atrio

 

Redacción de Atrio

En este día de San Juan, hasta hace cuatro años, siempre hablaba con Juan Luis Herrero del Pozo, quien en la pasión de sus últimos años mantuvo intacta su fe personal en Dios Vivo, presente y encarnado no solo en cada persona sino en la creación entera. Él no se separó de la verdadera religión nunca sino de la magia y de la idolatría que denunció en su Iglesia católica. Invito hoy a releerle en este curso: Releyendo a Juan Luis Herrero del Pozo. Sugiero seguir hasta los comentarios el emotivo número 4 de la serie. Pero hoy, tras felicitar a Juan Antonio Vinagre, Juanjo Tamayo, Cejudo… quiero aportar al debate actual de ATRIO un texto en el que el creyente Francis S. Collins define bien claramente su posición sobre la no existencia de pruebas científicas para imponer la existencia de Dios. Y en otra entrada expondremos su postura Biologos, en que expresa la coherencia entre la Fe en Dios y la autonomía del progreso científico. AD.

El Diseño Inteligente [DI] saltó en escena en 1991. Algunas de sus raíces se pueden rastrear en argumentos científicos anteriores que señalaban la improbabilidad estadística de los orígenes de la vida. Pero el DI coloca su mayor énfasis no en cómo surgieron los primeros organismos autorreplicantes, sino en los supuestos errores de la teoría evolutiva para explicar la posterior y sorprendente complejidad de la vida.

Esos argumentos han sido desarrollados por varias personas, especialmente Michael Behe, un profesor de Biología cuyo libro Darwin’s Black Box (La caja negra de Darwin) elaboraba el concepto de la complejidad irreductible. Más recientemente, William Dembski, matemático formado en teoría de la información, ha asumido un papel líder como teórico del movimiento del DI.

El surgimiento del DI coincidió con una serie de derrotas judiciales sobre la enseñanza del creacionismo en las escuelas de los Estados Unidos, un contexto cronológico que ha hecho que los críticos se refieran al DI inmisericordemente como «creacionismo furtivo» o «creacionismo 2.0». Pero estos términos no hacen justicia a la reflexividad y sinceridad de los precursores del DI. Desde mi perspectiva como genetista, biólogo y creyente en Dios, este movimiento merece una seria consideración.

El movimiento del Diseño Inteligente básicamente descansa en tres propuestas:

1ª propuesta: la evolución promueve una concepción atea del mundo y, por lo tanto, debe ser rechazada por los creyentes en Dios.

Phillip Johnson, el fundador, era motivado no tanto por un deseo científico de entender la vida (no tienen pretensiones de ser un científico), sino por una misión personal de defensa de Dios ante lo que él percibía como una creciente aceptación pública de una concepción del mundo puramente materialista. Esta preocupación encuentra mucha mayor resonancia en la comunidad religiosa, en donde los pronunciamientos triunfalistas de algunos de los más francos evolucionistas del momento han llevado a la sensación de que se debe identificar una alternativa científicamente respetable a toda costa. (A ese respecto, se podría pensar en el DI irónicamente como el hijo rebelde de Richard Dawkins y Daniel Dennett.)

Johnson es bastante explícito sobre sus intenciones, como las expone en su libro The Wedge of Truth: Splitting the Foundations of Naturalisrn (La cuña de la verdad: la división de los fundamentos del naturalismo). El Instituto Discovery, un importante partidario del movimiento DI, en el que Johnson trabaja como asesor de estudios, llevó esto un paso adelante en su «documento cuña…, originalmente un memorando interno, pero que se abrió camino hasta internet. Este documento describe metas a cinco, diez y veinte años para influir en la opinión pública, desbancar al materialismo ateo y reemplazarlo con un «entendimiento en términos generales teísta de la naturaleza».

Así, aunque el DI se presente como una teoría científica, es justo decir que no nació de la tradición científica.

2ª propuesta: la evolución es fundamentalmente fallida, ya que no puede explicar la intrincada complejidad de la naturaleza.

Los estudiantes de historia recordarán que el argumento de que la complejidad requiere un diseñador es la misma que presentó William Paley a principios del siglo XIX y que Darwin mismo encontró esta lógica muy convincente antes de llegar a su propia explicación de la evolución por la selección natural. Sin embargo, para el movimiento de DI esta perspectiva ha sido adornada con ropas nuevas, es decir, las ciencias de la bioquímica y la biología celular.

