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"Muchos esperan a la Iglesia, como autoridad moral: los mensajes que podemos publicar son leídos con atención". Bruno Marie Duffé es el Secretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, la 'task force' dirigida por el cardenal Turkson que, entre otras muchas cosas, está al frente del trabajo de la Iglesia católica para luchar contra el coronavirus.

"Lo que puede ofrecer la Iglesia – y el Vaticano, como Estado – es sacar a la luz las opciones fundamentales de la caridad y de la justicia: la cura, (entendida como cuidado y no sólo como sanación) a todos sin discriminación; la prioridad de la salud antes de la guerra y de todas las violencias, el apoyo a la comunidad científica para trabajar en la producción de una vacuna eficaz y de terapias y tratamientos respetando la vida y los organismos, el acompañamiento a los más frágiles y el cuidado del planeta", sostiene Duffé en esta entrevista con RD, en la que muestra, con claridad, cómo todo está conectado: "Cuando enferma la biodiversidad y cuando practicamos un "desarrollo sin límite" y sin respeto a la naturaleza, los virus se desarrollan y se confirma así que tenemos un tipo de desarrollo que mata el equilibrio y ritmo natural". Y que, como no se cansa de repetir Francisco, "nadie se salva solo".

¿Cómo está viviendo su Dicasterio la pandemia del coronavirus?

Con vigilancia, prudencia y atención a las personas, reorganizando nuestras actividades y prioridades para estar más centrados en la escucha de todas las personas, en el mundo, a las Iglesias locales y considerando particularmente la situación de aquellos grupos y comunidades más pobres y vulnerables.

Con la creación, en marzo del pasado año, según la voluntad del Papa Francisco, de la « Comisión Vatican Covid–19 », estamos muy comprometidos en las diversas dimensiones de esta crisis sanitaria  que ha amplificado todas las otras crisis actuales y que tienen relación con los grupos de trabajo que hemos creado:

La dimensión humanitaria: las llamadas de ayudas con urgencia (en colaboración con la « Caritas Internationalis » y con otras iniciativas caritativas promovidas por otras realidades de la Santa Sede, como la Limosnería Apostólica, las Obras Misiónales Pontificias y la Farmacia Vaticana).

La dimensión de reflexión y proposición - « preparar el futuro », dice el Santo Padre para mantener la esperanza viva  (en diálogo con actores y expertos como las Academias Pontificias para la Vida, las Ciencias y las Ciencias Sociales, junto con otras varias organizaciones que ya colaboran habitualmente con el DSDHI).

La dimensión de comunicación con las Iglesias en todos los países y también con  la opinión pública (con la coordinación del Dicasterio para la Comunicación).

La dimensión de las relaciones con los Estados (en colaboración con la Secretaria del Estado del Vaticano).

La dimensión de búsqueda de fondos para ayudar y hacer vivir la misión.

Esas dimensiones son determinantes en la misión del Dicasterio y de la propia Comisión porque entendimos que muchos están esperando una ayuda y un mensaje de esperanza en este contexto complejo y muy inquietante.

El 20 de marzo se va a cumplir un año de la creación en su Dicasterio y a petición del Papa Francisco, de La Comisión Vaticana Covid-19 (#VaticanCovidCommission)  para "preparar el futuro", esto es promover análisis y la reflexión respecto a los desafíos socioeconómicos del futuro y propuesta y criterios para afrontarlos. Usted es uno de sus principales coordinadores. ¿Cuál es el balance que hace de la respuesta global a la crisis?

