col munarriz

 

Erich Fromm, psicoanalista alemán, decía: «Si percibo en una persona solo lo superficial, percibo fundamentalmente las diferencias; percibo lo que nos separa. Si penetro hacia el núcleo, percibo nuestra identidad, nuestra hermandad». A los seres humanos nos separa solo lo superficial; la raza, la cultura, la lengua, las costumbres... pero si penetramos hacia el núcleo, descubrimos que nos une lo esencial, es decir, que nos une la “humanidad”; ese sentimiento impreso en nuestra condición humana que nos impide permanecer indiferentes ante la desgracia ajena. Y aquí encontramos la forma más genuina de ecumenismo; sentirnos unidos a todos los seres humanos en humanidad; solidarizarnos con ellos hasta el punto de percibir esa hermandad de la que nos habla Fromm.

Una parte de ese género humano busca el sentido de la vida en Dios, y las religiones pueden considerarse como los cauces para encontrarlo. Todas las religiones son fruto de la evolución cultural de cada pueblo, y por eso son distintas y proponen distintas formas de buscar a Dios. Estas diferencias nos pueden separar hasta el extremo de provocar guerras, pero son siempre diferencias superficiales que afectan a la cultura, y no al núcleo. En el núcleo está Dios como fundamento de todo cuanto existe o acontece; aunque unas le otorguen una naturaleza personal, independiente del mundo, y otras lo identifiquen con toda la realidad existente en el mundo. Y aquí encontramos la segunda forma de ecumenismo, la identificación con todos los seres humanos que ansían a Dios y esperan llegar a Él, o fundirse con Él, tras la muerte.

Dentro del cristianismo encontramos no pocas Iglesias que históricamente se han considerado antagonistas. En este contexto, puede haber dos formas de entender el ecumenismo: como un proceso de negociación entre ellas para el logro de una misma jerarquía, un mismo contenido dogmático, unos mismos sacramentos y unos mismos ritos y ceremonias… o como una actitud de humildad y tolerancia, que reconozca a las otras como cauce válido para llegar a Dios. Esta actitud nace de la convicción de que lo importante, lo nuclear, es aquello que nos une, Jesús, y que todo cuanto nos separa es secundario, banal; simples notas a pie de página que solo añaden criterios que no por respetables son menos opinables. Que nadie está en posesión de la verdad, y que el respeto a la diversidad es un valor de primer orden.

¿Pero cuál es ese núcleo del cristianismo capaz de concitar la adhesión de todos los cristianos y poner de manifiesto su identidad y su hermandad?... No lo sabemos, pero limpiando el mensaje evangélico de todas las adherencias que lo enmascaran, quizás llegásemos a una formulación más o menos así: “Creo en Jesús visibilidad de Dios. Creo en el Dios de Jesús; en Abbá. Creo que Abbá me quiere con locura, y respondo a su amor amando a sus Hijos más necesitados”. Y si éste es el núcleo, no debemos perder nuestra hermandad, cegados por lo secundario. Y lo secundario es que unos reconozcan siete sacramentos y otros solo dos; que unos admitan al Papa como vicario de Cristo y otros no… Incluso, que unos consideren al pecador como un ser necesitado, y otros piensen que merece castigo por sus culpas; que unos tengan la esperanza de que a Abbá no se le pierda ningún hijo, y que otros afirmen que habrá Hijos perdidos castigados por sus culpas…

En cualquier caso, si verdaderamente existe una sincera vocación de ecumenismo, habría que empezar por calificarnos con aquello que nos une: como cristianos seguidores de Jesús, y desterrar otras calificaciones —como protestantes, católicos, ortodoxos, anglicanos o evangélicos— que nos separan.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús