col javazquez

 

A muchas personas puede sorprenderles que lo monástico se proponga como un referente para la espiritualidad contemporánea. Son aquellas personas, algunos monjes tradicionales entre ellas, que creen que el monacato se relaciona con la vivencia espiritual de grupos especializados, separados de la sociedad, dedicados a la oración. Tal visión de lo monástico, como algo ajeno a la mayoría de las personas, es hoy considerada una perspectiva muy reduccionista en realidad.

Hoy el monacato se concibe como un arquetipo, una dimensión presente en todo ser humano, la aspiración humana que busca la unificación, la comunión personal, con el Misterio y los otros y con toda la Creación. Así lo expresó Raimon Panikkar y su visión ha sido aceptada por la mayoría de los monjes católicos contemporáneos. Y no solo por los monjes, también por numerosos laicos que ven en lo monástico un referente para su espiritualidad. Existe un movimiento de laicos que se vinculan a los monasterios para vivir el carisma monástico en sus vidas seculares, sin ser conscientes todavía de ser monjes laicos. Son seguramente brotes inmaduros de una aspiración presente hoy en el corazón de muchos; sería deseable que siguieran profundizando, para adquirir una personalidad más propia y menos dependiente del monacato institucional tradicional. Todavía no son un monacato laico, pero son vislumbres de esa aspiración.

Monje o monja es, pues, toda persona que busca la experiencia de unificación (monje, viene del griego monos: uno, significa el buscador de la unidad) como motivación principal de su vida, esté en una institución que se denomine monástica o no. El monje institucional tradicional solo es un modo de vivir y visibilizar esa dimensión presente en todo ser humano.

Hay pues actualmente todo un movimiento de personas que se sienten atraídas por el monacato, no para vivir en una institución monástica tradicional, sino para vivir en medio de la sociedad encarnando ese arquetipo de un modo renovado. Es lo que llamamos el monacato laico. La necesidad de un movimiento monástico laico es una intuición que compartieron destacados monjes y maestros espirituales contemporáneos como Thomas Merton, Evdokimov, R. Panikkar, F, Schuon, W. Teasdale, J. Chittister, A. Grün

La experiencia monástica no se aprende leyendo libros o reflexionando sobre ella, se aprende por ósmosis, viviendo o relacionándonos con otros que nos inicien existencialmente en el monacato. Han sido precisamente personas que han vivido experiencias monásticas tradicionales quienes han tomado consciencia de la riqueza espiritual de la tradición monástica, así como de la situación de decadencia y rigidez de muchas de las comunidades monásticas tradicionales, que impide que se pueda vivir en plenitud, perteneciendo a ellas, las potencialidades de lo monástico tanto a nivel personal como social. R. Panikkar decía que era un problema no solo dentro del catolicismo, era un problema que ocurría en todas las tradiciones.

La intuición compartida por muchos es que la renovación monástica pasa por la creación de un monacato laico, un monacato vivido fuera de esas instituciones anquilosadas, bebiendo y actualizando la tradición monástica milenaria (y en conexión crítica con las instituciones tradicionales si ellas consienten en relacionarse y abrirse) pero de un modo completamente nuevo, un modo laico, es decir, abiertos a los valores de la secularidad,  con una mirada positiva sobre la sociedad y encarnando los valores monásticos de otra manera, en la mayoría de los casos, dentro de la propia sociedad.

Sería un error, pues, creer que el monacato laico tiene que ver con la idea de crear grupos de laicos de” elite” o consagrados, que viven en medio de la sociedad centrados en su práctica espiritual. Laico quiere decir “lo común”, el monje laico vive la vida común de cualquiera, una vida normal, descubriendo de modo crítico los valores espirituales que también se dan en la vida cotidiana moderna. No busca ser una élite dedicada a la práctica espiritual intensiva, busca, más bien, vivir la “vida corriente” y descubrirla como un camino espiritual accesible a toda persona, sin necesidad de realizar prácticas espirituales solo accesibles a una minoría. El monacato laico no es para una minoría de consagrados (que también pueden existir, por supuesto) sino que está abierto a toda persona o dejaría de ser laico. El monje o monja laica vive así un cierto anonimato fecundo, el de una persona cualquiera que vive una vida sencilla y normal, laica (común), descubriendo la riqueza espiritual de lo cotidiano. Tiene sus prácticas espirituales, pero éstas deben permitir vivir la vida cotidiana de una persona de hoy para descubrir el modo de vivir esa vida como un camino espiritual.

