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Hay muchos millones de personas que, en el balance general de la marcha de la humanidad, siguen adelante con menos de un euro al día, cargando con calamidades sin cuento que van del hambre al frío y a la enfermedad. Y hay otros muchos para quienes mil euros diarios es una bagatela, una menudencia. Afortunadamente, la vida es maleable y se adapta incluso a las situaciones más extremas. En la primera lectura de este domingo, el profeta Eliseo, consciente de este devenir, juzga excesivo el monto de las primicias a que como tal tiene derecho y ordena al oferente que lo reparta entre quienes pasan hambre. La cuestión no es que “lo mucho para uno” sea “poco para muchos”, sino que lo disponible se reparta, porque, en definitiva, que muchos tengan lo necesario depende de la generosidad de quienes realmente lo poseen todo. El viejo proverbio popular de “ayúdate que yo te ayudaré” invita a abordar el gigantesco problema del hambre en el mundo, confiados en que Dios y la naturaleza se alíen de tal manera que, dado el primer paso, el de “ayúdate”, como punto de partida, la llegada o meta sea cosa de coser y cantar.

La liturgia de este domingo lo viene a certificar por duplicado. El criado del profeta Eliseo repartió las primicias recibidas entre los hambrientos y el hecho resultó tan exitoso que todos saciaron su hambre y hasta sobraron alimentos. Por su parte, el gran profeta Jesús, viendo que la multitud que lo seguía estaba hambrienta, recogió lo que algunos tenían y lo mandó repartir de tal manera que lo que parecía poco, cinco panes y dos peces, fue suficiente no solo para que comieran más de cinco mil personas, sino también para que con lo sobrante se llenaran doce canastas.

La clave de tan gran milagro la ofrece san Pablo en la segunda lectura de hoy, tomada de su carta a los Efesios: “Un Señor, una fe, un bautismo, un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo”, lo que, puesto en Román paladino, viene a significar lo mismo que el proverbio a que nos hemos referido: que unamos nuestras fuerzas y cuanto tenemos para ser invencibles y para que no nos falte nada de lo necesario. De hecho, aunque los pobladores de la Tierra seamos ya casi ocho mil millones, la capacidad productiva de esta y la industria de nuestras manos facilita que hoy podamos producir alimentos suficientes incluso para una población doble que la actual. ¿A qué se debe entonces que, siendo los que somos, más de ochocientos millones de seres humanos pasen hoy hambre? Hay solo una única respuesta a tan grave cuestión: el mal reparto que se hace debido a distintas causas, siendo una de las principales y más graves la depredación o la avaricia de minorías acaparadoras que viven a todo tren y como si lo fueran a hacer para siempre.

El reparto de alimentos es una de las más sólidas y atractivas claves evangélicas. Ciertamente, los cristianos hemos de atender a lo que Jesús predica cuando nos habla de que Dios es nuestro padre, pero también a sus hechos cuando da de comer a los hambrientos, hechos que rubrican fehacientemente su predicación. Hay mucha más conexión que la que pudiera pensarse a simple vista entre el relato de la multiplicación de los panes y los peces y la crónica de la Última Cena, pues también en esa multiplicación “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados”. El gran milagro multiplicador se debió, seguramente, más al hecho de repartir entre todos lo que algunos tenían que en la multiplicación mágica de lo poco que había. En la eucaristía, el hecho de partir y compartir tiene una carga teológica mucho más profunda que el supuesto efecto mágico de unas palabras de consagración que sustituye una sustancia por otra. La “transustanciación” nunca dejará de ser, en todo su alcance dogmático y teológico, más que un especulativo recurso filosófico elevado a categoría de ontología sacra. Si en estos momentos el papa desaconseja la misa en latín y de espaldas al pueblo por la desconexión que tal rito tiene con los fieles, más cabe decir incluso de las misas en lenguas vernáculas y de cara al pueblo por una desconexión más profunda y radical tanto con la “memoria viva” de Jesús como con la vida de los fieles. Salta a la vista que nuestras misas nada tienen que ver realmente con la Cena del Señor.