En La caja negra de Darwin, Michael Behe describe estos argumentos muy persuasivamente. Cuando el bioquímico Behe se asoma a los funcionamientos internos de la célula, queda sorprendido y admirado (como yo) de las complejidades de las máquinas moleculares que residen allí, y que la ciencia ha venido descubriendo en las últimas décadas. Existen elegantes máquinas que traducen el ARN en proteína, otras que ayudan a que la célula se mueva, y otras que transmiten señales de la superficie de la célula al núcleo, viajando a través de una ruta de múltiples componentes en cascada.

No es sólo la célula la que produce asombro. Órganos enteros, hechos de millones de millones de células, están construidos de manera que sólo pueden inspirar reverencia. Considérese, por ejemplo, el ojo humano: un complejo órgano similar a una cámara cuya anatomía y fisiología continúan impresionando hasta a los más sofisticados expertos en óptica.

Behe argumenta que máquinas de esta clase nunca podrían haber surgido con base en la selección natural. Sus argumentos se enfocan primariamente en estructuras complejas que involucran la interacción de múltiples proteínas, y cuya función se pierde si cualquiera de estas proteínas cesa de funcionar.

Un ejemplo particularmente prominente citado por Behe es el flagelo bacteriano. Muchas bacterias diferentes poseen estos flagelos, que son como pequeños «motores fuera borda» que impulsan a la célula en varias direcciones. La estructura del flagelo, que consiste en aproximadamente treinta proteínas diferentes, es realmente elegante. Incluye versiones en miniatura de un ancla, un timón y una articulación. Todo esto mueve a un filamento propulsor. El esquema completo es una maravilla de ingeniería nanotecnológica.

Si cualquiera de estas treinta proteínas queda inactiva por alguna mutación genética, todo el aparato deja de funcionar adecuadamente. El argumento de Behe es que un dispositivo tan complejo nunca podría haber surgido tan sólo con base en el proceso darwiniano. Postula que un componente de este complejo motor fuera borda podría haber evolucionado por casualidad durante un largo periodo de tiempo, pero que no habría existido presión selectiva para mantenerlo, a menos que los otros veintinueve se desarrollaran al mismo tiempo. Sin embargo, ninguno de ellos tampoco habría disfrutado de una ventaja selectiva hasta que toda la estructura hubiera sido ensamblada. Behe propone, y Dembski más tarde ha convertido esto en un argumento más matemático, que la probabilidad de una coevolución tan accidental de muchos componentes individualmente inútiles es infinitamente pequeña.

Por lo tanto, el principal argumento científico del movimiento DI constituye una nueva versión del «argumento de la incredulidad personal» de Paley, ahora expresado en el lenguaje de la bioquímica, la genética y las matemáticas.

3.ª propuesta: si la evolución no puede explicar la complejidad irreductible, entonces debe de existir un diseñador inteligente involucrado de alguna manera, que entró para proporcionar los componentes necesarios durante el curso de la evolución.

El movimiento del DI es muy cuidadoso en no especificar quién podría haber sido este diseñador, pero la perspectiva cristiana de la mayoría de los líderes del movimiento sugiere implícitamente que esta fuerza que falta vendría de Dios mismo.

Objeciones científicas al DI

Superficialmente, las objeciones que expone el movimiento DI contra el darwinismo parecen convincentes, y no es de sorprender que los legos, especialmente aquellos en busca del papel de Dios en el proceso evolutivo, hayan abrazado estos argumentos cálidamente. Pero si la lógica realmente tuviera mérito en terrenos científicos, uno esperaría que tropas de biólogos en activo también mostraran interés en perseguir estas ideas, sobre todo porque una cantidad importante de biólogos también son creyentes. Sin embargo, esto no ha sucedido y el Diseño Inteligente continúa siendo una actividad marginal con poca credibilidad dentro de la comunidad científica dominante.

¿Por qué es así? Es porque, corno sugieren los precursores del DI, los biólogos, están tan acostumbrados a venerar el altar de Darwin que no pueden considerar una alternativa. Sin embargo, dado que en realidad los científicos se sienten tan atraídos por las ideas nuevas y siempre están en busca de oportunidades para derribar las teorías aceptadas en el momento, parece poco probable que rechazaran los argumentos del DI solo porque eran contrarios a Darwin. De hecho, la base de rechazo es mucho más importante.