El Nuevo Monacato busca alcanzar la unificación por medio de la integración de todas las dimensiones de la realidad, no excluyendo necesariamente dimensiones como la sexualidad, la amistad, la pareja, la atención al cuerpo, el compromiso político… en el camino espiritual. Es lo que Panikkar denominó la experiencia de la “secularidad sagrada”.

Thomas Merton expresó intuitivamente la aspiración del monacato laico a la unificación por integración por medio de esta visión de lo que sería un monje laico, de su libro “Acción y Contemplación”:

«El hombre que ha logrado la integración final ya no se halla limitado por la cultura en la que ha crecido. Ha abrazado la totalidad de la vida… Ha experimentado las cualidades de todo tipo de vida: la existencia humana ordinaria, la vida intelectual, la creación artística, el amor humano, la vida religiosa. Trasciende todas esas formas limitadas, al tiempo que retiene todo lo mejor y universal que hay en ellas, «dando a luz finalmente un ser totalmente integral». No sólo acepta a su propia comunidad, a su propia sociedad, a sus amigos y a su cultura, sino a toda la humanidad. No permanece atado a una serie limitada de valores, al punto de oponerlos a otros adoptando posturas agresivas o defensivas. Es totalmente «católico» en la mejor acepción de la palabra. Posee una visión y una experiencia unificadas de la única verdad que resplandece en todas sus diferentes manifestaciones, unas más claras que otras, unas más definidas y certeras que otras. No establece oposición entre todas estas visiones parciales, sino que las unifica en una dialéctica o en una visión interior de complementariedad. Con esta visión de la vida, puede aportar perspectiva, libertad y espontaneidad a la vida de los demás».

Si hay algo que caracteriza a la espiritualidad monástica laica es esa aspiración integradora, de ahí el interés de esta espiritualidad por el diálogo interespiritual e interreligioso, así como su apuesta por una espiritualidad éticamente comprometida que  contribuya a la humanización integral de la sociedad y de la iglesia, entendiendo por tal el promover la justicia y  el respeto y cuidado de la dignidad humana, sin reduccionismos, teniendo en cuenta todas las dimensiones de la naturaleza humana, incluida la dimensión espiritual.

El monacato laico promueve la incorporación de la dimensión espiritual dentro de nuestra cultura y nuestra antropología, dentro de nuestro compromiso social, entendiendo la espiritualidad de un modo laico, como aquella dimensión humana que transciende lo mental, lo emocional y lo corporal y es capaz de acceder al universo de los valores atemporales, al sentido profundo de la realidad.  Cree que la lucha por la justicia debe ir acompañada por una revolución espiritual que recupere el valor de la interioridad y tome conciencia de la necesidad de una transformación interior que nos haga tener en cuenta la dimensión personal y subjetiva de la existencia además de las dimensiones objetivas y sociales a las que accede la ciencia, la técnica o la política.

La espiritualidad contribuye, sin duda, al crecimiento de la conciencia, a la armonía personal y social, a la felicidad y a la salud. Una sociedad que ignora la espiritualidad dificulta el desarrollo del ser humano en plenitud. Ahora bien, la espiritualidad del monacato laico quiere huir del espiritualismo y el narcisismo de ciertas propuestas espirituales actuales vinculadas a un cristianismo fundamentalista y también a movimiento de la Nueva Era o a ciertas perspectivas nodualistas, rescatando los elementos valiosos que en ellas pueda haber, pero sanándolos al incorporarlos a una perspectiva no ensimismada de la espiritualidad. La espiritualidad lleva a la autotranscendencia, a la salida de uno mismo, a la salida de nuestra subjetividad hacia una realidad más allá de nuestra conciencia: el Ser, el Misterio, el Otro, Dios.

