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Es verdad que la celebración de la Navidad es un fenómeno que produce siempre una gran dialéctica, entre el rechazo visceral y la sensación placentera. Quizás sea inevitable que una eclosión tan potente en la sociedad resulte diferente para la enorme diversidad de personas afectadas, por lo que más que a un consenso social, parece más indicado invocar a una consciencia colectiva para alcanzar una coherencia básica en una convivencia democrática y funcional.

Desde una concepción laica de la sociedad, no pretendemos que el espíritu originario religioso de la Navidad sea el parámetro esencial de la definición del fenómeno social, si bien algo debiera incidir en una conciencia colectiva, que lo acoge como inspiración fundamental. Pero no, habrá que valorarla solo desde la ética ciudadana democrática, que rige nuestro comportamiento cívico hoy.

Estamos enfrascados en un derrame socioeconómico incontenible, contrario a la lógica social, que demanda el bienestar ciudadano. El consumismo es la punta de lanza de ese desparrame general, es una acción inercial y algo irracional, que se impone sin miramientos, incluso a la situación económica concreta de los individuos y de la propia sociedad, que despilfarra en lo superfluo, sin calibrar las necesidades verdaderas del conjunto de la población en este momento.

Esto además se repite durante el año en otras convocatorias, como la reciente del black friday. Por tanto, es un desmadre que crea hábito. Pero en Navidad esta veleidad cobra mayor dimensión, gracias al buenismo colectivo que nos invade. Desbordamos con toda facilidad una visión objetiva de la realidad, y nos embarcamos en una fraternidad superficial inconsistente y muy fugaz. Lo malo de abaratar esos valores éticos, es que luego resulta mucho más difícil validarlos, cuando las circunstancias sociales exigen ponerlos sobre el tapete.

Cuanto antecede nunca debe interpretarse como un obstáculo a la necesidad natural que tiene el ser humano y los grupos sociales del sentido de la fiesta, como acontecer primigenio de la existencia humana y, por consiguiente también, de las sociedades organizadas. Ese valor de la fiesta recoge lo mejor de las personas y de los colectivos en clave de creatividad, intercomunicación, diversión, celebración y, en fin, gozo de vivir. Incluso la Navidad, como momento culmen del año cronológico, enlaza con una multimilenaria tradición, la del Solsticio de Invierno, muy anterior a la aparición histórica del Cristianismo. De lo que se deduce su origen social como fiesta universal.

Esto encierra una importancia muy singular, pues al igual que Goethe señalaba que “la vida sin música, es un exilio”, nosotros podemos afirmar sin reservas que  “la humanidad sin fiesta, es un fiasco”. Entonces, para nada hay que confrontar con esa impronta festiva, que nos libera  de la inercia de cada día y del quebranto cotidiano. Pero la  fiesta como celebración de la vida, está inserta en nuestra realidad social y, por ende, no se desvincula del quehacer básico de nuestra existencia social e individual real.

En el contexto del desarrollo neoliberal, todos estos fenómenos van cobrando un alcance económico y mediático general y se convierten en nichos de negocio global, generando un consumismo más penetrante cada vez, el cual supone un cúmulo de beneficios determinante para las multinacionales, y algunas migajas apreciables para el comercio de proximidad adicionalmente.

Conmover esta dinámica del sistema invasivo capitalista que nos rodea es muy difícil, ya que implica ir contra corriente del rumbo social vigente. Ahora bien, el avance hacia una sociedad igualitaria obliga a contemplar con un gran sentido crítico esta deriva social. Aceptamos la Navidad como hecho colectivo, en su vertiente religiosa o laica, asumimos el papel oxigenante de la fiesta y la promovemos como experiencia saludable. Pero necesitamos abrir un proceso real de reconversión intergeneracional y vital. Una estrategia global que debe incidir con las iniciativas transformadoras en marcha, desde el ecologismo, el feminismo, el sindicalismo de clase aún recuperable, y los movimientos sociales emergentes, que han de confluir en un nuevo imaginario social de austeridad racional de lo superfluo, pero solvente en la atención social y en la cobertura de necesidades básicas.

Esa propuesta de la austeridad como método, no se debe confundir con el austericidio practicado por los gobiernos durante la última crisis, mientras los poderes económicos buscaban el incremento más sangrante de sus beneficios, que chocaba de forma obscena con la desigualdad social más drástica y con el padecimiento brutal de las personas y grupos más vulnerables y, en definitiva de la clase trabajadora y de las clases populares.

Todo proyecto económico debe tener como primer objetivo el mayor despliegue de las políticas públicas, garantes del estado de bienestar en una expresión mucho más avanzada de la que hemos conocido hasta ahora. Con esa filosofía social haríamos más posible un tiempo de Navidad permanente y estable durante todo el año. Se acerca un momento político crucial, será una ocasión única para conformar modelos alternativos de relación entre lo económico y lo vital, no despreciemos la oportunidad.

La responsabilidad democrática ha de ser un elemento decisivo para mantener ese pulso. Pero a la vez, no se puede parar en crear las condiciones mínimas para avanzar en el progreso. Hay que gestionar una nueva consciencia colectiva para ganar ese futuro a que aspiramos. El cambio social, a que nuestra crítica a la forma en que celebramos la Navidad nos induce, vendrá siempre con la cooperación efectiva de la sociedad movilizada y con el poder político democrático que pueda articularlo estructuralmente de verdad.

 

Ricardo Gayol García

Extracto del artículo publicado en El Comercio de Gijón