podían comprar unos con alarma que no eran muy caros. Tenía tres hijos en Lleida de 16, 13 y 2 años y medio, los dos primeros de una pareja con la que convivió doce años y el más pequeño con una segunda pareja. Expresaba que los quería profundamente, llamaba por teléfono e iba a ver siempre que tenía el dinero para pagar el viaje. Yo le dije que estaba casada y que mi hijo era de la misma edad del suyo mayor y mi hija un año más pequeña que su hijo mediano.

En el curso nuestra agradable conversación, que duró algo más de media hora, señaló que había estado en la cárcel y que allí se había dado cuenta que la libertad se encuentra en la mente de cada persona. En un patio muy pequeño, donde el espacio era casi nulo entre compañeros de encierro, dejar claro las distancias físicas y de relación se tornaba vital. Él había encontrado la suya en abrir su pensamiento a ideas que se encontraban fuera de la cárcel. Pero se vio abocado a defender su espacio físico con la intimidación y la amenaza al otro. Si alguien no respetaba su espacio le advertía que en la ducha podía haber un navajazo. Tras escuchar su explicación, comenté en tono entre serio y jocoso que me había gustado su relato hasta el momento de la ducha, y dije que las reacciones hacia los demás han de ser proporcionales a la acción recibida. Entonces rectificó afirmando que por su puesto debía ser así. Aclaró que se había expresado mal porque, le ocurría en ocasiones, revivía la dureza de algunos episodios y recreaba la forma de comunicarse aprendida en prisión.

Hablamos del sistema de relación social y legal imperantes. “Imagínate cómo sería todo si las personas actuáramos como tú y yo ahora, hablando así, aunque no se conocieran”. Le respondí que estaba totalmente de acuerdo con él. Muchas veces había pensado sobre el daño que nos hace la desconfianza de nuestros días. Sobre la estructura de mantenimiento del orden social, estaba convencido en que la violencia no se combate con violencia. Llevar un arma, como es el caso de un policía, entendía que ya significaba violencia. La prisión debía ser un lugar donde las personas encontraran lo que necesitaran. Me contó que su hermano de Pamplona le enseñó un libro de historia de Rusia donde se recogía una experiencia de otro siglo de una cárcel de estas características. Todos recibían aquello de lo que habían carecido (educación, trabajo, acompañamiento) y que había condicionado su pasado de delincuencia. Añadió con naturalidad que si no respondían a este ofrecimiento se exponían a que acabaran con su vida. Para él, lo más importante sin duda era la oportunidad de ser acogido y ayudado. Aquella experiencia no tuvo continuidad “porque no interesó, lo mismo que ahora, la prisión se mantiene por intereses del sistema”, apostilló.

A mitad de la conversación, nos presentamos. Le dije que me gustaba mucho su nombre, corto y con personalidad. “Es corto para Francisco.”

Le pregunté por qué fue a prisión. Me contestó que tuvo una vida muy dura. Su familia no le trató bien. Se volvió violento desde muy joven. Tenía muchos antecedentes policiales. Le acusaron de ser cómplice en una agresión grave aunque realmente su participación no fue en la medida en que recibió la condena. Volví a preguntar si se refería a sus padres cuándo mencionó que había recibido un mal trato. Asintió. Percibí que era demasiado doloroso para él abordar el tema y entendí por qué me dijo que era de Lleida aunque tenía acento navarrico. Le dije que lo sentía mucho. Me preguntó por qué lo sentía. Respondí que porque era madre y me hería pensar que hubiera niños y adolescentes carentes del amor de sus padres. “No lo sientas, las cosas son así, eso me ha hecho ser quien soy”, me respondió.

El momento de nuestra conversación en el que Xisco realmente se emocionó fue cuando hablamos de quienes somos los seres humanos unos para los otros. “Somos hermanos”, aseveró, recordando las palabras de un amigo muy querido suyo que solía formular esta frase.

“Has aparecido por una petición que he hecho al universo”, me dijo poco antes de despedirnos. Me sentí agradecida y emocionada. Le contesté, con cariño, que el placer de conocerlo había sido de verdad mío.

 

Lourdes Fernández Manzano

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