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Querido Javier:

El inicio del año 2021, aún alumbrado con la esperanza de la vacunación, nos ha dejado helados. Muchos de nosotros hemos contemplado con preocupación el asalto al Capitolio el pasado 6 de enero y los eventos que le han sucedido desde entonces. Hoy quiero presentar otra lectura de este hilo de acontecimientos. ¿Puede ser “el asalto” otro símbolo más de la eliminación del sentido de “lo sagrado” en nuestros contextos seculares, globales y postmodernos?

Podría, a primera vista, parecer algo contradictorio. Pensamos que la democracia implica la separación Iglesia-Estado. Esto es cierto, pero tan solo parcialmente.

El proceso de modernización ha implicado una más nítida separación entre lo sagrado y lo religioso, que no tienen ya por qué identificarse. Frente a cierta “primitivización” del pasado, tenemos que señalar que nunca estuvieron del todo identificados estos dos conceptos. El sentimiento sagrado que desprende un amanecer no ha sido apropiado por entero por ninguna religión, aunque el individuo religioso pueda leerlo desde la óptica de su propia fe. En este sentido, tempranamente la Navidad tendió a identificar el nacimiento del Sol con el propio Cristo.

Lo sagrado siempre excedió a lo religioso. Y, en cierto modo, la modernización constituye una intensificación de esta desidentificación. A este respecto, la propia construcción de la democracia se valió de lo sagrado para construir el sentido de su sistema. Tomó parte de esta sacralidad que está presente en el ser humano, quizá antropológicamente. Y así, se generaron religiones civiles tan sólidas como la francesa o la americana, que imprimieron con ese halo al sistema resultante. En el caso español, el traspaso de lo sacro también operó, aunque cueste más verlo a primera vista. Sin embargo, y si pensamos fríamente, es difícil ignorar el hecho de que nuestras dos cámaras, Senado y Congreso, se ubican en solares de conventos, fruto del propio azar histórico de distintas coyunturas, sí, pero la raíz es esa.

¿Qué es lo que determina lo sagrado? Además de la abstracta idea de “santidad” que rodea a lo denominado como sacro, podemos decir que su raíz misma (hagios, sacer) remite al concepto de “separación”, al límite entre lo sagrado y lo profano, lo divino y lo humano, bien religioso, bien civil.

Al apuntar siempre a la secularización como el decrecimiento en la asistencia a misa, podemos obviar otras caras del proceso que, personalmente, me resultan más inquietantes. Y, entre ellas, destaca la pérdida del sentido de la sacralidad. De nuevo, reitero que no es simplemente religioso, sino que hace referencia a la pérdida del sentido del límite, del que emerge la veneración ante aquello que se resiste a ser transgredido y apropiado: el rostro del otro, el cuerpo del amado o de la amada, la intimidad de cada persona, la dignidad o el necesario halo de sacralidad que, ante la falta de poderes autoritarios o tiránicos, requieren conceptos como soberanía, representatividad o institución para nuestros sistemas democráticos.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han apunta a cierta “tendencia pornográfica” de nuestra sociedad, tendencia por la que habríamos abolido cualquier sentido de límite. Unos culparán al endiosamiento del hombre por la modernidad, otros a la caída de relatos y de fundamentos acaecida durante la posmodernidad, a la tentación de la inocencia, a la falta de responsabilidad, etc. Sea como fuere, esta tendencia que transgrede por el mero hecho de transgredir, no desteje para tejer, está aquí. Y todos contemplamos cómo los límites del Capitolio, que remite tanto al monte sagrado de la democracia estadounidense como a la colina capitolina romana, eran asaltados el pasado seis de enero.

Ante esta situación, se hace urgente un replanteamiento del rumbo de nuestras sociedades y nuestros sistemas, más acostumbrados a señalar a las amenazas externas que a nuestras propias deficiencias y límites (¿no era, acaso, límite de donde emerge la palabra sagrado?). Esperamos, como en el poema de Cavafis, a los bárbaros, asustados porque cruzarán el límite sagrado del Tíber. Pero, tras el asalto del Capitolio, a uno le da por pensar que la barbarie está aquí ya, entre nosotros o, quizá, en nosotros mismos.

Un abrazo.

Rafael

 

Respuesta

Querido Rafael:

Cuánta belleza derrama y qué enorme interés manifiesta la preocupada indagación que hoy nos propones. Aunque seguramente se está produciendo un abuso de la aplicación de “histórico” a no pocos acontecimientos que estamos viviendo (la reciente nevada es buen ejemplo de ello y propicia no pocas lecturas también simbólicas), no cabe duda que esa fatídica fecha del asalto al Capitolio de los Estados Unidos no fue precisamente el regalo que nuestros buenos Reyes Magos hubieran querido traer a nuestra experiencia colectiva, ya fatigada en demasía por la grave pandemia, cuya esperanza de superación se alarga por la grave irresponsabilidad de no pocos, además de por su propia complejidad. Fue, para el tiempo de España, un triste y amargo atardecer que se prolongaría en una noche sin sueño, al menos para quienes, por edad y memoria, evocábamos la fatídica del 23 de Febrero de 1981, en este caso en nuestro Congreso de los Diputados.