Seguramente, el problema más grave que padece la humanidad en nuestros días se cifra en saciar el hambre de tantos millones de seres humanos desheredados de la fortuna. En las comidas que celebró Jesús, muchas veces con publicanos y prostitutas, hecho que se constituyó en una de las mayores acusaciones contra él para crucificarlo, había comida suficiente para que todos se saciaran y hasta sobrara. A todas ellas las acompaña la acción de gracias, el hecho cultual, y, a la Última Cena Jesús le añade la orden de que se celebre en “memoria viva” suya, de que pasó por este mundo haciendo el bien y sirviendo a los demás. Es más, pues en esa misma Cena Jesús mismo concretó dicho servicio tanto en el lavatorio de los pies de sus discípulos, que él mismo realizó, como en la ordenanza de que nos amemos los unos a los otros con el mismo amor con que él nos ha amado, amor que le lleva a dar su vida por todos nosotros.

Por todo ello, sin comida compartida, sin servicio efectivo y sin amor incondicionado no puede haber misa que valga. Puede que en las actuales misas católicas haya mucho culto, mucha genuflexión, mucho golpe de pecho y mucho deseo de paz, pero si no hay comida compartida, servicio efectivo y amor incondicional, no sirven a la “memoria viva” de la vida de Jesús ni al cumplimiento de las recomendaciones tan encarecidas que nos hizo en el momento mismo de su partida. Para cumplir su propia razón de ser, las misas católicas necesitan mucho más que un lenguaje inteligible (la celebración en la lengua vernácula) y que los fieles vean lo que acontece en un altar situado frente a ellos. Bien está que el papa Francisco intente agrandar la comprensión y la participación de los fieles en las misas, pero, a pesar de su gran esfuerzo por conseguirlo frente a quienes prefieren enjaularse en el misterio, debemos dejar constancia aquí, sin ambages ni componendas, que la distancia entre una misa de corte tradicionalista en latín y de espaldas a los fieles y la orquestada por el concilio Vaticano II en lengua vernácula y celebrada frente a ellos, es mucho menor que la que hay entre esta última y la Cena del Señor. Podríamos decir, groso modo, que, mientras la Última Cena de Jesús es un acontecimiento social festivo no sacro, cuya fuerza se manifiesta en compartir, servir y amar, las actuales misas católicas no dejan de ser más que una especie de pantomima sacra, de tinte carnavalesco, en las que realmente nada se comparte, no se realiza ningún servicio y el amor se reduce a una consigna etérea. Lograr que la misa católica se parezca algo a la Cena del Señor requiere una audaz reforma litúrgica que la Iglesia católica no está en condiciones de afrontar porque, además de cuestionar muchos de los privilegios de la casta dirigente, desencadenaría cambios de perspectiva y comportamientos incómodos para la institución eclesial.

Subrayemos como conclusión de todo lo dicho que, cuando Jesús estaba presente, todos comían hasta saciarse e incluso sobraban alimentos, cosa que obviamente no puede decirse hoy de nuestra Iglesia católica, en la que, mientras muchos eclesiásticos y fieles ricos se ceban hasta enfermar, hay muchísimos otros seres humanos, cristianos o no, que no tienen ni un pedazo de pan duro que llevarse a la boca. ¿De qué sirve invitar a todos a una eucaristía en cuya celebración se habla de partir y compartir, pero realmente nada se parte ni comparte? ¿Puede alguien convencerlos con argumentos de peso, con hechos, de que tanto los políticos por delegación social como los eclesiásticos por mandato divino están ahí para servirlos? ¿Acaso no resulta un sarcasmo hablar de amor a quien tiene el estómago vacío y le tiemblan las piernas por debilidad física? ¿Con qué argumentos se los puede reanimar y rescatar de la inanidad a que la avaricia, incluso la de muchos que se dicen cristianos, los ha condenado? Resolvamos primero tan grave problema para poder acercarnos al altar y tributar a nuestro gran Dios un culto digno, que exprese como es debido nuestra hermandad y nuestra filiación divina.

 

Ramón Hernández Martín

Blog en Religión Digital, 25.07.2021