En primer lugar, el Diseño Inteligente no se califica como teoría científica por un problema fundamental. Todas las teorías científicas representan un marco teórico para que cuerpo de observaciones experimentales cobre sentido. Pero la utilidad primaria de una teoría no es solo ver hacia atrás, sino también hacia adelante. Una teoría científica viable predice otros hallazgos y sugiere enfoques para verificaciones experimentales posteriores. El DI se queda muy corto a este respecto. Por lo tanto, a pesar de su atractivo para muchos la propuesta del DI de la intervención de fuerzas sobrenaturales para explicar múltiples entidades biológicas complejas es un callejón científico sin salida. Fuera de que se desarrolle una máquina del tiempo, la verificación de la teoría del DI parece en realidad poco probable.

La teoría nuclear del DI, corno la delineó Johnson, también sufre al no proporcionar un mecanismo mediante el cual las intervenciones sobrenaturales postuladas den lugar a la complejidad. En un intento por abordar esto, Behe sugirió que los organismos primitivos podrían haber sido «precargados» con todos los genes que fueran eventualmente necesarios para el desarrollo de las complejas maquinas moleculares de multicomponentes que él considera irreductiblemente complejas. Behe propone que estos genes dormidos fueron entonces despertados en el momento adecuado cientos de millones de años más tarde, cuando fueron necesitados. Dejando al margen el hecho de que no se ha encontrado hasta la fecha ningún organismo primitivo que contenga esta memoria de información genética para uso futuro, nuestro conocimiento de la velocidad de mutación de los genes que no se están utilizando hace altamente improbable que un almacén de información semejante hubiera sobrevivido el tiempo suficiente para tener alguna utilidad.

De importancia aun mayor para el futuro del DI, parece que ahora muchos de los ejemplos de la complejidad irreductible, después de todo, no son irreductibles, y que argumento científico principal del DI está por tanto en proceso de desmoronarse. En los cortos quince años desde que el DI apareció en escena, la ciencia ha tenido avances sustanciales, particularmente en el estudio detallado de los genomas de varios organismos de diferentes partes del árbol evolutivo. Están empezando a aparecer grietas importantes, lo que sugiere que los partidarios del DI han cometido el error de confundir lo desconocido con lo no cognoscible, o lo no resuelto con lo irresoluble. Han aparecido muchos libros y artículos sobre este tema y el lector interesado puede verificar los aspectos más explícitos (y más técnicos) del debate. Pero existen tres ejemplos de estructuras que parecen cumplir con la definición de Behe de complejidad irreductible que muestran signos claros de cómo podrían haber sido ensamblados por la evolución en un proceso gradual.

La cascada de coagulación de la sangre humana, con su docena o más de proteínas un sistema complejo que Behe juzga digno de Rube Goldberg, puede ser entendido hecho corno un reclutamiento gradual de más y más elementos de la cascada. El diseño parece haber comenzado corno un mecanismo muy sencillo que podría trabajar satisfactoriamente para un sistema hemodinámico de baja presión y bajo flujo, y que evolucionó durante un largo periodo de tiempo hasta convertirse en un complicado aparato, necesario para los humanos y otros mamíferos que tienen un sistema cardiovascular de alta presión, en el que las fugas se deben reparar rápidamente. […]

El ojo es otro ejemplo citado frecuentemente por los defensores del Diseño Inteligente como algo que muestra un grado de complejidad que la selección natural por pasos nunca podría haber logrado. Darwin mismo reconoció la dificultad que sus lectores tendrían en aceptar esto: «Suponer que el ojo, con sus inimitables artefactos para ajustar el foco a diferentes distancias, para admitir diferentes cantidades de luz, y para corregir las aberraciones esférica y cromática, se pudo haber formado por selección natural parece algo, confieso libremente, absurdo en máximo grado».l Sin embargo, Darwin, siempre el impresionante biólogo comparativo, propuso hace ciento cincuenta años una serie de pasos en la evolución de este complejo órgano que la biología molecular moderna está confirmando rápidamente. […]

Un error particularmente dañino en los fundamentos de la teoría del Diseño Inteligente surge de las recientes revelaciones sobre el hijo favorito del DI, el flagelo bacteriano. El argumento de que es irreductiblemente complejo descansa en el supuesto de que las subunidades individuales del flagelo quizá no tenían una función útil anterior, y por lo tanto el motor no se podría haber ensamblado reclutando esos componentes paso a paso, guiados por las fuerzas de la selección natural. Investigaciones recientes han debilitado fundamentalmente esta postura. En particular, la comparación de las secuencias de proteína de muchas bacterias ha demostrado que varios componentes del flagelo están relacionados con un aparato del todo diferente, usado por ciertas bacterias para inyectar toxinas en otras bacterias que deseen atacar. […]