El Vaticano lleva sus posibilidades y capacidades para participar a la solidaridad que necesita esta situación inédita de pandemia mundial, con un virus y una infección desconocidas. Sin embargo, la Iglesia que tiene como misión ser solícita y prestar atención a toda la humanidad sufriente, tratando de continuar la misión de Jesús que fue y es "el prójimo", "el próximo" de los que sufrían y sufren, no tiene la solución definitiva a una crisis que exige la cooperación de todos los actores y decisores en el mundo. Lo que puede ofrecer la Iglesia – y el Vaticano, como Estado – es primordialmente sacar a la luz las opciones fundamentales de la caridad y de la justicia : la cura, (entendida como cuidado y no sólo como sanación) a todos sin discriminación; la prioridad de la salud antes de la guerra y de todas las violencias, el apoyo a la comunidad científica para trabajar en la producción de una vacuna eficaz y de terapias y tratamientos respetando la vida y los organismos, el acompañamiento a los más frágiles y el cuidado del planeta. Parece ya bastante claro, en efecto, que cuando enferma la biodiversidad y cuando practicamos un "desarrollo sin límite" y sin respeto a la naturaleza, los virus se desarrollan y se confirma así que tenemos un tipo de desarrollo que mata el equilibrio y ritmo natural. Tenemos que decirlo claramente: tenemos una parte importante de responsabilidad en esta crisis que no nos ha venido del cielo sino de nuestro modelo de vivir, construir, destruir, consumir y … contaminar.

Lo que podemos es mirar la realidad de nuevas pobrezas, que amplifican las fragilidades físicas y psicológicas, particularmente con la gente que no tiene empleo o, ni siquiera, una casa en la que vivir: parados, migrantes, jóvenes, mujeres solas… Las desigualdades parecen más y más fuertes y la experiencia de sentirse sin actividad o inútil produce tristeza y depresión con una pérdida del gusto por la vida. A esto se suma que el confinamiento mismo ha tocado la fuerza moral de muchas personas…

Los que tienen que tomar responsabilidades públicas están en situación delicada para decidir y trabajar para el futuro. La crisis no es solamente una crisis sanitaria sino también social y económica. Se trata del presente y del futuro de la comunidad, en cada país y en la comunidad humana.

El desafío más grande es el de ofrecer, a los que tienen que decidir los pasos que dar hacia el futuro, referencias morales fuertes para sostener proyectos que tomen en cuenta la salud, la educación y nuevos empleos que necesitamos tanto: agricultura y producción agroalimentaria de calidad para la comida, nuevas energías, nuevas técnicas para construir casas y ciudades, nuevos modos de transportes etc.  Todo eso participa en la elaboración de una respuesta global, hoy, para los tiempos que vienen.

Sabemos que muchos esperan a la Iglesia, como autoridad moral y que los mensajes que podemos publicar son leídos con atención. Entendemos que el tema central es el de una «conversión» y de un cambio de «paradigma»: nuestra manera de pensar el desarrollo humano. Así el contenido de las dos últimas encíclicas del Papa Francisco: «Laudato si’» – sobre la salvaguarda de la casa común – (2015) y «Fratelli tutti» - sobre la fraternidad y amistad social (2020 y escrita durante la epidemia Covid-19), participan directamente a esta reflexión para « preparar el futuro », de una manera « integral ».

Para conocer algunos datos, cifras, publicaciones y otros detalles del trabajo de la Comisión, Invitamos a leer el Informe de Actividades 2020 de la Comisión Vaticana Covid-19 descargable desde nuestro apartado web especial de la Comisión.

Los ancianos, los pobres, los más vulnerables, han sido las principales víctimas del coronavirus. ¿Qué efectos cree que tendrá la pandemia a largo plazo?

Se podría decir que cada crisis social saca a la luz las dificultades que tenemos para vivir la solidaridad. Particularmente en una cultura dominante que tiene como valor primero el bienestar individual. Dicho esto, vivimos una paradoja muy fuerte y muy interesante: la lógica "productivista " pone en primera línea al joven, al "hombre" joven.

Hemos privilegiado a los jóvenes, en la vida cotidiana como en este contexto de epidemia. Pero, en esos días – y esta es la paradoja - parece que necesitamos la presencia y el apoyo mutuo, entre generaciones. Los ancianos pueden morir de soledad – y no solamente del virus – y los jóvenes descubrieron que extrañan sus padres y abuelos. Todo eso muestra la necesidad de esta relación intergeneracional y de una complementariedad entre las edades. Y ahora continúa la paradoja con la problemática de la vacuna : unos piensan que hace falta poner la vacuna prioritariamente a los ancianos pero tenemos que no olvidar a los jóvenes, estudiantes, trabajadores jóvenes, que ahora esperan también recibir esta protección de la vacuna.

