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I. APÉNDICE: Envío y apuesta o el espíritu del cristianismo

El título de este apéndice no es un juego de palabras (en francés envoi et enjeu). Expresa mi deseo de interpelar una última vez a los lectores a los que, en mi intención, sin conocerlos, destinaba este libro y a quienes lo envío, con el deseo de que se esfuercen en captar lo que yo he ido exponiendo aquí. Pero también expresa mi incertidumbre por el sentido que ellos darán a el espíritu del cristianismo, que es el título de este libro, y cuya comprensión, es en definitiva la apuesta de este libro. Para clarificarme esto a mí mismo añado este apéndice a mi libro, a condición de que sea lo más breve posible porque, si fuera más extenso, significaría que yo mismo no tengo muy claro lo que quiero decir.

Yo había dicho honestamente desde el Prólogo que todavía no sabía muy bien en qué sentido había escogido este título, que me había sido inspirado por el recuerdo tanto del Génie du Christianisme de Chateaubriand (del que me acordé primero, pero del que había leído poco) como de los escritos de juventud de Hegel, uno de los cuales se titula L’eprit du christianisme (que yo había estudiado con más cuidado hacía mucho tiempo y después lo había olvidado). Ni uno ni otro de estos dos autores me había sugerido el sentido que yo quería dar a este título y así lo reconocí durante su redacción a mis lectores al decirles que yo lo iría viendo más claro a medida que fuera avanzando mi trabajo, porque todavía estaba buscando el verdadero significado y alcance del título. ¿Qué puedo decir ahora, en el momento de concluir este libro?

Parece inquietante que yo me plantee todavía esta cuestión, pero ¿no es un “signo de los tiempos”, semejante al deseo de los jóvenes autores que yo citaba hace un momento, de ir al mundo con la esperanza de encontrar allí a Dios. [Nota del traductor: Moingt se refiere a un libro, que cita al final del suyo, inmediatamente antes de este apéndice, en el que tres jóvenes autores invitan a sus contemporáneos a no dejar de buscar el sentido del cristianismo y de Dios en el compromiso terreno por un mundo y una sociedad mejores. ¿Por qué ellos, si buscan a Dios, no se limitan a entrar simplemente en una iglesia? Yo dudo mucho de que ellos lo hagan, pero, aunque lo hicieran, no creo que encontraran allí a Dios. Yo tampoco, a pesar de haber pasado toda una vida meditando el evangelio de Juan y las predicaciones de Pablo.

Sin duda hemos llegado a los tiempos en el que Dios se revela “en espíritu y en verdad” –despojado de las imágenes de las que lo revestimos, de las prácticas y de las formulaciones impuestas por la religión– directamente a nuestro espíritu en su propia y única verdad, a condición de que no nos encerremos en nuestros propios razonamientos sino que lo busquemos entrando en comunicación con otras personas, porque es con el espíritu humano como tal, en su generalidad, como Dios se comunica por medio de su propio Espíritu. Él se revela a cada persona infundiéndole esta primera verdad, que todo otro es el otro de sí mismo, y que no hay ninguna verdad cognoscible a no ser una verdad que pueda ser compartida con otro. (Merlau-Ponty, Elogio de la Filosofía, Gallimard 1960, p.39. Merlau-Ponty hace esta afirmación, atribuyéndola a Bergson que dice que no hay un “lugar de la verdad” que sería la Iglesia).

Quizás por esto Dios no ha querido encerrar la verdad que él reveló a Jesús en lo que había retenido el círculo estrecho e identitario de sus doce apóstoles galileos y confió su difusión en el mundo entero a un disidente y a un adversario, Juan y Pablo. Según esto, el título de este libro podría apuntar a que la verdad del cristianismo no está encerrada en sí misma, en su religión, sino que circula a través del mundo, gracias a la comunicación que los cristianos mantienen con todos los hombres: verdad que no es la de la fe cristiana considerada en su particularidad, sino la del hombre creado a la imagen de Dios para constituir su familia. Verdad que se revelaba a los hombres mucho antes que el cristianismo, desde que circulaba entre ellos el nombre de Dios, que es más que un nombre o una representación; es un soplo, un háĺito portador de esperanzas del hombre referentes a sus propios destinos, un sentido, un presentimiento de su trascendencia.

 ¿No significaban esto las citas de poetas y filósofos que embellecen los discursos de Pablo en el Areópago sobre el Dios desconocido o, mejor, sobre lo desconocido de Dios, que él quería revelarles en el que Jesús llamaba su Padre? Desconocido tanto para el hombre como para Dios, ya que Jesús, en el evangelio de Juan y en consonancia con la enseñanza de Pablo nos enseñó a conocer a Dios como padre de los hombres creados a su imagen, introduciendo de este modo la idea del hombre en la revelación de Dios en Jesús.

He aquí por qué la fe cristiana, tan segura como está de haber recibido de Jesús la verdadera revelación de Dios, no la limita a lo que ella dice sobre él, sino que permanece a la búsqueda de lo que él revela directamente al espíritu del hombre, de los que ella (la fe) no espera otra verdad sino un mejor conocimiento de la verdad que Dios es en sí y que quiere que esté en nosotros, por lo que nosotros no podemos alcanzar la revelación completa más que al fin de los tiempos, “cuando Dios será todo en todos” (1 Cor 15,28).