El monacato laico considera que la espiritualidad laica no puede reducirse a una espiritualidad no creyente o no religiosa. Hay ciertas formas actuales de hablar de la espiritualidad como algo opuesto o superior a la religión. Es una aportación valiosa el no reducir la espiritualidad a la religión, ahora bien, sería poco integrador (poco laico en realidad) el separar la religión y la espiritualidad. En algunos discursos espirituales actuales se reduce la religión a creencias, ritos e instituciones, para luego minusvalorar la religión, es lo que Panikkar llamaba confundir la religión con el “religionismo”. Se confunde la experiencia religiosa con las formas en las que se ha expresado. La religión como la concebía Zubiri tiene que ver con la experiencia de “religare”, unirse o religarse con lo Real, unirme con algo que me transciende; la religión es la dimensión relacional y transcendente de la experiencia espiritual. En toda espiritualidad sana habrá una dimensión relacional y transcendente, por lo tanto, religiosa, confesional o no. Oponer religión y espiritualidad es un error, como reducir la espiritualidad a la religión. La laicidad integra lo secular y lo religioso, lo inmanente y lo transcendente, sin fusionarlo ni oponerlo.

El monacato laico revaloriza la mística, entendida como la experiencia de Dios en la vida cotidiana. Considera, como decía K.Rahner, que los cristianos hoy han de ser místicos o no serán. La mística nos ayuda a redescubrir el cristianismo como una experiencia personal, no como una ideología. Una experiencia que no se limita a una transformación de la conciencia o a una iluminación especial, sino que es siempre una experiencia de fe que  se expresa en una existencia transformada más que en un simple cambio interno; la esencia de la  mística no son los fenómenos extraordinarios (éxtasis, revelaciones, audiciones, visiones…) sino que  es la vida vivida desde la fe, abandonándonos a la Gracia, reconociendo la presencia del Misterio, de Dios, en el sacramento del momento presente, en especial, en el encuentro con el otro desde la común vulnerabilidad, que mueve a trabajar por la humanización y la liberación integral, a construir el Reino de Dios que nos anunció Cristo, colaborando con el Espíritu.

En comunión con la tradición, el monacato laico da mucha importancia a la práctica de la contemplación, la oración de recogimiento en silencio, más allá de los pensamientos e imágenes. Recuperar la práctica de la contemplación, y extenderla entre todos, es una de las misiones del monacato laico hoy. Ahora bien, para la tradición monástica la contemplación es más que el simple estar atento a la experiencia del momento presente (lo que hoy se entiende por meditación o mindfulness), es abrirse a una dimensión transcendente, encontrarse con el Misterio, con Dios desde la fe.

La verdadera contemplación es la llamada contemplación infusa, en la que Dios actúa en la persona más allá de cualquier esfuerzo o estado de conciencia producido por nosotros; por eso, no debe confundirse la atención en estado de presencia, que puede ayudar, y mucho, a la persona y favorecer la contemplación infusa, con la oración contemplativa, que siempre tiene una referencia más allá de sí misma; la contemplación es un abrirse con fe a Dios, que actúa en nosotros más allá de lo que nosotros podemos construir con nuestro esfuerzo (nosotros llegamos solo a la contemplación adquirida, al estado de presencia). Ahora bien, como decía San Juan de la Cruz, hay que superar el estado de presencia en la contemplación. Gracia (a la que respondemos con la fe) y esfuerzo (mantener el estado de atención amorosa) han de colaborar en el camino contemplativo y místico, si olvidamos una de esas dimensiones el camino se reduce y desequilibra, sabiendo que la primacía pertenece a la Gracia y que nuestro esfuerzo consiste, sobre todo, en un consentir a esa Gracia, abrirnos a la fe.

La contemplación en el monacato laico no consiste en una experiencia de fusión que transciende la dimensión personal de Dios y del ser humano, al contrario. La contemplación es una experiencia de encuentro, sin separación ni fusión, por amor con el Dios personal en el núcleo de la persona humana más allá de la conciencia y las imágenes, vivido en la existencia, en la historia, en la vida. No es un estado alterado de conciencia, aunque por supuesto tenga también una expresión en la conciencia, sino un ir más allá de la conciencia al Ser, en su expresión más plena: la persona. No es un abandono de la dimensión personal sino la personalización más plena.

