col otalora

Como su propio nombre indica, este texto resalta hechos, no doctrinas ni teorías. Siguiendo la estela de Jesús, sus seguidores hacen y crean comunidad según las enseñanzas del Maestro. Se trata de la continuación del Evangelio de Lucas para poner en valor las enseñanzas de la Buena Noticia. Hechos son amores y no buenas razones.

No es una historia de la Iglesia primitiva, ya que se centra en las andanzas de Pedro y Pablo y, sobre todo, porque el protagonista principal es el Espíritu Santo, que es quien hace posible el surgimiento de la Iglesia, la mantiene viva e ilumina frente a las desviaciones humanas que tan bien conocemos, incluso cuando sacralizamos la estructura eclesial por encima de la Iglesia Pueblo de Dios en detrimento, claro, de la misión encomendada de vivir como una comunidad al amparo del Paráclito que Jesús prometió a sus seguidores (Hch 1,8).

La actualización de los Hechos a nuestra vida presente la resume el Papa en cuatro actitudes o hechos: acoger, proteger, integrar, promover. Con tanto sufrimiento a nuestro alrededor, ¿dónde estamos, qué hacemos?, ¿acogemos al emigrante, a tantos vecinos de ciudad o pueblo que están en la exclusión social? ¿Intentamos integrarles y promover su desarrollo personal en la línea de dignidad humana que propugna el evangelio?

Ser cristiano no es convencer a otros, ni siquiera se trata de salvar a los demás con un sentido proselitista. De lo que se trata es de ser testigos de una experiencia buscando el contagio a través del ejemplo. El testigo comunica lo que vive ¿Es este nuestro caso? Sin misión con hechos no hay Iglesia. Los discípulos se muestran siempre unidos, las decisiones importantes se toman en comunidad (Hch 1, 12-26; Hch 13, 1-3…) y los conflictos surgen porque la comunidad falla (Hch 6, 1ss). Ahora estamos asistiendo al final de un cierto cristianismo, lo cual supone una nueva forma en ciernes de asumir y vivir la fe en Jesucristo. El axioma es este: quien se sacrifica a favor de sus semejantes, desmonta el mal.

No sirve, pues, solo la oración aunque es un componente esencial junto a la celebración ya que ambas apuntalan la relación con Él. En todos los momentos importantes de Jesús y de los Apóstoles está presente la oración. Y “la fracción del pan” (Hch 2, 42). Una Iglesia que no reza y no celebra no es iglesia, es otra cosa. No estamos tratando de una empresa cualquiera, sino de una empresa de Dios.

Cuentan la anécdota de Clara y Francisco, cuando el desánimo cundía en él, le confesó a su amiga sus dudas sobre si continuar el proyecto que luego acabaría siendo la fraternidad franciscana. Después de escucharle atentamente, Clara, que sería la fundadora de las clarisas, le preguntó: Francisco, esa obra de la que me hablas, ¿es una obra tuya o es cosa de Dios? A lo que Francisco respondió sin titubear: es de Dios, por supuesto. Clara le respondió: Entonces, ¿por qué te preocupas?

Todo comenzó con doce granos de mostaza -Matías sustituyó a Judas Iscariote- que apenas salió de los confines de Israel. Pero nos dijo a sus seguidores: “la tarea es vuestra” para llegar a todos los confines de la tierra en medio de un montón de dificultades internas y externas, pero avanzando como Iglesia viva gracias al Espíritu y a pesar de las deformaciones de la institución eclesial. Resulta muy tentador guiarnos a nosotros mismos. En el fondo, en eso consiste el pecado original, en realidad todo pecado: en ser como Dios, en no admitir ningún Espíritu Santo.

Somos comunidad. Dios llamó a un pueblo, Jesús buscó unos discípulos, no todos con el currículum limpio ni con el pedigrí de gran maestro de la religión. No obstante, hicieron comunidad para que la Buena Noticia llegue a todos. Jesús impulsó la comunidad, pero una comunidad que exige solidaridad desde el amor verdadero.

Al final llegamos hasta los confines de la tierra... desde los confines más íntimos de cada uno, paso a paso, abriéndonos en oración hacia adentro, hasta los confines de mi propia existencia. Desde esta encomienda invito a releer los Hechos de los Apóstoles con una sensibilidad solidaria y no como una hagiografía de que todo aquello funcionaba a la perfección. Solo evangelizaremos cuando nuestros hechos muestren el verdadero rostro del Padre.

 

Gabriel Mª Otálora