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SANTOS IMPERFECTOS

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Santos-santos (canonizados o "in fieri", es decir, con el proceso ya avanzado), perfectos, no hay muchos. Solo es perfecto nuestro Padre Celestial, pese a los argumentos que discurren y esgrimen no pocos teólogos "oficiales", que viven de eso, y cuyas tareas pastorales carecen de ministerio y de evangelización.

Los santos -todos los santos- fueron y son también imperfectos y "plusquan imperfectos", y además "por la gracia de Dios". La perfección absoluta tiene nombre, apellidos, cualidades y atributos de Dios. Como ellos -los santos- permiten, consienten y dan la impresión, en ocasiones demasiadamente frecuentes, de satisfacerles que sus devotos, admiradores o agradecidos, se permitan el lujo profano de que de sus "vidas y milagros" se tornen en verdaderos y pingües negocios, no solo de los referidos a los de la "salvación eterna", sino a los que se contabilizan en las entidades bancarias.

Un santo "facedor" de milagros y milagrerías, con misas, recuerdos devotos, rezos, rosarios, panes benditos y dulces benditísimos, llaveros, estampas y estampitas, reliquias y relicario, hábitos, promesas, limosnas en general y con multitud de apelaciones, "Años Santos", indulgencias con IVA o sin IVA, pueden suponerles, y les suponen, substanciosos negocios a los responsables de administrar y predicar sus virtudes.

Esto no obstante, el negocio-negocio, seguro, actual, rentable y con proyección de futuro relacionado con el tema, tiene registrada internacionalmente su consideración con el sobrenombre de "Turismo religioso". Es difícil que rutas, como algunas de las fervorosamente consideradas "religiosas", proporcionen rentabilidades mayores, por ejemplo, que las gastronómicas, paisajísticas, de aventura, deportivas, ecológicas, culturales, monumentales y tantas versiones amparadas en las demarcaciones del ocio.

Romerías, "caminos", `peregrinaciones, "retiros espirituales", hospederías, fiestas, tiempos litúrgicos, actos masivos de confirmación en la fe, presididos por las jerarquías supremas, o sus delegados, convocan ocasional y aun establemente a multitudes de personas enfervorizadas, también proclives a la generosidad y a la creencia de que, prometidas por la participación o asistencia a actos tan diversos, subsanarán los deslices y las debilidades que inopinadamente pudieran registrarse, por aquello de que "todos somos frágiles y humanos", seamos o no, portadores de cruces, distintivos o medallas conmemorativas.

En vísperas ya de las magnas celebraciones a propósito del sexto centenario de la muerte de san Vicente Ferrer, santo valenciano, por más señas perteneciente a la españolísima y ortodoxa Orden de los Padres Predicadores -dominicos- fundada por santo Domingo de Guzmán, personalmente aliento la esperanza de que toda idea de "negocio" contante y sonante estará desterrada de cuantos actos sean programados "con las debidas licencias".

Apuntar a la posibilidad de que existan riesgos tales, no es baladí ni ocioso, por muchos y buenos que sean los propósitos. San Vicente Ferrer es uno de los santos más populares del "Año Cristiano", en Valencia, en España, en Europa y en la Iglesia universal. Las rutas y caminos de su actividad religiosa están docta y convenientemente estudiadas y señalizadas, desde el lugar de su nacimiento en Valencia (23 de enero de 1350,) hasta el 5 de abril de 1419, día de su fallecimiento acontecido en la ciudad francesa de Vannes, con recuerdos fehacientes y documentados y artísticamente expuestos, con literatura y prestigio netamente levantinos.

Solo el dato, circunstancias y motivaciones que hicieron posible el rosario de los milagros que se les atribuyen, proporciona elementos turístico- religiosos de excepcional y atractiva valía, precio y veneración. La contemplación de los púlpitos, iglesias, templos, conventos, calles y plazas en las que enfervorizadamente impartía el pan de la palabra de Dios, y la interpretación que de ella efectuaba, constituye una oferta turístico-religiosa cultural difícilmente equiparable con otras del Santoral.

De los caminos que recorrieron sus obras de caridad a favor de los enfermos, niños huérfanos, abandonados, y desamparados de todo tipo y condición, puede referirse exactamente lo mismo, al igual que de sus gestiones nacionales e internacionales, como en relación con la firma del "Compromiso de Caspe" y de sus aportaciones y consejos al tozudo papa, anti-papa, Benedicto XIII -"estar en sus trece"-,el aragonés Pedro Martinez de Luna, en pro de la terminación del llamado Cisma de Occidente. Su condición reconocida de "consejero matrimonial", como "hombre de elevada moralidad", les hicieron trazar y recorrer caminos de un turismo de calidad y cultura que en la actualidad tanto se precisa.

No puedo dejar de reseñar el sumo cuidado con el que los organizadores de las celebraciones vicentinas han de invertir, al presentar su figura como "acérrimo perseguidor de los judíos" y, por tanto, de los muertos que sus prédicas ocasionaron en tal comunidad. Eran otros tiempos, que ahora el mismo santo repudiaría, y además, y sobre todo, es que los santos, - todos los santos- son imperfectos. Lo es el mismo eminentísimo cardenal valenciano actual, quien da la impresión de disfrutar de que todos, o la mayoría, de sus adoctrinamientos religiosos, acaparen los titulares de prensa que se inician con el verbo "arremeter", es decir, "atacar con ímpetu y fuerza". De diálogo y de "Compromiso", nada de nada, o solo lo estricta y ortodoxamente indispensable...

 

Antonio Aradillas

Religión Digital

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