Pero cada nueva pieza similar del rompecabezas ofrece una explicación natural para un paso que el DI ha relegado a fuerzas sobrenaturales, y deja a sus defensores con terreno cada vez más reducido sobre el cual pararse. Behe cita la famosa frase de Darwin para apoyar los argumentos de la complejidad irreductible: «Si se pudiera demostrar que existe algún organismo complejo que no se hubiera podido formar definitivamente a partir de varias, sucesivas y ligeras modificaciones, mi teoría se desmoronaría totalmente».2 En el caso del flagelo, y virtualmente en todos los otros casos propuestos para la complejidad irreductible, estos criterios especificados por Darwin no han sido cumplidos y una evaluación honesta del conocimiento actual lleva a la misma conclusión que sigue en la siguiente frase de Darwin: «Pero no puedo encontrar ni un solo caso así».

Objeciones teológicas al DI

Así, el DI no logra sostenerse científicamente, al no ofrecer una oportunidad para la validación experimental y tampoco unos fundamentos robustos para justificar la afirmación básica de la complejidad irreductible. Sin embargo, más que eso, el DI también falla de un modo que debe ser más preocupante para el creyente que para el científico estricto. El DI es una teoría de un «Dios tapagujeros», al insertar una suposición de la necesidad de una intervención natural en lugares donde sus defensores afirman que la ciencia no puede alcanzar. Varias culturas han tratado de adjudicarle a Dios fenómenos naturales que la ciencia del momento no lograba explicar, ya fuera un eclipse solar o la belleza de una flor. Pero esas teorías tienen una triste historia. Los avances de la ciencia eventualmente llenan esos espacios en blanco, para desgracia de aquellos que hayan anexado su fe a ellas. Finalmente, una religión de un «Dios tapagujeros» corre el amplio riesgo de desacreditar la fe. No debemos repetir este error en la era actual. El Diseño Inteligente corresponde a esta desalentadora tradición y se enfrenta, en última instancia, a la misma desaparición final.

Todavía más, el DI presenta al Todopoderoso como un creador descuidado, que tiene que intervenir a intervalos regulares para reparar las inadecuaciones de su propio plan inicial y generar la complejidad de la vida. Para un creyente que se sobrecoge ante la casi inimaginable inteligencia y genio creador de Dios, ésta es una imagen muy insatisfactoria.

El futuro del movimiento DI

William Dembski, modelador matemático líder del movimiento DI, merece cierto crédito por enfatizar la importancia superior de buscar la verdad: «El Diseño Inteligente no se debe convertir en una noble mentira para derrotar puntos de vista que consideremos inaceptables (la historia está llena de verdades nobles que terminaron en desgracia). Más bien, el Diseño Inteligente necesita convencernos de su verdad con base en sus méritos científicos». Dembski se muestra absolutamente correcto en su afirmación, y sin embargo, su propia declaración presagia la desaparición final del DI. En otra parte Dembski escribe: «Si se pudiera demostrar que sistemas biológicos maravillosamente complejos, elegantes e integrados, como el flagelo bacteriano, se podrían haber formado mediante un proceso gradual darwiniano (y que, por lo tanto, su complejidad específica es una ilusión), entonces el Diseño Inteligente sería refutado en los principios básicos de que no es necesario invocar causas inteligentes cuando bastarían causas naturales indirectas. En ese caso, la Navaja de Occam acabaría con el Diseño Inteligente con facilidad».1

Una sobria evaluación de la información científica actual tendría que concluir que este resultado ya está disponible. Los pretendidos espacios que el DI intenta llenar con Dios están siendo llenados con los avances de la ciencia. Al forzar esta visión estrecha y limitada del papel de Dios, el Diseño Inteligente irónicamente está en camino de crear un considerable daño a la fe.

La sinceridad de los defensores del Diseño Inteligente difícilmente puede ser cuestionada. Es completamente entendible que los creyentes, en particular los cristianos evangelistas, abracen cálidamente el DI, dado el modo en que la teoría de Darwin ha sido presentada por algunos evolucionistas como algo que exige ateísmo. Pero este barco no va hacia la tierra prometida; en cambio, va hacia el fondo del mar. Si los creyentes adscriben sus últimos vestigios de esperanza de que Dios pueda encontrar un lugar en la existencia humana mediante la teoría del DI, y esa teoría se desmorona, ¿qué le sucede a la fe?

