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TOMAR DISTANCIA DE LA MENTE

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Tengo 54 años. Soy de Sabadell. Divorciada, tengo dos hijos, Ingrid (23) y Éric (20). Soy profesora titular de Psicología de la UAB. No creo en la actual democracia, el voto es demasiado manipulable. Abogo por un comité de sabios. Creo que hay algo más que nuestro limitado cerebro no alcanza a comprender.

Jenny y su mono

Locuaz y cálida, sabe explicarse con sencillez, con ejemplos cotidianos, por eso ha inventado un personaje que define nuestros pensamientos incontrolados artífices de nuestras emociones y que son en definitiva los que controlan nuestra vida. Ha dotado de personalidad a ese loco parloteo, se trata de un pequeño mono que salta de rama en rama, de pensamiento en pensamiento, y que lleva con ella a todas partes, porque sabe que ni siquiera los psicólogos se libran de él, así que hay que observarlo de cerca y sobre todo creerle poco. Al convertir la mente en un monito de peluche consigue que no sea el enemigo invencible sino un aliado que hay que domesticar. Lo explica en su último libro, Mi mente sin mí (Aguilar).

¿Somos prisioneros de nuestra propia mente?

Sí, entre la realidad y nosotros se interponen los pensamientos. Ellos condicionan nuestro estado de ánimo. Por muy perfecto que sea el entorno, si tú piensas que es malo, es malo.

Ya.

La mente es como un mono loco que va de rama en rama, de pensamiento en pensamiento, sin ton ni son, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Tenemos pensamientos absurdos.

A veces el mono nos dice cosas raras, sin sentido. Puedes estar esperando el metro y que te pase por la cabeza “¿qué pasaría si me tiro?”.

Pensamientos inconfesables.

No es que estés deprimido, simplemente es un pensamiento que cruza tu cerebro sin más. Hay que saber que eso le pasa a todo el mundo.

Es tranquilizador.

Pero puedes percibir que hay una parte de ti que no es mente, el yo observador, y es lo que debemos potenciar. Hay que estar atento. Tenga, quiero regalarle esto.

Una chapa con un mono.

Sí, y con una frase crucial: “Obsérvame mucho y créeme poco”. No se crea al mono.

Si quitamos la mente, ¿qué nos queda?

Se trata de distanciarse de la mente que juzga, que critica, que nos menosprecia, que nos desconcentra. A la mente hay que utilizarla.

¿El mono miente?

Estamos llenos de emociones, y el mono no es lúcido, nos hace tomar decisiones en caliente, justificar actitudes erróneas.

¿Los pensamientos son nuestro peor enemigo?

Esa frase de Buda a mí no me convence, porque sí tú crees que tus pensamientos son tu peor enemigo, te sentirás culpable, te enfadarás contigo mismo. Por eso yo utilizo un monito travieso, porque si vemos la mente como algo tierno podremos educarla y guiarla con más facilidad.

Con dulzura.

Tampoco me gusta la expresión “controlar la mente”. La mente no es un Excel, mejor observarla, decidir creerla más o menos, alimentarla de manera positiva… generar autocompasión.

¿Usted sabe hacerlo?

No hace mucho me hundí, no le encontraba sentido a nada. Un día llorando desconsolada me repetí: “Todo esto te lo estás haciendo tú”, y después de mucho insistir mi mente cambió. Lo que nos repetimos tiene mucho poder.

¿Y ya está? Mi mono no se lo cree.

Mejoré, pero cuando el mono volvía a susurrarme pensamientos torturantes como “todo va a salir mal”, me tambaleaba. A la mente le encanta hacer suposiciones, y la mayoría son falsas. Debemos suavizar nuestra rigidez mental si queremos ser felices. Pero la vida está llena de trampas.

Nos pone a prueba con insistencia.

Tú puedes acabar de meditar, sentirte en paz, recibir un e-mail incendiario y se acabó la paz.

Sí, y encima te sientes imbécil.

Necesitamos apuntalarnos, y yo lo hago dándole una frase al mono que le pido que me repita sin descanso, algo que le encanta.

Póngame otro ejemplo.

Quedé con una amiga que me había ofendido y temí no ser capaz de mantener la paz, así que le di un mantra al mono: “Escúchala, respira y calla”. El mono me traicionó y me puse a la defensiva, pero me agarré al mantra, me centré y no caí en la trampa. Hay que mantener el centro.

Entonces tenemos que luchar contra nuestra propia naturaleza.

El otro día vi un chiste: caminan en fila el Homo sapiens, el neandertal, el erectus y el australopithecus. El Homo sapiens se gira y les dice a los demás: “Chicos, volvamos a empezar que nos hemos equivocado en todo”.

Un chiste muy lúcido.

Todos estamos locos, la cuestión es el grado de cada cual. No estamos relajados, decimos “descansa en paz” cuando la gente se muere. El estado basal debería ser estar tranquilos, y no lo estamos. Pero la palabra luchar tampoco me gusta, hay que observar mucho y saber adónde nos está llevando el mono. Estamos despistados.

Si no somos la mente, ¿qué somos?

Lo que quedas cuando sacas todo lo demás, la conciencia de ser. Mucha gente, y eso lo está estudiando la ciencia, cuando tiene un accidente puede verse desde fuera, dando las vueltas de campana. El cerebro siempre nos da una perspectiva, pero puede darnos otra.

¿Qué pasa con el mono cuando dormimos?

Se quita el gorro de la lógica y sigue hablándonos a través de los sueños. Nuestros pensamientos son repetitivos, los de hoy y los de ayer se parecen mucho.

Somos obsesivos.

Sí, obsérvese y verá que tiene muy pocos pensamientos originales. En cambio, por la noche puede saltar a ideas más inconexas y crear cosas nuevas, otros puntos de vista.

¿Cómo guiar la mente en el día a día?

Aprender a nadar en un maremoto es complicado. Hay que hacer silencio y simplificar, vivir sin tanto reto ni autoexigencia, sólo así puedes observar al mono y detectar los pensamientos automáticos que nos dejan huellas emocionales. Porque también llevamos un sabio dentro.

Muy calladito.

Solemos conectar con él cuando nos hemos salvado de una gorda, pero luego volvemos a olvidarlo y a vivir con el piloto automático, por eso digo que lo único que falta en tu vida eres tú.

 

Ima Sanchís

La Vanguardia

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