De una manera general, esta cuestión nos interpela a pensar mejor  el papel de cada uno, joven o anciano, en la comunidad social. Y también el papel de los y las que parecen no tener su lugar en la sociedad. Quienes no tienen un rol importante o que no son actores determinantes de la vida económica. ¿Cómo explicar que nuestro cuidado y nuestra atención a una persona pobre, sin empleo, sin domicilio o en la calle, es una atención y una “cura” a la humanidad entera?

La conversión a la cual somos llamados es realmente una revolución de nuestra manera de mirar a la humanidad, en cada uno y una. La paz y la armonía entre los miembros de la humanidad continuaría con la búsqueda de la armonía entre todos los seres vivos. Curando (cuidando, sanando, mimando…) a los ancianos, así como a los más frágiles y pobres, curamos también a nuestra humanidad, Dios ama sin olvidar a nadie.

Hablando de los más mayores y de los más frágiles os invitamos también a leer el documento « La vejez nuestro futuro. La condición de los ancianos después de la pandemia » de la Pontificia Academia para la Vida que presentamos recientemente en la Sala Stampa del Vaticano y en la que tuve ocasión de participar.

Y próximamente en nuestra página web os ofreceremos también el documento de escucha, acompañamiento y orientación pastoral que preparamos y que se titula "Acompañar a personas con sufrimiento psicológico en el contexto de la pandemia Covid-19" y que pensamos también puede ser de ayuda a tantas personas que sufren en este sentido y a quienes les cuidan y acompañan.

¿Qué puede hacer el Vaticano, qué podemos hacer los católicos?

Esencialmente podemos ofrecer una esperanza contra todas las desesperanzas. Y anunciar que tenemos capacidades para asumir los desafíos de esta crisis.

Está claro que este compromiso, que es también un testimonio,  con generosidad y realismo, lo realizamos en el nombre de Jesús que ha compartido nuestra condición humana y ofrecido una palabra de comprensión, de "cura" (cuidado), de afección y de fuerza espiritual a todos los más vulnerables, llama a los católicos, mano a mano con todas las personas consideran el humanismo como una visión vital, a sostener y a actuar todas las iniciativas que permiten romper la soledad y la tristeza. Eso quiere decir que, la Iglesia local, en los pueblos como en los barrios, en las escuelas como en los hospitales, tiene que ser una presencia discreta y delicada, ofreciendo ánimo y confianza.

Ese "salvarse juntos" no es una actitud ingeniosa o irresponsable, sino una sabiduría, un conocimiento que a menudo falta mucho en nuestra cultura individualista que propone ese "salvarse solo", sin los otros. Una dinámica que se inspira en el movimiento existencial y espiritual del « recibir y dar ». Como dice Cristo en el Evangelio: tenéis que dar « gratuitamente » lo que vosotros habéis recibido « gratuitamente ». La gratuidad es otra palabra para hablar del amor. Y otra palabra que han recibido los cristianos es la palabra  "misericordia": lo que quiere decir que Dios está cerca de los humanos y de la Creación que gritan su dolor. Dios no abandona a nadie y da a las personas los medios para hallar un camino de justicia y de felicidad. No quiere nuestro Dios dejar a los que sufren. Y los que tienen en su vida interior esta fe no pueden abandonar la misión de estar cerca de los pobres.

La "Doctrina Social de la Iglesia católica" propone algunos principios que pueden inspirar la vida y las decisiones, también en este contexto de crisis:

- El primer principio es la consideración de la dignidad de la persona humana y de los derechos humanos que deben traducirse en el respeto de esta dignidad irreductible.

- El principio de la subsidiaridad llama a respetar todos los niveles de responsabilidad y nos recuerda que cada uno tiene una parte de responsabilidad para el futuro de la comunidad humana.

- El principio de la solidaridad conduce a ver al otro como un hermano.

- La prioridad del bien común y la opción primera para y con los pobres da una luz para nuestras decisiones colectivas y personales.