¿Es entonces inútil buscar una armonía entre la ciencia y la fe? ¿Debemos aceptar la perspectiva de Darwin: «El universo que observamos tiene precisamente las propiedades que esperaríamos si al final no existiera ni diseño, ni propósito, ni bien, ni mal, nada, excepto ciega indiferencia inmisericorde»?

¡Que nunca sea así! Al creyente y al científico por igual digo que existe una solución clara, convincente e intelectualmente satisfactoria a esta búsqueda de la verdad.

Algunas de sus raíces se pueden rastrear en argumentos científicos anteriores que señalaban la improbabilidad estadística de los orígenes de la vida. Pero el DI coloca su mayor énfasis no en cómo surgieron los primeros organismos autorreplicantes, sino en los supuestos errores de la teoría evolutiva para explicar la posterior y sorprendente complejidad de la vida.

Esos argumentos han sido desarrollados por varias personas, especialmente Michael Behe, un profesor de Biología cuyo libro Darwin’s Black Box (La caja negra de Darwin) elaboraba el concepto de la complejidad irreductible. Más recientemente, William Dembski, matemático formado en teoría de la información, ha asumido un papel líder como teórico del movimiento del DI.

El surgimiento del DI coincidió con una serie de derrotas judiciales sobre la enseñanza del creacionismo en las escuelas de los Estados Unidos, un contexto cronológico que ha hecho que los críticos se refieran al DI inmisericordemente como «creacionismo furtivo» o «creacionismo 2.0». Pero estos términos no hacen justicia a la reflexividad y sinceridad de los precursores del DI. Desde mi perspectiva como genetista, biólogo y creyente en Dios, este movimiento merece una seria consideración.

El movimiento del Diseño Inteligente básicamente descansa en tres propuestas:

1ª propuesta: la evolución promueve una concepción atea del mundo y, por lo tanto, debe ser rechazada por los creyentes en Dios.

Phillip Johnson, el fundador, era motivado no tanto por un deseo científico de entender la vida (no tienen pretensiones de ser un científico), sino por una misión personal de defensa de Dios ante lo que él percibía como una creciente aceptación pública de una concepción del mundo puramente materialista. Esta preocupación encuentra mucha mayor resonancia en la comunidad religiosa, en donde los pronunciamientos triunfalistas de algunos de los más francos evolucionistas del momento han llevado a la sensación de que se debe identificar una alternativa científicamente respetable a toda costa. (A ese respecto, se podría pensar en el DI irónicamente como el hijo rebelde de Richard Dawkins y Daniel Dennett.)

Johnson es bastante explícito sobre sus intenciones, como las expone en su libro The Wedge of Truth: Splitting the Foundations of Naturalisrn (La cuña de la verdad: la división de los fundamentos del naturalismo). El Instituto Discovery, un importante partidario del movimiento DI, en el que Johnson trabaja como asesor de estudios, llevó esto un paso adelante en su «documento cuña…, originalmente un memorando interno, pero que se abrió camino hasta internet. Este documento describe metas a cinco, diez y veinte años para influir en la opinión pública, desbancar al materialismo ateo y reemplazarlo con un «entendimiento en términos generales teísta de la naturaleza».

Así, aunque el DI se presente como una teoría científica, es justo decir que no nació de la tradición científica.

2ª propuesta: la evolución es fundamentalmente fallida, ya que no puede explicar la intrincada complejidad de la naturaleza.

Los estudiantes de historia recordarán que el argumento de que la complejidad requiere un diseñador es la misma que presentó William Paley a principios del siglo XIX y que Darwin mismo encontró esta lógica muy convincente antes de llegar a su propia explicación de la evolución por la selección natural. Sin embargo, para el movimiento de DI esta perspectiva ha sido adornada con ropas nuevas, es decir, las ciencias de la bioquímica y la biología celular.

En La caja negra de Darwin, Michael Behe describe estos argumentos muy persuasivamente. Cuando el bioquímico Behe se asoma a los funcionamientos internos de la célula, queda sorprendido y admirado (como yo) de las complejidades de las máquinas moleculares que residen allí, y que la ciencia ha venido descubriendo en las últimas décadas. Existen elegantes máquinas que traducen el ARN en proteína, otras que ayudan a que la célula se mueva, y otras que transmiten señales de la superficie de la célula al núcleo, viajando a través de una ruta de múltiples componentes en cascada.