Hoy desde ciertas interpretaciones muy discutibles y extendidas de la nodualidad o del advaita hindú, se cree que la experiencia espiritual más plena tiene que ver con la superación de toda dimensión relacional y personal en el encuentro con el Misterio. Hay una incomprensión de la experiencia de la nodualidad, reduciéndola a un estado de conciencia unitario. La nodualidad no puede ser simplemente la experiencia de una conciencia unitaria (que ignora o minusvalora la dualidad) pues como dice Abhishiktananda (el monje católico que mejor ha conocido experiencialmente la nodualidad advaita) la nodualidad hace referencia a una experiencia de que lo real no es uno ni es dos. Además, la nodualidad no es un estado de conciencia, pues supone transcender cualquier estado de conciencia e ir más allá de la conciencia a la existencia, al ser, experimentando que el ser es relación. Como diría San Juan, experimentar con la propia vida que Dios es Amor, es comunión, pluralidad en la Unidad. La Trinidad es la expresión de la nodualidad en el cristianismo. Es un símbolo que evita caer en interpretaciones monistas de la realidad, pues subraya el carácter relacional y personal de la realidad más plena, de Dios.

La nodualidad y la contemplación, en último término, es un modo de vivir la vida cotidiana e histórica con amor y desde el amor; esto supone una transformación de la conciencia pero va mucho más allá de una simple transformación de la conciencia pues ha de vivirse en la existencia. Cómo diría Santa Teresa, son los frutos de amor efectivo y afectivo lo que muestran la vivencia de la espiritualidad madura, de la nodualidad, si usamos el término de moda. Tomar conciencia de los límites de la conciencia (incluso de sus formas más elevadas y diferentes a las habituales) lleva a vivir en la verdad, es decir, a ser conscientes de que más allá de cualquier experiencia de consciencia, por muy espiritual que sea, la verdadera espiritualidad se vive en la existencia, en la historia, en las relaciones que son dimensiones reales y no ilusorias pues son expresiones de la existencia, del ser, cuya característica es la alteridad (que no separación) frente a mi conciencia. El Misterio nos transciende, no se reduce a una conciencia de ningún tipo, por eso es el Ser. Solo la humildad lo alcanza en el existir en la historia.

Desde esta, probablemente errónea, comprensión de la nodualidad se ha hecho una errónea interpretación del concepto de persona, tal como lo entiende el cristianismo, dando lugar a una interpretación “transpersonal” de la espiritualidad oriental y a la aplicación de esa lectura errónea a la contemplación cristiana (los orientales mismos confundidos por sus interlocutores occidentales, que desconocían ya la verdadera significación del término persona, han adoptado esta terminología para traducir su experiencia a Occidente). El error está en identificar persona e individuo. La persona no es el individuo como ya decía la tradición escolástica. La persona es una red de relaciones, es una expresión de lo más real de lo real: el amor.

 La persona, bien entendida, es un concepto nodual por excelencia, pues es la experiencia de la unidad en la pluralidad, la experiencia de comunión con todo y con todos sin dejar de ser únicos. Renunciar a un Dios personal para sustituirlo por una Conciencia Divina transpersonal, tal y como se entiende lo transpersonal en la cultura occidental moderna, sería confundir el carácter nodual de la experiencia espiritual con el monismo (la dictadura de la unidad como si solo el Uno fuera real). El monacato laico cristiano ha de ayudar a recordar el verdadero sentido de persona y de la nodualidad para superar discursos que oponen el Dios personal al Misterio no dual oriental, sin ser conscientes que, bien entendidos, son términos equivalentes.

