col gerardo

Felicidades. Un cura que por el motivo que sea, decide dejar de ejercer como presbítero, ya no es visto y tratado como un enemigo de la Iglesia. Ya no es maldito. Sino que –según las nuevas prescripciones de la Iglesia– se le ve como un hermano al que se acoge y se le brindan todas las oportunidades de seguir siendo miembro activo de la comunidad: como profesor, catequista, colaborador…

Es fenomenal ese cambio: de ser una especie de “traidor”, pasa a ser miembro activo positivo.

No hay enemigos, no hay fracasados, no hay personas a las que ver de lejos y tratar como “huidos”. Son personas que han optado por un servicio distinto y que pueden seguir aportando todos sus dones a la comunidad.

Me encanta el que éste sea un nuevo talante. Cuando una persona toma sus decisiones vitales, no hay que verlo como enemigo, sino como compañero, desde otros baremos. Qué bien si acertamos a aprovechar sus cualidades para el bien de la comunidad.

Y esto marca un estilo de actuar a todos los niveles. Que nunca unas leyes, unas costumbres, unas normas, una forma de pensar priven a la comunidad de unos servicios. Con la riqueza tan enorme que suponen los conocimientos, las aptitudes y los saberes que ya tienen.

Se ve que vamos dando pasos serios en la mentalidad y en la práctica de la Iglesia. Hace falta otro empuje y caminar hacia casados –hombres y mujeres– que puedan servir a la comunidad como presbíteros y sacerdotes.

Por lo menos el gesto de no privar de servicios a los que deciden dejar ese ministerio.

Conozco –sobre todo en el mundo de los frailes–, personas que, después de dejar la orden, han estado y siguen trabajando fenomenalmente en sus colegios y sus obras. E incluso, cuando se ha dado el hecho de sacerdotes que han salido por cuestión de fe, han seguido ofreciendo sus valores, su amistad, su familia y su casa a los antiguos amigos y a la parroquia.

En definitiva, se trata de potenciar la suma, todo lo que les ayude a ellos y a los demás. Sumar y aceptarnos.

 

Gerardo Villar