No es sólo la célula la que produce asombro. Órganos enteros, hechos de millones de millones de células, están construidos de manera que sólo pueden inspirar reverencia. Considérese, por ejemplo, el ojo humano: un complejo órgano similar a una cámara cuya anatomía y fisiología continúan impresionando hasta a los más sofisticados expertos en óptica.

Behe argumenta que máquinas de esta clase nunca podrían haber surgido con base en la selección natural. Sus argumentos se enfocan primariamente en estructuras complejas que involucran la interacción de múltiples proteínas, y cuya función se pierde si cualquiera de estas proteínas cesa de funcionar.

Un ejemplo particularmente prominente citado por Behe es el flagelo bacteriano. Muchas bacterias diferentes poseen estos flagelos, que son como pequeños «motores fuera borda» que impulsan a la célula en varias direcciones. La estructura del flagelo, que consiste en aproximadamente treinta proteínas diferentes, es realmente elegante. Incluye versiones en miniatura de un ancla, un timón y una articulación. Todo esto mueve a un filamento propulsor. El esquema completo es una maravilla de ingeniería nanotecnológica.

Si cualquiera de estas treinta proteínas queda inactiva por alguna mutación genética, todo el aparato deja de funcionar adecuadamente. El argumento de Behe es que un dispositivo tan complejo nunca podría haber surgido tan sólo con base en el proceso darwiniano. Postula que un componente de este complejo motor fuera borda podría haber evolucionado por casualidad durante un largo periodo de tiempo, pero que no habría existido presión selectiva para mantenerlo, a menos que los otros veintinueve se desarrollaran al mismo tiempo. Sin embargo, ninguno de ellos tampoco habría disfrutado de una ventaja selectiva hasta que toda la estructura hubiera sido ensamblada. Behe propone, y Dembski más tarde ha convertido esto en un argumento más matemático, que la probabilidad de una coevolución tan accidental de muchos componentes individualmente inútiles es infinitamente pequeña.

Por lo tanto, el principal argumento científico del movimiento DI constituye una nueva versión del «argumento de la incredulidad personal» de Paley, ahora expresado en el lenguaje de la bioquímica, la genética y las matemáticas.

3.ª propuesta: si la evolución no puede explicar la complejidad irreductible, entonces debe de existir un diseñador inteligente involucrado de alguna manera, que entró para proporcionar los componentes necesarios durante el curso de la evolución.

El movimiento del DI es muy cuidadoso en no especificar quién podría haber sido este diseñador, pero la perspectiva cristiana de la mayoría de los líderes del movimiento sugiere implícitamente que esta fuerza que falta vendría de Dios mismo.

Objeciones científicas al DI

Superficialmente, las objeciones que expone el movimiento DI contra el darwinismo parecen convincentes, y no es de sorprender que los legos, especialmente aquellos en busca del papel de Dios en el proceso evolutivo, hayan abrazado estos argumentos cálidamente. Pero si la lógica realmente tuviera mérito en terrenos científicos, uno esperaría que tropas de biólogos en activo también mostraran interés en perseguir estas ideas, sobre todo porque una cantidad importante de biólogos también son creyentes. Sin embargo, esto no ha sucedido y el Diseño Inteligente continúa siendo una actividad marginal con poca credibilidad dentro de la comunidad científica dominante.

¿Por qué es así? Es porque, como sugieren los precursores del DI, los biólogos, están tan acostumbrados a venerar el altar de Darwin que no pueden considerar una alternativa. Sin embargo, dado que en realidad los científicos se sienten tan atraídos por las ideas nuevas y siempre están en busca de oportunidades para derribar las teorías aceptadas en el momento, parece poco probable que rechazaran los argumentos del DI solo porque eran contrarios a Darwin. De hecho, la base de rechazo es mucho más importante.

En primer lugar, el Diseño Inteligente no se califica como teoría científica por un problema fundamental. Todas las teorías científicas representan un marco teórico para que cuerpo de observaciones experimentales cobre sentido. Pero la utilidad primaria de una teoría no es solo ver hacia atrás, sino también hacia adelante. Una teoría científica viable predice otros hallazgos y sugiere enfoques para verificaciones experimentales posteriores. El DI se queda muy corto a este respecto. Por lo tanto, a pesar de su atractivo para muchos la propuesta del DI de la intervención de fuerzas sobrenaturales para explicar múltiples entidades biológicas complejas es un callejón científico sin salida. Fuera de que se desarrolle una máquina del tiempo, la verificación de la teoría del DI parece en realidad poco probable.