La experiencia del Dios personal es una verdadera experiencia nodual, no tiene pues sentido reducir el teísmo, la creencia en Dios, a una caricatura como hacen algunas corrientes espirituales actuales. Es muy positivo criticar ciertas imágenes de Dios que se han vivido en las tradiciones teístas cuando éstas han enfermado, identificando a Dios con un ser separado de nosotros y que actuaría arbitrariamente haciendo milagros cuando se lo pedimos. Pero es injusto decir que toda creencia teísta tiene esa visión de Dios como un ser separado que hace milagros arbitrarios. El teísmo sano es una experiencia nodual del Misterio, probablemente una de las  más profundas vividas hasta ahora, que salva, por un lado, el carácter transcendente del Misterio, mientras subraya su carácter personal y su  compromiso con la realidad y el ser humano, compromiso que no puede identificarse con una actuación al modo de un “Dios tapagujeros”, sino con la animación interior de la existencia desde el amor, promoviendo la libertad humana, para, en colaboración, construir en la historia, y más allá, la experiencia final de comunión y liberación, el Reino. El teísmo sano expresa una experiencia de comunión en la pluralidad entre Dios y el ser humano, una experiencia nodual pues.

Desde esta perspectiva, más equilibrada, tiene todo el sentido la práctica de la oración relacional o dialogal, pues la experiencia nodual es una experiencia relacional; es un error creer que solo la oración en silencio o no relacional puede expresar la nodualidad como si estas formas de oración fueran propias de personas espiritualmente inmaduras. Más bien, es la oración entendida como diálogo la que mejor expresa la experiencia nodual o mística, ya sea con palabras o en silencio, pero entendiendo este silencio como una escucha del Misterio, un silencio dialogal.

La crítica a ciertas formas de oración relacional, como la oración de petición, siendo, por un lado, una ayuda para evitar vivir esta oración desde la perspectiva de un pensamiento mágico, son por otro, cuando se desvaloriza esta forma de oración, una injusticia, que puede denotar una incomprensión de la verdadera experiencia espiritual, como si la espiritualidad relacional fuera una experiencia inmadura, siendo más bien la experiencia espiritual más plena.

La oración de petición, no ha de vivirse de un modo mágico o egocéntrico, sino como la expresión del carácter dialogal de la oración, del ser humano y de Dios mismo; todos somos necesitados unos de los otros, el ser humano de Dios, Dios del ser humano, esta necesidad y apertura mutua es lo que expresa en lo profundo esta oración, que es una manifestación así muy clara de la experiencia nodual sana, es decir, del carácter relacional e interconectado de todo. Al pedir a Dios expresamos nuestra conciencia de la necesidad mutua, nuestra conciencia nodual.

El monacato laico es una expresión del movimiento de reconstrucción de la Iglesia desde las bases que se ha ido desarrollando en torno a la creación de las llamadas comunidades eclesiales populares o de base.

La espiritualidad no es una vivencia meramente individual e interior, tiene una dimensión comunitaria y social. La iglesia es el proyecto de Dios de salvación- liberación universal de la humanidad en la historia, que se expresa en la creación de comunidades que nacen del encuentro personal y comunitario con Jesús, en el Espíritu, que les mueve a seguirle, viviendo los valores del evangelio en la historia, optando de manera preferencial por las personas empobrecidas (aquellas cuya dignidad está menos cuidada), poniéndose al servicio de la humanización integral desde Dios.

La iglesia tiene una dimensión visible, o sacramental, son las comunidades cristianas, pues es una comunidad de comunidades, si bien, si bien, no se reduce a esa dimensión y abarca a toda la humanidad redimida. Al servicio del carácter universal del cristianismo está la creación de una institución que coordine y mantenga la comunión a las comunidades y exprese esa dimensión supracomunitaria, la misión universal cristiana.   

Ahora bien, la institución ha abarcado demasiado poder y protagonismo en la iglesia, el protagonismo ha de volver a las bases, a las comunidades y a los laicos y laicas; cuando una estructura acapara el protagonismo en una comunidad, la institución en vez de estar al servicio de la comunidad se pone al servicio de sí misma y sus privilegios;  de este modo,  se corre el riesgo de que la jerarquía de la institución apague la vida de la comunidad. Entonces ya no habría un organismo vivo, sino una estructura que puede funcionar de modo mecánico y sin vida, aunque parezca tenerla.