Es decir, lo que tenemos que hacer es dar lo que hemos recibido: lo que conocemos, lo que tenemos, lo que somos, lo que esperamos. En este sentido, los "católicos" – palabra que significa "universal" tienen una vocación y una misión: ser servidores de la comunidad humana, en todos los servicios a los otros. Servir para abrir de nuevo el futuro y la esperanza a todas las personas.

Uno de los desafíos es el de lograr "vacunas para todos". ¿Se logrará?

La vacuna es uno de los temas que concentra actualmente todas la dimensiones de la problemática sanitaria y social de la pandemia. Se trata de saber cómo elaborar y producir vacunas con la mayor seguridad en cuanto a condiciones científicas, técnicas y éticas correctas. Pero, sobre todo, la vacuna se presenta como el punto sensible de la solidaridad internacional. Lamentablemente debemos reconocer que esta vacuna parece, en algunas posiciones políticas y económicas, como el objeto de un "egoísmo nacional". Eso muestra que queremos salvarnos "sin los otros" y que los que tienen más riquezas piensan que tienen la prioridad. ¿Cómo pensar y realizar una vacuna como "un bien común" y desarrollar una política sanitaria que no olvide a los más vulnerables  y que no  deje a nadie sobre el lado del camino? Este es el desafío más grande: una cura de la comunidad humana, considerando cada de sus miembros sin discriminación ni preferencia.

Entendemos bien que todos quieren recibir una vacuna que parece como la terapia que salva. Tendremos que seguir los efectos de esta terapia frente a la evolución de la epidemia (en particular con las « variantes » de la infección).  Entendemos también que la reflexión ética – que es el pensamiento de la responsabilidad, a todos los niveles de la sociedad y de las instituciones – concierne a los y las que están en primera línea: a las personas que se dedican a la ciencia y a la política, pero también a cada ciudadano.   Entonces vemos que el desafío no es solamente un desafío "científico-técnico" sino también un desafío humano que concierne a nuestra manera de pensar y vivir nuestra humanidad (o co-humanidad).

La referencia a la Encíclica « Fratellitutti » - Todos hermanos y hermanas -  del Papa Francisco (octubre de 2020) ofrece una clave de reflexión y una llamada a la conversión, a propósito de este desafío : tenemos que pasar de un mundo cerrado, el del individualismo, a un mundo abierto al encuentro y a la hospitalidad mutua. Este es el paso determinante en cuanto a la problemática de la vacuna.

"Vacuna para todos" quiere decir cura y consideración para todos con una prioridad a los más frágiles: personas y comunidades que no tienen los medios y que tienen miedo frente al futuro. Nuestra manera de compartir la vacuna y las medicinas va a mostrar nuestra manera de pensar y vivir nuestra humanidad. Cada vez más en esta crisis sanitaria, social y económica, podemos decir que el dilema final es: compartir o morir. Nuestra fe, sobre el camino de Jesús nos llama a dar y proteger la vida, en su vulnerabilidad porque cada persona humana tiene en sí misma la imagen de Dios y lleva una promesa para la comunidad y para el futuro.

Cierto es que la vacuna no es la última palabra de una historia que continuará con cosas bellas y cosas terribles, violencia y amor. Sin duda tendremos que hallar otras medicinas y sumar las terapias con un conocimiento nuevo de la tierra, plantas y hierbas que tienen riquezas extraordinarias para dar cuidado de nuestras vidas. El desafío de curar a todos es también el desafío de "una salud integral" que consiste en  el respeto de la vida, de los seres vivos, de la naturaleza y de la biodiversidad – y bio-complementariedad…

Sobre la cuestión de las vacunas también os invito como elemento complementario a leer la nota informativa con 20 puntos esenciales que presentamos en diciembre junto a la Pontificia Academia para la Vida y que ha pretendido también arrojar luz al respecto de toda esta cuestión.

¿Corremos el riesgo de que esta crisis ensanche la brecha entre ricos y pobres?

