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Excelente discurso de apertura de la plenaria episcopal por parte del presidente de los obispos, cardenal Omella. En el fondo y en la forma. Perfectamente alineado con las líneas maestras del pontificado de Francisco. A tope con el Papa, con citas constantes y acudiendo a sus documentos programáticos. Huele de verdad a Francisco y a 'oveja' en el aula de la calle Añastro, sede de la CEE.

Omella apuesta por una Iglesia en salida y samaritana, basada en tres ejes: conversión pastoral, discernimiento y sinodalidad. Eso exige, en las actuales circunstancias y de cara afuera, una entrega absoluta de la institución al samaritanismo. Eso sí, sin quedarse en el asistencialismo y pasando a la promoción, como bien dice.

Y, como pide el Papa, con las prioridades de la lucha contra el paro, la atención, a los jóvenes y emigrantes y el cuidado de la casa común. “Los católicos podemos ser ese engranaje que sea capaz de decir no a los intereses particulares de unos pocos con el fin de caminar hacia una nueva época que respete la dignidad del ser humano, promueva el bien común, potencie la conciencia de fraternidad universal y desarrolle una ecología integral que respete la creación, empezando por el ser humano”

La apuesta del cardenal de Barcelona apunta, de cara al interior de la institución, a una mayor sinodalidad. Con esta clara advertencia: “Una Iglesia sinodal es aquella en la que la configuración eclesial, las estructuras y las responsabilidades están en función de la tarea misionera”.

Manos a la obra, señor cardenal, porque, de lo contrario, todo se quedará en palabras bonitas, que ni siquiera llegarán a la gente, porque la irrelevancia social de la institución hace que cada vez cuente menos en la agenda mediática.

Es decir, este bello programa tiene que notarse con hechos concretos, con pasos decisivos, con una movilización general católica, que implique a fondo a los laicos y consiga romper el techo de cristal de los medios.

Usted sabe bien, Don Juan José, que no basta con ese nuevo plan pastoral quinquenal van a aprobar ustedes. Porque, como todos los otros planes, se quedarán en papel mojado, sin incidencia social alguna. Esa es la dinámica fácil de siempre.

No vale con decir que “la Iglesia no es una empresa, ni un partido político, ni un grupo de presión social, ni un lobby de poder, ni se identifica con ninguna ideología de este mundo”. O que “la Iglesia, a diferencia de los países o de las grandes multinacionales no tiene otro interés que promover el bien común, la fraternidad universal y anunciar el Evangelio de Jesucristo”.

No basta con decirlo. Hay que hacerlo y que la gente se entere y lo sepa y se una a la ola de una Iglesia que enamore y seduzca por sus entrañas de misericordia.

En época de Francisco, hay que ser creativos, romper las dinámicas tradicionales y acabar con la vieja inercia de confeccionar bellos planes sin encarnadura real. Rompa esa dinámica, monseñor.

El Papa Francisco les colocó a usted y a su vicepresidente, el cardenal Osoro, en Madrid y Barcelona, para darle un vuelco a la Iglesia española. Y eso tiene que notarse en los hechos.

¿Por ejemplo? A bote pronto, se me ocurren dos medidas. La primera es la ruptura del escalafón episcopal. No habrá renovación en profundidad del mapa mitral español, mientras no se rompa con la ley no escrita, pero ley, de que a los arzobispados sólo pueden llegar los obispos que ya tienen galones. Como en el ejército, también en la Iglesia los obispos comienzan en diócesis de entrada (las más pequeñas), pasan a las diócesis medianas y terminan en los grandes arzobispados, así como en la Comisión Permanente y en el Comité Ejecutivo de la CEE.

Rompan el escalafón. Y ya saben hacerlo, porque lo hicieron con el nombramiento de Joan Planellas, para el arzobispado de Tarragona. Busquen curas entregados, de los que no quieren subir, de los que dan su vida por su gente y dejen de lado las ternas oficiales, repletas de carreristas y de funcionarios de lo sagrado.

Y el otro ejemplo: la convocatoria de un Sínodo nacional. Pongan a la Iglesia española en estado de Sínodo, como están haciendo en Alemania o en Italia. Lo necesitamos como el comer. Hay que poner en danza a los laicos y escucharlos de verdad, porque ellos son lo que viven en contacto con la vida real y con los gozos y los llantos de la gente.

Un Sínodo que ponga a la Iglesia española patas arriba y en posición de combate por el bien, que nos saque de la modorra, del siempre se hizo así, del facilón cristianismo de misa y olla. Y que nos convierta en testigos, en samaritanos y en humildes servidores de los demás. Que atraigamos por convicción, no por proselitismo. Que dejemos de convertir el seguimiento de Jesús en una ideología, incluso en los grandes medios de comunicación eclesiásticos, que cada vez que suben en audiencia es porque bajan en comunión afectiva y efectiva con la doctrina social de la Iglesia y con las indicaciones de Francisco.

Como bien saben, sólo nos creerán si hacemos como los primeros cristianos y pueden decir de nosotros: “¡Mirad cómo se aman!” Para conseguirlo, es evidente que ustedes (cardenales Osoro y Omella) tienen que sacrificarse y apostar no por sus pontificados (que también, pero que ya están de salida), sino por los siguientes, por los de los demás. Implicarse sin buscar recompensa inmediata y jugársela para dejar una jerarquía y una Iglesia más samaritana y más 'franciscana'.

 

José Manuel Vidal

Religión Digital