La teoría nuclear del DI, corno la delineó Johnson, también sufre al no proporcionar un mecanismo mediante el cual las intervenciones sobrenaturales postuladas den lugar a la complejidad. En un intento por abordar esto, Behe sugirió que los organismos primitivos podrían haber sido «precargados» con todos los genes que fueran eventualmente necesarios para el desarrollo de las complejas maquinas moleculares de multicomponentes que él considera irreductiblemente complejas. Behe propone que estos genes dormidos fueron entonces despertados en el momento adecuado cientos de millones de años más tarde, cuando fueron necesitados. Dejando al margen el hecho de que no se ha encontrado hasta la fecha ningún organismo primitivo que contenga esta memoria de información genética para uso futuro, nuestro conocimiento de la velocidad de mutación de los genes que no se están utilizando hace altamente improbable que un almacén de información semejante hubiera sobrevivido el tiempo suficiente para tener alguna utilidad.

De importancia aun mayor para el futuro del DI, parece que ahora muchos de los ejemplos de la complejidad irreductible, después de todo, no son irreductibles, y que argumento científico principal del DI está por tanto en proceso de desmoronarse. En los cortos quince años desde que el DI apareció en escena, la ciencia ha tenido avances sustanciales, particularmente en el estudio detallado de los genomas de varios organismos de diferentes partes del árbol evolutivo. Están empezando a aparecer grietas importantes, lo que sugiere que los partidarios del DI han cometido el error de confundir lo desconocido con lo no cognoscible, o lo no resuelto con lo irresoluble. Han aparecido muchos libros y artículos sobre este tema y el lector interesado puede verificar los aspectos más explícitos (y más técnicos) del debate. Pero existen tres ejemplos de estructuras que parecen cumplir con la definición de Behe de complejidad irreductible que muestran signos claros de cómo podrían haber sido ensamblados por la evolución en un proceso gradual.

La cascada de coagulación de la sangre humana, con su docena o más de proteínas un sistema complejo que Behe juzga digno de Rube Goldberg, puede ser entendido hecho corno un reclutamiento gradual de más y más elementos de la cascada. El diseño parece haber comenzado corno un mecanismo muy sencillo que podría trabajar satisfactoriamente para un sistema hemodinámico de baja presión y bajo flujo, y que evolucionó durante un largo periodo de tiempo hasta convertirse en un complicado aparato, necesario para los humanos y otros mamíferos que tienen un sistema cardiovascular de alta presión, en el que las fugas se deben reparar rápidamente. […]

El ojo es otro ejemplo citado frecuentemente por los defensores del Diseño Inteligente como algo que muestra un grado de complejidad que la selección natural por pasos nunca podría haber logrado. Darwin mismo reconoció la dificultad que sus lectores tendrían en aceptar esto: «Suponer que el ojo, con sus inimitables artefactos para ajustar el foco a diferentes distancias, para admitir diferentes cantidades de luz, y para corregir las aberraciones esférica y cromática, se pudo haber formado por selección natural parece algo, confieso libremente, absurdo en máximo grado».l Sin embargo, Darwin, siempre el impresionante biólogo comparativo, propuso hace ciento cincuenta años una serie de pasos en la evolución de este complejo órgano que la biología molecular moderna está confirmando rápidamente. […]

Un error particularmente dañino en los fundamentos de la teoría del Diseño Inteligente surge de las recientes revelaciones sobre el hijo favorito del DI, el flagelo bacteriano. El argumento de que es irreductiblemente complejo descansa en el supuesto de que las subunidades individuales del flagelo quizá no tenían una función útil anterior, y por lo tanto el motor no se podría haber ensamblado reclutando esos componentes paso a paso, guiados por las fuerzas de la selección natural. Investigaciones recientes han debilitado fundamentalmente esta postura. En particular, la comparación de las secuencias de proteína de muchas bacterias ha demostrado que varios componentes del flagelo están relacionados con un aparato del todo diferente, usado por ciertas bacterias para inyectar toxinas en otras bacterias que deseen atacar. […]

Pero cada nueva pieza similar del rompecabezas ofrece una explicación natural para un paso que el DI ha relegado a fuerzas sobrenaturales, y deja a sus defensores con terreno cada vez más reducido sobre el cual pararse. Behe cita la famosa frase de Darwin para apoyar los argumentos de la complejidad irreductible: «Si se pudiera demostrar que existe algún organismo complejo que no se hubiera podido formar definitivamente a partir de varias, sucesivas y ligeras modificaciones, mi teoría se desmoronaría totalmente».2 En el caso del flagelo, y virtualmente en todos los otros casos propuestos para la complejidad irreductible, estos criterios especificados por Darwin no han sido cumplidos y una evaluación honesta del conocimiento actual lleva a la misma conclusión que sigue en la siguiente frase de Darwin: «Pero no puedo encontrar ni un solo caso así».