Hay que decir que vivimos una paradoja: el virus no hace diferencias entre los ricos y los pobres. Amplifica las diferencias. Pero en esta situación de enfermedad, hay – como dice el Papa –otro virus que es el rechazo a mirar a los otros y de ser tocado, en nuestro interior, por la desigualdad que se confirma y, a veces, en este contexto, se amplifica.

¿Cómo podemos pensar que se puede sobrevivir – y vivir mejor, en el futuro – sin un deseo profundo y una voluntad de luchar contra la injusticia social? Todos los países que hacen una evolución económica conocen en algún momento la protesta de los que no pueden pagar para comer o tener una casa. ¿Qué quiere decir eso? ¿Quizá que nos volvemos algo más insensibles cuando tenemos un poco más de dinero o de poder? Pues lo cierto es que, con más o menos dinero, seguimos siendo hombres y mujeres, exactamente con las mismas fragilidades y con capacidades bellas. Y necesitamos los talentos y cualidades de cada persona. Sabemos claramente que las desigualdades son causas de violencias y de muerte.

La pandemia nos ha hecho conscientes de nuestra igualdad frente a la enfermedad y de la desigualdad que produce nuestro comportamiento egocéntrico. Con dice, de una manera muy fuerte la Biblia, frente a nosotros hay dos caminos: el camino de la vida y el  camino de la muerte. Tenemos que optar por el camino de la vida. La vida como cura de nuestros cuerpos; pero también la vida del cuerpo social, porque somos los miembros de un mismo «cuerpo» que es la sociedad.

Dice San Pablo: «cuando un miembro está enfermo, todo el cuerpo está enfermo». ¿No nos damos cuenta de que muchos debates actuales tienen en su centro este tema de la justicia social? Hay que estar vigilantes: a quién vamos a dar apoyos en prioridad y cómo vamos a articular cura y futuro, salud y trabajo. Las tres palabras del Papa Francisco resuenan aquí de una manera particular: «Techo, Tierra, Trabajo». Quiere decir que el cuidado de las personas pasa por la protección (física y social), la posibilidad de disfrutar de una tierra (lugar para vivir y raíces para tener una memoria) y trabajo (para participar en la vida común de la comunidad humana y recibir un poco de la riqueza producida).

La primera comunidad cristiana, presentada en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, se organiza a partir de la Palabra de los Apóstoles, la Oración, el Pan compartido, en memoria de Jesús y los bienes compartidos según las necesidades de cada uno. Esto nos interpela hoy, en este tiempo, y nos invita a fundar de nuevo la relación social y el modelo de desarrollo.

El Papa ha dicho en innumerables ocasiones que de esta crisis saldremos mejores o peores, pero nunca iguales. ¿Podemos ser optimistas, o el análisis nos lleva a concluir que no aprenderemos nada?

Cada día parece que esta experiencia terrible de la pandemia es una etapa de la historia individual pero también de la historia de nuestra humanidad. Como cualquier tiempo de renovación, es un momento para creer, para esperar y para amar. El riesgo más grande sería el de «continuar» como antes, como si un vendaje pudiera curar la herida que tenemos en nuestro cuerpo social. Claro que vamos a reorganizar nuestra vida, pero ¿para ir hacia dónde y para vivir cómo?

Ser mejores sería ponerse límites: paradójicamente, la pandemia ha impuesto a nuestras existencias unos límites que nosotros no habíamos querido poner en nuestra manera de vivir. Se trata de saber cómo podemos vivir más sobriamente, considerando los ritmos de la naturaleza y de las vidas humanas.

Debemos comenzar con una consideración sobre qué es lo que hace crecer y qué es lo que destruye. Nuestra cultura del «todavía más» y el «paradigma tecnocrático» - como podemos leer en la Encíclica «Laudato si’» del Santo Padre (2015) que considera el desarrollo a partir de las posibilidades de las máquinas, nos conduce a extinguirnos. Yo creo que continuamos aprendiendo, pero tenemos una gran dificultad para cambiar. La producción de objetos más y más perfeccionados nos da posibilidades siempre nuevas, pero al mismo tiempo, nos hacen más dependientes.

