col gayon

Una excepcional bendición ocurrió el 27 de marzo de 2020 impartida por el Papa Francisco. Excepcional porque la bendición “Urbi et Orbi” se lleva a cabo solo en Navidad y Pascua – y ahora, en una situación muy especial, radicalmente especial.

“Urbi et Orbi” significa “A la ciudad (Roma) y al mundo”. Pensando en ese significado mientras ocurría este gran evento – quise entender el significado de “al mundo” – no solo a la población católica. La bendición viene de Cristo, Luz del Mundo – el Cristo Universal que nos incluye a todos. El Papa Francisco, ser humano, la dirigió o dedicó a todas las personas afectadas por el Coronavirus – y puedo entonces entender que es a toda la humanidad pues todos estamos afectados.

Así como las palabras, los hechos también tienen significados – más contundentes que las palabras. En la bendición radicalmente especial vimos a un Francisco casi solo, en la plaza de San Pedro prácticamente vacía, en una tarde-noche obscura, con una estatua representando a Jesús crucificado. Se veían las figuras secundarias de algunos hombres; esta vez no había niños traviesos alrededor de Francisco – ni las miradas reflexivas y esperanzadoras de las mujeres.

Las hermosas palabras de Francisco contrastaban con su expresión facial triste, acabada – no vi sonrisa alguna, o un destello de luz de sus ojos. Caminaba cómo derrotado – por los años y por las puñaladas. Francisco parecía que cargaba la cruz de la pandemia.

No me refiero solo a la pandemia del Coronavirus. Me refiero a la pandemia de la enfermedad de la sociedad: de la cultura de la muerte, del consumismo, del ruido, del daño ecológico, de las drogas y el crimen organizado y el desorganizado, de la falta de respeto a las leyes humanas y a la ley de Dios.

El centro del catolicismo, representado por una jerarquía enferma que abusa de los más inocentes, que se engalana de poder por vestiduras “sagradas”, que condiciona sus propios santos sacramentos, fuentes de gracia (condicionada) porque excluye a las personas más comprometidas de su propia institución, las destituye, las echa. Si bien ofrece una bendición  Urbi et Orbi a todo el mundo, la condiciona a que se haga el Vía Crucis o se rece un Rosario. “Te doy un regalo solo si…” Mucha gente del Orbi no tiene la cultura católica y no hará el Vía Crucis o cualquiera de las otras prácticas.

Pero la bendición hace su efecto – pues viene de Cristo, que ya se coló en los hospitales, en las calles vacías acompañando a los que recogen la basura, a los que distribuyen la comida, en las fuerzas de seguridad, en los que transitan – así como en nuestros hogares, ahí donde nos resguardamos de la pandemia – de la pandemia de todo. Donde ahora reflexionamos – unos solos, otros en compañía.

Podremos darle una efectiva bienvenida a la bendición  Urbi et Orbi, que se puede capturar a través de la televisión y de las redes sociales. Necesitamos signos visibles. Y al darle la bienvenida, se la damos a Cristo al percatarnos que Él ya está en nuestro hogar – en el físico y en el interior.

La triste escena de una Plaza de San Pedro casi vacía, lluviosa – es muy significativa porque no necesitamos de Plazas ni de catedrales. Nuestra misión es hacer pequeñas capillas, como las que hicieron los amigos y familia de Jesús después de su Resurrección. Son nuestras pequeñas capillas lugares de nacimiento, de perdón, de eucaristía, de resurrección. Nuestras capillas tienen ahora su signo de la cruz – con un tramo horizontal hacia el mundo y un tramo vertical – hacia dentro y hacia arriba. En el centro Cristo siempre,  en cada extremo una letra de la palabra ¡AMOR!

Nos toca llevar una nueva antorcha – la bendición Urbi et Orbi, cuidarla, hacerla viva y real – ahí donde nos toca vivir con lo que nos toca vivir. Tenemos que des-cubrir nuestra verdadera vocación de Iglesia Universal. Todos tenemos ese llamado, esa vela a punto de encenderse en nosotros con la antorcha divina, con la bendición de Cristo mismo.

 

Lucia Gayón

Eclesalia