La iglesia de base ha nacido para devolver a la Iglesia su vida, devolviendo el protagonismo a las comunidades y a los laicos, el fundamento esencial de la iglesia, entendida como pueblo de Dios. La democratización de la institución, el respeto con garantías verdaderas de los derechos humanos dentro de la misma, así como su desclericalización, devolviendo a las laicas y lacios el protagonismo que les corresponde, es fundamental para que la Iglesia vuelva a recuperar su fuerza espiritual y cumpla mejor su misión de servir al mundo y a la humanidad. 

El monacato laico se siente miembro de la iglesia, también de la iglesia institucional, pero de un modo crítico, procurando permanecer en los márgenes de la misma, por la situación de abuso y falta de respeto a los derechos humanos que la actual estructura institucional favorece. Por otro lado, las comunidades del monacato laico son expresión de una iglesia de puertas abiertas, que no excluye a ningún buscador o buscadora espiritual sincero, ni exige que se defina la persona como cristiana para pertenecer a la comunidad.

El carácter eclesial del monacato laico se expresará, ante todo, en la celebración de la liturgia, el momento en el que la iglesia se manifiesta en todo su misterio.  El monacato laico busca recuperar el sentido profundo de la liturgia, sin reducirla a las celebraciones que han sido aprobadas por alguna institución eclesial, sino buscando su sentido teológico: la celebración comunitaria del Misterio Pascual.

El conocimiento de cómo se vive la liturgia en las comunidades monásticas tradicionales ha hecho ser críticos a los monjes laicos. En muchas ocasiones, las celebraciones se viven con una mentalidad ritualista, legalista, mágica o sacramentalista. El cristianismo aporta una novedad respecto a la vivencia del culto. Solo hay liturgia verdaderamente si primero se viven los valores y la experiencia que se celebra. Se rompe con una visión sacralizadora de los ritos, para descubrir una visión simbólico-humanista. La ética y la celebración no pueden separarse, primero hay que vivir los valores y luego celebrar, para que esa celebración sea realmente liturgia cristiana. Entonces la celebración es verdaderamente fuente de alimento espiritual y humano.

Las celebraciones, por otro lado, han de ser fieles a la experiencia del Misterio que quieren expresar y, a la vez, creativas, generando símbolos significativos para las comunidades que celebran, sin limitarse a repetir textos oficiales con signos poco significativos impuestos desde fuera. Aceptar que la unidad ha de ser solo en lo esencial y promover un pluralismo en las formas, producidas por ellas y adecuado a la diversidad de las comunidades, es lo que mueve a las comunidades de base, entre ellas a las comunidades del monacato laico, a vivir nuevas formas de celebración, sin necesidad de repetir las oficiales, teniendo sus celebraciones un carácter pleno de liturgia.

El monacato laico ha recuperado la dimensión esotérica de la tradición monástica, entendiendo por esoterismo aquella espiritualidad que se centra en la reactivación de la imaginación creadora, el órgano simbólico del ser humano, que le da acceso al mundo de los símbolos y arquetipos.  Esta dimensión esotérica de la tradición monástica aparece en la consideración tradicional del monacato como una vida angélica que suponía el regreso al estado paradisiaco, siendo ésta la forma de expresar que en el monacato había una espiritualidad que llevaba a la recuperación de la dimensión simbólica, una espiritualidad esotérica además de mística.  El esoterismo ha estado tradicionalmente vinculado al mundo de los ángeles, mundo intermedio, entre Dios y la historia, el mundo de los arquetipos o de la imaginación creadora, como ha demostrado Henri Corbin.

La cultura occidental ha perdido, en gran medida, su conexión con el mundo de los símbolos; las tradiciones esotéricas han sido las encargadas de mantener ese vínculo con los símbolos, manifestando la dimensión espiritual de los mismos.  En Occidente estas tradiciones están muy disminuidas, y en muchos casos, reducidas a expresiones caricaturescas (expresión del lado tenebroso de los símbolos cuando no se cultiva una espiritualidad que los incluya conscientemente).  El esoterismo sano es una espiritualidad; no es la más profunda, como sostienen algunos, pues la espiritualidad más profunda es la espiritualidad mística, pero aporta esta activación de la capacidad simbólica, algo fundamental para poder vivir con mayor plenitud los símbolos de la liturgia, expresión de la mística cristina. Los últimos restos del esoterismo sano en Occidente se manifestaron a través de la cábala cristiana, cuya reactivación ayudaría a la recuperación de la imaginación creadora y el simbolismo en nuestra cultura. Existen intentos de reactivación de este esoterismo en el seno de algún grupo de monacato laico.