De nuevo los viejos fantasmas, que creíamos en nuestro sueño ilustrado intelectualmente derrotados y vitalmente desterrados, volvían de su viejo exilio con sus ancestrales esperpentos y era nada menos que el templo simbólico de la primera democracia formal del mundo el que era asaltado bajo los auspicios de su propio presidente por una desordenada plebe, ambos en un comportamiento aparentemente irracional y contra su propia naturaleza política, que invocaba “la ley y el orden constitucional” justamente para violarlos ostentosamente.

Qué pertinente resulta, así, la preocupación que muestras por un tiempo que desprecia lo sagrado y en tu palabra, justificadamente temerosa, da muestras de buscar su eliminación del horizonte humano. Y por ello acudes, muy justificadamente, a su raíz conceptual y a su comprensión en la Modernidad, que ineludiblemente nos conduce a su propio origen.

No es fácil la claridad sobre el propio concepto, que encierra una real ambivalencia, heredada, al parecer, del mundo romano, que hacía de sacer un “consagrado a una deidad, sagrado, sacro”, pero también una persona que es declarada “execrable, abominable, detestable, maldito”. Como se sabe, será Giorgio Agamben, el gran y aún muy fecundo por fortuna profesor e intelectual italiano cercano ya a sus ochenta años, quien desde su primer Il potere soverano e la vita nuda. Homo sacer I, de1995, iluminará un largo recorrido escrituraria sobre esta sacralidad para tratar de responder cabalmente a las dos grandes y graves preguntas que se plantea: ¿cómo entender, al mejor estilo arendtiano, el punto donde estamos y vivimos desde la tradición occidental y, en consecuencia, qué cabe hacer, qué camino seguir?

Tu aguda distinción entre sacralidad y religión, para abrir el espacio laico de la primera y evitar su plena absorción por la segunda, sin privar a esta, claro es de su propio espacio “consagrado” se ancla en el propio protagonismo del Estado, en la Roma clásica, en relación con lo sagrado y lo religioso, si mi lectura no es errónea, pero se abre sobre todo a una proyección global de la Modernidad hacia la alteridad, a la dignidad de todo ser humano, que tan expresivamente y unes pertinentemente a la propia democracia.

Por eso, el abandono de esa sacralidad laica pone en peligro a un tiempo a la propia dignidad humana y a su propia garantía pública, que se expresa en los templos de la democracia. Agamben desemboca con su reflexión en Auschwitz y resulta obligada ahora tal remisión, porque nuestro “deber de memoria”, tras la Shoá, significa también detenerse a “comprender” la conmoción y el desgarro que supone las nuevas formas de autoritarismo o totalitarismo, que condujeron al acontecimiento que hoy evocamos un 6 de enero de 2021, 100 años después aproximadamente del nacimiento de los partidos nazi en Alemania y fascista en Italia y a 76 de la Liberación de Auschwitz.

Si me permites un pequeño añadido a tu reflexión, ese asalto al Capitolio, esa búsqueda consciente del fin de la sacralidad, era la consecuencia trágica y teatralizada, de largos años de impunidad política y de desprecio al propio espíritu democrático desde el abuso del poder. Y para ser aún más preciso, es decir, más veraz, resulta inevitable poner en evidencia cómo muchos de ese conglomerado de asaltantes, que espera aún su público esclarecimiento, invocaba para su legitimación la sacralización religiosa por la que querían legitimar lo que consideraban un verdadero mandato divino que salvara la esencia de su entendimiento de la apropiación de su nación. Y tal invocación, que sustenta, aún hoy, sin posible autocrítica ni arrepentimiento, una parte muy relevante de los seguidores de Trump y de muchos republicanos todavía, no sólo justifica tus temores sobre la necesaria sacralidad laica, sino que enarbola aún el viejo fantasma de una expresión religiosa supremacista, violenta y antidemocrática.

Finalizas tu reflexión con una profunda llamada a la reflexión tan apropiada, a partir del siempre interesante Byung-Chul Han, sobre la “abolición de cualquier sentido de límite”. Ello tiene que ver, sin duda, con el déficit de responsabilidad, con el hedonismo adolescente que promueve esta economía mercantil globalizada, con la impunidad vergonzosa de no pocos poderes políticos y económicos, sin ningún freno eficaz a tales conductas y, como bien dices, con el bárbaro que llevamos dentro con nuestras deficiencias e insuficiencias en el quehacer de la polis. Para su superación es preciso, a mi ver, reforzar con un nuevo impulso, sin atisbo de ingenuidad, las exigencias de la ética civil que sustenta el portentoso edificio de los Derechos Humanos y sus responsabilidades personales y colectivas. Para ello es necesario, sin duda, rescatar, incluso de sus rescoldos, la sacralidad laica que invocas, pero también resulta fundamental el concurso de las confesiones religiosas, y muy singularmente, de sus cualificadas autoridades y representantes con igual cometido y su compromiso, explícito y constante, con unas democracias más maduras y responsables.

Un cordial abrazo.

Javier

 

Rafael Ruiz Andrés y Francisco Javier Fernández Vallina

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