El título que he dado a este libro es suficientemente ambiguo para no anunciar un tratado sistemático de la fe cristiana ni de su religión sino una búsqueda de su “sentido”, de la marca dejada por el cristianismo en la cultura de los países donde ha reinado durante bastante tiempo; y esta “ambigüedad” indicaba mi intención de llegar a un público amplio de personas que se han considerado cristianas y que ya no se consideran, porque ellos ya no le ven “sentido”.

Podría objetarse que el segundo capítulo no deja de ser un análisis teológico del conjunto de la fe mediante la confrontación de dos tradiciones, la apostólica y la dogmática. Es verdad, pero mostrando que la primera no implicaba ni religión ni dogma, y ponía de relieve la fe en Dios, padre universal de los hombres y a Cristo como “hombre nuevo”, mientras que la segunda se definía en conjunto por su culto sacrificial, y volvía a la idea de Dios creador y juez y a las normas del Antiguo Testamento. Yo hacía hincapié en que “el espíritu” del cristianismo debería buscarse en su orientación antropológica y en su novedad histórica que había provocado un choque cultural tan fuerte que los analistas han podido detectar en él el anuncio del “fin de la religión”.

Por otra parte la pretensión del cristianismo de ser “religión de salvación” es frecuentemente entendida como si la religión pusiera la salvación en la práctica del culto y en la creencia en los dogmas. Por eso en el último capítulo que trata de la “salvación” yo me distancio más de esta idea, no por rehusar el culto y el dogma, sino orientando mi búsqueda en la dirección del “humanismo”, que da un “sentido” distinto al culto y al dogma, por el simple hecho que se niega a encerrar (únicamente) en ellos la verdad de Dios y la de los hombres”.

El sentido que debe darse a esta reinterpretación es la apuesta del libro que orienta en mi intención su “envío” a los lectores, creyentes o no, susceptibles de volver a encontrar “sentido” al cristianismo cuando lo descubran preocupado con los mismos problemas angustiosos que ellos; es decir, de las amenazas que pesan sobre el planeta, sobre la calidad de la vida, sobre el respeto a la dignidad humana, a la fraternidad de los hombres entre ellos; sobre todo cuando ellos se vean convocados por los cristianos en torno a estos temas, no porque pretendan adoctrinarles y recuperarlos, sino por el contrario, porque tienen necesidad de la ayuda de sus hermanos no cristianos. No que se sientan escasos para cumplir una tarea tan inmensa, sino sobre todo para pensar el problema y las soluciones necesarias, puesto que se trata de un problema esencialmente humano para cuya solución todos los hombres deberían sentirse invitados.

En esto consiste, a mi parecer, la apuesta de la revelación de Dios que entrega a muerte a un blasfemo y anuncia la salvación en él y por él. Y, al mismo tiempo, es la razón por la que yo envío este libro a toda persona preocupada por la amenaza de un déficit de humanidad. Invitación a que cada uno se juzgue a sí mismo en relación al mal que un hombre puede infligir a otro en nombre de su religión, de sus ideas, de su filosofía, o de sus intereses. Así el espíritu del cristianismo, entendido como pretensión de juicio definitivo, se le devuelve al espíritu del hombre, independientemente de su religión. Y este es el sentido de este libro desde su mismo título: no una reivindicación de propiedad, sino el compartir un bien común y una llamada a ayudarnos unos a otros.

II. EN SÍNTESIS

Una síntesis, después de leer un documento, produce el efecto lupa de concentrar toda su fuerza en un punto concreto. Cada uno puede hacer su síntesis, yo haría esta.

Un reconocido teólogo, al final de su vida, tiene una inquietud: que nuestra cultura occidental, y muchos cristianos, abandonan el cristianismo porque ya no le ven sentido. Para evitar esta incomprensión mutua escribe este libro teniendo en cuenta dos objetivos:

a) que los teólogos e intelectuales creyentes dialoguen con los intelectuales no creyentes sobre la base de un pensamiento y lenguaje común.

b) Que los cristianos tengan la sensación de que en este diálogo no traicionan su propia fe.

Para cumplir el primer objetivo, distingue entre espíritu del cristianismo (el terreno común, un humanismo cristiano) y la religión cristiana (dogmas, preceptos y culto, contra los que se dirige el rechazo de los no creyentes). El espíritu del cristianismo puede ser un terreno común porque coincide con el sentido inspirado por Dios de alguna manera a todos los seres humanos desde sus orígenes. Moingt lo centra en la salvación (salut), incesantemente repetida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, entendida en el sentido temporal (salud corporal y sociedad justa y fraterna) y eterno.

Para cumplir el segundo objetivo, trata de conciliar los dogmas y enseñanzas de la Iglesia con el progreso científico, la racionalidad, y la autonomía humana. Y esto le induce a introducir extensos discursos teológicos, y a basarse en la tradición de Pablo y de Juan, en vez de basarse en la más realista de los sinópticos, que considero más apropiada para mostrar el doble sentido de la salvación. (Las interferencias en el desarrollo de estos dos objetivos puede desconcertar al lector para el que tanta teología interrumpe el diálogo en vez de favorecerlo).

Agradezco a Joseph Moingt este impulso para que creyentes y no creyentes compartamos sin recelos sobre el ideal común que llevamos inscrito en nuestra conciencia de fraternidad universal y planetaria.

 

Gonzalo Haya

Publicado en Atrio el 17-abril-2021