col bermudez

 

La mayoría de las canonizaciones se han reservado para aquellas personas que, aunque optaron por el servicio a los pobres, no cuestionaron las causas de la pobreza. Fueron personas obedientes y sumisas, no conflictivas para los poderes establecidos y no denunciaron las violaciones a los Derechos Humanos.

Gracias al papa Francisco se ha reconocido la santidad de los defensores de los derechos humanos. Para monseñor Romero los derechos humanos son derechos divinos porque cada ser humano es imagen viviente de Dios. Decía:

“La Iglesia defiende los derechos humanos de todos los ciudadanos con preferencia de los más pobres, débiles y marginados; debe promover el desarrollo de la persona humana y ser la conciencia crítica de la sociedad” (5. 3.1978). “Nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano” (16.3.1980).

La ONU proclamó el 24 de marzo, fecha de su muerte, “Día Internacional del Derecho a la Verdad sobre las violaciones de los Derechos Humanos y la dignidad de las víctimas”. Se trata de un reconocimiento de la importancia de rendir tributo a quienes han dedicado sus vida a la lucha por promover y proteger los derechos humanos, y a quienes la han perdido en ese empeño, como es el caso de monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien se consagró activamente a la promoción y protección de los derechos humanos.

La labor de Óscar Romero fue reconocida internacionalmente a través de sus mensajes, en los que denunció violaciones de los derechos humanos de la población más vulnerable. Fue un hombre profundamente humanista entregado al servicio de la humanidad sufriente, consagrado a la protección de vida humanas y a la promoción de la dignidad de todo hombre y mujer. Hizo llamamientos constantes al dialogo para evitar la violencia. Salió en defensa de la dignidad de la persona, de los perseguidos, de los pobres y de los bienes que son comunes.

Esta proclama de Naciones Unidas tiene para El Salvador y para el mundo un valor histórico indiscutible: el legado de monseñor Romero se ha institucionalizado de manera universal. Jon Sobrino lo ha calificado como una “canonización laica”. La visión y posición de Romero con respecto a los derechos humanos estuvo configurada por tres realidades específicas: una situación de agravio (opresión y represión), su fe cristiana (de la que se nutre su utopía y denuncia), y una práctica inspirada en esa fe (su reacción ante el sufrimiento de las víctimas). Monseñor Romero constató que los derechos de los pobres son estructural e institucionalmente violados a causa de la injusticia social y de la represión. A esa realidad la calificó de un “desorden espantoso”, y consideraba que la Iglesia traicionaría su fidelidad al Evangelio si dejara de ser defensora de los derechos de los pobres.

En coherencia con ese amor y esa fidelidad, defendió a las víctimas de la opresión y la represión. Lo hizo de una forma sorprendentemente humanizadora. Y las defendió con misericordia:

“Me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente, de saber cómo se atropellan los derechos de nuestro pueblo…”. “Queremos ser la voz de lo que no tienen voz para gritar contra tanto atropello a los derechos humanos”...“Queremos el derecho a una vida digna para toda persona, particularmente de la gente más pobre. No me interesa una seguridad personal de mi vida mientras mire en mi pueblo un sistema económico, social y político que reprime y tiende cada vez más a abrir esas grandes diferencias sociales”.

Como vemos, su defensa y lucha por los derechos humanos no era abstracta y ahistórica, era defensa del débil contra el fuerte. Y lo hacía desde su fe en un Dios que se ha revelado como protector y defensor del huérfano, la viuda, el emigrante y el pobre; un Dios que se enfrenta a los gobernantes que se consideran dioses del mundo para exigirles que “hagan justicia al que sufre y al pobre” (Salmo 82).

En la proclama de Naciones Unidas se invita a todos los Estados miembros, así como a las entidades de la sociedad civil, a observar de manera apropiada esta celebración del 24 de marzo. Deja claro que esta memoria no se relaciona solo con actos conmemorativos, sino, sobre todo, con la puesta en práctica de las opciones primordiales a las que se consagró el obispo Romero: opción por la verdad, la justicia y la cercanía con el pueblo sufriente, opciones necesarias para transformar la deshumanización que predomina hoy en el mundo. En verdad podemos afirmar que Óscar Romero es el santo de los Derechos Humanos.

Romero sigue interpelándonos. ¿Qué diría hoy ante la violencia estructural de un sistema que mata de hambre a millones de personas, obligando a otras a emigrar?, ¿qué diría ante el hacinamiento y muertes de migrantes y refugiados en las fronteras o en el Mediterráneo porque Europa y Estados Unidos les cierra las puertas?, ¿qué diría ante el racismo y la xenofobia de Trump, de Bolsonaro, de Orbán y de los movimientos de ultraderecha que priorizan un nacionalismo inhumano y cruel? Romero es una voz desafiante en un mundo donde los derechos humanos están siendo relegados.

 

Fernando Bermúdez López