¿Cómo recibir de la experiencia de la pandemia –que tiene relaciones evidentes con nuestro desarrollo y nuestros estilos de vida– una reflexión más profunda sobre nuestra condición humana? Este sería el aspecto más delicado. Nuestra civilización de los objetos y del consumo permanente nos hacen ciegos frente a la belleza de la simplicidad: de lo que hemos recibido de las generaciones pasadas y de los que podemos ofrecer y dejar a las generaciones futuras. Podemos decir que estamos en un nuevo comienzo: hay que revisar los cimientos de nuestra «casa personal»   y de nuestra «casa común» y ver cómo queremos habitar juntos en esta casa.

La misión de la Iglesia, en la memoria de Jesús, tiene un mensaje que no es simplemente un optimismo sino una esperanza en Dios que jamás puede abandonar a sus hijos e hijas y en la humanidad que tiene riquezas interiores que no conocemos. La contemplación de los bienes recibidos y la belleza de los saberes, sabidurías y experiencias humanas nos llaman a nacer a una nueva manera de existir – es decir salir de nosotros mismos y de nosotras mismas – para escribir nuestra historia, a partir de los dos verbos: « recibir » y « dar » que son como los dos movimientos naturales y esenciales de nuestra respiración.

Arranca la Cuaresma, un tiempo de oración, reflexión, preparación para la Pascua. ¿Cómo vivir esta segunda Cuaresma del coronavirus?

La Cuaresma es un tiempo de “verdad” para los cristianos. Cuarenta días para hacer un camino interior y mirar con sinceridad y humildad nuestra vida personal y relacional. Es un tiempo para redescubrir el sentido de nuestra vida y reconciliar nuestra fe y nuestra manera de vivir.

Las tres llamadas que el Evangelio recuerda a los creyentes, a partir de las enseñanzas de Jesús son: el ayuno, la oración personal y la limosna. Son como tres experiencias esenciales para que la persona pueda vivir de una manera más humana y para reconciliarse con los otros, con Dios y consigo misma. Además, la relación entre esos tres ejercicios físicos y espirituales nos conduce a un nuevo encuentro con Dios, con “el otro” y con “nosotros mismos”. Se trata de vivir un nuevo equilibrio, una cura, una sanación de las tres dimensiones de la vida: el cuerpo (con el ayuno), la dimensión espiritual (con la oración secreta que se practica en la confidencialidad) y la relación social (que se manifiesta en esa limosna que se traduce en el amor a los más pobre a quien ofrecemos lo que tenemos pero también lo que somos: nuestra capacidad para escuchar, compartir, consolar y acompañar).

Esto puede inspirar mucho a los creyentes y a todas las personas de buena voluntad que buscan una manera de vivir que sea más humana y más significativa, en nuestro contexto de pandemia. La atención, la paz interior y la voluntad de justicia pueden permitirnos vivir un camino de reconciliación con los otros, con Dios y con nosotros mismos. La reconciliación – que vivimos, en este tiempo de Cuaresma con el perdón que pedimos y que podemos dar a quienes nos acompañan en la vida – hace de esta crisis una travesía simbólica del desierto para mirar de nuevo hacia la tierra nueva: una tierra prometida a todos y todas, sin discriminación, para vivir con dignidad y reconocimiento. Lo que se traduce en la paz.

Sobre todo, este tiempo de Cuaresma nos ofrece la posibilidad de vivir, con Cristo, una experiencia de resurrección. Es decir, ese “levantarnos”, con Él, el tercer día, porque la muerte no tiene la última palabra. Sin embargo, la condición para llegar a esta nueva mañana de la vida y del mundo es que consintamos y aceptemos vivir la experiencia de nuestra propia “pobreza“, para « ser pobre con los pobres », como dice el Papa Francisco. Y para estar vivos en Cristo, como dijo San Pablo.

Finalmente, este tiempo nos da la oportunidad de creer de nuevo y de dejar crecer en nosotros una vida más fuerte que la pandemia: la vida de la compasión y de la confianza que cantaremos en la noche de Pascua, después de renovar las promesas de nuestro bautismo: « Yo creo en Dios que da la vida y que quiere la alegría de la salvación para todos los vivos».     

 

Jesús Bastante

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