Objeciones teológicas al DI

Así, el DI no logra sostenerse científicamente, al no ofrecer una oportunidad para la validación experimental y tampoco unos fundamentos robustos para justificar la afirmación básica de la complejidad irreductible. Sin embargo, más que eso, el DI también falla de un modo que debe ser más preocupante para el creyente que para el científico estricto. El DI es una teoría de un «Dios tapagujeros», al insertar una suposición de la necesidad de una intervención sobrenatural en lugares donde sus defensores afirman que la ciencia no puede alcanzar. Varias culturas han tratado de adjudicarle a Dios fenómenos naturales que la ciencia del momento no lograba explicar, ya fuera un eclipse solar o la belleza de una flor. Pero esas teorías tienen una triste historia. Los avances de la ciencia eventualmente llenan esos espacios en blanco, para desgracia de aquellos que hayan anexado su fe a ellas. Finalmente, una religión de un «Dios tapagujeros» corre el amplio riesgo de desacreditar la fe. No debemos repetir este error en la era actual. El Diseño Inteligente corresponde a esta desalentadora tradición y se enfrenta, en última instancia, a la misma desaparición final.

Todavía más, el DI presenta al Todopoderoso como un creador descuidado, que tiene que intervenir a intervalos regulares para reparar las inadecuaciones de su propio plan inicial y generar la complejidad de la vida. Para un creyente que se sobrecoge ante la casi inimaginable inteligencia y genio creador de Dios, ésta es una imagen muy insatisfactoria.

El futuro del movimiento DI

William Dembski, modelador matemático líder del movimiento DI, merece cierto crédito por enfatizar la importancia superior de buscar la verdad: «El Diseño Inteligente no se debe convertir en una noble mentira para derrotar puntos de vista que consideremos inaceptables (la historia está llena de verdades nobles que terminaron en desgracia). Más bien, el Diseño Inteligente necesita convencernos de su verdad con base en sus méritos científicos». Dembski se muestra absolutamente correcto en su afirmación, y sin embargo, su propia declaración presagia la desaparición final del DI. En otra parte Dembski escribe: «Si se pudiera demostrar que sistemas biológicos maravillosamente complejos, elegantes e integrados, como el flagelo bacteriano, se podrían haber formado mediante un proceso gradual darwiniano (y que, por lo tanto, su complejidad específica es una ilusión), entonces el Diseño Inteligente sería refutado en los principios básicos de que no es necesario invocar causas inteligentes cuando bastarían causas naturales indirectas. En ese caso, la Navaja de Occam acabaría con el Diseño Inteligente con facilidad».1

Una sobria evaluación de la información científica actual tendría que concluir que este resultado ya está disponible. Los pretendidos espacios que el DI intenta llenar con Dios están siendo llenados con los avances de la ciencia. Al forzar esta visión estrecha y limitada del papel de Dios, el Diseño Inteligente irónicamente está en camino de crear un considerable daño a la fe.

La sinceridad de los defensores del Diseño Inteligente difícilmente puede ser cuestionada. Es completamente entendible que los creyentes, en particular los cristianos evangelistas, abracen cálidamente el DI, dado el modo en que la teoría de Darwin ha sido presentada por algunos evolucionistas como algo que exige ateísmo. Pero este barco no va hacia la tierra prometida; en cambio, va hacia el fondo del mar. Si los creyentes adscriben sus últimos vestigios de esperanza de que Dios pueda encontrar un lugar en la existencia humana mediante la teoría del DI, y esa teoría se desmorona, ¿qué le sucede a la fe?

¿Es entonces inútil buscar una armonía entre la ciencia y la fe? ¿Debemos aceptar la perspectiva de Darwin: «El universo que observamos tiene precisamente las propiedades que esperaríamos si al final no existiera ni diseño, ni propósito, ni bien, ni mal, nada, excepto ciega indiferencia inmisericorde»?

¡Que nunca sea así! Al creyente y al científico por igual digo que existe una solución clara, convincente e intelectualmente satisfactoria a esta búsqueda de la verdad.