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Discusiones acerca del poder, v 33.

A los discípulos de Jesús les ocurría lo mismo que a nosotros: ¿De qué discutís por el camino de la vida? Iban discutiendo sobre quién era el más importante. ¿Y nosotros, de qué hablamos y discutimos en la vida?

Los dos de Emaús se marchaban de Jerusalén discutiendo por el camino del fracaso que había tenido Jesús. Pensaban que Jesús iba a ser un hombre poderoso, pero todo acabó mal, en la cruz.

La mayor parte de nuestros temas y de nuestras actitudes en la vida son acerca del poder.

Parece que todo pueblo, toda comunidad, toda iglesia se pregunta quién es el más grande, el más potente, el más rico, la iglesia o religión que más adeptos tiene… Discutimos y nos importa mucho subir en el status  social, nos importa estar a bien con el que más influencias tiene, con el que tiene poder en Roma, en el Obispado, en el Ayuntamiento, en el gobierno, etc.

El poder es la pasión más fuerte del ser humano.

El poder es la pasión más fuerte del ser humano. Los dictadores lo saben bien y todos tenemos algo de dictadores en nuestro interior.

Cuando uno defiende militantemente su razón hasta en las más pequeñas cosas de la vida, en el fondo está satisfaciendo su ego, está colmando su cota y dosis de poder en vena.

Cuando en la vida matrimonial, familiar, cuando en la iglesia, en el trabajo o en la vida sociopolítica se dice y se impone: “esto es así”, no se está defendiendo razonablemente una idea, un programa, ni tan siquiera se busca la verdad sino que en el fondo se está uno autoafirmando pisando a los demás. Tal cosa es y se hace así, como digo yo. Ello produce -en el fondo- una enorme y falsa autosatisfacción, no porque sea verdad o menos, sino porque yo puedo –poder-, domino y venzo. El poder conlleva un erotismo larvado. El poder vence, pero rara vez convence: lo estamos viendo a diario en política, en la cultura, en la diócesis, en la iglesia.

El poder y el afecto

Probablemente el ansia de poder aumenta en el ser humano cuando no se vive serenamente la afectividad. Las personas nos volvemos más despóticas en la medida en que el afecto sereno disminuye o –sencillamente- no se tiene amor en la vida. ¡Cuántas afectividades mal resueltas intentan encontrar su dosis de satisfacción y placer en el poder!, (la erótica del poder).

Quien vive serenamente su afectividad no es déspota, ni dictador, ni fanático. ¡Cuántas mitras, cargos políticos, escaños parlamentarios, están vacíos de afecto y llenos de poder y fanatismo fundamentalista!

Las posturas totalitarias en el orden político, eclesiástico, social, cultural, etc. no son un problema político, sino psicológico, cuando no psiquiátrico. Esto también lo estamos viviendo, más bien padeciendo.

Dios nos libre del poder, del prestigio social, de gloriarnos de nuestras relaciones triunfales

El poder no hace buenas a las personas.

El poder sirve para muchas cosas. Pero no sirve para que los hombres se vuelvan buenos. El poder no sirve para liberar o sanar la libertad humana, sino sólo para suprimirla. La gracia, en cambio, hace buenos a los hombres y libera la libertad humana. El poder obliga, la gracia ayuda.

El poder crea cuarteles o campos de concentración; el carisma edifica comunidad. El poder impone silencio, el carisma habla hasta con su silencio. El poder sólo es capaz de preservar, el carisma es capaz de transmitir. El poder sospecha siempre, desconfía siempre; el carisma alienta siempre, apuesta siempre.

El poder da la seguridad de la instalación, el carisma se mantiene en la inseguridad de Abrahán. El poder se ama sólo a sí mismo, la gracia ama a los hombres. El poder se atribuye carismas, el carisma no se atribuye poderes. El poder suplanta al Espíritu, el carisma transparenta al Espíritu. Y por eso, el poder acaba por levantar la cruz y el carisma acaba por morir en ella. En una palabra: el poder es de este mundo como todos los sanedrines: el carisma es del cielo como Jesús.

Cuando el poder hace daño.

Cuando caemos en desgracia ante o por causa del poder y éste nos golpea, nos hiere (cosa muy frecuente), nos hará bien, nos hace cristianos situarnos en la sencillez y humildad. (A esto el poder le llama “victimismo” y el cristiano, crucifixión).

Esta acogida -sufriente- del daño del “poder de los poderosos” no acontece en el “despacho del que tiene el poder”, ni en su “ordeno, mando y hago saber”, sino que la serenidad frente al poder acontece en nuestro interior, en la intimidad de nuestra conciencia. El poder cree tener la razón siempre y en todo, los que somos dominados descansamos en la verdad humilde del Señor.

La salvación no viene del poder, sino de la bondad. Nos sentimos bien, redimidos no cuando nos pisotea el poder, sino cuando somos queridos por la gracia.

JesuCristo nos redimió no siendo un Mesías triunfal, sino desde la cruz.

Agradezcamos la redención

Estos días estamos celebrando la exaltación de la santa cruz (14 de septiembre). No es que Dios Padre, quisiera la muerte de su Hijo. (¿Algún padre sensato quiere la muerte de su hijo?) A Jesús lo mató el poder de los hombres, no Dios.

Jesús entregó su vida, poco a poco y finalmente en la cruz. Jesús fue el hombre para los demás (Bonhoeffer).

En Cristo crucificado se despejan las condenaciones a las que nos vemos sometidos en la vida por el poder: Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

 

Tomás Muro Ugalde

Religión Digital