El otro rasgo del carácter eclesial de las comunidades monásticas laicas es su dimensión misionera. Las comunidades monásticas laicas no están encerradas en sí mismas, sino que buscan la difusión del evangelio poniéndose al servicio de la humanización plena. El término misionero, aquí, no se refiere a la práctica de ningún tipo de proselitismo, sino a la colaboración con todas las personas, y con la sociedad, en la liberación de las injusticias y en desarrollo pleno del ser humano. Promover la humanización integral, que expresa el proyecto de Jesús en las bienaventuranzas, incluyendo la promoción de la dimensión espiritual junto con las reformas estructurales necesarias para terminar con la injusticia de nuestra sociedad.

La opción preferencial por los pobres es el fundamento, desde el evangelio, del compromiso social del monacato laico, contribuyendo a las causas que contribuyan a su liberación, así como a todas las causas de promoción del humanismo integral como puede ser hoy la causa del feminismo y del ecologismo.

La promoción de una cultura de la noviolencia y de una cultura de la escucha activa, son las actividades preferenciales de una comunidad monástica laica como expresión de  su compromiso social  y misionero. La creación de centros de escucha, por ejemplo, son un modo posible de concretar esta misión. Así como la promoción de escuelas, grupos  y acciones de promoción de la noviolencia y la cultura de paz.

La Asociación Cristianía: Monacato Laico

Una de las expresiones del nuevo monacato laico es la Asociación Cristianía, que se constituyó como asociación legal en el 2018, después de una andadura como un grupo sin forma jurídica, nacido de la iniciativa de unas personas que fueron monjes católicos institucionales.

La Asociación Cristianía, propone un camino espiritual que se estructura a partir del mapa de las dimensiones de la realidad que aparece simbolizado en los lados del claustro de los monasterios. Cada uno de estos lados o pandas del claustro simboliza una dimensión a trabajar en el camino de unificación que propone el monacato.

Estas dimensiones son: la dimensión corporal, la dimensión psicológica, la dimensión espiritual y la dimensión relacional.

Los instrumentos que proponen para ir caminando hacia la unificación están extraídos de la tradición monástica reactualizada mediante el diálogo con la cultura secular moderna y las espiritualidades de otras tradiciones.

Se pueden resumir, siguiendo la clasificación de Evagrio Póntico en:

Instrumentos Corporales:

- Ayuno

- Vigilias

- Trabajo corporal.

- Soledad.

- Silencio.

- Castidad.

- Pobreza (compartir).

- Oración vocal.

Instrumentos Espirituales: 

- Combate espiritual contra los logismoi (pensamientos erróneos)

- Nepsis, atención amable. Meditación contemplativa.

- Sacramentos y liturgia. Oración mental.

- Virtudes y ética

- Discernimiento espiritual.

- Acompañamiento espiritual.

La práctica de la contemplación, así como la práctica de la escucha activa son dos de las actividades características de esta Asociación.

Se procura cuidar mucho la formación, tanto teológica como humana (psicológica), además de la práctica espiritual.

La Asociación Cristianía tiene su sede en Madrid, en la calle Villa de Marín 13, puerta 9, si bien sus actividades se difunden “on line” para que cualquiera pueda participar en ellas.

Entre sus actividades habituales están las reuniones de meditación los martes y los jueves, así como su reunión mensual de meditación y formación el último domingo de cada mes. Se ofrecen talleres de desarrollo personal y de formación teológica, de desarrollo personal y de aprendizaje de la escucha activa.

Para contactar con la Asociación se puede escribir a los correos:

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

José Antonio Vázquez Mosquera

03/12/2021 Religión Digital